7 de julio de 2020

No son fantasmas


para rosa maría y xenia

1.
La mujer se acomodó con arrogancia en el sillón. Se me quedó viendo, se le ofreció café, pidió agua. Siguió observándome y luego recorrió con mirada despectiva las paredes de la sala llenas de libros.

2.
Sara llegó recomendada por una paciente a la que meses atrás quitamos un amarre de amor que la traía azorada. En un principio me negué a recibirla, pero cuando argumentó que era su familiar, concretamente hermana de su recién fallecida madre, terminó por convencerme.

Ni que decir que en cuanto su tía me llamó por teléfono para agendar una cita, apenas y escuché su erosionante tonillo al pronunciar cada palabra, me arrepentí de haber aceptado.

3.
Mi esposa regresó con el vaso, se lo entregó, le sonrió (por mi expresión sabía que la consulta sería difícil), y se sentó a mi lado. Abrí mis manos en señal de que si ya estaba ahí, debía contarnos su problema.

– en mi casa asustan – mezcló drama y jactancia, cómo si aquello la hiciera especial.
– ¿en serio? – bostecé.
– espantan – recalcó ante mi indiferencia.
– ¿cómo lo sabe? – preguntó mi esposa tras percibir mi hastío.
– vivo con mi marido, dos hijos adolescentes, mi suegro, ya viudo, y…

4.
Mientras más estudio el destino, lo depuración de karmas, la esclavitud espiritual y la mezquindad humana, más me aburre recibir pacientes, sobre todo en casa (aunque resulta más práctico al dar por terminada una consulta si algo me incomoda): oír excusas para no reconocer culpas confirma mi teoría de que somos responsables de lo que nos sucede, y por eso, la solución depende de nosotros, sin apelar a la presencia de una deidad o energías raras.

Sara confirmaba mi teoría, pues antes de casarse tuvo varios abortos, le era infiel a su esposo, maltrataba a su suegro y se desatendía de sus hijos adolescentes: él estaba a punto de caer en las drogas y ella de salir embarazada. Sentí breve pena por ella... muy efímera.

5.
– ¿y luego… qué? – cuestioné tras oír el soso retrato de su vida familiar.
– hemos vivido situaciones feas, como despertarnos con rasguños o mordidas, ver cosas que vuelan, escuchar azote de puertas y ventanas, sufrir la pérdida de objetos de valor, ser empujados para rodar por las escaleras… además, mi pobre taquito vive asustado, tiene ojeras, no come ni duerme, ya ni ladra y cada semana está más flaco: es el que más me inquieta – dijo con un puchero.
– ¿taquito? – ¿por qué a los mexicanos les gustan los apodos estúpidos para sus mascotas – ¿le puso el nombre de un platillo tradicional a un perro?
– sí, pero mi pequeñín solo aúlla y… – quiso ignorarme, mas lo impedí.
– ¡un perro llamado “taco”! – me burlé de que un animal fuera lo que más le preocupara; me levanté y fui a la cocina por un té. Supongo que se quejó de mi comentario, porque al regresar se fingía indignada.
– ¿está segura que son desencarnados? – insistió mi mujer mientras yo clavaba mi mirada en uno de los libreros, tratando de averiguar en dónde estaba “Desgarradura”, de uno de mis filósofos favoritos: Emil Cioran.
– he leído el blog y sus descripciones coinciden.
– ¿hace cuánto la rentan? – la interrumpí de nuevo.
– vamos a cumplir un año – dijo extrañada – ¿cómo sabe que…?
– ¿cuándo comenzaron las agresiones y “eso”? – la corté una vez más.
– a los dos meses de llegar – señaló – ¿por qué hace esas preguntas?
– ¿Mónica le dijo que soy vidente? – me armé de paciencia – interrogo para establecer puentes: cuando la gente me responde, viajo en sus pensamientos, testigos de lo que realmente sucede, y voy más allá de lo que usted pudiera contarme… veo el origen del problema.
– ¿entonces ya sabe que son espíritus chocarreros? – dijo con sorna.
– no son fantasmas – advertí.

6.
Analicé qué me irritaba de Sara, a quien calculé unos 48 años: en principio pensé que era su simpleza, luego concluí que aparte de su perversión canina, me crispaba su olor mezcla de perfume y motel: usó con su esposo vernos para encontrarse antes con su amante, lo cual a mi qué carajos me importaba, sí, pero el acabose llegó tras el pataleo de una de las tortugas que tenemos como protecciones contra brujería, queja por el escándalo que terminó por hacerla vomitiva.

