Patti Smith es un caso paradójico,
irónico y conmovedor, de la sumisión cultural en las últimas décadas. Hay algo
cómico en ver cómo una mujer que en los años setenta parecía salida de un
barrio de mala muerte de Nueva York (despeinada, furiosa e insolente) terminó
convertida en una abuelita sagrada del arte contemporáneo.
La cúspide de la parodia llega cuando
se le otorga el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026: una antigua
figura rebelde, criada entre poesía sucia, conciertos caóticos y actitud
antisistema, es homenajeada por tan solemne institución. Hoy la gente la ve con
la simpatía con la que se mira a una profesora que fuma marihuana a escondidas
y cita poesía francesa.
Pero la mutación no fue de golpe, sino
un fenómeno donde el tiempo convierte lo peligroso en tierno, pues de joven era
cualquier cosa menos "tierna". Salía al escenario como si se hubiese
peleado con su casero. No tenía la pose sexy del rock clásico y cantaba
gritando con la actitud de "si no te gusta, peor para ti".
Pese a ser definida como la
"poetisa del punk", nunca lo fue, ni visual ni musicalmente, solo en
actitud, porque sus canciones estaban afectadas por el rock de los 60s, la
poesía beatnik y el art rock; sus letras poseían complejidad lírica y su
estructura musical se alejaba de la crudeza y la velocidad de bandas como los
Sex Pistols o Ramones.
Lo de ella era pose, guardando
reverencia hacia la tradición poética (Weil, Rimbaud y Baudelaire) y musical (The
Velvet Underground y The Doors), con actuaciones que eran más montajes que honestos
y furiosos ataques de tres acordes. Su estética andrógina y actitud desafiante
la acercaron al punk, pero su obra la colocó más en una tradición de
proto-punk.
En esa época era considerada grosera, y
sí que lo era: Chris Frantz, en sus memorias "Amor crónico" (ya
reseñado en este blog), describe el ambiente áspero de la escena artística de
los 70s alrededor del antro CBGB (cuna de la contracultura en Nueva York), y
retrata a Patti como “engreída, territorial, intimidante y ruda con los músicos
o personas que no pertenecían a su círculo”.
Se podría justificar que en ese
movimiento estaba el encanto y que, por ello, Smith no quería caer bien:
pretendía ser incómoda como hacían los punks, y verse como alguien a quien no
invitarías a cenar a casa de tu madre, pero como le comenté a Carlos Martínez
Rentería, director de la revista "Generación" (de la cual fui
colaborador): las actitudes de Patti Smith
me parecen más una postura que conciencia. Me dio la razón.
Sobre esto, de la pose, Smith se
delata en libros como "Just Kids", donde dice extrañar a Robert
Mapplethorpe, Sam Wagstaff, Richard Sohl y a otros amigos muertos, pero resulta
que detrás del cinismo había una persona “tierna”: lástima que esa cursi cantante
sea la misma que hoy tiene su rebeldía enmarcada y colgada en una pared como
diploma.
Lo divertido es que ahora las
instituciones culturales que habrían pedido sacarla de un recinto en 1976, hoy
la llaman "ícono cultural". Uno imagina a Patti, joven, viendo esto y
soltando una carcajada, porque el sistema tiene esa capacidad de convertir a
sus enemigos en caricaturas.
Ahí está el milagro: su rebeldía
envejeció, empezó a usar lentes, a hablar despacio y a recibir premios
otorgados por reyes, fundaciones y jurados bien vestidos, cuando lo punk sería
rechazarlos.
Sí, Patti permitió que el tiempo se le
notara: su voz se volvió frágil, el cuerpo lento, sus letras mutaron en libros
y las entrevistas se hicieron reflexivas, produciendo un efecto curioso, la
antigua amenaza empezó a despertar ternura y, a veces, aburrimiento.
Ahora el público la escucha recitar
poemas y dice: "ay, qué linda viejita", cuando décadas atrás escupía al
público e insultaba a sus músicos; genera un impulso protector y quizá eso dice
más sobre nosotros que de ella: tendemos a perdonar a los rebeldes al envejecer,
sobre todo a los que se quedaron a medias entre el elitismo cultural y rebeldía
callejera.
No es novedad ver cómo ciertas
personas atraviesan décadas para convertirse en caricaturas de sí mismas,
aunque ella aún conserva algo que irrita: ¿serán esas trenzas con las que
recoge su cabello encanecido?, ¿quizá su rostro (nunca vendió belleza, así que nunca
la perdió) ahora cuarteado por arrugas alrededor de los ojos y la boca?, ¿o son
sus largos monólogos y voz de abuela en sus conciertos?
Como sea, al final la chica rebelde
mutó hacia la anciana dulce a la que se trata con delicadeza, y a veces hasta
con reverencia. Y quizá la rebeldía consista en eso: sobrevivir al paso del
tiempo sin volverse del todo respetable... aunque cobrando el cheque, claro.
Recibió el Premio Asturias, sí, que lo
recoja (un diploma, una escultura de Joan Miró, medalla y 50.000 euros), que se
vaya a su casa y escriba otro libro con reflexiones sobre la vida, que es lo
que mejor se le da.
