11 de junio de 2026

El pacto de Santeros y Babalowos con los Orishas al morir (1)

 


1.
Preguntas para Aleyos, Santeros y Babalowos:
 
¿Les dijeron que al recibir su Mano de Orunla, cuando escurrió la sangre de los animales inmolados desde su cabeza hacia sus guerreros y collares, estaban haciendo un pacto y/o contrato espiritual?
 
¿Les comentaron que, iniciándose en la Santería, al hacerse los cortes en el cuerpo y verter su sangre sobre las piedras (otanes), que representan la energía de los Orishas, quedaban atados a él/ella para siempre?
 
¿Les indicaron que esa sangre era como un trato que no se podía romper?
 
¿Les explicaron que ese Orisha iba a estar con ustedes todos los días de su vida, y que después de muertos, también los iba a reclamar?
 
Supongo que sí, porque en todos mis años de religioso he conocido a padrinos que lo advierten día y noche a sus ahijados, a manera de amenaza o sentencia, aunque en el extremo, no conozco a nadie que lo cuestione, ni siquiera a los que se alejan de la Osha e Ifá, sin embargo… un breve adelanto de lo que aquí se tratará son las palabras del Rubén Cuevas Ojuani ni shi-di, uno de los Babalowos más importantes de Latinoamérica, con quien pude conversar tras su muerte gracias a mi don como muertero, cuando fumándole un habano como ofrenda, me dijo: “, cuando mueres, descubres que las cosas no son como yo creía”.
 
2.
Para entender qué son esos contratos, pactos, tratos y/o atamientos, conviene primero aclarar que esas palabras dentro de la Osha o Ifá no tienen el mismo significado que en otras tradiciones religiosas o en la vida cotidiana. Un Santero o Babalowo normalmente hablará, además, de consagración, coronación, iniciación, ceremonia, juramento, obligaciones o compromisos religiosos. Y no es lo mismo.
 
Hace años publiqué una entrada titulada: “Sí se puede dejar la Santería” (https://basurerodealmas.blogspot.com/2017/07/si-se-puede-dejar-la-santeria.html), así que este texto deberá considerarse su continuación.
 
Haré otra pregunta más, una básica: ¿te metieron muchos miedos mientras aprendías a trabajar la religión? Supongo que sí, pero igual asustan los curas católicos cuando advierten de que si te portas mal arderás en el infierno, los taoístas previenen que las faltas graves te restarán años de vida o los hinduistas te amenazan de pagar por tus malas acciones con karma en tus próximas vidas. Todo sistema religioso hace lo mismo, aunque en el caso especial de la Osha, tener miedo es básico para aprender a trabajar religión y hacer bien las cosas.
 
Con los años, si uno mira bien, estudia, analiza y cuestiona, pero sobre todo si se escucha a los religiosos que ya están cerca de la muerte, se descubre que el conocimiento de la Osha e Ifá es más amplio de lo que presumen la mayoría de los padrinos cuando hablan de los ciclos de la vida y la muerte.
 
Lo que voy a compartirles, lo aprendí de lo que me enseñaron los viejos y sabios Babalawos, algunos Santeros, lo que cuentan los patakíes, estudiando y lo que cala en los huesos después de vivir ciertas situaciones en la Osha.
 
3.
Cuando naciste tu sangre no era tuya, era la sangre de tu madre, y antes la sangre de tu abuela, y así para atrás hasta el primer “aliento generacional”, por llamarle de alguna manera (sugiero al amable lector consultar las definiciones sobre este tema en las llamadas “lealtades invisibles”): la sangre que corre por tus venas es heredada de todas tus generaciones anteriores, es algo material, igual que la carne que cubre tus huesos.
 
En la Santería, la sangre no se usa como un “pacto de venta de alma”, es la fuerza vital, el “ashé puro” que alimenta las piedras al serte asentado el Orisha. El ritual de los cortes (ya sea en la coronación o en ciertas ceremonias), no es un contrato negociado, es un anclaje: tú ofreces tu energía vital para despertar al Orisha dentro de la piedra y para vincularlo contigo como su hijo.
 
Cuando mueras, esa sangre se detiene, se enfría, se pudre como el resto del cuerpo hasta que tus huesos se hacen polvo. La deidad Yoruba que recibió tu sangre recogió algo de este mundo, no del otro, le diste algo que le pertenece a la tierra y como dice el refrán: “lo que es de la tierra, con la tierra se queda”.
 
El espíritu (que luego se transforma en alma, como lo he explicado en numerosos textos), no tiene sangre, posee memoria, ashé y camino, pero no tiene venas; cuando te vas, lo haces liviano y sin arrastrar líquidos, ni órganos ni nada físico de lo que era tu cuerpo.
 
Entonces, el pacto que hiciste con tu sangre fue un compromiso terrenal, válido mientras caminas sobre la tierra. Al cruzar el otro lado, al desencarnarte ese contrato se vence, como un documento que pierde validez cuando una de las partes se muere. Y la parte que fallece eres tú.
 
4.
Imagínatelo así: tienes un Shangó asentado en tu cabeza y representado con atributos en tu casa. Lo recibiste en una iniciación y con todo lo que manda la regla, también le pusiste en su batea sus piedras, herramientas, una corona y quizá hasta un pilón, pero antes le vertiste tu sangre, luego lo alimentaste con plátanos, carneros, aguardiente, gallos, coco, manteca de corojo y más.
 
Ese Shangó te habla a través del coco, diloggun o ekuele, te daba consejo, te protegía y te pedía sacrificios: es tuyo y, por decirlo de alguna manera, tú eres suyo, le perteneces astralmente, pero un día te mueres y ¿qué pasa con ese Orisha?
 
