1 de junio de 2018

Si lo ves, agárralo (santero cabrón)

1.
En esto de ser lector he aprendido algo: si te atrae un libro, cómpralo en ese momento (o cárgalo bajo el brazo mientras ves el resto de los anaqueles) y entonces decide si te lo llevas, pero si optas por el “luego regreso” atente a las consecuencias.

Lo anterior es flexible en una librería pues siempre tienen unos 10 ejemplares en bodega, así que si alguno nos interesa se puede ir a curiosear y de regreso ahí seguirá o se le pide al encargado, pero no sucede lo mismo en las Ferias de libros o en las Librerías de usados: si lo ves, agárralo.

2.
J se considera a sí misma como “una mujer más allá de la locura, tripolar, libertaria e intoxicada por una sustancia de origen extraterrestre” (bueno, esto último lo dije yo mientras tomábamos unas cervezas, le provoqué un ataque de risa y desde ese día lo incluye en su currículum).

Es poeta, violinista, pintora, feminista, se autodefine como bipolar y se declara “trisexual” (a saber qué significa), trabaja en una ONG ayudando a mujeres maltratadas y disfruta de una beca de CONACULTA para escribir su quinto libro de poesía influenciado por el infrarrealismo.

J puede desaparecer por años, cuando regresa me invita a tomar un café y platicamos como si nos hubiéramos visto hace un mes, como acaba de suceder: un sábado llamó por teléfono y me citó en el “Café La Habana”, más de última hora pidió vernos en el Zócalo. Conocedor de su bipolaridad no cuestioné el cambio y acudí a la cita a la que tan obsesiva como es llegó 10 minutos antes.

- vengo de Surinam – anunció – y en unos días parto hacia Micronesia.
- tú y tus giras por países raros – me burlé.
- ya sabes cómo soy – dijo encaminándonos a la entrada del metro.
- deberías aprovechar esas visitas y buscar un brujo… de esos que hacen trabajos imposibles: igual y consigue hacerte sentar cabeza o te pone unas cachetadas, te enamoras, tienes hijitos y ya te tranquilizas.
- al único al que le dejaría ponerme la mano encima sería a ti – dijo con la ambigüedad sexual que le caracteriza.
- gracias por la deferencia – me burlé – pero no hago exorcismos.
- cómo va tu esposa? – preguntó tras fulminarme con la mirada.
- bien, hoy y mañana estará en un curso sobre merkabas.
- cuídala, no te la vayan a robar… es muy guapa.
- no creo que alguien pueda.
- suenas muy seguro – dijo de una manera que decidí no descifrar.
- le llaman “vidas pasadas” – señalé y solté una carcajada.
- en esos terrenos nadie te la va a ganar, ni siquiera yo - dijo lasciva.
- qué haremos? – cambié de tema al pasar por los torniquetes del metro.
- vamos al “Paseo por los libros”: debo llegar con un regalo a Micronesia, luego iremos a La República por unas cervezas y si te descuidas te cogeré.
- eso último nunca sucederá – sentencié.
- ya sé… pero por lo menos debo hacerte sentir incómodo.
- eso tampoco ocurrirá… y a mi edad, menos.
- no te hagas el viejo – afirmó.
- no son los años - sentí que reiniciaba su (frustrada) intención de acostarse conmigo - pero a mi edad se hace uno selectivo… hasta para el sexo.
- cabrón, miedoso!... no serás invertido? – soltó y por alguna razón su tono me irritó, pero decidí desquitarme más tarde.
- qué buscas exactamente? – pregunté para tenerlo claro.
- algo raro de poesía o cuentos, ya sabes, raro – dijo y tomó por su lado.


- encontraste algo? – me interrogó luego de una hora.
- no – dije y agregué – bueno, sí… vi un libro de cuentos de Anaïs Nin, la primera edición de “Delta de Venus”, pero no creo que valga la pena.
- cabrón! – gritó – los cuentos de Anaïs Nin? sabías que esa edición es inconseguible?... dónde la viste?
- en el local 16… en uno de los “montones” de editorial Alianza.
- mierda – gritó, salió presurosa y divertido fui tras ella.

Llegamos al local donde había personas hurgando en el montón, J preguntó a un empleado por el libro, atrajo la atención de los clientes y se afanaron en la búsqueda: me imaginé lo que vendría.

