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2 de agosto de 2014

Cómo viven los muertos (4)

para Gabriel Cuevas, el escritor...

11.
Nunca he entendido por qué las casas de los Curanderos tienen que ser feas, oscuras y sucias, tampoco me queda muy claro por qué cuando se les ve desde lejos éstas inspiran miedo… pero el asunto es que ahí estaba yo: parado frente a una puerta oxidada que tenía docenas de años de no recibir una mano de pintura, buscando a una Hierbera a la que no conocía…

Había llegado a esa colonia de temible reputación para cumplir un encargo por parte de mi padrino: la búsqueda de una Curandera que tenía fama por ser de las pocas personas en ésta ciudad que vendía la tan codiciada “lengua de tarántula”…

Apenas y me paré frente a la puerta un ladrido se dejó oír desde el interior de la casa: un perro, el clásico guardián espiritual de todo Curandero… busqué un timbre pero obviamente no lo encontré, así que di cuatro toquidos con fuerza sobre la lámina desvencijada (evitando los esotéricos tres golpes que en la casa de cualquier brujo se deben evitar)…

- diga?! – cuestionó de mala manera una voz femenina…
- buenas noches – saludé educadamente para adelantarme a cualquier malentendido – se encontrará Doña Teresa?
- Tere no atiende a nadie el día de hoy – advirtió recalcando la manera de decir el nombre, al tiempo que el perro dejaba de ladrar…
- sí, lo sé – aclaré – pero Don Mateo, el Hierbero del Mercado de Sonora, me dijo que si le avisaba de parte de quién venía ella me… – traté de explicar, pero el chasquido del seguro de la chapa, acompañado de una tétrica carcajada, me interrumpió…

Si bien la puerta se abrió dejando el espacio necesario para que yo pudiera entrar, la densa oscuridad en el interior que inundaba el patio, no me permitía ver a la mujer que me estaba recibiendo…

- vas a pasar o qué? – escuché que me cuestionaron…

Entré y de inmediato ella cerró la puerta, quedándome en la oscuridad que instantes antes me había inquietado, sentí al perro olisqueándome los pies mientras a mano izquierda oí movimientos hasta que la discreta luz de una habitación se encendió acompañada de un imperativo pásate

El perro decidió quedarse en el marco de la puerta: observó hacia el interior, movió el rabo nervioso y optó por desaparecer… distraído por la actitud del animal no me di cuenta de que la mujer se encontraba ya sentada detrás de una antiquísima mesa de madera, la cual rebosaba de los típicos objetos que son las herramientas fundamentales de todo Curandero: frascos y bolsas con contenidos poco claros, algunos palos, hierbas y un cráneo humano…

- siéntate – ordenó al tiempo que señalaba frente a ella lo que en su momento habría sido un pupitre escolar, aunque con la paleta a punto de desaparecer por el paso del tiempo y la saña de las polillas…
- cómo está? – pregunté educadamente…
- sólo por tratarse de mi Mateo es que abrí esa puerta para dejarte entrar – aclaró haciéndome sentir con una mezcla entre incomodidad pero a su vez de exclusividad… soltó de nuevo su macabra carcajada…
- gracias… no quiero quitarle mucho el tiempo…
- en mi estado – dijo a manera de aclaración – lo que a mí me sobra es eso: años, días, horas, minutos… quizá siglos – y procedió a encender un cigarrillo sin filtro con un cerillo
- Don Mateo me comentó que… – comencé la explicación, pero nuevamente fui interrumpido…
- tiene mucho que te juraste como Curandero? – me interrogó mientras soltaba otra risotada: en ese momento descubrí que trataba de mantener la mayor parte del tiempo la cabeza agachada para que no la viera a los ojos…
- cuatro años – respondí mientras observaba cómo la mujer se ponía de pie con agilidad para buscar en un estante una vela blanca que después colocó sobre el cráneo que por los detalles de sus formas descubrí que era real… con los mismos cerillos que dio fuego al cigarrillo la encendió…
- imaginé que tenía usted más años – dije no sólo a manera de cumplido, sino sorprendido por lo joven que se veía, pese a tener la voz de una anciana, aunque quizá ayudada en su apariencia por la ropa deportiva que vestía…
- y qué se te ofrece? – preguntó ignorando mis comentarios de nuevo…
- necesito que me venda “lengua de tarántula”…
- mira, mira – se burló - vas hacer un trabajo negro muy cabrón, cabroncito – y soltó una carcajada más…
- las “lenguas de tarántula” no son para mí – expliqué - y tampoco sé para qué las usarán…
- las quiere tu madrina, la bruja, para chingarse a su prima - advirtió…
- no tengo madrina, el que me las encargó fue mi padrino – consideré necesario aclarar…
- ya lo sé: el tipo bajito, flaco y con bigote te pidió que las consiguieras, pero quien las va a usar es su mujer, y aunque ella no sea tu madrina tú le dices así – apuntó entre risas mientras terminaba su cigarrillo – pero eso ni a ti ni a nosotras nos debe importar– agregó mientras se ponía de pie y buscaba mi encargo en una serie de repisas de vieja madera empotradas en las paredes de la habitación, y entre las que pese a la poca luz identifiqué tres cráneos más, uno de ellos de tamaño más pequeño, acomodados en línea, y que me recordaron a los que tétricamente se exhiben en el Osario de Sedlec…

