12 de septiembre de 2026
8.1 grados, trepidatorio
Es la segunda
vez que interrumpo la seriación de un texto, pero, telegrama urgente.
5 de septiembre de 2026
La Bruja (parte 1)
1.
Viajé a Querétaro por cuestiones de
trabajo, así que rápido, a los dos días de la semana completa que duraría mi
estancia ahí, ya había establecido mi rutina: me levantaba, entraba a la ducha,
iba a desayunar al restaurante del hotel y caminaba siete calles hasta llegar a
la Dirección local de la institución del medio ambiente donde trabajo.
No me gusta salir de la ciudad, salvo
que se trate de vacacionar, pero en ocasiones el trabajo técnico lo amerita,
así que ahí estaba un poco molesto (mi jefe me obligó a ir), pero por otro lado
contento porque Querétaro es una ciudad llena de desencarnados de donde seguro
saldría alguna historia para mi blog.
Aquella mañana iba caminando hacia las
oficinas de la Dirección local, por esa callejuela que nadie recuerda cómo se
llama pero que todos usan para acortar camino. El sol ya se asomaba, y las
sombras de las casas y edificios se alargaban como dedos huesudos sobre el
asfalto. Llevaba en mi mochila las velas y la sal que siempre cargo, porque en
este oficio uno nunca sabe cuándo va a necesitar un círculo de protección,
aunque sea para espantar a los vivos, que son más mezquinos que los muertos.
Salí hacia la avenida Jardines de la
Hacienda y solo me faltaba cruzar el Parque Jardines para llegar cuando la vi:
estaba sentada en una banca de esas que el municipio puso hace años y nunca ha
reparado. Era una mujer mayor, de vestido negro, con las manos cruzadas sobre
el regazo y una mirada fija en la nada. No le di importancia al principio. En
esta ciudad, las señoras de vestido negro son tan comunes como los baches y los
perros callejeros, pero algo en ella me hizo frenar el paso. Quizá fue que su
respiración no empañaba el gélido aire matutino, o fue que su sombra, bajo la
luz del sol que se filtraba entre los árboles, era más tenue que la de los
demás.
—Muertero —me llamó, y su voz era
ronca, como de quien ha hablado sola durante años.
Me detuve, no por cortesía, sino
porque cuando un muerto te llama por tu oficio, sabes que no es para pedirte la
hora: es porque quizá tenga alguna advertencia que comunicar.
—Te he visto pasar estos dos días
—dijo—. Y los muertos de esta ciudad hablan de ti.
—Señora —respondí, sin acercarme
demasiado— si quiere “una consulta”, va a tener que esperar. Voy camino a mi
trabajo, además de que no atiendo en la calle, ni gratis, y tengo una regla:
los muertos, como los vivos, "deben pedir cita" —me burlé.
Ella sonrió con tristeza, una de esas
muecas que se quedan grabadas en la cara después de muchos años de no usarla.
—Sé que vas a tu trabajo —dijo— por
eso te esperé aquí. No quería irrumpir en el hotel sin avisar. Los muertos
educados también existen, Muertero.
—Los desencarnados con educación son
los que menos confianza me inspiran —respondí, y no pude evitar el tono mordaz—
los que llegan con buenos modales suelen tener las peores historias. Seguiré mi
camino. Esta noche la espero en mi habitación, que supongo sabrá cuál es desde
el momento en que sabe que llevo días pasando por aquí, pero que sea luego de
cenar.
Ella no se movió. Solo me miró con sus
ojos grises, que parecían haber visto demasiado, y asintió lentamente.
—Esta noche, entonces.
—No puedo faltar porque ahí duermo —dije,
y seguí caminando sin mirar atrás, pero la sentí, observándome, mientras me
alejaba, y el frío que dejó en mi nuca no se fue hasta que terminé de cruzar el
parque.
2.
Volví al hotel de mal humor: habíamos
recorrido todo el municipio de Huimilpan, y dada la apretada agenda no habíamos
comido, así que al llegar la noche rechacé la invitación de los anfitriones para
conocer "El Faro", considerada la cantina más famosa de la ciudad:
solo quería bañarme y bajar al restaurante a probar las tradicionales gorditas
de migajas y una cerveza.
Mientras cenaba reflexioné sobre la
ingratitud del oficio de Muertero: los fantasmas llegan sin avisar, te exigen
respuestas y, si no les gusta lo que escuchan, te dejan ese frío en la nuca que
no se va ni con agua bendita. Pero bueno, uno elige su cruz, y yo elegí la de
hablar con los que ya no tienen lengua.
Noté que el camarero me miraba con
insistencia. Cuando le devolví la mirada, desvió los ojos y se fue a la cocina.
Más tarde, al pedir la cuenta, (dos cervezas después de que decidí subir a mi
habitación y enfrentar a la desencarnada), el mesero me dijo:
—Señor, disculpe, pero en la mesa de
atrás había una señora que no paraba de mirarlo. Cuando fui a atenderla, ya no
estaba.
Levanté los hombros y no le pregunté
más. Pagué y subí a enfrentar a la desencarnada, y usé esa palabra porque de
pronto me invadió la sensación de que el encuentro no sería agradable.
No había detector de humo, así que
tomé una vela, le hice discretas marcas en la parte de en medio y la encendí;
mas apenas lo hice, sentí que el cuarto se enfriaba. No era el frío común de
los muertos que llegan desesperados, sino uno más pausado, metódico, como si
quien llegara hubiera esperado su turno con paciencia. Al menos era puntual.
—Puede pasar —dije con ironía.
María se materializó frente a mí sin
hacer ruido. Se “sentó” y al mirar la vela soltó una leve sonrisa. Vestía el
mismo vestido negro gastado de antes, y sus manos, pálidas y huesudas,
descansaban sobre su regazo. Su rostro tenía la misma expresión de quien ha
esperado mucho tiempo, quién sabe desde cuándo.
—Gracias —dijo haciendo referencia a
la vela, y su voz sonó más clara que en la calle, como si el cuarto le diera
permiso para hablar sin reservas.
—No me agradezca todavía —respondí,
pues no era para halagarla, sino una trampa por si se ponía necia— no sé si le voy
a dar lo que quiere... pero le prometí escucharla. Cuénteme, María, ¿por qué me
esperó en esa banca, por qué no quiso irrumpir aquí sin avisar?, y ¿por qué, si
está muerta, no se ha ido todavía?
