En la cama con el diablo (última parte)

8.
—Esto sucedió
dos años atrás; sin embargo, hace seis meses sufrió un bloqueo intestinal. La hospitalicé,
le detectaron un tumor y murió, antes de que pudieran operarla, a consecuencia
de una septicemia que le provocó un infarto.
—¡Felicidades!
Eres millonaria — me burlé.
—No tanto, sí
había dinero, alhajas y esas cosas, pero tampoco da para ir a desayunar a París
unas crepas y regresar el mismo día.
—¿Qué quieres
de mí?
—Darle luz a
espíritu su espíritu. Más allá de si fue buena o mala persona, ella me llevo en
su vientre durante nueve meses y…
—Yo no doy
luz, eso lo hace otra persona. Yo solo lucifico desencarnados chocarreros
cuando se creen dueños de una casa.
—Suena a que
es lo mismo.
—Casi, pero no
— dije con vaguedad mientras pedía otro café.
9.
Sofía me
observó esperando detalles, pero no pensaba dárselos.
—¿Podrías decirme
en dónde se encuentra en este momento? — pidió.
Cerré los ojos
para usar mi videncia. Tardé un par de minutos en “localizarla” y lo que vi me desconcertó.
—Muéstrame una
foto suya. Una que traigas en tu teléfono — pedí.
—Ésta es una
de las más recientes — dijo tras buscar un rato. Colocó su celular frente a mí,
miré la imagen (parecía que la habían tomado a escondidas) y solté una
carcajada.
Regresé el
aparato empujándolo lentamente hacia ella con el dedo índice, miró la foto y
levantó la vista para verme. Le di unos segundos para que diera alguna
explicación, pero permaneció en silencio.
—Acabas de
cometer un gran error — avisé — paga la cuenta, que es lo que la gente decente
debe hacer cuando me busca para que les consulte...
—¿Qué sucede?
— se fingió contrariada tras mirar la foto de nuevo.
—… y dile a
Jade que la próxima vez que quiera que atienda a una de sus recomendadas, solo
será a gente honesta.
Me levanté y
comencé a bajar las escaleras rumbo a la salida mientras Sofía me pedía a
gritos volviera a la mesa. Una vez fuera hice la parada al primer taxi que se
cruzó en mi camino y le indiqué el destino.
En el trayecto
Sofía marcó tres veces a mi celular, mas no contesté. Luego envió una imagen,
la vi y un escalofrío recorrió mi espalda. A los pocos segundos envió un whats,
pero tampoco le respondí.
10.
Llegué a mi
casa al mismo tiempo que mi esposa volvía de su trabajo.
—¿Cómo te fue?
— preguntó al ver que no tenía el buen humor con el que acostumbro volver de
una consulta espiritual.
—Los
terrícolas no tienen remedio — dije y le di los detalles.
—No termino de
entender — aceptó.
—Me enseñó una
foto que no era de su madre.
—Quizá se
equivocó.
—No, por eso
le regresé el teléfono de manera que viera la imagen, pero además de verla, se
quedó esperando que yo dijera algo.
—¿Para qué le
pediste la fotografía?
—Quería
confirmar que la mujer que vi era efectivamente su madre.
—Tú no
necesitas fotos, con tu videncia lo ves todo.
—No cuando hay
demonios de por medio.
—¡¿Cómo?! —
exclamó.
—Tú sabes que
en el Mercado de Sonora puedes comprar todo, y me refiero a cualquier cosa.
—Creo entender
a qué te refieres…
—Los rituales
que hizo la madre de Sofía incluyeron pactar con un Demonio, además de que
siendo bruja… ya te imaginarás lo que ofreció.
—No lo digas…
ya conozco los antojos de los oscuritos.
—El problema
es que ofreció repetir el ritual y la ofrenda tres meses después, para
agradecer por la salud recuperada. Pero no lo hizo. Y tú sabes que a ellos
debes cumplirles lo que prometes.
—Lo sé —
coincidió conmigo — por eso querías ver una foto de su madre, para confirmar
todo.
—Sí, me costó
trabajo, tuve que forzar la videncia, pero “algo” me dijo que debía poner a
prueba a Sofía. Y con ello confirmé que parte de la historia que me contó tenía
varias mentiras.
—¿Cómo cuáles?
—Desde niña sabía
que su madre era bruja… la vieja no habló por teléfono con el Santero, Sofía
fue la encargada de enlistar el material que se usaría en el ritual, además de
que ese viernes no salió de la casa: fue testigo de todas las obras que hicieron
el Santero y su sobrino. Incluso les ayudó. Además, la propia Sofía y una de
sus hermanas estaban confabuladas para hacerle brujería a su tercera hermana,
con tal de quedarse con la herencia de la madre.
—¡Dios mío! —
exclamó — pero, cuenta: ¿dónde estaba la madre de Sofía cuando usaste tu videncia?
—La vi
acostada en una cama: era una mujer de edad avanzada, pero físicamente parecía
una momia. Imagínate un cadáver cuando se ha secado, pero sin pudrirse. Estaba tendida
de lado, como si durmiera, abrazada por atrás por un joven de unos 28 o 30 años,
guapo y sonriendo. —¡El demonio del pacto!
—Anjá…
—La mujer le ofreció
su alma para recuperar su salud y al no pagar el segundo sacrificio, él se lo
cobró con una terrible enfermedad.
—Fue
repugnante verlos.
11.
—¿Y de quién
era la foto de la mujer con la que Sofía te quiso engañar?
—¿Recuerdas
las palabras que usó al mostrármela?
—Sí… quería
saber en dónde se encontraba en ese momento.
—La foto es,
en realidad, de una abuela, también bruja, que está buscando a su nieto. Se lo
robaron de un hospital con apenas unas horas de nacido.
—¡Dios mío!
Ese bebé… ¡el santero!
—Sí. Quería
saber dónde vive la abuela que trata de encontrar a su nieto.
—Creo que tus
consultas espirituales son cada vez más turbias.
—Estoy
pensando seriamente en dejar de hacerlas en cafeterías y limitarme a responder
solicitudes bobas exclusivamente por mail.
—Desde un
principio estuve de acuerdo contigo en no meter a nadie en la casa para que les
consultaras, mucho menos para hacerles obras espirituales; pero ahora veo que
reunirte en cafeterías es igual de peligroso.
—Sí, pero
recuerda que el mundo espiritual no me dejó jubilarme. Me tiene agarrado de los güevos, así que debo
trabajar, aunque sea un par de veces al mes, para que no me molesten.
—Así que,
llegados a este punto, deberías considerar mi sugerencia de rentar un local
para que ahí puedas atender a tus pacientes.
—Eso sería
informar a sus enemigos en dónde pueden localizar a quien les está ayudando, y
vendrían a tirarme mierda, como cuando atendíamos ahijados en la casa y hasta
trabajos de vudú vinieron a dejarnos en la entrada.
—Consúltalo
con el Tata Calev — propuso.
Me quedé en
silencio, reflexionando, hasta que sonó el timbre de mi celular. Vi el
identificador y era Sofía. Rechacé la llamada, entré a WhatsApp y busqué el
contacto de nuestro amigo para escribirle, sin embargo, curiosamente, descubrí
que me había bloqueado.
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