- aquí no tengo lo que buscas – advirtió – déjame ver si están en el otro cuarto – tras lo cual salió de la habitación provocando que el perro comenzara aullar escandalosamente…

Me quedé contemplando extasiado (como suele sucederme ante situaciones así), todo el material que había en las repisas: murciélagos disecados, velas de cebo, aceites, crucifijos de madera y metal, cabezas de víboras e iguanas deshidratadas, hierbas secas, palos de varios tamaños, tabaco, listones de colores, piedras, polvos en diversas bolsas, rosarios, inciensos, cuchillos, plumas de aves, sin embargo, cada cierto tiempo mi mirada regresaba al cráneo con la vela encendida…

Finalmente el rechinido que hizo la puerta al abrirse anunció que Doña Teresa había regresado, pero por la manera de caminar, con pasos lentos, dejó claro que se trataba de otra persona…

Cuando decidí voltear hacia la entrada descubrí a una anciana, vestida a la tradicional manera indígena, cubierta con un rebozo y apoyando su lento andar con un bastón de madera sin curtir…

- así que ya te dejaron pasar – exclamó mientras pasaba lentamente a mi lado hasta alcanzar su silla…
- la buena noche – saludé y comencé a explicar – Doña Tere ya estuvo conmigo y…
- yo soy Doña Tere y vivo sola, bueno, con mi perro – me interrumpió mientras volteaba a ver la vela encendida sobre el cráneo… movió la cabeza a manera de desaprobación y procedió a encender un cigarrillo con la luminosas flama – y no me molesta que una de las niñas te deje entrar a mí casa, pues sé que vienes recomendado por mi hijo Mateo, pero que aproveche mi lento caminar para encenderse una velita y darse un poco de luz… eso sí que no me parece – y dicho esto dio una profunda fumada a su cigarrillo y lanzó con una especie de dulzura el humo, por decirlo de alguna manera, hacia la flama de la vela y ésta discretamente se apagó, pero sin desprender humo – aquí la única que le da luz a los muertos soy yo – amenazó…


Me quedé sorprendido pues hasta ese momento comprendí que debí haberme fijado en más detalles del comportamiento de la mujer con la que había conversado, para darme cuenta que en realidad se trataba de una desencarnada…

- y qué se te ofrece? – me preguntó usando la misma frase que la otra mujer…
- necesito que me venda “lengua de tarántula” – alcancé a balbucear mientras reparaba en sus ojos, estremeciéndome por lo que finalmente no percibí…
- aah, sí, ya sé: porque tu padrino hará un trabajo negro muy cabrón – exclamó – búscate en esa repisa de hasta arriba un frasquito con tapa color verde y si no la encuentras fíjate en las otras de abajo: por ahí deben estar…

