2 de abril de 2018

Ojuani Bofun


1.
La siguiente anécdota la recordé mientras observaba el alma del protagonista (incrédulo ante lo sucedido), a lado de su féretro.

2.
U era un joven indígena de origen mixteco, delgado y de baja estatura: nació en la costa de Guerrero: una de las zonas tropicales más calientes (por el clima), más conflictivas (socialmente) y más violentas (por el narco) en méxico.

Una vez que terminó la secundaria rural, su padre buscó que tuviera un mejor futuro que el de labrar la tierra y depender de la lluvia para obtener una cosecha, así que decidió enviarlo a la capital del país para que estudiara una carrera.

Padre e hijo hicieron un trato: el padre buscaría la manera de pagar sus estudios (preparatoria e universidad), mientras U vivía en casa de un pariente y a su vez él se comprometía a terminar una licenciatura. El joven aceptó siempre y cuando lo dejara escogerla.

Ambos aceptaron, pasaron los años, U cumplió su compromiso y tras entregar a su progenitor su título, aviso que se quedaría a vivir en la ciudad: había conseguido un empleo que le permitiría mandar dinero puntualmente a su familia cada mes.

3.
U era educado, amable y no olvidaba su origen humilde, pero tampoco manifestaba temor, vergüenza ni ocultaba que en la ciudad no estaban sus raíces: regresaba tres o cuatro veces al año para convivir con su familia.

Desconozco los motivos por los cuales se inició en la religión de los Orishas (de él nunca nació decirme qué signo había sacado en su coronación), pero era hijo de Yemayá y Eleggua: lo conocí en un tambor a Oggun pues su padrino era amigo de un Babalowo con el que en aquel entonces estábamos trabajando. Iba con su novia (una simpática joven también mixteca), congeniamos y ocasionalmente nos juntábamos para tomar un café y platicar sobre temas religiosos.

En una de esas conversaciones me confesó que cada que regresaba a su pueblo, llevaba consigo a su Eleggua: tenía la idea de que al Orisha le gustaba pasear por el campo, así que lo metía dentro de un morral y lo cargaba a todas las labores que su padre le encomendaba, según él, para que “no olvidara su origen campesino”.

4.
Cierto periodo feriado (siendo Aleyo), visitó a su familia y al segundo día, por la noche, su padre le dijo que había “un animal” que se estaba chingando a las gallinas de cría que tenía en su gallinero, así que le entregó un rifle, una linterna, le dijo que se llevara a los perros y que no regresara hasta que cazara al depredador, al parecer un zorrillo.

U salió de la casa de sus padres con un morral en donde llevaba a su Eleggua, seguido de los canes, y comenzó a rondar el gallinero a la caza del ladrón… así estuvo varias horas hasta que los perros detectaron a un animal, lo persiguieron y lo acorralaron provocando que subiera a un árbol hasta donde llegó U para tratar de aniquilarlo, sin embargo, cuando trato de encender la linterna ésta parpadeaba y no conseguía alumbrar más allá de algunos segundos.

Con esa poca luz distinguió un par de ojos pero no pudo conseguir un objetivo para apuntar con el arma, así que tomó la decisión de hacer guardia hasta la madrugada en espera de que la luz del amanecer le permitiera ver hacía su objetivo y disparar. Confiado en sus perros y Eleggua, se recargó y trató de dormir mientras los ladridos y gruñidos le daban la tranquilidad de que el animal no conseguiría bajar y escapar.

Dormitó tratando de ignorar los ladridos hasta que la tenue luz del amanecer lo despertó, le recordó por qué estaba ahí, buscó en el ramaje del árbol y lo que él creía era un zorrillo encaramado en el árbol, era en realidad un puma que lo miraba con ferocidad.

Dice que ante tal peligro en segundos tomó el rifle, apuntó, disparó y atinó en la cabeza del felino, de tal manera que cayó inerte, tras lo cual un fuerte temblor se apoderó de su cuerpo por el susto.

Con los años, como sucede en las zonas rurales, y en voz del padre de U, aunque sin citar a presencia del Eleggua de su hijo, aquella aventura se convirtió en anécdota hasta que se hizo leyenda.

5.
U tenía poco más de un año de haber coronado Santo y estaba haciendo los preparativos para ofrendar un tambor a Yemayá. En el velorio tuve oportunidad de conversar con su padrino, quien me compartió su toyale de Santo de su ahijado: fue cuando comprendí su muerte.

Dice el refrán: “estaba en el lugar y la hora equivocados”. U cayó herido mortalmente en un intercambio de disparos de dos pandillas rivales, a un par de calles de la estación de autobuses del sur de la ciudad, cuando se dirigía a recoger a sus padres, quienes venían a la capital para que un médico diera con el origen de algunos malestares repentinos de su madre.

Si la curiosidad de Ojuani Bofun (su toyale de Mano de Orunla) no lo hubiera dominado, el joven no habría asomado la cabeza para fisgonear (se había resguardado detrás una nevera dentro de una tienda de abarrotes), seguramente la bala disparada por uno de los sicarios no se hubiera alojado en su cabeza: murió en la ambulancia rumbo al hospital.

6.
Cuando el Oriaté pidió la atención de los Santeros y Babalowos presentes para dar inicio con el Ituto, avisé a mi esposa que era hora de salir del velorio: no pensaba permitir que Yemaya me montara para que llorara por U.


Publicar un comentario