El silencio que precedió a sus
palabras no fue un vacío, sino uno de esos que se llenan de cosas que no se ven,
pero se sienten: el roce de algo que se arrastra por el techo, el susurro de
una respiración que no era la mía, el olor a tierra mojada que de repente se
hizo más intenso, como si acabaran de cavar una tumba en la alfombra del hotel.
La vela titiló, y por un instante su
sombra no fue la de “una mujer sentada”, sino la de una figura alargada, de
brazos que se estiraban como ramas secas. Parpadeé y la imagen se fue, pero el
frío que dejó en el ambiente se quedó pegado a mi piel, como un aviso de que lo
que estaba por escuchar no era solo una confesión, era una invitación a meterme
en un lodazal del que quizá no saldría limpio. María me miró, y en sus ojos
grises vi algo que no había visto en la banca del parque: no era tristeza, no
era desesperación, era la certeza de que ella ya había estado en ese lodazal
antes, y que no le importaría arrastrarme con ella.
Me miró largamente, como si sopesara las
palabras que pensaba usar, y luego comenzó a hablar.
3.
—Mi hija se llama Isabel —su voz se
suavizó— y todo lo que hice en vida fue por ella. No por mí, ni por mi orgullo
y tampoco porque disfrutara hacer daño.
—Siempre empiezan igual —respondí, y
no pude evitar el tono ácido— "por mis hijos", como si el amor por
esos caníbales justificara cualquier inmundicia.
Ella me miró con una mezcla de
paciencia y cansancio.
—Déjame terminar, Muertero, luego me
dices si fue por amor o egoísmo.
Asentí y me quedé callado.
—Isabel se enamoró de un hombre,
Rodrigo, un buen tipo, pero distraído: no la veía ni la valoraba. Así que una
noche de San Juan, con tres cabellos de él, un lazo rojo, un frasco de miel y
una gota de mi sangre, le hice un amarre, no para hacerlo sufrir, sino para que
la viera y supiera el tesoro que tenía enfrente.
—¿Y funcionó?
—Como el veneno de una víbora nauyaca,
Muertero. Rodrigo no podía vivir sin ella, la seguía, le compraba cosas: literalmente
le besaba los pies. Mi Isabel siempre fue una reina y los príncipes deben
arrastrarse ante ella, pero esa fue mi primera cruz.
La vela parpadeó, mas María no se
inmutó.
—Pero el amor no llena el estómago
—continuó— Isabel trabajaba en una oficina con un jefe, un tal Valenzuela, que
la tenía podrida en un escritorio sin ventanas. Los ascensos son para los
lamebotas, así que le hice un trabajo con limón y alfileres, seguro los
conoces... al mes, ese tipo empezó a ver sombras, a olvidar cifras, a caerse
por las escaleras. Lo declararon inservible e Isabel ocupó su silla. Esa fue mi
segunda cruz.
—¿Y ella sabía que todo te lo debía a
ti?
—Era lo más hermoso, Muertero: mi hija
creía que era merecedora de todo por méritos propios —respondió negando con la
cabeza.
—Como casi todos los vivos —musité.
26 de agosto de 2026
¿Trasplantes de órganos físicos o espirituales?
Hace unos
años, hojeando no recuerdo qué revista o suplemento semanal, leyó una reseña de
la película "21 gramos", del director de cine mexicano Alejandro
González Iñárritu, y páginas más adelante topó con un dato que le quedó dando
vueltas: las personas que reciben un órgano trasplantado (corazón, riñón,
pulmón, lo que sea) terminan, con el tiempo, adoptando gustos, manías y hasta
miedos que no tenían, y que coinciden sospechosamente con los del donante
original. No es un caso aislado ni una anécdota de revista dominical; ocurre
con la frecuencia suficiente como para que los médicos, que suelen tomarse
estos temas a la ligera, hayan tenido que sentarse a preguntarse qué carajo
está pasando ahí.
La ciencia,
claro, se encoge de hombros o habla de "memoria celular" sin terminar
de creérselo, pero la espiritualidad, que no necesita probar nada para sentirse
cómoda, lo tiene claro desde hace siglos: el cuerpo no es solo carne, huesos y
sangre circulando por venas, sino también un vehículo de información sutil, una
memoria viva que guarda en sus tejidos no solo biología, sino emociones,
pensamientos y, sí, también karma. Cada célula es un archivo, y cuando ese
órgano se trasplanta a otro cuerpo no lleva solo las instrucciones para latir o
filtrar, sino una carga energética, un registro del ADN espiritual del que ya
no está.
Y el receptor,
sin saberlo ni pedirlo, empieza a recibir no solo un órgano, sino una herencia
que no esperaba.
No es que el
corazón que ahora late en su pecho sea un simple músculo; es que ese corazón,
antes de ser suyo, fue de alguien más, y en ese alguien latió al ritmo de sus
alegrías, se aceleró con sus miedos, se rompió con sus penas, aprendió a amar
con sus afectos. Todo eso quedó grabado en sus fibras, en esa memoria que el
microscopio no ve, pero que el receptor empieza a sentir sin saber por qué,
como un equipaje que el donante no pudo llevarse y que el receptor debe cargar
sin haberlo pedido.
Sin embargo, no
es solo información emocional: también es karma, porque cada acción, pensamiento
y elección que hizo el donante dejó una marca en su campo energético, en ese
tejido vibratorio que no se extingue con la muerte, y que acompaña al
trasplante como un eco que no va a callarse. Así, el receptor no solo recibe el
órgano, sino también los conflictos no resueltos, los miedos no enfrentados,
los amores incompletos del otro, y todo eso empieza a manifestarse de formas
que ni la ciencia ni la psicología alcanzan a comprender.
Por eso una
persona que recibe un corazón empieza a tener antojos nuevos, a sentir miedos
que no le pertenecen, a soñar con personas que nunca conoció; por eso un
receptor de riñón cambia su carácter, se vuelve más suave o más irritable,
según el caso (como se muestra en la película "21 gramos", aunque en este
caso es quien recibe el corazón, el cual comienza a buscar a la que era la
esposa del donante). No es sugestión ni estrés quirúrgico: es información,
memoria, un registro de la vida del donante que está encontrando un nuevo hogar
y, al instalarse, reordena la vida del receptor como una corriente subterránea
que brota sin avisar.
