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30 de noviembre de 2016

Falleció Carlos, el gran Chamán

El Maestro Carlos era un enigmático Chamán con vasto conocimiento que usaba para salvar vidas, alejar muertos caprichosos, sanar, quitar brujerías y solucionar el problema más enredado.

Tuvimos amistad más de 20 años hasta que falleció, hace unos días y tras cumplir 72, situación extraña para muchos pues efectuaba cabalmente su misión espiritual. Ello se convertirá en una gran ausencia para los que teníamos un vínculo con él y quienes lo buscaban para aliviar sus penas.

Con su muerte, el Chamanismo en méxico se quedó sin uno de sus pilares: no exagero su importancia pues su anonimato (sin exorbitantes tarifas, ni templos suntuosos y lejos de la fama), hablaba de su grado de compromiso... también podría enlistar los dones de Carlos y sus artes mágicas, pero creo que algunas anécdotas lo explicarán mejor.

1.
Un hombre llegó, pagó su ficha y esperó paciente: sostenía un maletín, vestía un fino traje gris y permaneció callado. Llegado su turno pasó con Carlos y le entregó un papel con algo anotado, él leyó también en silencio, pidió una pluma, escribió al reverso y se lo regresó, el tipo dio media vuelta y se fue. Nos quedamos intrigados mientras el Chamán pedía a un aprendiz que saliera a buscarlo, mismo que regresó diciendo que no lo había alcanzado: desapareció, él se rio y nos explicó:

- nunca lo alcanzarás: el señor ya está muerto.
- cómo?! – exclamamos intrigados.
- sí, pero tenía un pendiente: entregar su maletín. Vino a mostrarme el nombre de la mujer que busca y le anoté la dirección donde encontrarla.
- y qué hay dentro de la valija? – preguntó alguien.
- estaba lleno de dinero – respondió Carlos divertido.

2.
En las pláticas con el Chamán salía el tema de un futuro terremoto peor que el de 1985. En ocasiones lo veía, junto con sus aprendices, agotados. Al preguntar el motivo alguno me explicaba.

- sentiste el temblor de ayer? – me cuestionaba a su vez.
- sí…
- esa leve sacudida iba a ser el gran sismo, pero Carlos nos llamó a todos en la madrugada para hacer oración y lo “aplacamos”.
- qué suerte – dije.
- ni tanta – explicó - algún día no podremos evitar que la madre tierra nos cobre el daño que le hemos hecho… ya verás cómo se pone esto.


3.
Antes de ser confinados al edificio donde laboro, indagaba con mis amigos del área administrativa si era seguro y las respuestas eran pesimistas. Uno de ellos me dejó recorrerlo y mi inquietud se convirtió en pavor: se veía endeble, con grietas y fallas como la falta de agua y el funcionamiento de elevadores… primero enfurecí y después me deprimí: en mi angustia busqué a Carlos y le conté lo que percibí.

- cabrones – exclamó tras usar su videncia.

Las siguientes semanas yo redundaba en el tema del inmueble, de la cercana mudanza y de mi depresión. Una vez me dijo:

- si yo te contara lo que hay debajo de ese edificio – exclamó.

Yo aludía a su caída por un temblor (que él predijo), me pidió le dibujara un plano, lo revisó, soltó su rabioso “cabrones” y trabajó con él. Al llegar la mudanza mis depresiones aumentaron. Los primeros días ahí fueron un infierno: apenas entraba y me deprimía, pero ya afuera el malestar se iba. Me quejé de nuevo y él dijo algo que me pasmó:

- cerca de ese edificio hay un panteón, verdad?
- sí…
- los que lo compraron saben que tiene defectos en la estructura, así que triangularon desde el cementerio energía oscura para que de momento no se caiga. Tu depresión es por los muertos que llamaron y de otros que fueron asesinados ahí cuando estaba en construcción.
- en serio?
- te traen jodido – explicó – pero te voy a proteger.

Trabajó y al final dijo no te preocupes. Mis depresiones se fueron. Seguí visitándolo y mis quejas se espaciaron. Cierta tarde hubo un derrumbe en los sótanos, retomé el tema con él y señaló:

- durante el gran sismo se derrumbará – y agregó - pero no te alarmes: a ti no te pasará nada.

4.
- Maestro: afuera hay una mujer que pide verlo – anunció el aprendiz.
- y? – lo cuestionó interrumpiendo nuestra plática.
- son ella y su hijo – aclaró el joven.
- y…? – repitió Carlos.
- serían dos consultas… pero no tiene dinero para pagarlas - aclaró.
- hazla pasar – ordenó.