Me puse de pie y dándole la espalda estiré mi cuello hasta donde pude, tratando ver los colores de las tapas de los diversos recipientes que había ahí, pero no encontré nada, así que procedí a buscar en la siguiente repisa, que era en donde estaban los cráneos, más en el momento en que clavé mi mirada en las tres calaveras, escuché una terrorífica carcajada más, a la que supuse debía irme acostumbrando… decidí ignorarla y continué con mi búsqueda hasta que localicé el frasco, lo tomé y me di media vuelta sólo para descubrir que la silla estaba vacía: la anciana había desaparecido sin hacer ningún tipo de ruido…

Regresé al pupitre, me senté, coloqué el frasco sobre la mesa y decidí esperar, aunque no fue demasiado; escuché abrirse la puerta en el mismo momento en que el perro aulló otra vez, dirigí de nuevo mi mirada hacia los cráneos y otra risotada, aunque esta vez infantil, sonó a mis espaldas: sin darme cuenta ya tenía parada a mi derecha una niña enfundada en un impecable vestido color blanco, la cual me escrutaba con curiosidad…

- eres muertero desde niño? - me preguntó mientras se mordisqueaba las uñas del dedo índice de la mano izquierda…
- sí – respondí mientras dirigía mi mirada una vez más hacia los tres cráneos y comprendía a quién pertenecía el más pequeño…
- y le tienes miedo a los muertos? – me cuestionó con un tono cercano a la ingenuidad…
- claro – reconocí – desde siempre… no puedo dejar de asustarme cada que ellos se me aparecen…
- cuántos años tenías cuando se te apareció uno por primera vez? – continuó con el interrogatorio…
- quizá tu edad – le reviré, lo que provocó que soltara una traviesa risa…
- y te asustó mucho?
- sí…
- como ahorita? – me cuestionó escudriñándome con sus ojos apagados…
- más o menos – admití una vez más – no siempre me asusto de la misma manera: hay ocasiones en que nada más me pongo nervioso aunque trato de disimularlo, pero otras veces de inmediato un sudor frío me recorre la espalda, se me seca la boca, los dedos de las manos se me tensan y mi corazón comienza a latir rapidísimo…
- y de qué depende que te asustes muchito o poquito? – insistió…
- te voy a confesar algo - le advertí al tiempo en que comenzaba a relajarme – si hay algo a lo que no me puedo acostumbrar es a la voz de los muertos, eso siempre termina por asustarme… puedo verlos o escuchar que golpean cosas o arrojan objetos, pero cuando me hablan en voz alta, sin dejarse ver, eso sigue dándome pavor…
- entonces ahorita no me tienes miedo? – inquirió la pequeña mientras dejaba de morderse las uñas…
- un poco – acepté – digamos que lo normal
- me caes bien – dijo entre risas cortas, dio media vuelta y dando pequeños brincos salió por la puerta para perderse en la oscuridad del patio…

- esto ya fue demasiado – dije en voz alta, así que me puse de pie, saqué mi cartera y conté los billetes de lo que podría costar la “lengua de tarántula” (según aventuró el precio mi padrino), con intensión de dejarlos sobre la mesa e irme, pero el sonido de la chapa de la vieja puerta oxidada por la que había entrado minutos antes me hizo esperar…

Escuché diversos ruidos, pasos arrastrarse y acomodamiento de bolsas muy cerca de donde yo me encontraba, pero lo que más me llamó la atención es que esta vez el perro no aulló, lo que me dio cierta tranquilidad: al parecer el desfile de muertas se había terminado, así que me quedé en espera de que quien hubiese llegado se asomara por la habitación donde yo estaba… más eso nunca sucedió…

Esperé unos minutos más sin que se escuchara ruido alguno, así que opté por asomarme al patio, sin embargo, la negrura seguía siendo impenetrable; regresé, tomé los cerillos, encendí la vela a medio consumir que estaba sobre el cráneo y tomándolo a manera de quinqué decidí salir a buscar a la persona que llegó, más no encontré a nadie ni vi las bolsas que oí habían acomodado y lo peor: tampoco había señales del perro…