Lo más inquietante,
y aquí es donde el asunto se pone interesante, es que ese órgano no solo
transmite información del donante, sino que también activa en el receptor sus
propios karmas pendientes, como si el trasplante no fuera solo físico, sino una
puerta que se abre a otras capas de la existencia. El receptor carga el karma
del donante, sí, pero también el suyo propio, ese que estaba dormido esperando
el momento adecuado para manifestarse, y entonces su vida cambia, se reordena,
se vuelve a veces más difícil, a veces más luminosa, pero siempre distinta,
como si la llegada del órgano hubiera sido la excusa que el universo necesitaba
para poner en marcha algo que ya estaba escrito.
Uno se pregunta,
entonces: ¿qué es un órgano trasplantado? ¿un objeto mecánico, una pieza de
recambio? ¿o es, más bien, un fragmento de alma, un trozo de camino andado, una
porción de la historia de otro que ahora se funde con la propia? Si el corazón
guarda memoria, si el riñón conserva huellas, si el pulmón retiene la
respiración del donante y la entrega al receptor, entonces el trasplante deja
de ser solo un acto médico y se convierte en una ceremonia, una ceremonia de
encuentro entre dos vidas, dos historias, dos karmas: el donante, que ya no
está, sigue hablando a través de su órgano, y el receptor, que sigue vivo, se
convierte en su voz sin saberlo.
Esta es la
raíz del asunto: el órgano no es solo un órgano, sino un vehículo de
trascendencia, la única parte del donante que sigue en este mundo prestando su
función, su memoria, su esencia a quien lo necesita para seguir viviendo. No es
coincidencia ni capricho biológico, sino una conexión que trasciende lo físico,
un hilo invisible que une a dos personas que se conocieron, pero que ahora
comparten un latido, una respiración, un destino.
Ahora bien,
así como el trasplante de órganos opera en lo físico, existe otro tipo de
trasplante que ocurre en un nivel distinto, que no requiere quirófano, bisturí,
equipos de médicos, ni un donante que haya muerto: es el trasplante espiritual,
y no es físico, sino energético.
Porque el
cuerpo humano, como se decía antes, no es solo materia, pero tampoco es solo
carne y huesos: es también un campo vibratorio, una red de energía que sostiene
lo físico, y en ese campo, en ese cuerpo sutil que las tradiciones llaman aura o envoltura energética, ocurre el trasplante espiritual. Cuando una
sanación es recibida, cuando una energía profunda se instala en el receptor, no
es solo la mente la que cambia, sino el campo energético completo, porque esa
energía penetra en las capas más profundas del ser, en esos niveles donde la
información no se procesa con palabras, sino con vibración, y al instalarse,
reorganiza todo el sistema.
Así, el karma,
en este esquema, no se hereda: es personal, intransferible, único de cada alma,
y lo que el trasplante espiritual hace no es pasar el karma de otro, sino
activar el propio y dar las herramientas para procesarlo desde una nueva
posición, como si la energía que se recibe no trajera problemas ajenos, sino
que limpiara el terreno para que los propios problemas puedan ser vistos con
claridad.
El trasplante
espiritual no es una transferencia de cargas, como sucede con el trasplante
físico, sino una sanación, y ésta no añade peso, lo disuelve: no da lo que no
es suyo, devuelve a lo que sí lo es, pero desde un lugar más alto, desde una
vibración distinta, desde una posibilidad que antes no se estaba en condiciones
de ver.
Así, el
receptor no recibe el karma de nadie más, sino un catalizador: su propio karma,
el que ya tenía, el que le pertenece, se reactiva y se reordena; no es que
desaparezca, es que su peso se transforma, como si el trasplante no quitara el
camino, sino que cambiara el vehículo para recorrerlo: el camino sigue siendo
el suyo, pero ahora tiene un motor más potente, una dirección más clara, una
luz que antes no tenía.
Entonces la
vida del receptor cambia, se reordena, se vuelve a veces más difícil, a veces
más luminosa, pero siempre distinta, porque lo que ha recibido no es una deuda
ajena, sino una herramienta nueva para enfrentar la suya propia; el karma no se
hereda, se activa, y al activarse, se ofrece como material de transformación,
no como carga.
Ocurre lo
mismo que con el órgano físico: el receptor empieza a manifestar cambios que no
puede explicar, no son antojos de pimientos verdes ni miedos al agua, sino
otras cosas: una nueva sensibilidad hacia lo que antes le era indiferente, una
comprensión que no ha razonado pero que siente verdadera, un deseo de cambiar
su vida que no sabe de dónde viene, como si esa energía, al instalarse, hubiera
activado algo que estaba dormido.
Y lo más
profundo: el trasplante espiritual no es pasivo, el receptor no es un
recipiente vacío, sino que su propia energía se mezcla con la que ha recibido,
la metaboliza, la transforma; por eso el mismo tipo de intervención, al ser
recibida por dos personas distintas, se manifiesta de forma diferente, como el
órgano físico que se adapta a su nuevo cuerpo, la energía recibida se adapta al
campo energético de cada quien.
Obviamente
también hay riesgo de rechazo, como en el trasplante médico: hay personas que
reciben una sanación y no la integran, no porque la sanación sea falsa, sino
porque su campo energético no está alineado, y en consecuencia lo que debía ser
un trasplante se convierte en una carga, en una tensión, en un conflicto
interno sin resolución.
Pero cuando se
da, cuando la energía encuentra un hogar, ocurre algo hermoso: el receptor no
solo se transforma, sino que esa transformación no termina en él, porque como
el órgano trasplantado sigue latiendo en un nuevo pecho, la energía recibida
sigue viva en una nueva alma, y esa alma, a su vez, se convierte en un
testimonio vivo de que esto es posible, no porque haya heredado una enseñanza,
sino porque la experiencia de haber sido sanado es, en sí misma, una enseñanza.
Y al final, el
trasplante espiritual enseña algo profundo: que no somos islas, que todo está
conectado, que cada vida deja huella en otras, pero que esa huella no es una
deuda, sino un eco, y este, al ser recibido, no ata al pasado del otro, sino
que abre a la posibilidad de transformar el propio presente, porque el karma no
se hereda, se transmuta, y el trasplante espiritual es, en el fondo, una oportunidad
para hacer eso: transmutar lo que ya era suyo, pero desde una vibración que
antes no se tenía.