Si no hay nadie que lo herede (como correctamente se debe preguntar a los familiares del difunto sobre el destino de los atributos religosos), si las piedras se quedan solas o les dan religioso camino, entonces el Orisha se va, se devuelve a la naturaleza: al monte, al río, al mar, según pertenezca. Y ese vínculo, a fuerza de reiterarlo para dejarlo claro, se disuelve del todo, como si nunca hubiera existido.
 
Bajo ninguna circunstancia Shangó te sigue al más allá para pedirte cuentas, pues él se queda acá, con los vivos, su energía es esencia de la naturaleza y ella está siempre viva. Los muertos son territorio de los Eggun, no de los Orishas, aunque haya ignorantes que afirmen que “el muerto parió al santo”.
 
Ya lo señala Lydia Cabrera en su libro “El Monte” donde consigna entrevistas a algunos Babalawos de la vieja escuela, en Matanzas y La Habana, quienes solían decir: "La sangre que se da al Orisha es de este cuerpo, de este aliento, de este nombre. Cuando el cuerpo se acaba, la sangre que está en las piedras se seca espiritualmente. No es que el pacto desaparezca, es que el Orisha transforma esa sangre en memoria. Si el Eledá vuelve, el Orisha reconoce el “olor” de esa memoria, pero no puede reclamar obediencia de un muerto que renace, porque los vivos no mandan sobre los muertos".
 
5.
Esto es importante y mucha gente no lo tiene claro: cuando te mueras, no te recibirá el Orisha al que le jurabas y rendías culto, metafóricamente te acogerán tus muertos (esto sí cometes el error de permitirlo, ya escribiré un texto sobre la trampa del famoso “túnel con la luz blanca al final”): tu abuela, tu tatarabuelo, tus padres, tus hermanos o quizá hasta hijos si también se fueron antes.
 
Los Eggun son los que abren la puerta del otro lado para ti, ellos te limpian, te dan de comer, te enseñan cómo moverte en ese mundo nuevo. Y los Orishas no bajarán al cementerio, ni irán a buscarte al umbral ni mucho menos intentarán localizarte en esas falacias llamadas el cielo ni el infierno.
 
Los Eggun no hicieron ningún pacto de sangre contigo. Ellos son familia, te quieren porque sí, porque eres parte de ellos y lo que desean es que descanses, no que sigas arrastrando compromisos* de una vida que, para bien o para mal, ya terminó.
 
Cuando los antepasados ven que llegas con “un contrato atado al espíritu”, te lo sacan, te desatan, porque ellos saben que esos acuerdos son para los vivos. Un fallecido no tiene por qué honrar un pacto que hizo cuando respiraba porque ya no tiene nada que ofrecer (ni puede hacerlo).
 
Antes de seguir con el tema, para lo cual citaré un apataki, recordemos que Oggún le dio a Oyá su primera herramienta, el machete de hierro, con el cual ella corta los vientos y domina a los Eggun; cuando un devoto tiene un Eggun oscuro que le causa daño, se utiliza la fuerza de Oggún y sus cadenas o herramientas de hierro para cortar esa influencia y alejar al espíritu; Oggún es el dueño del cuchillo de sacrificio de los animales para ofrendar a los Eggun; el monte es la casa de Oggún, pero también es el lugar sagrado donde se entierran o se invoca a ciertos Eggun.
 
Hay más: en la esquina o rincón de los muertos de un Ile o en la casa de un religioso, se coloca una teja consagrada y un bastón de madera, pero el bastón de Eggun lleva campanas, clavos o elementos de hierro para que el sonido metálico despierte y llame la atención de los ancestros; en el extremo, en un tambor batá todos los timbales llevan herramientas de hierro para apaciguar a los Eggun; finalmente, en las consultas con el caracol o el tablero de Ifá, la relación Oggún/Eggun define el destino de la persona, pues si el muerto es necio, se utiliza a Oggún para sosegarlo si está cobrando una deuda ancestral o familiar.
 
Así que con ese antecedente (el vínculo entre Oggún y Eggun), vayamos al patakí en el Ifá tradicionalista, Ògúndá Òfún (Ogunda fun), donde se cuenta la historia de un guerrero que hizo un pacto con Ògún (Oggún).
 
El guerrero le dio su sangre y juró que lo serviría hasta estando vivo y también después de hubiese muerto. Cuando falleció, el Orisha fue al cementerio, desafiando a Òyá (Oya) e Iku (Ikú), a reclamar su alma, pero los Eegun del guerrero, todos sus ancestros, salieron a defenderlo porque en el nuevo nivel dimensional, ya no quería irse con el Òrìà (Orisha). Los Eegun le advirtieron a Ògún: "Acá mandamos nosotros: vivo, él era, efectivamente, tuyo, pero ya muerto, es nuestro. Respeta".
 
En esa versión, Ògún se tuvo que ir, pero este pataki no se comparte mucho en las casas de Santo iniciadas en el Ifá Afrocubano, porque les conviene que tengas miedo, así que falsa e incoherentemente se cuenta que el Orisha pelea y recupera el alma del guerrero.
 
*En caso de que optes por no caer en la trampa del “la luz blanca al final del tunel”, tampoco importa, ya que si te rehúsas evitarás reencarnar nuevamente, así que con esa opción también tendrás roto cualquier pacto que hayas echo en vida con cualquier entidad, incluyendo a los Orishas.


30 de mayo de 2026

¡Ay, Patricia!


 Patti Smith es un caso paradójico, irónico y conmovedor, de la sumisión cultural en las últimas décadas. Hay algo cómico en ver cómo una mujer que en los años setenta parecía salida de un barrio de mala muerte de Nueva York (despeinada, furiosa e insolente) terminó convertida en una abuelita sagrada del arte contemporáneo.
 