- localizalo! – ordenó J y pensé que era improbable que los demás también lo buscaran, se coló a codazos y se abalanzó sobre el cúmulo de libros - dónde estaba? – gritó.
- por ahí – señalé cualquier lugar.
- cabrón! – repitió; tras varios minutos los buscadores desistieron mientras J arrojaba libros hacia cualquier lado – en dónde? – chilló.
- por ahí – repetí.
- carajo! – gruñó levantando los ojos hacia arriba.

3.
Minutos después el dependiente avisó que la librería cerraría, J lo fulminó con la mirada, él la ignoró, apagó la luz, hizo una señal a la cajera e intentaron bajar la cortina, mi amiga los encaró, amenazaron con llamar a la policía y desistió. Volvimos al Zócalo: ella frustrada y furiosa caminando hacia Los Portales, mientras yo veía hacia la plancha y recordaba el concierto que ofreció el grupo de rock chicano Los Lobos, un lluvioso marzo del 2001, donde hicieron un inolvidable jam con La Negra Graciana.

Ignoré a J y decidí disfrutar del paisaje nocturno que daba “La Catedral”, pero ella no pensaba darme paz: regresó y me jaló del brazo.

- por qué no lo compraste… o te lo robaste… o algo?
- Anaïs Nin? – dije con sorna e hice una mueca de desprecio.
- fue esposa de Henry Miller – gritó.
- ya lo sé – dije – y también era bisexual como tú.
- yo soy trisexual – clamó.
- lo que seas – le di por su lado y le propuse burlón – vamos por las cervezas, es temprano.
- ni pienses que te voy a coger – amenazó.
- eso nunca sucederá – reiteré.
- eres un cabrón – chilló.
- algo así – concedí.
- vete a la chingada: busco ese “Delta de Venus” desde hace años – reclamó.
- me imagino que era sexo puro.
- tú qué sabes de sexo? – cuestionó.
- menos que tú – me burlé – soy muy normalito en esos temas.
- chinga tu madre – escupió.
- sí, te doy las gracias de parte de la que ya sabes que está tirada en una cama desde hace siete años – contesté.

Se arrepintió por instantes, pero luego me miró con odio y repitió - chingas tu madre, pinche-santero-cabrón… invertido – dio media vuelta y se fue.

4.
Me quedé un rato paseando por el Centro Histórico (no me gusta hacerlo pues abundan los desencarnados que buscan conversación), me comí unos esquites y cuando me aburrí tomé un taxi para regresar a casa. Cuando llegué mi esposa ya estaba ahí, le conté lo sucedido, se rió largo rato y me sugirió regresar por el libro. Así lo hice al siguiente día: llegué y pedí al encargado me entregara el ejemplar de Anaïs Nin que había apartado la noche anterior.

8 comentarios:

Anónimo dijo...

Cuales son sus 3 libros invaluables?

Anónimo dijo...

Solo a usted le pasan tooooodas esas cosas!!!! Me preguntó; por que será? Buenisimo relato, como siempre.

rachid ujule dijo...

hola anónimo, mis tres libros?... me la pones muy difícil resumirlo en tres, son muchos los que me han enseñado tanto, pero te citaré El rey en el jardín de Senel Paz, El traje del Muerto de Joe Hill y El Bordo de Sergio Galindo... saludos...

rachid ujule dijo...

hola anónimo... jajajaja, ese comentario me lo han hecho muchas veces a lo largo de mi vida... hay gente que no me lo cree pero cuando pasan largo tiempo conmigo y son testigos de sucesos, terminan impresionados... siempre he dicho: no tendré dinero ni seré rico, pero soy millonario de anécdotas y experiencias... lástima que escribas como anónimo: no sé quien eres pero tienes unas preguntas muy interesantes... saludos...

Anónimo dijo...

Gracias. Algún día me decidire dejar de ser anónimo, le mandare un correo. Por cierto soy el primer anónimo, el segundo comentario no lo hice yo.
Saludos

rachid ujule dijo...

hola anónimo, tus correos serán bienvenidos... saludos...

Anónimo dijo...

Si mal no recuerdo, en otro relato comento de un libro que le regaló su papá y en ese entonces le ayudo mucho. podría compartir el nombre del libro? Solo por curiosidad.

rachid ujule dijo...

hola anónimo, podrías decirme en qué texto lo menciono?... levo escritos casi trecientos textos y no me acuerdo ya de muchos hasta que los releo... saludos...