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1 de junio de 2016

La noche del oráculo



1.
La semana se tornó pesada y por si no fuera suficiente preparar el viaje para asistir a la Universidad Autónoma del Estado de México, a la que me invitó mi amigo B, un resfriado me estaba acosando…

Si bien solía escribir mis ponencias nunca las leía frente al auditorio: lo hacía para tener claro el tema, así que redactarla, el exceso de trabajo, la preparación de la maleta, los trámites en mi trabajo para ausentarme y la exigencia de una casi-novia de acompañarme, me dificultaron acudir a la librería para adquirir el texto que según la crítica estaba consagrando al escritor Paul Auster: “La noche del oráculo”…

Mientras sonaba Breakfast in America en la sala, la gripe ganó la batalla y esa noche me encontraba oficialmente enfermo… entre fiebres pensaba que jamás he conseguido entender por qué esa canción es famoso entre las mujeres… pensando en ello llegó la madrugada, después la hora de irse y me convertí en un griposo-desvelado…

2.
A saber cómo subí al autobús: por los antigripales dormí todo el trayecto y soñé que la casi-novia exigía ir conmigo… incluso al despertar, tras una sacudida del camión y bañado en sudor, me negaba abrir los ojos, aterrorizado, de imaginarla sentada a mi lado…

Al llegar a mí destino pasaba del medio día, el catarro se ensañaba, tenía hambre y además tuve que esperar media hora a que me recogiera el vehículo que me trasladaría a la UAEM: sin saber por qué en mi mente sonaba una y otra vez Breakfast in America

Fui recibido por el director de Extensión Cultural, quien había preparado una recepción y a la que acudí gustoso por la posibilidad de saciar mi hambre, más cometí el error de tomar una copa de vino tinto que junto con los antihistamínicos me pusieron un colocón marca te arrepentirás… creo que algo percibió el director (después me enteré que pensó que yo no ocultaba mi aburrimiento), pues instruyó a su secretario particular para que me mostrara la sección de dormitorios…

Ya en la habitación opté erróneamente por darme una ducha para aminorar los síntomas de la terrible combinación de medicinas y alcohol, después me recosté, quedándome dormido, hasta que el propio rector fue a despertarme…

3.
Una vez que alguien se cansó de golpear la puerta, me levanté para descubrir que mi estado era lamentable, más hice acopio de valor, petrifiqué una sonrisa, tomé la impresión de mí ponencia y salí de la habitación para encontrarme que los demás conferencistas estaban esperándome… tras las presentaciones, en las que no todos fueron amables, seguimos al rector rumbo al auditorio…

Caminé torpemente no sólo por la fiebre y el pleito que aún traía el vino con los antigripales, sino porque fuimos guiados por oscuros y húmedos pasillos, junto con intrincadas escaleras, entre los cuales alcancé a ver la atractiva figura de una conferencista…

Llegamos a la sala y descubrí todas las butacas ocupadas mientras irónicamente sonaba en la música ambiental Breakfast in America… sin mayor preámbulo dio inicio lo que el rector presentó como una velada entre autores, mientras yo luchaba por no quedarme dormido y bebía agua en grandes cantidades para reanimarme…


Tocó mi turno y no tuve más remedio que leer mis hojas, más ello no ayudó pues mi tono somnoliento contaminó a la concurrencia y aquello se convirtió en un dormitorio masivo: gente bostezando, consultando sus relojes, revisando el programa y lo más impacientes saliendo y entrando del recinto…

Al finalizar sonaron pocos aplausos e inició otro ponente… bebí más agua hasta que me sentí mejor, así que al llegar la sesión de preguntas mis síntomas se limitaban a los del resfriado, lo que no dificultó mi participación… terminado el evento el rector nos invitó a pasar al lobby para un brindis y generar una tertulia: dudé en asistir, pero mientras nos poníamos de pie alcancé a ver un par de manos femeninas que acomodaban sobre la mesa algunos los libros, poniendo encima el de Paul Auster: decidí darle una oportunidad a la convivencia…

4.
Conversé con algunos ponentes mientras tomaba más agua, cazaba bocadillos y cauto me acercaba al rincón donde se encontraba, acosada por varios asistentes, la hermosa dueña de Paul Auster...

Me mantuve a distancia aunque a la expectativa, más un fuerte estornudo me recordó mi gripe y que esa no es una buena tarjeta de presentación: apuré otro vaso de agua, acepté una derrota (sin pelear) y opté por ir a dormir pues al siguiente día los conferencistas debíamos participar en un taller literario…

Me alejé del bullicio, pregunté a uno de los meseros la manera de llegar a mi habitación y me fue señalado: bajar la escalera, seguir el pasillo, cruzar un patio e ir por un largo corredor que le llevará a un elevador y apretando el botón número 3 llegará a su destino… no se me hizo parecido al trayecto de venida, pero opté por confiar en él…

Siguiendo las instrucciones anduve por túneles en los que me perdí unos diez minutos, atravesé el innecesario patio y llegué al corredor donde al final la puerta del elevador comenzaba a cerrarse: apuré el paso, metí la mano y conseguí que las láminas de acero me permitieran entrar para darme de frente con la bella conferencista…

La saludé pero un ataque de tos y estornudos le impidió responderme… la convencí de que no le tomara importancia, lo agradeció con una sonrisa… yo recordé que debía presionar el botón 3 para llegar a mi habitación, pero ella ya lo había marcado: íbamos al mismo piso!...

- perdón - ofreció al sobreponerse…
- no te preocupes – insistí después de toser - padecemos de lo mismo…
- qué te pareció la charla? – me interrogó…
- excelente, aunque en mi caso pudo estar mejor…
- entonces lo mismo has de pensar de mí – se preocupó…
- me gustó – y previniendo la llegada a nuestro piso agregué – qué tal está “La noche del oráculo”?…
- bien – dijo mirándolo de reojo – interesante…

El elevador se detuvo, le cedí el paso y al salir los dos estornudamos: aunque ella tuvo que usar un pañuelo, nos disculpamos antes de soltarnos a reír por lo difícil que resultaba mantener una conversación… ya en el pasillo ella señaló hacia la derecha para indicar su rumbo: le dije que íbamos hacia el mismo lado… me dijo que se llamaba A mientras cada paso rumbo a su habitación ella lo hacía más lento y conversábamos sobre Paul Auster…

Dos días después, la mañana en que los ponentes partimos de regreso a nuestras ciudades de origen, “La noche del oráculo” iba en mi maleta con una dedicatoria y un número telefónico… a mi lado A entrelazaba su mano con la mía, la mutuas gripes habían desparecido y en mi mente, por fin, la aclaración de por qué las mujeres tienen debilidad por Breakfast in America

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