29 de abril de 2026

En la cama con el diablo (última parte)

 


8.
—Esto sucedió dos años atrás; sin embargo, hace seis meses sufrió un bloqueo intestinal. La hospitalicé, le detectaron un tumor y murió, antes de que pudieran operarla, a consecuencia de una septicemia que le provocó un infarto.
—¡Felicidades! Eres millonaria — me burlé.
—No tanto, sí había dinero, alhajas y esas cosas, pero tampoco da para ir a desayunar a París unas crepas y regresar el mismo día.
—¿Qué quieres de mí?
—Darle luz a espíritu su espíritu. Más allá de si fue buena o mala persona, ella me llevo en su vientre durante nueve meses y…
—Yo no doy luz, eso lo hace otra persona. Yo solo lucifico desencarnados chocarreros cuando se creen dueños de una casa.
—Suena a que es lo mismo.
—Casi, pero no — dije con vaguedad mientras pedía otro café.
 
9.
Sofía me observó esperando detalles, pero no pensaba dárselos.
 
—¿Podrías decirme en dónde se encuentra en este momento? — pidió.
 
Cerré los ojos para usar mi videncia. Tardé un par de minutos en “localizarla” y lo que vi me desconcertó.
 
—Muéstrame una foto suya. Una que traigas en tu teléfono — pedí.
—Ésta es una de las más recientes — dijo tras buscar un rato. Colocó su celular frente a mí, miré la imagen (parecía que la habían tomado a escondidas) y solté una carcajada.
 
Regresé el aparato empujándolo lentamente hacia ella con el dedo índice, miró la foto y levantó la vista para verme. Le di unos segundos para que diera alguna explicación, pero permaneció en silencio.
 
—Acabas de cometer un gran error — avisé — paga la cuenta, que es lo que la gente decente debe hacer cuando me busca para que les consulte...
—¿Qué sucede? — se fingió contrariada tras mirar la foto de nuevo.
—… y dile a Jade que la próxima vez que quiera que atienda a una de sus recomendadas, solo será a gente honesta.
 
Me levanté y comencé a bajar las escaleras rumbo a la salida mientras Sofía me pedía a gritos volviera a la mesa. Una vez fuera hice la parada al primer taxi que se cruzó en mi camino y le indiqué el destino.
 
En el trayecto Sofía marcó tres veces a mi celular, mas no contesté. Luego envió una imagen, la vi y un escalofrío recorrió mi espalda. A los pocos segundos envió un whats, pero tampoco le respondí.
 
10.
Llegué a mi casa al mismo tiempo que mi esposa volvía de su trabajo.
 
—¿Cómo te fue? — preguntó al ver que no tenía el buen humor con el que acostumbro volver de una consulta espiritual.
—Los terrícolas no tienen remedio — dije y le di los detalles.
—No termino de entender — aceptó.
—Me enseñó una foto que no era de su madre.
—Quizá se equivocó.
—No, por eso le regresé el teléfono de manera que viera la imagen, pero además de verla, se quedó esperando que yo dijera algo.
—¿Para qué le pediste la fotografía?
—Quería confirmar que la mujer que vi era efectivamente su madre.
—Tú no necesitas fotos, con tu videncia lo ves todo.
—No cuando hay demonios de por medio.
—¡¿Cómo?! — exclamó.
—Tú sabes que en el Mercado de Sonora puedes comprar todo, y me refiero a cualquier cosa.
—Creo entender a qué te refieres…
—Los rituales que hizo la madre de Sofía incluyeron pactar con un Demonio, además de que siendo bruja… ya te imaginarás lo que ofreció.
—No lo digas… ya conozco los antojos de los oscuritos.
—El problema es que ofreció repetir el ritual y la ofrenda tres meses después, para agradecer por la salud recuperada. Pero no lo hizo. Y tú sabes que a ellos debes cumplirles lo que prometes.
—Lo sé — coincidió conmigo — por eso querías ver una foto de su madre, para confirmar todo.
—Sí, me costó trabajo, tuve que forzar la videncia, pero “algo” me dijo que debía poner a prueba a Sofía. Y con ello confirmé que parte de la historia que me contó tenía varias mentiras.
—¿Cómo cuáles?
—Desde niña sabía que su madre era bruja… la vieja no habló por teléfono con el Santero, Sofía fue la encargada de enlistar el material que se usaría en el ritual, además de que ese viernes no salió de la casa: fue testigo de todas las obras que hicieron el Santero y su sobrino. Incluso les ayudó. Además, la propia Sofía y una de sus hermanas estaban confabuladas para hacerle brujería a su tercera hermana, con tal de quedarse con la herencia de la madre.
—¡Dios mío! — exclamó — pero, cuenta: ¿dónde estaba la madre de Sofía cuando usaste tu videncia?
—La vi acostada en una cama: era una mujer de edad avanzada, pero físicamente parecía una momia. Imagínate un cadáver cuando se ha secado, pero sin pudrirse. Estaba tendida de lado, como si durmiera, abrazada por atrás por un joven de unos 28 o 30 años, guapo y sonriendo. —¡El demonio del pacto!
—Anjá…
—La mujer le ofreció su alma para recuperar su salud y al no pagar el segundo sacrificio, él se lo cobró con una terrible enfermedad.
—Fue repugnante verlos.
 
11.
—¿Y de quién era la foto de la mujer con la que Sofía te quiso engañar?
—¿Recuerdas las palabras que usó al mostrármela?
—Sí… quería saber en dónde se encontraba en ese momento.
—La foto es, en realidad, de una abuela, también bruja, que está buscando a su nieto. Se lo robaron de un hospital con apenas unas horas de nacido.
—¡Dios mío! Ese bebé… ¡el santero!
—Sí. Quería saber dónde vive la abuela que trata de encontrar a su nieto.
—Creo que tus consultas espirituales son cada vez más turbias.
—Estoy pensando seriamente en dejar de hacerlas en cafeterías y limitarme a responder solicitudes bobas exclusivamente por mail.
—Desde un principio estuve de acuerdo contigo en no meter a nadie en la casa para que les consultaras, mucho menos para hacerles obras espirituales; pero ahora veo que reunirte en cafeterías es igual de peligroso.
—Sí, pero recuerda que el mundo espiritual no me dejó jubilarme. Me tiene agarrado de los güevos, así que debo trabajar, aunque sea un par de veces al mes, para que no me molesten.
—Así que, llegados a este punto, deberías considerar mi sugerencia de rentar un local para que ahí puedas atender a tus pacientes.
—Eso sería informar a sus enemigos en dónde pueden localizar a quien les está ayudando, y vendrían a tirarme mierda, como cuando atendíamos ahijados en la casa y hasta trabajos de vudú vinieron a dejarnos en la entrada.
—Consúltalo con el Tata Calev — propuso.
 
Me quedé en silencio, reflexionando, hasta que sonó el timbre de mi celular. Vi el identificador y era Sofía. Rechacé la llamada, entré a WhatsApp y busqué el contacto de nuestro amigo para escribirle, sin embargo, curiosamente, descubrí que me había bloqueado.