La cúspide de la parodia llega cuando se le otorga el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026: una antigua figura rebelde, criada entre poesía sucia, conciertos caóticos y actitud antisistema, es homenajeada por tan solemne institución. Hoy la gente la ve con la simpatía con la que se mira a una profesora que fuma marihuana a escondidas y cita poesía francesa.
 
Pero la mutación no fue de golpe, sino un fenómeno donde el tiempo convierte lo peligroso en tierno, pues de joven era cualquier cosa menos "tierna". Salía al escenario como si se hubiese peleado con su casero. No tenía la pose sexy del rock clásico y cantaba gritando con la actitud de "si no te gusta, peor para ti".
 
Pese a ser definida como la "poetisa del punk", nunca lo fue, ni visual ni musicalmente, solo en actitud, porque sus canciones estaban afectadas por el rock de los 60s, la poesía beatnik y el art rock; sus letras poseían complejidad lírica y su estructura musical se alejaba de la crudeza y la velocidad de bandas como los Sex Pistols o Ramones.
 
Lo de ella era pose, guardando reverencia hacia la tradición poética (Weil, Rimbaud y Baudelaire) y musical (The Velvet Underground y The Doors), con actuaciones que eran más montajes que honestos y furiosos ataques de tres acordes. Su estética andrógina y actitud desafiante la acercaron al punk, pero su obra la colocó más en una tradición de proto-punk.
 
En esa época era considerada grosera, y sí que lo era: Chris Frantz, en sus memorias "Amor crónico" (ya reseñado en este blog), describe el ambiente áspero de la escena artística de los 70s alrededor del antro CBGB (cuna de la contracultura en Nueva York), y retrata a Patti como “engreída, territorial, intimidante y ruda con los músicos o personas que no pertenecían a su círculo”.
 
Se podría justificar que en ese movimiento estaba el encanto y que, por ello, Smith no quería caer bien: pretendía ser incómoda como hacían los punks, y verse como alguien a quien no invitarías a cenar a casa de tu madre, pero como le comenté a Carlos Martínez Rentería, director de la revista "Generación" (de la cual fui colaborador): las actitudes de Patti Smith me parecen más una postura que conciencia. Me dio la razón.
 
Sobre esto, de la pose, Smith se delata en libros como "Just Kids", donde dice extrañar a Robert Mapplethorpe, Sam Wagstaff, Richard Sohl y a otros amigos muertos, pero resulta que detrás del cinismo había una persona “tierna”: lástima que esa cursi cantante sea la misma que hoy tiene su rebeldía enmarcada y colgada en una pared como diploma.
 
Lo divertido es que ahora las instituciones culturales que habrían pedido sacarla de un recinto en 1976, hoy la llaman "ícono cultural". Uno imagina a Patti, joven, viendo esto y soltando una carcajada, porque el sistema tiene esa capacidad de convertir a sus enemigos en caricaturas.
 
Ahí está el milagro: su rebeldía envejeció, empezó a usar lentes, a hablar despacio y a recibir premios otorgados por reyes, fundaciones y jurados bien vestidos, cuando lo punk sería rechazarlos.
 
Sí, Patti permitió que el tiempo se le notara: su voz se volvió frágil, el cuerpo lento, sus letras mutaron en libros y las entrevistas se hicieron reflexivas, produciendo un efecto curioso, la antigua amenaza empezó a despertar ternura y, a veces, aburrimiento.
 
Ahora el público la escucha recitar poemas y dice: "ay, qué linda viejita", cuando décadas atrás escupía al público e insultaba a sus músicos; genera un impulso protector y quizá eso dice más sobre nosotros que de ella: tendemos a perdonar a los rebeldes al envejecer, sobre todo a los que se quedaron a medias entre el elitismo cultural y rebeldía callejera.
 
No es novedad ver cómo ciertas personas atraviesan décadas para convertirse en caricaturas de sí mismas, aunque ella aún conserva algo que irrita: ¿serán esas trenzas con las que recoge su cabello encanecido?, ¿quizá su rostro (nunca vendió belleza, así que nunca la perdió) ahora cuarteado por arrugas alrededor de los ojos y la boca?, ¿o son sus largos monólogos y voz de abuela en sus conciertos?
 
Como sea, al final la chica rebelde mutó hacia la anciana dulce a la que se trata con delicadeza, y a veces hasta con reverencia. Y quizá la rebeldía consista en eso: sobrevivir al paso del tiempo sin volverse del todo respetable... aunque cobrando el cheque, claro.
 
Recibió el Premio Asturias, sí, que lo recoja (un diploma, una escultura de Joan Miró, medalla y 50.000 euros), que se vaya a su casa y escriba otro libro con reflexiones sobre la vida, que es lo que mejor se le da.

23 de mayo de 2026

Muchas nueces y pocos libros en el MOLEC


Tengo 30 años elaborando

estadísticas, sé de qué hablo

 

El Módulo sobre Lectura edición 2025 (MOLEC) del INEGI, nos acaba de recetar una dosis de optimismo y no de cualquier tipo: es uno de esos que no requiere cambios estructurales, políticas públicas efectivas ni metamorfosis culturales profundas, basta con algo mucho más sencillo y elegante: cambiar el método de hacer encuestas.

 

La más reciente metodología kafkiana de INEGI es inspiradora, pues donde antes leíamos poco, ahora leemos mucho; donde antes apenas alcanzábamos un modesto 41.8% de población lectora, hoy celebramos un gran 62.5% y en las zonas rurales donde no había bibliotecas, siguen sin tenerlas, pero sus habitantes son lectores gracias a whatsapp.

 

¿Milagro educativo o revolución cultural? No, más bien una amañada redefinición de lo que significa leer y de a quién contempló INEGI como lector.

