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26 de abril de 2014

Mi vida en la Santería 19: mis primeros muertos



1.
Crecí en un inmenso caserón propiedad de mi abuelo materno… era la extensión de un rancho lechero que entre otras cosas, suministraba al actor y cantante Pedro Infante tres litros de leche fresca todas las mañanas…

Esa casa se construyó sobre terrenos que antiguamente comunicaban al señorío de Azcapotzalco con la Basílica de Guadalupe, en la época en que los mestizos otorgaron a indígenas mezquinos la encomienda de cobrar el diezmo a las dispersas comunidades que habitaban en la capital del país… por ello es que muchos indios abusivos que exigían (para robárselo), un pago mayor al estipulado por la Corona Española y la Iglesia Católica, terminaban asesinados y sus cadáveres arrojados en las nopaleras y milpas que rodeaban los incansables caminos de terracería que unían a las dos ciudades

Así que cuando mi abuelo compró aquellas tierras y comenzó a construir los cimientos de la gran casa–rancho donde pasaría el resto de su vida, lo primero que desenterraron fueron cadáveres…

En esa propiedad no sólo murió mi abuelo, también mi bisabuelo y uno de mis hermanos, motivo por el cual si agregamos a los desenterrados, permanentemente había presencia de muertos a todas horas del día…

2.
A mi abuelo lo mató un médico por negligencia: cuenta mi madre que a los pocos segundos de que falleció una fuerte corriente de aire recorrió toda la casa, desde la planta alta hasta el pasillo que comunicaba con una fuerte puerta de fierro que daba al patio trasero, y que está se abrió sola y se azotó sin que nadie la tocara… mi bisabuelo, voraz estudioso de la biblia murió anciano y de causas naturales… y mi hermano falleció en un dramático incendio…

Así que en esa casa siempre hubo pretextos para los fantasmas: ya fuera porque yo veía a mis muertos o porque sin motivo aparentemente éstos “llegaban” de otros lados…

3.
Una noche regresamos de enterrar a mi abuelo paterno… entré al pequeño departamento que ocupaba al fondo de aquella casa: me recosté en mi cama, al instante un terrible frío se apoderó de mí y sentí encima de mi "algo que con gran fuerza me dejó inmovilizado… clavé la mirada en el techo y pregunté “eres tú el que está aquí abuelo?”, lo que hizo apareciera una especie de gran bocanada de humo que se colocó cerca del techo (en realidad mi abuelo era gran fumador de habanos), e instantes después de formó sin más un remolino que se llevó la fumarola: en ese momento percibí que la fuerza que me aprisionaba desaparecía y me quedé profundamente dormido…

4.
Me inquietaba ver por las noches que en una de las puertas de la casa en donde murió mi hermano durante el incendio, él se apareciera a eso de las tres* de la madrugada y en cuanto me viera se introdujera en clara señal de que debía seguirlo… tardé varios años en hacerlo, pero fue cierta madrugada en que la corriente eléctrica se había ido cuando decidí ir tras él: lo seguí por toda la casa hasta llegar a la última habitación, deteniéndose su figura donde había estado su cama y en la habitación donde precisamente se originó el fuego… en ese momento el espectro de mi familiar me sonrió y desapareció, yo salí a través de una ventana (la misma que utilicé para escapar del feroz fuego años atrás)… no se me apareció de nuevo…

Debo reconocer que aquello me espantaba bastante, pero había otras situaciones que me divertían, como cuando esos muertos asustaban a las visitas que llegaban a saludar a mis padres o a la abuela…

 
5.
Cierta tarde llegó una amiga de mi madre (la cual había alcanzado un alto grado dentro de la secta Rosacruz) y mientras se tomaba un café se puso de pie y comenzó a recorrer las habitaciones de la casa, deteniéndose en los límites de la parte que correspondía a mi abuela, se sentó frente a una silla vacía y se puso a llorar…

- aquí hay un hombre viejo – comenzó su explicación – alto, blanco, con el pelo crespo, algo de sobrepeso… es extranjero… y está llorando…
- debe ser mi padre – dijo mi madre…
- llora – repitió la mujer – y mucho… está triste porque entre ustedes los hermanos, los hijos que él procreó, no se llevan bien…
- así es – reconoció mi madre compungida…
- pero… - iba a decir algo cuando abrió desmesuradamente los ojos, palideció, se puso de pie y sin despedirse salió presurosa de la casa: nunca más regresó…

6.
Hubo situaciones desagradables como cuando una amiga de la preparatoria llegó de visita: la hice pasar a la sala y le pedí que me esperara mientras cerraba la llave del agua con la que estaba regando los jardines…

Era la primera vez que ella se aparecía por mi casa (lo cual me pareció un gran avance en eso de las ganas que tenía de que fuera mi novia), por ello es que me sorprendió que cuando regresé ya estaba fuera en uno de los patios y con el rostro pálido…

- por qué te saliste? – la cuestioné…
- en tu casa espantan!– me gritó…
- te cae? – fingí demencia…
- claro: en cuanto me pediste que me sentara en el sillón y te fuiste, un escalofrió me recorrió la espalda y en menos de un minuto ya estaba escuchando una voz masculina que me llamaba por mi nombre…
- en serio?…
- a no ser que fueras tú, lo cual me parece una broma de mal gusto…
- no sé de qué hablas – dije poniéndome serio…
- vete a la chingada con tus guasas! – gritó al tiempo que se daba media vuelta y salía de la casa…

Me quedé boquiabierto: podría entender que los muertos fastidiaran a cualquier visita, pero que me alejaran a mi futura novia era demasiado, así que me encaminé hacia la sala, me planté en medio de las dos grandes habitaciones que la conformaban y les reclamé…

- vamos a ver cabrones – grité – una cosa es que se diviertan asustando a la gente y otra que con sus cosas intervengan en mi vida y me echen a perder mis planes… así que dejen de joder!