Ahora bien,
esto no es para cualquiera, no porque sea exclusivo o secreto, sino porque no
todo el mundo tiene acceso a quien pueda hacerlo (no hay clínicas de
trasplantes espirituales en cada esquina ni especialistas con título
universitario en esto), y los que lo hacen, chamanes, curanderos, sanadores,
suelen estar fuera del circuito médico convencional, y muchas veces fuera del
alcance de la mayoría, no por elitismo, sino por algo más mundano: todo ellos,
al menos los que yo conocía, han fallecido.
Pero cuando
ocurre, si una persona tiene la fortuna (o el destino) de encontrar a alguien
que pueda hacer este tipo de trabajo, lo que recibe no es una herencia ajena,
ni karma de otro, ni deuda de un linaje, ni carga que no le pertenezca, sino
más bien un vehículo de transformación. Una oportunidad de no volver a cometer
errores.
15 de agosto de 2026
Un espejo distópico de nuestro presente
Publicada
en 1987, “Las torres del olvido”, del australiano George Turner, no es una
novela más de ciencia ficción: es un escalofriante ejercicio de anticipación
sociológica que hoy, casi cuatro décadas después, se lee como un diagnóstico
lúcidamente profético de nuestro tiempo. Recibió numerosos premios y no es
difícil entender por qué.
El
autor no especula sobre naves espaciales ni inteligencias artificiales. Su ciencia es la sociología, la economía y
la ecología. Y lo que proyecta es el colapso de una civilización que, por
codicia e indiferencia, permite que el cambio climático, el desempleo masivo y
la desigualdad social converjan en una tormenta perfecta.
En
un futuro lejano, unas gigantescas torres medio sumergidas emergen de la bahía
de Melbourne, últimos vestigios de una civilización que se autodestruyó a
mediados del siglo XXI. Una joven historiadora intenta reconstruir aquella
época de convulsiones sociales y trastornos climáticos, y decide hacerlo en
forma de novela. Esa novela dentro de la novela es la que realmente leemos: la
historia de la familia Conway, cuyo padre (un supra de clase media), pierde su empleo ante un programa
automatizado y precipita a toda la familia en el abismo de los infra.
El
corazón de la distopía de Turner es una sociedad partida en dos: Los supras: con trabajo estable,
viviendas dignas, educación de calidad, sanidad eficiente y ocio. Son el 10% de
la población, y Los infras: sin
empleo, hacinados en gigantescos rascacielos convertidos en guetos, viven de
subsidios estatales miserables, sin educación ni sanidad digna, prácticamente
abandonados a su suerte.
"Nueve
de cada diez habitantes de Australia eran infra,
y muchos otros países estaban en peor situación" (se lee en una de las
páginas), y describe cómo la frontera entre ambos mundos está firmemente
trazada. Los niños supras apenas han
visto en su vida a un infra. La
segregación no es solo económica, sino física, educativa y emocional.
Lo
que hace de “Las torres del olvido” una obra tan perturbadora es que el proceso
que describe no es fruto de un gobierno totalitario ni de un complot malvado,
sino de un sistema que nadie dirige conscientemente pero cuyo resultado
inevitable es la opresión.
Turner
retrata con precisión situaciones que estamos viviendo en este 2026, donde una
automatización (tal cual hace hoy la inteligencia artificial) elimina puestos
de trabajo y crea una masa de inempleables;
el cambio climático agrava la escasez de alimentos y energía; la concentración
de la riqueza se acelera y los ricos acaparan recursos por miedo a que desaparezcan,
y el Estado, desbordado, mantiene a los infras
con subsidios en guetos donde los servicios públicos escasean.
Turner
va aún más lejos y el eco-fascismo llega en forma de un virus de diseño que
permitiría eliminar a gran parte de la población infra, que "está llevando al Estado a la bancarrota". La
pregunta sobre cómo evitar que la epidemia alcance a los supras es, en sí misma, una confesión escalofriante de hasta dónde
puede llegar la lógica de la segregación.
Numerosos
críticos han señalado la exactitud escalofriante con la que el autor anticipó
nuestro presente. No porque acertara en los detalles, sino porque comprendió la
dinámica de nuestro sistema: la desigualdad no es un accidente, sino una
consecuencia previsible de la automatización, el cambio climático y la falta de
interés para redistribuir la riqueza.
Hoy
atestiguamos cómo las ciudades se segmentan en barrios ricos y pobres, el
acceso a la educación se convierte en un privilegio, y el color de piel decide
oportunidades. Los guetos de Turner (las torres de cemento donde cien mil
personas se hacinan sin esperanza), no son diferentes de las periferias
marginales que crecen en nuestras ciudades, donde los centros comerciales se
diferencian por la calidad de las mercancías que venden, tiendas cuya verdadera
finalidad es hacer que los pobres se queden en sus barrios y no incomoden “con
su fealdad” aquellos donde los ricos sí gastan dinero en objetos de lujo.
Turner
no retrata a los infras como una masa
homogénea de víctimas pasivas, sino como un ecosistema social donde, al carecer
de recursos, los propios habitantes se convierten en verdugos los unos de los
otros. Dentro de las torres, la escasez genera microcastas basadas en la
capacidad de conseguir alimento, en el control de los ascensores (que funcionan
de manera intermitente) o en la posesión de objetos de trueque. Esta lucha
interna por la supervivencia fragmenta a la clase baja, impidiendo cualquier
rebelión organizada.
Destaca
el papel de la burocracia y la beneficencia estatal, donde el gobierno crea un
sistema de subsidios que mantiene a los infras
con lo justo para no morir (cómo hace el gobierno mexicano con sus programas donde
regala pesitos cada dos meses), pero
tan precarias sus migajas que les roba su dignidad, capacidad de ahorro o
movilidad social.
Turner
acusa un elemento perturbador que no es un gobierno autoritario, sino una
maquinaria mediática que adormece a los infras
cuando describe cómo son enajenados con diversión trivial que desvía su
atención del origen de su miseria. A los niños se les educa para que acepten su
lugar en la escala social como algo natural, y a los supras se les inculca temerles, no por lo que puedan hacer, sino
porque su inferioridad moral es contagiosa.