 

Primero, el universo de estudio: antes, el MOLEC encuestaba a la población adulta (mayores de 18 años) en zonas urbanas. Ahora incluyeron desde los 12 años y cubre todo el país. Es decir, ya no midieron lo mismo, pero eso no impide que las cifras se presenten una tras otra de forma ascendente. Es como comparar la estatura promedio de los jugadores de basquetbol de la NBA con la de una población promedio y concluir que el país encogió. Los datos técnicos de INEGI válidos, pero al momento de analizarlos son una burla.

 

Segundo, diseño conceptual: en una jugada digna de aplausos, el MOLEC decidió que leer no es solo hojear libros, revistas, periódicos e incluso historietas, también cuenta revisar redes sociales, foros, páginas de internet, blogs y, obviamente cualquier texto que pase frente a nuestros ojos mientras desbloqueamos el celular. Así, el desplazamiento del pulgar se convierte en una intensa actividad intelectual y la lectura reflexiva ya comparte categoría con el scroll, sin diferenciar entre memes y titulares.

 

Por supuesto, esta ampliación tiene consecuencias: ya cualquier persona con acceso a whatsapp es lector, y como los adolescentes viven pegados a las pantallas de sus teléfonos, no sorprende que el grupo de 12 a 17 años arroje porcentajes tan entusiastas. Incluirlos aumentó el promedio nacional de tal manera que uno podría preguntarse por qué no empezar desde los seis años y consolidarnos como una potencia lectora.

 

Sin embargo, el MOLEC va más allá: no solo pregunta si leíste algo, sino si te consideras lector. Y claro, después de revisar el último hashtag sobre Christian Nodal y Ángela Aguilar, ¿quién no se sentiría tentado a responder que sí? La identidad lectora se igualó con la definición de lectura y ahora leer un libro y un hilo en redes son lo mismo al momento de poner una cruz en los reactivos de la encuesta.

 

El resultado es fascinante: en su informe el MOLEC afirma que cada vez hay más lectores, pero eso no implica que haya más lectura en el sentido tradicional del término (leer un libro). Otros indicadores (como el tiempo dedicado o el tipo de material) cuentan una historia menos entusiasta: se lee más, sí, pero no mejor ni con mayor entendimiento.

 

Y aquí otra joya: INEGI ya no pregunta si el lector entiende lo que lee, ahora cuestionan si “comprende lo que lee”, que de nada sirvió porque los resultados del 2024 y 2025 se mantuvieron iguales: solo el 22% de los lectores tiene una idea de lo que cruza por sus ojos.

 

Ahora, pasar de un enfoque urbano a uno nacional introduce diferencias importantes en acceso, hábitos y contextos culturales, pero en lugar de complicar el análisis con ajustes y advertencias, el informe es simple: el país mejora. Y en tiempos donde los indicadores del quehacer nacional son negativos, tener uno que responda de manera positiva por los “pequeños cambios” de la metodología, es un triunfo.

 

Lo peor es que al final el MOLEC no miente: sus datos son, en sentido estricto, correctos dentro de su fantasía protagonizada por principes y dragones. El problema es que sus términos cambian con una flexibilidad que haría sonrojar a cualquier analista de estadísticas. Así, más que observar la evolución del hábito de leer, asistimos a la evolución de “la definición” con la finalidad de que los resultados “mejoren”.

 

Quizá la lección más valiosa no esté en cuánto leemos, sino en cómo medimos lo que creemos que es importante, porque si algo demuestra el MOLEC desde hace 10 años es que, con inspiración metodológica, siempre es posible generar buenas noticias. Aunque, para apreciarlas, haga falta algo más que deslizar el dedo sobre una pantalla.

 

Para INEGI ya somos un país de lectores, no porque se lean más libros ni porque haya mejor comprensión o dedicación a la lectura, sino porque hoy basta con participar en el ecosistema digital para ser contado como lector. El problema de fondo permanece intacto al quedar disuelto entre porcentajes inflados y definiciones cada vez más burdas.


La disminución del 2.6% en la compra de libros durante el último año tampoco es importante, porque el MOLEC ha demostrado que resulta más sencillo redefinir la realidad que transformarla. Al final, cualquier indicador puede mejorar si se diluye aquello que pretende medir: si todo es lectura, entonces ya nada lo es.

 

Eso sí: las cifras nunca habían sido tan alentadoras y si en el próximo informe MOLEC hace nuevos cambios metodológicos e incluyen a quienes “leen” las groserías y albures que adornan las paredes de los baños públicos y cantinas, entonces seguro ocuparemos el primer lugar en el sistema intergaláctico lector.


16 de mayo de 2026

El consejo da sentido al ebboe en la Osha e Ifà


 
En la práctica de la Santería e Ifá resulta indiscutible que el consejo que dan los Orishas tiene más peso que las obras que mandan hacer. Esta idea tiene un fundamento espiritual y práctico profundo que vale la pena explicar con claridad.
 
Cuando se hace una consulta — a través del dilogún o del ekpuele — los Orishas no solo indican obras (ebboses), sino que transmiten orientación sobre cómo la persona debe conducirse en su vida. La consulta religiosa se convierte así en un binomio: el consejo corrige la causa, la obra atiende la consecuencia.
 
Todo Santero y Babalowo tiene la obligación de interpretar los signos a través de los cuales hablan los Orishas y de dar el respectivo consejo. Esto es parte intrínseca de la práctica de la Osha e Ifá; sin embargo, la calidad y claridad al momento de transmitirlo también importa. La responsabilidad no recae únicamente en el consultado. El religioso, como intermediario, debe transmitir el mensaje con transparencia y honestidad, sin omisiones. Un consejo dado a medias, suavizado por temor a incomodar, o malinterpretado por falta de conocimiento, es tan problemático como ignorarlo. Por eso la formación y el rigor del Santero o Babalowo no son un asunto menor: quien no conoce bien los oddun no puede transmitir bien el consejo, y quien no tiene el carácter para decir verdades difíciles falla en esa función.
 