La casa quedó en silencio: si yo esperaba alguna señal positiva como respuesta a mi reclamo, me quedé con las ganas de escucharla… con el paso de las semanas mi guapa amiga se negó a tomarme las llamadas telefónicas, sin embargo, a las visitas siguieron sucediéndoles cosas divertidamente extrañas…

7.
Otra noche, tras una reunión con varios amigos en mi casa, a eso de las tres de la mañana, uno de ellos salió al patio con el pretexto de tomar aire fresco… a los pocos minutos regresó pálido y con dificultad para hablar…

- qué te pasa? – lo interrogué mientras saboreaba una cuba
- cabrón: vi a un niño como de 5 años en el fondo de tu patio, se me quedó viendo, me sonrió y echó a correr… pensando que era un juego, lo seguí alrededor de toda tu casa hasta que llegando a un rincón donde ya no podía caminar, me volteó a ver y sin más desapareció…
- aaah – exclamé divertido – seguramente era mi hermano… si dices que tenía cinco años fue a la edad que murió… no le hagas caso…
- cómo que no le haga caso a un fantasma? – protestó…
- pues no – le aclaré – aunque extrañamente ya tenía mucho de no aparecerse…
- de “aparecerse”? - se quejó de nuevo…
- sí, seguramente quería jugar… pero así es con las visitas: ignóralo…
- ni madres: esas cosas no se ignoran! - gritó al tiempo que entró a la casa, tomó su chamarra y salió a la calle saltando por encima de una de las rejas que circundaban la casa…

8.
También había muertos que llegaban para asustar o nada más para dejarse ver, pero después no volvía a saber de ellos: la madrugada de un viernes regresaba en mi auto de una fiesta, para lo cual cumplí con el ritual de estacionarme frente a la casa, voltear hacia todos lados para confirmar que no hubiera algún ladrón escondido entre las sombras, bajarme una vez que confirmara la ausencia de peligro, abrir el portón, meter mi auto, bajarme rápido y volver a cerrar la puerta…

  
Tras abrir la puerta tuve que mover hacia adelante el auto de mi padre para que cupiera el mío, más al cruzar el patio de regreso, en el asiento del piloto y aferrada con las dos manos al volante descubrí mirándome con insistencia a una hermana de mi padre, la cual tenía unos tres meses de haber fallecido…

En un principio dudé en acercarme, pero:
a) no podía dejar el coche en la calle,
b) no debía perder mucho tiempo con la puerta abierta (por aquello de los delincuentes),
c) si ese fantasma era mi familiar seguramente no me haría nada

Así que me encaminé hacia el auto y conforme me acercaba la figura de mi tía se fue desvaneciendo… cuando finalmente llegué y me subí, la temperatura por dentro había descendido considerablemente, aunque ya no había rastro de mi familiar…

9.
Durante muchos años fui un noctámbulo empedernido, así que cogí la costumbre de salir a la puerta de mi casa, ya entrada la madrugada, para disfrutar de la quietud de la calle donde vivíamos…

Aunque eso de la “quietud” era un argumento ante el cuestionamiento de mi padre sobre esa extraña costumbre que había yo adquirido: en realidad lo que hacía era quedarme parado para observar el intenso transitar de muertos que se daba entre una y otra de las antiguas casas (la mayoría bastante grandes y poco iluminadas), mismas que se construyeron en la misma época en que mi abuelo edificó la suya…

El número de mi casa era el 1121, y a partir de esa secuencia hice algo parecido a un censo sobre los muertos que habitaban no sólo en mi calle, sino también en alguna de las arterias aledañas…

Pude identificar que en el 1119 vivía el ánima de una vieja mujer indígena que una vez a la semana iba rumbo al mercado de la colonia ubicado a cuatro calles de distancia… en la casa de mis vecinos, con el número 1123, habitaba un fantasma bastante alto, gordo y mal encarado que se asomaba con un machete en la mano en plan retador… afuera del 1114 un par de desencarnados, ya de edad madura y que vestía ropas antiquísimas, salía ocasionalmente a discutir…

Me llamaba mucho la atención la casa con el número 1126, ubicada frente a la mía: entre la construcción de tres pisos y la calle (separados por una barda relativamente baja aunque con altas rejas), había un jardín de unos 12 metros que a saber hacía cuántos años estuvo bien cuidado, pero que ya sólo contaba con cuatro pinos secos clavados en tierra olvidada de algún tipo de cuidado…

Lo interesante es que todas las noches se percibían dos cabecitas que correspondían a las almas de unas niñas que, impasibles, miraban siempre hacia la calle… después de verlas ahí durante algunos años, me entró la curiosidad sobre su origen, así que una madrugada en que una falla en la corriente eléctrica nos había dejado sin alumbrado público, crucé la calle y me encaminé hacia ellas…

Conforme me acercaba a la barda las niñas caminaron hacia atrás, sin dejar de verme, hasta que llegaron a la puerta de su casa, ahí se quedaron, sin entrar y observándome al igual que yo a ellas… los tres permanecimos callados durante el tiempo que estuve ahí parado… decidí regresar a mi casa, pero apenas y había avanzado un par de metros, volteé y descubrí que las dos desencarnadas regresaban a la barda: nunca volví a “molestarlas”…

* hay quienes señalan las 12:15 de la madrugada como el inicio de la hora de los muertos, sin embargo, es a las 03:00 el momento en el que se da la mayor circulación de energía muertera…

1 comentario:

Brujindustrial dijo...

Invreible la.forma de escribir me clavo en tus lecturas, saludos