Esta
doble estrategia es el mecanismo más realista y aterrador de la novela, ya que nos
advierte que los muros que nos separan no solo son de hormigón y políticas
públicas; los más efectivos los construimos en nuestras mentes, aceptando que
la miseria del vecino es su problema y que el sistema, por malo que sea, es el
único orden posible.
“Las
torres del olvido” no es una novela cómoda. Su ritmo es pausado, sus personajes
son moralmente ambiguos y carentes de espiritualidad, y su mensaje es directo y
descarnado, pero precisamente por eso es una lectura imprescindible para
quienes quieran entender hacia dónde nos dirigimos si no corregimos el rumbo.
George
Turner no nos ofrece héroes ni soluciones: muestra un mundo donde la caída
social es un resbalón que puede ocurrirle a cualquiera, donde la línea que
separa a los ricos de los pobres es más frágil de lo que creemos. Y nos
advierte, con la frialdad de un sociólogo y la lucidez de un visionario, que
los guetos no se construyen solo con muros: se erigen con esa mezquindad, codicia,
mentiras, indiferencia que ya forman parte de nuestra naturaleza, además de la
falsa creencia de que el sistema siempre nos protegerá.
31 de julio de 2026
La recién nacida
para fanny: es hora de verte ante al espejo
Estacioné el auto, fui a la cajuela y saqué una bolsa en cuyo interior iban “Apócrifos cristianos antiguos” (de mi esposa), “La biografía de Phil Lynott” y “En lo más profundo del sur” (míos): nuestras adquisiciones de esa tarde en la librería Casa Bosques.
Mi esposa y yo caminamos hacia la entrada del edificio, mientras me veía sentado en la sala, con un whisky y hojeando las compras, pero nos cruzamos con Paula, una vecina. Lloraba y se veía afligida.
Ella y su esposo, Antonio, llegaron a vivir al edificio tras haberse casado. Traían prisa, así que la mujer no tardó en embarazarse. Mi esposa se llevaba bien con ella ya que era un matrimonio sano y joven que a veces rayaba a ingenuidad.
—¿Todo bien? — la interrogó
—Sí, ¡NO!… pedí un Uber para llevar a mi bebé al hospital, pero canceló de último minuto, pedí otro y lo mismo. Mi auto no arrancó y el de mi esposo tiene una llanta baja. No sé qué pasa, todo está en nuestra contra.
—¿Qué tiene tu nena? — le preguntó.
—Vomita, tiene diarrea y no ha parado de llorar desde la tarde.
—¿Aceptarías que mi esposo la revisara? — ofreció sin dudar, provocando que yo la mirara con dureza.
—¿Eres médico? — se dirigió a mí.
—Algo parecido — atajó mi esposa.
La joven dudó. Me observó y por su expresión no atinó a deducir nada sobre mí, pero tantas trabas para atender a su bebé se impusieron.
—Sí, gracias, pasen — dijo, metió la llave en la cerradura, entró, mas no me moví y puse mi mano en el hombro de mi esposa para que esperara.
—No atiendo niños. Lo sabes bien — advertí.
—Es una bebé, un angelito con una misión especial en la vida.
—Me vale una fumada: tendrá su misión, pero la mía es no aliviar críos. Si le toca morirse no es mi tema. Igual es una Abikú* y le llegó su hora.
—Ya, vamos… — dijo, me tomó de la mano y me jaló al interior.
Entramos y nos vimos en medio de una sala con sillones nuevos, una gran pantalla y un librero vacío. Todo pulcro y en orden, con el optimismo que las nuevas parejas impregnan a todo lo que hacen pensando que la suerte va a sonreírles siempre. Paula salió de su recámara, seguida de Antonio con la bebé llorando. Estaba claro que ya habían conversado, pues este me miró con curiosidad. Dejé la bolsa con los libros en un sillón.
—Dice mi esposa que usted es médico — aventuró.
—No curo niños — repetí en el oído de mi esposa, pero no se inmutó, al contrario, se adelantó, sacó a la nena de sus brazos y regresó a mi lado para entregármela.
No se la recibí, pero coloqué mi mano sobre su vientre y el dolor extremo que sentí me asustó.
—No voy a perder el tiempo con explicaciones: su hija está grave, ¿quieren que la cure? — cuestioné.
El matrimonio cruzó miradas llenas de confusión, más ella se adelantó y movió la cabeza afirmando.
—Bien, van hacer lo que les diga y cualquier cuestionamiento que me hagan, me largo y ustedes serán responsables de lo que le suceda, ¿estamos claros? — advertí y los dos asintieron.
—Lo que sea necesario, pero que ya no sufra — agregó Paula.
—Bien, vamos a su recámara — ordené.
Antonio dudó por un segundo, pero de inmediato señaló donde dormían. Entramos y, al igual que la sala, estaba en perfecto orden. Clavé mi mirada en la cama.
—Lo advierto por última vez: no abran la boca más que para responder lo que les pregunte. ¿En qué lado duerme Paula?
—Aquí — señaló Antonio.
Me coloqué enfrente, usé la videncia y sin dudarlo levanté las cobijas de manera que la cama quedara despejada.
—Necesito dos cubetas llenas a un cuarto de agua, algún aguardiente, un cuchillo y una vela — ordené a Antonio.
—Velas solo tenemos rojas… de navidad — dudó — y licor solo tequila.
—No cuestiones y trae lo que te pedí — advertí.
Cinco minutos después el tipo volvió. Le pedí los baldes y los coloqué frente al lugar donde dormía la madre, dejando espacio entre ambas. Cogí la vela y con el cuchillo escribí unos signos sobre la cera.
—¿Cuándo nació?
—El 29 de febrero de este año.
—Vaya… ¿a qué hora?
—18:20, ¿eso es bueno? — interrogó él, pero lo ignoré: tomé a la bebé de los brazos de mi esposa, la acosté en la cama y advertí a sus padres.
—Pongan atención: Antonio va a sostener la vela, Paula la va a encender con cerillos mientras me hinco frente a la cama. Ella se va a parar detrás de mí. Voy a cerrar los ojos para que no piensen en pendejadas sobre lo que haremos a continuación: se va a sacar los pantalones, la pantaleta y me la va entregar. Luego se vestirá. Abriré los ojos y lo que haré después es asunto mío. ¿Dudas, reclamos?