En la Regla de Osha, en teoría, existe un principio elemental: los Orishas no mienten. Lo que sale en el registro es sagrado e indiscutible. Por eso el consejo debe recibirse con humildad y seriedad. Ignorarlo — aunque se hagan las obras — equivale a desobedecer a las deidades yorubas. Además, los Orishas aconsejan porque se interesan en la persona, no para juzgarla ni castigarla; su objetivo es corregir y guiar.
 
¿Por qué el consejo es lo más importante? Porque señala la raíz del problema en el que se encuentra el consultante, ya sea en el trabajo, la salud, el amor, la familia u otros aspectos de su vida. Las obras ayudan a resolver o suavizar situaciones concretas, pero las recomendaciones proponen cambiar conductas, decisiones o actitudes que generan el desequilibrio. Sin cambio interno, el problema se repetirá en condiciones cada vez más complicadas.
 
Cuando se consulta con dilogún o ekpuele, el Orisha no habla de forma literal, sino a través de signos (oddun), los cuales incluyen: la identificación del problema, su aspecto — iré u osogbo — un consejo sobre la conducta a seguir, los ebboses correspondientes y un patakí que ejemplifica la situación. El iré significa bendición, suerte o energía positiva: caminos abiertos, bienestar, éxito y protección. El osogbo es lo contrario: dificultad, conflicto, atrasos, obstáculos, enfermedades o pérdidas. Precisamente ante el osogbo se prescriben ebboses para evitar o disminuir esas situaciones.
 
A diferencia de la obra, cuyo efecto es específico y acotado en el tiempo — por lo regular 21 días — el consejo es una guía permanente que debe aplicarse a diario. El problema no aparece por casualidad: está ligado a decisiones, carácter o actitudes repetidas. Realizar un ebboe sin el consejo que lo sustenta es un ritual vacío.
 
Un ejemplo lo ilustra con claridad: si en una consulta los Orishas indican un ebboe en un cruce para abrir caminos, y además dan el consejo de evitar discusiones, no responder con ira ni actuar con violencia, pero el consultado realiza la ofrenda y sigue actuando con conflicto, estará bloqueando con su propia conducta lo que la obra intenta abrir. Sin transformación personal, toda obra durará menos de los 21 días esperados. Ya lo dice el refrán: "El oráculo te da el consejo para que entiendas tu problema, y el ebboe para que lo resuelvas".
 
En la cosmovisión yoruba, cada persona tiene un destino — un camino individual que puede ajustarse con decisiones, conducta y práctica religiosa. El consejo está alineado con ese destino: indica cómo caminar adecuadamente cada día para no desviarse. Dentro de la tradición de la Osha, no se trata de "evadir" el destino sino de alinearse con él. Si se actúa en su contra, surgen dificultades; si la persona se alinea, la vida fluye mejor.
 
Conviene distinguir entre consultarse ante cualquier Orisha — como Yemayá, Obatalá o Elegguá — y hacerlo al pie de Orunla. Este último conoce el oddu, camino o destino de cada persona antes de nacer: estuvo presente cuando los destinos fueron elegidos y por eso tiene acceso a información que otros Orishas no manejan con la misma precisión. Orunla no solo sabe lo que pasa, sino por qué sucede (por algo su nombre significa "solo el cielo sabe quiénes se salvarán").
 
En la práctica cotidiana, muchas personas se enfocan más en las obras, buscando soluciones rápidas y prefiriendo pagar por rituales antes que cambiar hábitos negativos. Sin embargo, el consejo implica una responsabilidad personal que la obra no puede sustituir: mientras el ritual depende del oficiante, el consejo depende únicamente del consultado. Hacer muchos ebboses sin seguir el consejo es como poner parches sin arreglar el problema de fondo. En algunas casas de Osha e Ifá puede incluso interpretarse como falta de respeto a la orientación de los Orishas.
 
El consejo también protege de la reincidencia. Si la persona no escucha ni reflexiona sobre lo que le dice el Orisha, volverá a caer en la misma situación, aunque haya cumplido con todas las obras prescritas. Los Orishas no solo ayudan: guían, corrigen y moldean el carácter de quienes acuden a ellos. Las dificultades pueden verse como lecciones sobre honestidad, paciencia, respeto, humildad y disciplina — virtudes conocidas en conjunto como Iwa pele.
 
En la tradición de Ifá, cada oddu contiene una enseñanza central sobre la Iwa — el carácter recto, la bondad esencial — que trasciende cualquier ritual. El consejo del Orisha no es una opinión pasajera, sino una lección de responsabilidad comunitaria, social y cívica que Orunla respalda, por eso se dice que los babalawos no solo aprenden los 256 oddun, sino que cada uno encierra una porción dedicada a enseñar el tipo de Iwa que Ifá sostiene como virtuoso.
 
Así, la conexión del Iwa pele con Ori contribuye a que el buen carácter permita que el destino de una persona se cumpla con éxito y armonía.
 
El ebboe es un ritual externo: limpia, abre caminos, apacigua o elimina energías, y actúa sobre el plano astral. El consejo, en cambio, es interno y constante: modifica cómo se piensa, habla y actúa, y se aplica todos los días. La Santería e Ifá son ante todo un sistema de sabiduría práctica, religiosa y espiritual, no un mero conjunto de rituales: sin la palabra del Orisha bien recibida y aplicada a la vida, las obras son como semillas en tierra seca.
 