– ¿por qué son así esos bichos? – despreció – chapotean y escandalizan, asshh… Mónica tiene unas y no entiendo cómo las soportan.
– se ponen nerviosas ante personas nefastas – aclaré.
– pero huelen feo… – insistió.
– hay gente que hiede y no le importa: va por la calle, o visitando casas, como si la humanidad tuviera la obligación de aguantar su peste intima… esa que delata traiciones – solté, pero ignoró la indirecta.
– prefiero los perros, porque…
– ¿usted trabaja?
– no, mi esposo nos mantiene de todo – presumió ajustándose, ufana, el cuello de su saco.
– también al holgazán de su taco – agregué – porque si hay un vividor en su casa es ese animal por el que usted sufre más que por su familia.
– me hace compañía – justificó su existencia, entrelazó las manos y juntó las rodillas – mis esposo labora todo el día, mis hijos, ya sabe, los jóvenes siempre de fiesta, mi suegro con demencia senil y…
– las tortugas son útiles – interrumpí – previenen de energías negativas, su agua sirve para limpiar casas, si se hace con precaución se usa para baños de despojo, el polvo de su concha se combina para hacer antídotos contra venenos… los perros solo ladran, tragan, mueven la cola y cagan: ¿ver cómo lo hace le da sentido a su vida?

7.
– Mónica dijo que ustedes son muerteros – volvió al tema de los fenómenos en su vivienda – corren espantos, limpian casas embrujadas y…
– no son fantasmas – reiteré y me quedó claro que no mencionaría nada de su hermana muerta.
– siento su presencia – insistió – he visto programas por cable donde…
– percibe energías negativas, sí, mas no ve sombras: si fueran muertos tendría uno pegado a sus espaldas y ya me estaría retando o haciendo “bromas pesadas” sobre usted – exageré.
– pero…
– es una casa vieja y la rentaron por barata – dijo mi esposa – pero no preguntaron sobre su pasado, ni curiosearon con los vecinos por los anteriores inquilinos – agregó.
– pero… – insistió, pero no la dejé hablar.
– si hubieran investigado sabrían que nadie dura más de seis meses ahí, precisamente porque a sus ocupantes los agreden.
– pero… – quiso defender su decisión de vivir ahí.
– hay una habitación en la planta baja que les provoca miedo, y por eso decidieron no meter al abuelo, como tenían planeado – dije tras beber de mi té – la usan como bodega, pero ahí está el origen de todo.
– ¿cómo sabe tanto? – me cuestionó.
– ya le dije: soy vidente.
– pero… – reclamó.
– quienes los molestan no son lo que usted llama “fantasmas” – insistí y bostecé otra vez – se trata de algo peor...
– ¡es Satanás! – exclamó presa del pánico tras mi interrupción, más temerosa de sus pecados que por el peligro que ello significara.
– son entes oscuros, seres de bajo astral – traté me entendiera – entran y salen a través de un portal dimensional que está en el cuarto al que tanto temen.

8.
– no puedo ayudarla – rompí el silencio en el que Sara se hundió.
– ¡pero usted es brujo! – señaló angustiada.
– no soy brujo, señora… más respeto – protesté – esos son temas de ocultistas, no de curanderos como nosotros.
– no entiendo eso de “entes oscuros” – trató de engatusarme…
– existen desde siempre: los egipcios los llaman “apep”; los aztecas, “tzitzimime”; los babilonios, “alû”; los judíos, “shedim”; los hindúes, “asuras”, aunque por sus creencias – señalé un crucifijo de oro, regalo de un amante – ustedes los conocen como “demonios”.
– ¡Dios mío! – se santiguó – ¿qué hacemos para sacarlos y cerrar esa puerta rara? … ¿podríamos usar agua de tortuga para limpiar la casa?
– váyanse a vivir a otro lado – advertí.

9.
Por media hora mi esposa le explicó qué son las ciencias ocultas, reiteró la urgencia de mudarse, advirtió del peligro que corrían si persistían en seguir ahí, sugirió adquirir una turmalina negra de grande y ponerla al centro de esa habitación, así como cianita azul para cada integrante de la familia a manera de protección.

Sara se despidió y me negué a recibir el pago por la consulta. Se fue sin haber tocado el vaso con agua, sin la soberbia con la que llegó y sin levantar la vista ni siquiera para despreciar de nuevo mis libros.

10.
– podrías haberla recomendado con Bruria – se refirió mi esposa a nuestra amiga wicca, famosa por su eficacia en temas ocultistas.
pude, pero me estoy volviendo práctico: vino para que le salvara el culo a su perro, pero no soy veterinario.
– ¿por qué los regañas cuando te dicen “brujo”? – cambió de tema.
– por joder.