—No — titubeó Paula. Antonio no dijo nada.
—Empecemos — ordené y tal cual sucedió: ella se quitó la ropa inferior, me entregó la pantaleta y comencé a limpiar el vientre de la bebé mientras crecía su llanto, pero no me importó: pasé varias veces la prenda y luego cubrí con ella la cabeza un par de minutos.
Cuando consideré que había quitado parte del mal, cogí la pantaleta y la hundí en una de las cubetas, luego coloqué mi boca sobre el estómago, aspiré hasta sentir náusea y escupí en el otro balde. Di un trago al tequila, cubrí su carita, le lancé el chorro y dije: “Regreso el mal a la persona que te ordenó dañar a este ser inocente”. La bebé dejó de llorar.
La levanté, la cubrí con mis brazos y pedí a la mujer generara mucha saliva y luego sacara la lengua, empapé mi dedo índice y luego hice una cruz en su cabeza y otra en el vientre. Luego se la entregué a su madre y vomité una sustancia negra en el otro balde.
—¡Hay una cosa moviéndose en el fondo! — gritó Paula
—¿Tu baño? — pregunté ignorándola.
Una vez ahí metí la mano para atrapar y destripar a la cosa, luego vacié todo en el váter. Hice una patipemba** en el piso con el dedo índice, antes de vaciar la caja.
Volví a la recámara y la niña seguía dormida, iba a despedirme cuando Antonio preguntó.
—¿Quién le hizo daño a mi hija?
—La última visita que tuvieron en casa.
—¡Tu madre estuvo ayer aquí! — gritó Paula.
—No sé cómo zafarme de ella, que ya no venga: odia a mi familia — dijo aún con la vela en la mano.
—¿Por qué usaste la pantaleta? — interrogó la mujer.
—Es lo mejor que hay para curar a los recién nacidos antes de que cumplan tres años de edad — respondí con vaguedad.
—Entonces no eres doctor, sino una especie de chamán — acusó Antonio aún con la vela en la mano.
—Nunca dije que lo fuera: ustedes se contaron esa historia.
—Pero… — quiso insistir, mas no se lo permití.
—Espera 24 horas, saca la pantaleta de la cubeta, la lavas y puedes usarla de nuevo. Si quieren llevarla con un médico, adelante, pero la nena ya está bien. Denle té de manzanilla con un poco de sal para que se hidrate y coloquen la vela en un plato hasta que se consuma — advertí tras lo cual di media vuelta, fui a la sala, cogí la bolsa con los libros y salí. Sabía que mi esposa se quedaría unos minutos más.
Llegué, me hice un despojo espiritual y tomé una ducha. Luego me serví un whisky y me acomodé en la sala. Media hora después mi esposa volvió.
—Hiciste bien en salirte, evitaste oír cuando preguntaron si eras brujo. ——Mierda.
—Te mandan esto — dijo colocando un fajo de billetes en el brazo del sillón, mismos que ignoré.
—No curo niños — solté nuevamente.
—Pidieron que seamos padrinos de bautizo de la niña — avisó.
—Quieren un brujo de cabecera para curarla cada que lo necesite — dije y solté un gruñido.
—aaay, ya: deberías sentirte satisfecho de tus dones — exclamó y entró la cocina a preparar la cena.
Cenamos y subimos a dormir, pero no pude. Bajé a la sala, me puse los audífonos, escuché tres veces “Cantaloop” de US3 y luego comencé la biografía de Phil Lynott, pero casi de inmediato la hice de lado y cogí “Apócrifos cristianos antiguos”, los textos sobre Jesús que no entraron en la Biblia. Me dormí en minutos hasta que me despertó el timbre de la puerta.
Por la luz del sol calculé serían las ocho de la mañana. Me levanté sin hacer ruido, vi por la mirilla y eran Paula y Antonio con la nena. Ella la cargaba mientras él tenía en sus manos una caja con algo parecido a bizcochos y una charola con cuatro vasos de café. Volví al sillón.
—Te lo dije: es muy temprano para venir a darle las gracias al brujo — dijo él.
Me puse de pie y subí a la recámara.
**Símbolos usados en el Palo Myombre para hacer el bien o el mal. La imagen en este texto tiene alteraciones para que el lector no se meta en problemas si desea usarla.
24 de julio de 2026
Al morir no sigas la luz al final del túnel (y 2)
Tipo 1: Los seres atrapados que creen que ayudan, son espíritus de personas que murieron antes que tú, entraron en la luz, fueron borrados y reencarnaron muchas veces, pero en algún ciclo y se quedaron "a medio camino", atrapados en el túnel. Con el tiempo, olvidaron que ellos también fueron víctimas, pero ahora su función es recibir a los recién muertos, darles la bienvenida, sonreírles, tomarles de la mano y llevarlos hacia la luz.
*Para ampliar el
entendimiento del tema, recomiendo adentrarse en el gnosticismo (conocimiento
intuitivo, esotérico y secreto de lo divino), cuyos fundamentos se encuentran
en el libro “Textos custodios del cristianismo primitivo olvidado” de Nag Hammadi.
18 de julio de 2026
Al morir no sigas la luz al final del túnel (1)
para Javier: sigue buscando respuestas
Conozco testigos de ello, personas que por alguna razón no llegaron al final de ese túnel, pese a que sintieron una gran paz y escucharon la voz de seres queridos diciéndoles: "ven, todo está bien, entra en la luz, aquí hay amor, aquí hay descanso", pero por alguna extraña razón su espíritu regresó al cuerpo para terminar los pendientes que aún tienen en vida. Es por ello que se sabe que ese túnel con una luz al final existe.
También sé de algunos que han muerto, vuelto y su vida no vuelve a ser la misma pues su maldad se multiplica, aunque en el extremo, otros regresan con dones espirituales, y de ello publicaré después, cuando encuentre, un texto que comencé sobre el tema y que anda escondido en alguna usb.
Pero volvamos al tema de la luz, una experiencia que se ha vendido en libros, documentales y charlas motivacionales como un consuelo (engaña bobos), para quienes temen a la muerte, pero hay una pregunta incómoda que casi nadie formula: ¿qué ocurre realmente después de entrar en esa luz?