Me iluminé el camino hasta la puerta: pensaba abrirla, regresar, dejar el cráneo sobre la mesa y ya con la luz que se filtrara de la calle guiarme para largarme sin el encargo de mi padrino, más la chapa estaba cerrada con llave; solté una palabrota en voz alta, regresé a la habitación y al entrar descubrí a una anciana sentada a la mesa, con los brazos cruzados sobre el pecho, y observando con detalle el contenido del frasco que contenían la “lengua de tarántula”… levantó la vista, sonrió apaciblemente y me dijo…

- estás enojado o asustado?
- ninguna de las dos – aclaré – más bien harto de tanto juego…
- los muertos no juegan – advirtió con un tono cercano al reproche…
- pero qué tal se divierten? – ironicé mientras colocaba el cráneo sobre la mesa y me sentaba frente ella: era una mujer pequeña, de piel exageradamente blanca y bastante mayor, según calculé por lo ajada que tenía la cara, por su cabello completamente gris y por la paz que desprendía su mirada: ese brillo que sólo pueden tener los viejos por la experiencia y sabiduría adquiridos a lo largo de años de triunfos y derrotas en la vida…
- los muertos son un asunto bastante serio – observó mientras acercaba un cigarrillo a la flama de la vela, la cual ya comenzaba a bañar la superficie del cráneo con la cera que escurría… le dio una larga calada y soltó lentamente el humo en dirección al techo…
- son demasiado solemnes – exclamé tajante tratando de insinuar que no me interesaba permanecer más tiempo en aquella casa…
- veo que ya te dieron lo que viniste a comprar – dijo señalando con un movimiento de cabeza el frasco…
- así es Doña Teresa - pronuncié su nombre con la certeza de encontrarme ante la mujer a la que originalmente había ido a buscar - pero no me han dicho cuánto me costarán…
- a ti… o a tu padrino? – cuestionó…
- son para... - iba a decirle, pero yo mismo me interrumpí al suponer lo que ella diria a continuación…
- ... su esposa que hará un trabajo negro muy cabrón – completó ella mi frase, por decirlo de alguna manera, con amabilidad…

La anciana se puso de pie sin mayor esfuerzo, tomó una botella de aguardiente que estaba en el piso, le dio un largo trago y lanzó el chorro sobre los tres cráneos que estaban sobre las repisas, después dio un sorbo y lo arrojó sobre el que tenía la vela, pero buscando la manera de que el alcohol no tocara la flama...
- cuánto le debo? – pregunté señalando el envase y sin disimular mi impaciencia (no pensaba quedarme ahí ni un minuto más esperando a que la dueña del último cráneo recibiera la oportunidad de hacer su espectral aparición)… dijo la cantidad (que resultó parecida a lo que había estimado mí padrino), pero al tratar de entregarle los billetes en la mano, con un ademán extrañamente señaló que debía ponerlos sobre la mesa…

Me puse de pie y avisé a la mujer que me iba, tomé el frasco, le agradecí la venta de la “lengua de tarántula” y salí de la habitación… una vez en el patio extrañamente la oscuridad era menos, llegué hasta la puerta y en el momento en que jalé el pasador para abrirla recordé que estaba cerrada con llave, sin embargo, el seguro cedió y sin mayor complicación la abrí… salí y antes de cerrar escuché que al mismo tiempo sonaron varias carcajadas espeluznantes y los aullidos del perro…

Para conocer el origen de esta serie de textos, dar click en la siguiente dirección: http://basurerodealmas.blogspot.mx/2014/07/como-viven-los-muertos-1.html

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Buenas noches. Es la historia de miedo más excitante que he leído en mucho tiempo...lo terrible es que sea verídica!.
La verdad que sus vivencias son como poco impresionantes! Reitero mi ánimo a que las publique en un libro, aunque no conozco a ningún editor. Su estilo al escribir colma de generosos matices la mente que le lee, como un chef al paladar llena de sabores la mente. Qué grandes son los Curanderos de ese Gran País que es México. Un Saludo. Jesús

Brujindustrial dijo...

Buenisimo! Aunque la neta que miedo saludos =)