31 de julio de 2026

La recién nacida

 


para fanny: es hora de verte ante al espejo

 
Estacioné el auto, fui a la cajuela y saqué una bolsa en cuyo interior iban “Apócrifos cristianos antiguos” (de mi esposa), “La biografía de Phil Lynott” y “En lo más profundo del sur” (míos): nuestras adquisiciones de esa tarde en la librería Casa Bosques.
 
Mi esposa y yo caminamos hacia la entrada del edificio, mientras me veía sentado en la sala, con un whisky y hojeando las compras, pero nos cruzamos con Paula, una vecina. Lloraba y se veía afligida.
 
Ella y su esposo, Antonio, llegaron a vivir al edificio tras haberse casado. Traían prisa, así que la mujer no tardó en embarazarse. Mi esposa se llevaba bien con ella ya que era un matrimonio sano y joven que a veces rayaba a ingenuidad.
 
—¿Todo bien? — la interrogó
—Sí, ¡NO!… pedí un Uber para llevar a mi bebé al hospital, pero canceló de último minuto, pedí otro y lo mismo. Mi auto no arrancó y el de mi esposo tiene una llanta baja. No sé qué pasa, todo está en nuestra contra.
—¿Qué tiene tu nena? — le preguntó.
—Vomita, tiene diarrea y no ha parado de llorar desde la tarde.
—¿Aceptarías que mi esposo la revisara? — ofreció sin dudar, provocando que yo la mirara con dureza.
—¿Eres médico? — se dirigió a mí.
—Algo parecido — atajó mi esposa.
 
La joven dudó. Me observó y por su expresión no atinó a deducir nada sobre mí, pero tantas trabas para atender a su bebé se impusieron.
 
—Sí, gracias, pasen — dijo, metió la llave en la cerradura, entró, mas no me moví y puse mi mano en el hombro de mi esposa para que esperara.
—No atiendo niños. Lo sabes bien — advertí.
—Es una bebé, un angelito con una misión especial en la vida.
—Me vale una fumada: tendrá su misión, pero la mía es no aliviar críos. Si le toca morirse no es mi tema. Igual es una Abikú* y le llegó su hora.
—Ya, vamos… — dijo, me tomó de la mano y me jaló al interior.
 
Entramos y nos vimos en medio de una sala con sillones nuevos, una gran pantalla y un librero vacío. Todo pulcro y en orden, con el optimismo que las nuevas parejas impregnan a todo lo que hacen pensando que la suerte va a sonreírles siempre. Paula salió de su recámara, seguida de Antonio con la bebé llorando. Estaba claro que ya habían conversado, pues este me miró con curiosidad. Dejé la bolsa con los libros en un sillón.
 
—Dice mi esposa que usted es médico — aventuró.
—No curo niños — repetí en el oído de mi esposa, pero no se inmutó, al contrario, se adelantó, sacó a la nena de sus brazos y regresó a mi lado para entregármela.
 
No se la recibí, pero coloqué mi mano sobre su vientre y el dolor extremo que sentí me asustó.
 
—No voy a perder el tiempo con explicaciones: su hija está grave, ¿quieren que la cure? — cuestioné.
 
El matrimonio cruzó miradas llenas de confusión, más ella se adelantó y movió la cabeza afirmando.
 
—Bien, van hacer lo que les diga y cualquier cuestionamiento que me hagan, me largo y ustedes serán responsables de lo que le suceda, ¿estamos claros? — advertí y los dos asintieron.
—Lo que sea necesario, pero que ya no sufra — agregó Paula.
—Bien, vamos a su recámara — ordené.
 
Antonio dudó por un segundo, pero de inmediato señaló donde dormían. Entramos y, al igual que la sala, estaba en perfecto orden. Clavé mi mirada en la cama.
 
—Lo advierto por última vez: no abran la boca más que para responder lo que les pregunte. ¿En qué lado duerme Paula?
—Aquí — señaló Antonio.
 
Me coloqué enfrente, usé la videncia y sin dudarlo levanté las cobijas de manera que la cama quedara despejada.
 
—Necesito dos cubetas llenas a un cuarto de agua, algún aguardiente, un cuchillo y una vela — ordené a Antonio.
—Velas solo tenemos rojas… de navidad — dudó — y licor solo tequila.
—No cuestiones y trae lo que te pedí — advertí.
 
Cinco minutos después el tipo volvió. Le pedí los baldes y los coloqué frente al lugar donde dormía la madre, dejando espacio entre ambas. Cogí la vela y con el cuchillo escribí unos signos sobre la cera.
 
—¿Cuándo nació?
—El 29 de febrero de este año.
—Vaya… ¿a qué hora?
—18:20, ¿eso es bueno? — interrogó él, pero lo ignoré: tomé a la bebé de los brazos de mi esposa, la acosté en la cama y advertí a sus padres.
 
