Ogunda iroso dice: Amigo íntimo - enemigo íntimo, Dime con quién andas y te diré quién eres, El que apunta banquea, El que confía a otro su secreto, se hace su esclavo, La discreción es lo de más valor de un hombre y Quien imita fracasa…

19 de septiembre de 2016

Ogunda iroso



Disminuí la velocidad de mi auto para ver la numeración de las casas. Era la primera vez que andaba en esos rumbos y el poco alumbrado público me dificultaba encontrar la dirección que me había dado el Santero, hijo de Oshanlá, con quien casualmente trabajaba religión.

Tras varios minutos encontré el lugar indicado, estacioné mi auto, bajé y toqué el timbre de la puerta color verde que se me había indicado como referencia principal… al instante fui recibido por una Santera hija de Oshún a quien ya había visto en algún toque de tambor.

Entré al amplio patio y vi a los ahijados de mi conocido trabajando: uno (hijo de Oggun que recién había cambiado de casa religiosa) preparando omiero, otro (hijo de Eleggua) confirmando que no faltara oti, oñi, epó y tela negra y uno más (hijo de Babalu Aye), junto con la Santera que me recibió, preparando la mezcla para hacer rogaciones de cabeza.

Saludé, pregunté por hijo de Oshanlá y me señalaron una habitación donde lo encontré ordenando los registros para facilitar las obras. Nos saludamos y conversamos hasta que la hija de Oshún avisó que todo estaba listo. Regresamos al patio donde él dio instrucciones señalando que los oparaldos se dejarían al final para que quienes no tuvieran asuntos con Eggun se evitaran alguna sorpresa desagradable.

Conforme realizábamos los ebboses el hijo de Oshanlá fue despidiendo a sus pacientes, quedando pendiente la obra con una joven para Eleggua y dos oparaldos más para un hombre y su hijo.

Atrajo mi curiosidad la ineptitud con la que el hijo de Oggun sarayeyaba y cómo se deshacía de los akukó: estaba a punto de llamarle la atención cuando un tropiezo de la hija de Oshún me distrajo y por ayudarla para evitar que cayera al piso olvidé la amonestación.

El hijo de Oggun se burló y sin avisar comenzó a sarayeyar a la joven encargándose él mismo de cantar y responder los orikis, terminó, ofrendó el akukó a Eleggua, lo sazonó, preguntó con obi si todo odara y él le respondió cinco veces Etawua antes de darle Alafia, tras lo cual arrojó el akukó al montón que había acumulado de las demás obras, más no llegó a la pila, soltó un improperio y se disponía a darle un puntapié cuando se le ocurrió encender un cigarrillo: parado frente al animal dio una calada cuando lo que sobraba del gallo levantó en vuelo y con un espolón lo rasguñó en la cara.

Todos nos asustamos pensando lo peor: que hubiese tocado el ojo, más el susto del joven fue tal que se alejó corriendo tapándose la cara y entrando en una de las habitaciones, el hijo de Oshanlá y yo fuimos tras él mientras los demás ahijados no atinaban a reaccionar.

Una vez que lo alcanzamos tuve que jalarle las manos para ver la herida: tenía un profundo arañazo que le cruzaba la mejilla, había rasgado la ceja y llegado hasta la frente, aunque sin haber tocado el ojo. Su padrino salió de la habitación y regresó con una botella de oti, le pidió cerrara bien los ojos y le sopleteó hasta llegar a la espalda. Pedí a la hija de Oshun acercara un frasco de oñi y que con los dedos índices y medio derechos le cubriera la herida: cuando él quiso protestar lo callé.

El trabajo religioso se detuvo hasta que se atendió la herida. Una vez que regresamos al patio lo llevé hasta donde estaban los akukos apilados mientras el que lo atacó aún se movía… le llamé la atención:




- de dónde sacaste que puedes amontonar cadáveres de gallos sin más?
- así lo hago – se jactó, provocando el enojo del hijo de Oshanla.
- no te pregunté eso – insistí.
- es mi estilo – repitió.
- sí, es tu “estilo”, pero yo te he dicho que en mi casa religiosa se trabaja con responsabilidad – intervino su padrino.
- debes entender esto – endurecí mi actitud – la religión de los Orishas está basada en reglas, por eso se le llama Regla Osha, en donde todo principio tiene una razón de ser y no se puede romper al antojo.
- en serio?... no lo había visto de esa manera – contestó sorprendido.
- una regla es no coleccionar akukos de modo irresponsable si antes no te deshaces del osogbo, ya que aún y atrapado dentro de él puede hacer maldades – le di un fuerte pisotón al gallo que aún revoloteaba y soltó un extraño silbido que lo desconcertó – sólo después de que hacen ese ruido te puedes relajar.

El hijo de Oggun abrió los ojos sorprendido mientras su padrino me miraba y agradecía con un movimiento de cabeza.

- creo que es buen momento para advertir a todos mis ahijados – aprovechó – que a partir de hoy la disciplina en mi Ilé será más estricta para evitar que algún día les suceda una desgracia.

Todos se quedaron callados hasta que se les autorizó reiniciar los ebboses; comenzamos con los oparaldos y para que le quedara claro al hijo de Ogun que no estaba bromeando, su padrino no le permitió participar y pidió me encargara de los sarayeyeos. Una hora después terminamos sin contratiempos.

Me despedí de todos cuando el hijo de Oshanlá despachaba a sus últimos pacientes. Una vez dentro del coche llamaron mi atención del lado del asiento del copiloto con unos toquidos: era el hijo de Oggún y me imaginé que pretendía, por lo que sin apagar el motor bajé a bajar el cristal.

- me puedes dar tu número de teléfono? – solicitó.
- y eso? – lo cuestioné confirmando con mi videncia sus intenciones.
- por si alguna vez me surge alguna duda – se justificó.
- en ese caso tienes a tu padrino – reviré - él te las puede aclarar.
- es que… – dudó - de eso se trata: presiento que no estoy aprendiendo con él… algo le falta… así que quisiera me aceptaras como ahijado.

Lo observé dudando en si regañarlo por traidor, soberbio, deshonesto o reprenderlo por no saber llevar con dignidad la corona de Oggun.

- no suelo robarme los protegidos de mis amigos – le advertí…
- no es robo – me interrumpió – yo soy el que quiere irse contigo.
- … y además no me gusta tener ahijados.
- quizá es hora de que tengas el primero – soltó con tono perverso.
- sabes tirar el diloggun? – lo cuestioné.
- estoy aprendiendo – se jactó pensando que con ello me convencería.
- dale una leída al signo Ogunda iroso y después le pides a tu padrino mi número: veremos si te lo da – subí el cristal y arranqué mi auto.