Así, conviene recordar que: las obras abren caminos, limpian y protegen, pero es el consejo el que transforma.

29 de abril de 2026

En la cama con el diablo (última parte)

 


8.
—Esto sucedió dos años atrás; sin embargo, hace seis meses sufrió un bloqueo intestinal. La hospitalicé, le detectaron un tumor y murió, antes de que pudieran operarla, a consecuencia de una septicemia que le provocó un infarto.
—¡Felicidades! Eres millonaria — me burlé.
—No tanto, sí había dinero, alhajas y esas cosas, pero tampoco da para ir a desayunar a París unas crepas y regresar el mismo día.
—¿Qué quieres de mí?
—Darle luz a espíritu su espíritu. Más allá de si fue buena o mala persona, ella me llevo en su vientre durante nueve meses y…
—Yo no doy luz, eso lo hace otra persona. Yo solo lucifico desencarnados chocarreros cuando se creen dueños de una casa.
—Suena a que es lo mismo.
—Casi, pero no — dije con vaguedad mientras pedía otro café.
 
9.
Sofía me observó esperando detalles, pero no pensaba dárselos.
 
—¿Podrías decirme en dónde se encuentra en este momento? — pidió.
 
Cerré los ojos para usar mi videncia. Tardé un par de minutos en “localizarla” y lo que vi me desconcertó.
 
—Muéstrame una foto suya. Una que traigas en tu teléfono — pedí.
—Ésta es una de las más recientes — dijo tras buscar un rato. Colocó su celular frente a mí, miré la imagen (parecía que la habían tomado a escondidas) y solté una carcajada.
 
Regresé el aparato empujándolo lentamente hacia ella con el dedo índice, miró la foto y levantó la vista para verme. Le di unos segundos para que diera alguna explicación, pero permaneció en silencio.
 
—Acabas de cometer un gran error — avisé — paga la cuenta, que es lo que la gente decente debe hacer cuando me busca para que les consulte...
—¿Qué sucede? — se fingió contrariada tras mirar la foto de nuevo.
—… y dile a Jade que la próxima vez que quiera que atienda a una de sus recomendadas, solo será a gente honesta.
 
Me levanté y comencé a bajar las escaleras rumbo a la salida mientras Sofía me pedía a gritos volviera a la mesa. Una vez fuera hice la parada al primer taxi que se cruzó en mi camino y le indiqué el destino.
 
En el trayecto Sofía marcó tres veces a mi celular, mas no contesté. Luego envió una imagen, la vi y un escalofrío recorrió mi espalda. A los pocos segundos envió un whats, pero tampoco le respondí.
 
10.
Llegué a mi casa al mismo tiempo que mi esposa volvía de su trabajo.
 
—¿Cómo te fue? — preguntó al ver que no tenía el buen humor con el que acostumbro volver de una consulta espiritual.
—Los terrícolas no tienen remedio — dije y le di los detalles.
—No termino de entender — aceptó.
—Me enseñó una foto que no era de su madre.
—Quizá se equivocó.
—No, por eso le regresé el teléfono de manera que viera la imagen, pero además de verla, se quedó esperando que yo dijera algo.
—¿Para qué le pediste la fotografía?
—Quería confirmar que la mujer que vi era efectivamente su madre.
—Tú no necesitas fotos, con tu videncia lo ves todo.
—No cuando hay demonios de por medio.
—¡¿Cómo?! — exclamó.
—Tú sabes que en el Mercado de Sonora puedes comprar todo, y me refiero a cualquier cosa.
—Creo entender a qué te refieres…
—Los rituales que hizo la madre de Sofía incluyeron pactar con un Demonio, además de que siendo bruja… ya te imaginarás lo que ofreció.
—No lo digas… ya conozco los antojos de los oscuritos.
—El problema es que ofreció repetir el ritual y la ofrenda tres meses después, para agradecer por la salud recuperada. Pero no lo hizo. Y tú sabes que a ellos debes cumplirles lo que prometes.
—Lo sé — coincidió conmigo — por eso querías ver una foto de su madre, para confirmar todo.
—Sí, me costó trabajo, tuve que forzar la videncia, pero “algo” me dijo que debía poner a prueba a Sofía. Y con ello confirmé que parte de la historia que me contó tenía varias mentiras.
—¿Cómo cuáles?
—Desde niña sabía que su madre era bruja… la vieja no habló por teléfono con el Santero, Sofía fue la encargada de enlistar el material que se usaría en el ritual, además de que ese viernes no salió de la casa: fue testigo de todas las obras que hicieron el Santero y su sobrino. Incluso les ayudó. Además, la propia Sofía y una de sus hermanas estaban confabuladas para hacerle brujería a su tercera hermana, con tal de quedarse con la herencia de la madre.
—¡Dios mío! — exclamó — pero, cuenta: ¿dónde estaba la madre de Sofía cuando usaste tu videncia?
—La vi acostada en una cama: era una mujer de edad avanzada, pero físicamente parecía una momia. Imagínate un cadáver cuando se ha secado, pero sin pudrirse. Estaba tendida de lado, como si durmiera, abrazada por atrás por un joven de unos 28 o 30 años, guapo y sonriendo. —¡El demonio del pacto!
—Anjá…
—La mujer le ofreció su alma para recuperar su salud y al no pagar el segundo sacrificio, él se lo cobró con una terrible enfermedad.
—Fue repugnante verlos.
 