—Pongan atención: Antonio va a sostener la vela, Paula la va a encender con cerillos mientras me hinco frente a la cama. Ella se va a parar detrás de mí. Voy a cerrar los ojos para que no piensen en pendejadas sobre lo que haremos a continuación: se va a sacar los pantalones, la pantaleta y me la va entregar. Luego se vestirá. Abriré los ojos y lo que haré después es asunto mío. ¿Dudas, reclamos?
—No — titubeó Paula. Antonio no dijo nada.
—Empecemos — ordené y tal cual sucedió: ella se quitó la ropa inferior, me entregó la pantaleta y comencé a limpiar el vientre de la bebé mientras crecía su llanto, pero no me importó: pasé varias veces la prenda y luego cubrí con ella la cabeza un par de minutos.
 
Cuando consideré que había quitado parte del mal, cogí la pantaleta y la hundí en una de las cubetas, luego coloqué mi boca sobre el estómago, aspiré hasta sentir náusea y escupí en el otro balde. Di un trago al tequila, cubrí su carita, le lancé el chorro y dije: “Regreso el mal a la persona que te ordenó dañar a este ser inocente”. La bebé dejó de llorar.
 
La levanté, la cubrí con mis brazos y pedí a la mujer generara mucha saliva y luego sacara la lengua, empapé mi dedo índice y luego hice una cruz en su cabeza y otra en el vientre. Luego se la entregué a su madre y vomité una sustancia negra en el otro balde.
 
—¡Hay una cosa moviéndose en el fondo! — gritó Paula
—¿Tu baño? — pregunté ignorándola.
 
Una vez ahí metí la mano para atrapar y destripar a la cosa, luego vacié todo en el váter. Hice una patipemba** en el piso con el dedo índice, antes de vaciar la caja.
 
Volví a la recámara y la niña seguía dormida, iba a despedirme cuando Antonio preguntó.
 
—¿Quién le hizo daño a mi hija?
—La última visita que tuvieron en casa.
—¡Tu madre estuvo ayer aquí! — gritó Paula.
—No sé cómo zafarme de ella, que ya no venga: odia a mi familia — dijo aún con la vela en la mano.
—¿Por qué usaste la pantaleta? — interrogó la mujer.
—Es lo mejor que hay para curar a los recién nacidos antes de que cumplan tres años de edad — respondí con vaguedad.
—Entonces no eres doctor, sino una especie de chamán — acusó Antonio aún con la vela en la mano.
—Nunca dije que lo fuera: ustedes se contaron esa historia.
—Pero… — quiso insistir, mas no se lo permití.
—Espera 24 horas, saca la pantaleta de la cubeta, la lavas y puedes usarla de nuevo. Si quieren llevarla con un médico, adelante, pero la nena ya está bien. Denle té de manzanilla con un poco de sal para que se hidrate y coloquen la vela en un plato hasta que se consuma — advertí tras lo cual di media vuelta, fui a la sala, cogí la bolsa con los libros y salí. Sabía que mi esposa se quedaría unos minutos más.
 
Llegué, me hice un despojo espiritual y tomé una ducha. Luego me serví un whisky y me acomodé en la sala. Media hora después mi esposa volvió.
 
—Hiciste bien en salirte, evitaste oír cuando preguntaron si eras brujo. ——Mierda.
—Te mandan esto — dijo colocando un fajo de billetes en el brazo del sillón, mismos que ignoré.
—No curo niños — solté nuevamente.
—Pidieron que seamos padrinos de bautizo de la niña — avisó.
—Quieren un brujo de cabecera para curarla cada que lo necesite — dije y solté un gruñido.
—aaay, ya: deberías sentirte satisfecho de tus dones — exclamó y entró la cocina a preparar la cena.
 
Cenamos y subimos a dormir, pero no pude. Bajé a la sala, me puse los audífonos, escuché tres veces “Cantaloop” de US3 y luego comencé la biografía de Phil Lynott, pero casi de inmediato la hice de lado y cogí “Apócrifos cristianos antiguos”, los textos sobre Jesús que no entraron en la Biblia. Me dormí en minutos hasta que me despertó el timbre de la puerta.
 
Por la luz del sol calculé serían las ocho de la mañana. Me levanté sin hacer ruido, vi por la mirilla y eran Paula y Antonio con la nena. Ella la cargaba mientras él tenía en sus manos una caja con algo parecido a bizcochos y una charola con cuatro vasos de café. Volví al sillón.
 
—Te lo dije: es muy temprano para venir a darle las gracias al brujo — dijo él.
 
Me puse de pie y subí a la recámara.
 
*Abiku son espíritus de niños que nacen para morir pequeños y antes de llegar a la pubertad, para luego renacer repetidamente de la misma madre.
**S
ímbolos usados en el Palo Myombre para hacer el bien o el mal. La imagen en este texto tiene alteraciones para que el lector no se meta en problemas si desea usarla.