Desde una perspectiva científica, las experiencias de túnel y la luz al final, suelen explicarse por cambios en la actividad cerebral durante situaciones críticas, como el aumento en la actividad eléctrica del cerebro cuando se queda sin oxígeno en los últimos segundos de vida, alteraciones en la corteza visual, inhibición o activación de regiones cerebrales o la liberación de ciertos neurotransmisores, sin embargo, ninguna de estas explicaciones confirma ni descarta una realidad espiritual; solo ofrecen posibles mecanismos biológicos.
Existen otros nombres para referirse a la reencarnación. Por ejemplo, filósofos como Pitágoras y Platón lo definían como “Metempsicosis”, un término griego utilizado por para describir la transmigración del alma a otros cuerpos, mientras que creencias como el hinduismo, budismo y jainismo, se le llama el “Ciclo del Samsara”.
La respuesta, para quienes han investigado más allá del relato superficial (sobre todo para los que han logrado recordar lo que ocurre entre una muerte y un (re)nacimiento), es demoledora: entrar en la luz te condena a reencarnar, empezando con una especie de secuestro disfrazado de bienvenida y terminando en un vulgar reciclaje del alma.
La luz no es Dios, no es el paraíso, no es la fuente del amor universal: es un dispositivo espiritual diseñado para cumplir una sola función: borrar tu memoria y enviarte de vuelta a un nuevo cuerpo. Se debe visualizar como un sistema operativo que, al cerrar una sesión, en automático abre otra sin preguntarte si quieres seguir usando la computadora, o como una puerta giratoria que no tiene salida: entras por un lado y sales por el otro, siempre en el mismo edificio. La luz es esa puerta giratoria y el edificio es en círculo vicioso de nacer, sufrir, morir y nacer otra vez para sufrir de nuevo.
Una descarga de euforia y paz, la sensación abrumadora de bienestar no es gratuita, es un anestésico espiritual que nubla la capacidad de pensar con claridad. Hace bajar la guardia, como cuando te dan un medicamento para el dolor antes de una operación: te sientes bien, pero justo por eso no ves lo que realmente está por suceder.
La aparición de seres queridos que te llaman: tus abuelos, padres, hermanos, a veces guías espirituales con túnica blanca que te sonríen, te abren los brazos, dicen que te quieren y que todo va a estar bien, pero hay un detalle que casi nadie nota: esos seres no son libres. Ellos también entraron en la luz cuando les tocó morir y ahora, sin saberlo, se han convertido en sus guardianes.
En el extremo: igual y no son ellos (tus antepasados), porque seguramente la mayoría de los antepasados ya han reencarnado, lo cual complicaría el asunto ya que no tenemos certeza si esos “familiares” en realidad son entidades creadas exprofeso para suplantarlos y hacernos caer en la trampa, sin embargo, para los fines de este texto, quedémonos con que forman parte de nuestro linaje y que nos están recibiendo gustosos.
Y luego de ese recibimiento viene la parte más perversa, ellos mismos “tus familiares”, te invitarán a revisar tu vida, buscando que sientas culpa por lo que hiciste o dejaste de hacer, luego, te convencerán de que tienes deudas por pagar, pero que todo ello lo puedes enmendar, te convencen de reencarnar para buscar, encontrar y alcanzar la evolución espiritual obteniendo conocimiento de todas las desgracias que padecerás (creyendo que solo el dolor te hará sabio) y, erróneamente, aceptas que te borren la memoria para reiniciar las etapas de nacer, vivir, morir y renacer.
Es bueno detenerse en el párrafo anterior.
Imagínate que, tras vivir una vida de mierda, escuchas la voz de tu madre, ya fallecida, que te dice: “ya, ven hijo mío, se acabó”. Te la crees, sigues el llamado (te tragaste el complejo de Edipo o de Elektra, según seas hombre o mujer) y aceptas el borrado de memoria y en cuanto cruzas el umbral luminoso, empiezas a olvidar quién eras, lo que aprendiste, los pactos que hiciste, las promesas que te hiciste a ti mismo, las lecciones que costaron tanto trabajo asimilar. Algunas tradiciones llaman a esto "el río del olvido", pero no es un río natural, es una función programada de la luz.
Sin que te des cuenta, tu conciencia (en teoría ya limpia de recuerdos), es dirigida hacia un nuevo vientre, una nueva familia, un nuevo nombre. Naces otra vez y empieza otra vez el ciclo, sin haberlo pedido, sin haberlo decidido, sin haber tenido tiempo siquiera de preguntarte: ¿y si no quiero volver?
¿Por qué existe esta trampa? ¿quién o qué la sostiene? No hay una sola respuesta, porque el origen de “la luz” es anterior a cualquier religión escrita, pero quienes han logrado escapar del ciclo o recordarlo con claridad coinciden en varios puntos:
La luz no fue creada por ningún dios benevolente: es una trampa muy antigua que se alimenta de la energía de los seres que reencarnan. Cada vida nueva genera emociones intensas: dolor, deseo, miedo, alegría, pérdida, aprendizaje, todo eso es combustible (energía) y esa “luz” necesita que sigas reencarnando porque cada ciclo produce esa energía, si todos los espíritus decidieran no volver, la luz se apagaría.
Hay entidades que se benefician del ciclo: no necesitas llamarlas "demonios" ni "arcángeles", son parásitos del plano intermedio, se alimentan del drama humano, les conviene que olvides quién eres, a manera de una paz para tu espíritu, para que vuelvas a vivir y cometer los mismos errores, generar las mismas crisis, sufrir las mismas pérdidas. Cada vez que sufres, ellos comen, cada vez que amas con desesperación, ellos beben. La luz es su sistema de cultivo y tú eres el ganado.
La mayoría de las tradiciones religiosas han sido cooptadas para reforzar la trampa: todas mal que bien lo adoptaron en su liturgia: cuando un cura te dice que "vayas a la luz", cuando un médium te asegura que "la luz es el cielo", cuando un libro de autoayuda te promete que "entrar en la luz es el reencuentro con el amor universal", están repitiendo el mismo mensaje que mantiene funcionando la puerta giratoria. No es que mientan a propósito: es que ellos también están atrapados, se tragaron el mismo cuento, también entraron en la luz en su momento y olvidaron.