11.
—¿Y de quién era la foto de la mujer con la que Sofía te quiso engañar?
—¿Recuerdas las palabras que usó al mostrármela?
—Sí… quería saber en dónde se encontraba en ese momento.
—La foto es, en realidad, de una abuela, también bruja, que está buscando a su nieto. Se lo robaron de un hospital con apenas unas horas de nacido.
—¡Dios mío! Ese bebé… ¡el santero!
—Sí. Quería saber dónde vive la abuela que trata de encontrar a su nieto.
—Creo que tus consultas espirituales son cada vez más turbias.
—Estoy pensando seriamente en dejar de hacerlas en cafeterías y limitarme a responder solicitudes bobas exclusivamente por mail.
—Desde un principio estuve de acuerdo contigo en no meter a nadie en la casa para que les consultaras, mucho menos para hacerles obras espirituales; pero ahora veo que reunirte en cafeterías es igual de peligroso.
—Sí, pero recuerda que el mundo espiritual no me dejó jubilarme. Me tiene agarrado de los güevos, así que debo trabajar, aunque sea un par de veces al mes, para que no me molesten.
—Así que, llegados a este punto, deberías considerar mi sugerencia de rentar un local para que ahí puedas atender a tus pacientes.
—Eso sería informar a sus enemigos en dónde pueden localizar a quien les está ayudando, y vendrían a tirarme mierda, como cuando atendíamos ahijados en la casa y hasta trabajos de vudú vinieron a dejarnos en la entrada.
—Consúltalo con el Tata Calev — propuso.
 
Me quedé en silencio, reflexionando, hasta que sonó el timbre de mi celular. Vi el identificador y era Sofía. Rechacé la llamada, entré a WhatsApp y busqué el contacto de nuestro amigo para escribirle, sin embargo, curiosamente, descubrí que me había bloqueado.


25 de abril de 2026

Por qué no participaré en la Feria Internacional del Libro del Terror

 


Quienes siguen este blog recordarán que he escrito antes sobre cómo funciona el mundo literario en México: certámenes, publicaciones y eventos donde el amiguismo y los intereses oscuros suelen imponerse sobre el talento. Una dinámica que, con los años, me llevó a buscar opciones en otros países, donde predomina el interés genuino por difundir literatura sin importar la nacionalidad ni los acuerdos entre bastidores.
 
Esa decisión me ha permitido participar en certámenes y antologías de editoriales colombianas, argentinas y chilenas, experiencias que han sido enriquecedoras.
 
A eso se suma que México resulta excesivamente costoso en servicios editoriales: diseño, maquetación y corrección de estilo tienen precios desproporcionados frente a otros países. Mientras en Francia o España corregir un manuscrito de 400 cuartillas ronda los 10,000 pesos, aquí las cotizaciones pueden quintuplicarse, frecuentemente sin contrato de por medio que proteja al autor.
 
Todo esto es porque he decidido no participar en la Feria Internacional del Libro del Terror. Un evento cuyo nombre resulta bastante adecuado pues incluye un catálogo de géneros, como La novela de relaciones oscuras, El cuento de las conveniencias", El tratado del amiguismo y la ya clásica Antología de los que firmaron.
 
El acuerdo de participación incluía asistir como conferencista y stand para firma de ejemplares y venta, empero dichas condiciones para varios participantes se redujeron arbitrariamente a la venta. Además, tampoco era de gran ayuda que una feria del libro del terror haya terminado por incluir conferencias sobre ovnis y evangelios apócrifos (¿?).
 
A todo esto y más que sería largo de enlistar solo agregaría que hemos sido más escritores y creadores de contenido que, por sus respectivas razones, se han bajado del evento.
 
En mi caso prefiero reservar mi energía para espacios donde las obras hablen por sí mismas y a los autores se le trate con respeto.

18 de abril de 2026

En la cama con el diablo (1)


1.
—Lo reconozco, mi madre en vida fue una mala persona…
—Parafraseando al filósofo David Thoreau: “La maldad es la única inversión que nunca falla”.
—… pero fue mi mamá — ignoró mi comentario — me trajo al mundo y…
—Somos resultado de una cogida entre nuestros padres, a saber si fue buena o mala — la interrumpí — pero fue el pretexto para que naciéramos y depuremos karmas de los que no tenemos certeza de su origen.
 
Sofía me miró con dureza.
 
—Seamos claros antes de continuar: me pediste una consulta y la estoy haciendo, pero si no te gusta lo que diré, es mejor terminarla en este momento — advertí.
 
2.
Son extraños los caminos que me llevan a realizar consultas espirituales, ya sea que me lo pide la hermana de mi madre para su nieto, un amigo de la mejor amiga de mi amigo X, la prima de una lectora que afirma ha leído todas las entradas de mi blog, la compañera de trabajo que es prima del dueño de la recaudería de la esquina, el jefe de la jefa de la jefecita de mi sobrina. Hay personas de las que la recomendación se pierde entre la neblina espiritual.
 
En el caso de Sofía no sabía de su existencia hasta, que tras una tertulia literaria para promocionar mi libro “Muertero”, Jade, la organizadora, me la presentó y apenas estrechábamos las manos mi amiga agregó el fatídico “él te va a ayudar”.
 
Levanté los hombros mientras les explicaba que esa noche pensaba irme de copas con los amigos y amigas que llegaron al evento, más a Jade no le interesó mi plan, soltó un “los dejo solos para que platiquen” y se largó con el pretexto de “no sé qué”.
 
—Mi esposa está esperándome — me adelanté antes de que ella dijera algo — ¿quieres unírtenos? — mantuve la iniciativa.
—No bebo alcohol — avisó con algo cercano a la petulancia.
—Tú te lo pierdes — dije y me encaminé hacia el bar.
—Le pediré a Jade tu número telefónico — dijo pasando a mi lado, con prisa, rumbo a la salida. Llevaba un ejemplar de mi libro en la mano.
 