5.
La llegada del Carlos a su templo era especial: usaba guaruras! sí, para bajar de su auto debían protegerlo y llevarlo hasta la habitación donde atendía. No era prepotencia: era por demás sencillo, más nunca supe la razón del resguardo. En una ocasión estaba parado cerca de la entrada, llegó, bajó de su auto y al entrar volteó hacia donde yo estaba y se puso triste. Pasaron horas hasta que él me preguntó:

- viste al niño?
- no – reconocí extrañado.
- estaba a tu lado… bueno, su alma: vino porque se suicidó en venganza porque su papá lo castigó una semana sin ver televisión por reprobar en la escuela.
- y? – pregunté.
- lloraba: ya no quiere estar muerto, pero no puedo hacer nada, en el peor de los casos, cuando te suicidas, puede que de castigo reencarnes en minutos en un bebé con una vida que será peor a la que llevabas… en el mejor te quedas en el limbo.

6.
La paciente lloró mientras contaba que le habían detectado un cáncer en la matriz que ya mutaba en metástasis. El Maestro rezó frente a ella, le dijo que regresara en 7 días y trajera un ramo de 7 rosas sin florear. Ella volvió en ese plazo, Carlos tomó los botones y sin tocarla los pasó por la parte inferior del vientre, uno por uno, apretando los capullos que al tronar hacían un ruidito extraño. Le pidió regresara en una semana con otros 7 botones rojos: fueron 7 sesiones. Al terminar la mujer se hizo nuevos estudios y el cáncer había desaparecido.


7.
Una vez lo busqué con urgencia debido a que mi madre tenía cinco días con neumonía; me observó con seriedad, pero tampoco se alteró: para él ningún caso era grave, más todos eran importantes. Me llevó a un salón muy amplio, en el tercer piso del templo, en donde también trabajaba, pero que sólo usaba en casos delicados. Inspiraba paz y contenía efigies que contrastaban con las que tenía en las otras habitaciones con motivos prehispánicos, runas y demás.

Me puso ante a una imagen y pidió dijera su nombre 3 veces. Al terminar me rodeó una luz que apenas me permitía ver, más distinguí la silueta de mi madre, delante de mí, antes de cerrar los ojos para evitar se lastimaran por el brillo. Tras unos minutos el resplandor desapareció.

- trajiste a mi madre?! – lancé sorprendido, más él se limitó a levantar los hombros, así que agregué – a su alma, su astral… o cómo?
- sólo la acerqué un poco – contestó antes de hacer un ademán para que saliéramos del santuario. A los 3 días mi madre estaba sana.

8.
Alguna vez Carlos llegaba a pie y sin guaruras. Antes de iniciar las consultas señalaba a un responsable de la jornada y se metía a su oratorio, más apenas cerraba la puerta sonaba el teléfono y a quien respondiera le decía que estaba enfermo y no asistiría. Cuando iban a buscarlo a la capilla estaba vacía: nunca había ido.

9.
Una mañana percibí que Carlos cojeaba. Al terminar la jornada ofreció consultarme. Me indicó: “necesito que visualices una cueva y aunque la entrada está oscura camina sin miedo… vas a buscar una luz que te llevará a una pequeña cámara: arriba hay un agujero por donde entran los rayos del sol y que iluminan un ojo de agua alimentado por un pequeño río”. Siguió guiándome, me llevó astralmente a ese sitio, me dio varias instrucciones y las realicé al pie de la letra.

Después contó que regresaba de Chiapas donde el día anterior cayó en una caverna: se lastimó el pie, no sabía qué hacer y sin más se le apareció un enorme y precioso tigre blanco. Se resignó a ser devorado por el animal, pero este no se atrevía tocar el agua ni a cruzar el halo de luz y caminaba nervioso de un lado a otro. Hizo oración y se relajó al tiempo que la bestia se tranquilizaba. Cuando se serenó la fiera se quedó quieta, se miraron a los ojos, el animal se metió al río, pasó por el potente halo de luz blanca, se le puso enfrente y entró dentro de él.


Carlos bebió agua, se refrescó la cabeza y después se quedó dormido. Al despertar caía la tarde, empezó a caminar despacio y dio con la salida. Ahí me llevó astralmente, a bañarme en el ojo de agua, para quitarme lo malo. Al final explicó que el tigre era su miedo a la muerte y que debió enfrentarlo para vencerla: era una prueba espiritual.

4 comentarios:

José Krüz dijo...

Por qué no develar secretos¡?

Sugeriria naaaaaaaaaaaaaaaa asi estan chidos.

ujule rachid dijo...

saludo mpangui... cuáles secretos?... develar?

Anónimo dijo...

No cabe duda que entre mas leo, menos se. Que tristeza.

ujule-rachid dijo...

así es anónimo: a todos nos falta mucho por aprender... saludos...