¿Quiénes te llaman y por qué? buena pregunta: cuando te acercas a la luz, rara vez estás solo, hay presencias que te acompañan, te guían, te llaman, como si te empujaran y tú, dócil y agotado de tanto sufrir en la vida, aceptas la invitación de los llamados "guardianes del túnel". No son todos iguales, se dividen en tres tipos, y reconocerlos es fundamental para no caer en la trampa.
11 de julio de 2026
Nos vemos cuando el mundo cambie terminando el mundial de futbol
Sí, nos vemos con pandemias, temblores,
erupciones, guerras, ciclones, muertes masivas, tormentas eléctricas,
inundaciones, represión política, falsos dioses, polución, tormentas,
desempleo, apagones (red y electricidad), violencia, dinero digital, esclavitud
mental, incendios, hambruna, virus, insurrecciones, sequía, corrupción,
contactos alienígenas, meteoritos, altas temperaturas, nuevo orden mundial,
manipulación espiritual, asesinatos masivos, imposición de la IA y todo los
temores que te han provocado insomnio.
https://basurerodealmas.blogspot.com/2026/01/predicciones-para-2026.html
El mundo no volverá a ser igual.
4 de julio de 2026
Cuando comprar un fantasma por Internet sale (muy) mal
Hay argumentos en un libro que son tan buenos que da algo cercano a la envidia no haberlos escrito uno mismo. La premisa de “El traje del muerto”, de Joe Hill, es uno de esos casos, donde nos presenta a un viejo rockero millonario, desvergonzado y aburrido de la vida, que se dedica a coleccionar objetos macabros, como un recetario para caníbales, la confesión de una bruja juzgada en Salem, fotografías de cadáveres, la soga de un ahorcado, una película snuff y cosas así.
Un día, vagando por Internet, encuentra una subasta que promete algo único: un anuncio asegura que quien compre el traje de un difunto se llevará al fantasma de su antiguo dueño como regalo. Jude Coyne, el protagonista, no se lo piensa dos veces: puja, gana y unos días después recibe una caja que contiene la prenda. Y entonces empieza la pesadilla.
Lo que hace que esta novela funcione tan bien es que Joe Hill se aparta del fantasma tradicional. El espíritu que acompaña al traje tiene nombre: Craddock McDermott, y no es un extraño para Jude. Se trata del padrastro de una antigua amante, una chica treinta años menor que él y que terminó suicidándose. Pero Craddock no ha vuelto para saludar, sino para cobrar venganza.
El desencarnado es violento, cruel y persistente. Provoca accidentes, aparece en los pasillos de la mansión, se sienta al pie de la cama, ronda la cocina, conoce los secretos del protagonista y trata de inducirlo a que se suicide. No importa dónde se esconda ni hacia dónde huya Jude: siempre está ahí, mirando, esperando la oportunidad para matar.
Lo que comienza como una historia de casa embrujada, se convierte rápidamente en una persecución desesperada. Jude y su novia gótica, Georgia, abandonan la mansión donde vivían y emprenden una huida frenética para salvar sus vidas; sin embargo, el desencarnado los sigue. No importa si viajan en coche, si se alojan en moteles de carretera o si buscan refugio en lugares sagrados: el muerto siempre los encuentra.
Y aquí es donde la novela se vuelve interesante, porque el viaje de Jude no es sólo físico, sino también un hundimiento en sus culpas. Craddock no es un vulgar vengador sobrenatural: aparte de haberse dedicado en vida a la ouija, hipnosis, quiromancia, ocultismo y tarot, se ha convertido en un recordatorio de todos los errores que Jude ha cometido y de las vidas que ha destrozado con su egoísmo de estrella de rock. Joe Hill convierte el terror esotérico en terror psicológico.
Uno de los aspectos más notables de la novela es la forma en que revela que el egoísmo del protagonista nace del resentimiento acumulado por los maltratos y abusos sufridos en la infancia. La historia lo presenta como un hombre soberbio, incapaz de amar y condenado por un pasado trágico.
A partir de ahí, el relato se adentra en los rincones más oscuros de su conciencia, mientras retrata con acierto la transformación del personaje conforme el muerto lo estrecha, de manera implacable.
Hill demuestra una notable habilidad para construir atmósferas opresivas. Muchas de sus escenas permanecen en la memoria mucho después de haber cerrado el libro. Además, al convertir a Jude en un viejo músico de rock, impregna la novela de referencias musicales que terminan por darle un ritmo muy particular, como si el lector estuviera recorriendo un álbum conceptual convertido en novela.
Si al lector le gustan las historias de fantasmas bien contadas, con personajes complejos y una atmósfera que se mete en las entrañas, esta novela es una apuesta segura. Se trata de una historia de terror contemporánea que recupera lo mejor de la tradición gótica, pero con un ritmo y una estética, digamos, modernos, méritos que le valieron el Premio Bram Stoker a la Mejor Primera Novela y el prestigioso Premio Locus, otorgados a aquellas obras destacadas de los géneros de la ciencia ficción, género fantástico y terror.
Eso sí, no se trata de un libro de sustos fáciles. Hill no recurre al gore gratuito ni a las vueltas de tuerca forzadas. Su terror es sutil, psicológico y profundamente visual, hasta el punto de provocar que el lector piense más de una vez: "no puedo dejar de leer, aunque esté cagado de miedo". Y es que Hill escribe con tal convicción que, por momentos, uno termina creyendo que sabe mucho más sobre fantasmas de lo que debería.
“El traje del muerto” no se resuelve con un simple "exorcismo y ya está". Hay giros argumentales que modifican por completo la percepción de quién es la víctima y quién el verdugo. Y el desenlace, tras el macabro viaje a la redención, dejará al lector satisfecho.
No suelo leer novelas de terror y, precisamente por eso “El traje del muerto” me sorprendió tanto. Bastó el primer párrafo para quedar atrapado en una historia que ya no me soltó hasta la última página, algo que muy pocos libros han conseguido conmigo. Quizá por eso me atrevo a recomendarla, incluso a quienes no frecuentan el género: si una novela es capaz de enganchar a un lector poco aficionado al terror, probablemente tenga entre sus páginas mucho más que una simple historia de fantasmas.
Joe Hill, El traje
del muerto, 400 páginas, Editorial Punto de lectura, 2007.