3.
—Empecemos de nuevo — propuso fingiendo humildad — mi madre en vida fue una persona mala. Defraudó, mintió, robó, maltrató, manipuló y chantajeó a todo aquel que se cruzara en su camino: mujeres, niños y ancianos; a los hombres los trataba de otra manera: se limitaba a sacarles todo el dinero que tuvieran a través de sexo — esto último lo dijo con cierto pudor — no sé si llegó al asesinato, pero viendo en perspectiva su grado de crueldad no lo dudaría.
—Vaya…
—Siempre se salió con la suya. Mi pobre papá fue su juguete, pero nunca se atrevió a criticarla, menos a abandonarla, pese a que ella no se esforzaba demasiado por disimular sus infidelidades.
—¿Te has cuestionado si lo tenía embrujado?
—No lo había pensado.
 
Sofía hizo una pausa que no venía al caso, sacó de su bolso su ejemplar de mi libro “Muertero” y lo agitó en el aire.
 
—Es para que me escribas una dedicatoria — avisó — la vez pasada que nos vimos no nos dio tiempo de conversar mucho — justificó, pero lejos de entregármelo o colocarlo encima de la mesa, lo dejó sobre su bolso.
—¿A ti te trataba mal? — seguí con el tema para dejarle claro que su intento de alimentar mi vanidad no había funcionado.
—No mucho, pero siempre nos hacía pelear entre las hermanas.
—…
 
4.
—Se hizo vieja, pero su malignidad no disminuyó. Cuando le dio un infarto y cayó en cama me confesó que era bruja, que sus trabajos eran infalibles, que iba a realizar unos rituales para recuperar su salud, pero necesitaría ayuda. Mi padre ya había muerto y mis dos hermanas habían marcado distancia con el pretexto de atender a sus familias. Yo nunca me casé, así que vivía con ella.
—¿Nunca te diste cuenta que hacía maleficios?
—No, por extraño que parezca en casa nada lo insinuaba, eso lo descubrí después, cuando murió: un día me hablaron por teléfono para cobrar la renta de un pequeño departamento donde hacía sus cosas.
—¿Cómo supiste que ahí practicaba las artes oscuras?
—Por lo que encontré…
 
5.
—Tenía el baño, cocina y una gran habitación para que la sala y la recámara se hicieran un solo cuarto. Estaba poco iluminada, aunque en los rincones había veladoras color negro sin terminarse. Una de vela de tono café, sobre una mesa de madera, estaba a medio consumir sobre residuos endurecidos de cera de otras velas.
—Conozco ese tipo de escondites, donde parece que el tiempo allí se midiera en rituales y no en días.
—En el centro había un círculo dibujado con sal y en medio restos de hierbas secas mezcladas con pétalos marchitos y ceniza. El aire olía a encerrado mezclado con inciensos. Sobre una repisa había frascos de vidrio etiquetados a mano; algunos con líquidos turbios, raíces retorcidas, semillas negras, polvos, ramilletes de plantas atados con listones rojos secándose boca abajo y en el piso un cuenco de barro con agua oscura donde flotaban bocabajo trozos de una fotografía.
—…
—La ventana estaba cubierta por cortinas gruesas que apenas dejaban pasar la luz. Había un libro grueso abierto sobre la mesa y sus páginas estaban llenas de anotaciones, diagramas y palabras subrayadas con tinta roja. A su lado, un mazo de cartas de tarot gastadas y una pequeña figura tallada en madera.
—…
—Todo lo tiré — terminó.
—Vaya — contuve la risa ante su descripción a lo Harry Potter.
 
6.
—Volviendo al tema. No me quería implicar, sin embargo, me convenció tras prometer que yo sería la única heredera de todo lo que tenía.
—¿Así que le vendiste tu alma al diablo? — me burlé mientras llamaba la atención de una mesera.
 
Ella pidió un refresco de cola y crepas parisinas, yo café y una rebanada de pastel de chocolate amargo.
 
—Hizo peticiones extrañas, pero todo se lo conseguí, incluyendo contactar a un Santero que tiene un local en el Mercado de Sonora: fui a buscarlo, los enlacé través de mi teléfono celular, le pidió algo especial y él se comprometió a llevarle todo el viernes de esa misma semana. Y de paso aceptó llevar a su sobrino, “tal como usted me lo pide, doña” — dijo.
—Vaya…
—El jueves por la noche ella me solicitó que saliera de la casa el viernes desde temprano, para que “no me implicara”, avisando que me llamaría cuando hubieran terminado sus rituales.
—¿Nunca supiste qué encargo le llevaría el Santero?
—No — dijo Sofía desconcertada.
—Quizá fue lo mejor que sucederá en tu vida — mentí.
 
7.
La había citado en la “Cafebrería El Péndulo”, en la colonia Roma, sobre la avenida Álvaro Obregón, para alejarme de la pulgosa perrera en que se ha convertido el “Village Café”.
 
—El viernes salí temprano, como lo solicitó. Fui al salón de belleza para arreglarme el cabello y las uñas, luego comí con una amiga, después me metí a una librería, no porque me guste leer, nomás a tontear. Estuve a punto de comprar uno, pero mi madre llamó avisando que ya podía volver. Al entrar a la casa, para mi sorpresa, ella estaba en la cocina preparando la merienda. No noté nada fuera de lo normal: ningún olor extraño, el piso estaba limpio y ni rastro de los materiales u objetos raros. Todavía entré al baño para fisgonear y no vi nada anormal.
—Así que las brujerías funcionaron — comenté cuando la mesera volvió.
—Sí, no solo se había recuperado del infarto, sino que, aunque suene extraño, se veía más joven.
—Eso es normal, rejuvenecer… ocurre con ciertos maleficios — me burlé de nuevo.