
Tener iniciaciones como Curandero,
Espiritualista y Hierbero, además de estar en contacto con Chamanes, está
íntimamente ligado a la herencia cultural, mitológica y espiritual prehispánica
de todo Centroamérica y, específicamente, a lo que se conoce como “la magia del
México Antiguo”.
Si alguien revisara mis
libreros, descubriría que lo que más abunda son textos relacionados con la
historia, en particular sobre México. Por lo anterior, dado que se estima que
en la CDMX se celebrarán unas 5 mil actividades por Día de Muertos, y en el
país entre 60 y 70 mil, un lector bien podría incluir entre ellas leer una de
las propuestas más ambiciosas, honestas y fascinantes de los últimos años: “Los
huesos del Quinto Sol: Relatos eternos de los mexicas, los mayas y los pueblos
antiguos de México”, coescrito por Sofía Fernández y Edwin Keyes.
Para aquellos que piensen que la
mitología prehispánica es solo un catálogo lejano de nombres difíciles de pronunciar,
una recopilación de sacrificios sangrientos o tengan la idea de que aquella época sucedió hace muchos años,
les informo que tras su lectura cambiarán de opinión, pues a lo largo de sus
275 páginas, esta antología no solo recopila y vuelve a contar 39 mitos del
México antiguo, sino que proporciona elementos suficientes para entenderlos.
El gran acierto con el que
Fernández y Keyes abren el libro es un golpe de realidad al señalar dos grandes
errores históricos que solemos cometer cuando tratamos de acercarnos a nuestras
raíces: creer que estas historias son una galería de horrores sin sentido y
asumir que ese mundo se extinguió por completo en 1521 con la caída de
Tenochtitlan.
Tras una introducción bellísima
(el recordatorio de que “vivimos dentro de dos calendarios a la vez”, es genial),
los autores rescatan la idea de que las culturas mesoamericanas no veían la
creación del cosmos como un acto de magia gratuito hecho desde la distancia.
Para los antiguos mexicanos, la vida se paga con vida. Los dioses mismos
tuvieron que sangrar sus propios cuerpos (Quetzalcóatl) para dar vida a la
humanidad, y un dios humilde (Nanahuatzin), tuvo que arrojarse al fuego en para
convertirse en el sol que hoy nos alumbra.
Así, los seres humanos
prehispánicos se autodenominaban macehualtin,
que significa "los merecidos", es decir, los seres que los dioses
ganaron con su propio sacrificio y penitencia. Cuando entendemos esto, el
sacrificio y las ofrendas de sangre dejan de parecer salvajismo ante nuestros
ojos occidentales y se revelan como lo que realmente eran: una filosofía del
equilibrio, de la reciprocidad y de la conciencia de lo efímero. Nada en este
mundo está garantizado; cada amanecer es una hazaña cósmica y el tiempo mismo
está vivo.
El libro se divide en ocho
partes que estructuran el universo de una manera lógica y sumamente atractiva.
En las primeras secciones se presenta al Señor y la Señora Dos (Ometecuhtli y
Omecíhuatl) en el Lugar de la Dualidad. Aquí asistimos al estremecedor mito del
desgarramiento de Tlaltecuhtli, el Monstruo de la Tierra, una diosa con ojos y
bocas en cada coyuntura que fue partida por la mitad por Quetzalcóatl y Tezcatlipoca
para crear el suelo que pisamos y el cielo que nos cubre.
Se desarrollan también los
cuatro soles que fracasaron antes de nuestra era, donde cada una de estas etapas
terminó en una catástrofe y dio origen a las criaturas que hoy conocemos: la humanidad
que se volvió monos bajo el Sol de Viento, los que se transformaron en
guajolotes bajo la Lluvia de Fuego, o aquellos que terminaron siendo peces
cuando los cielos se desplomaron en el Sol de Agua. Es fascinante cómo los
autores logran hilar estas versiones, a veces contradictorias, sin perder el
ritmo narrativo.
Más adelante se explora la
compleja rivalidad entre Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, dos hermanos de origen
divino que mutuamente se necesitan como el día necesita a la noche, rompiendo
con la idea simplista del bien contra el mal. Después, el libro expande sus
horizontes al narrar la larga peregrinación mexica hacia el nopal del águila,
para luego trasladarnos al sur y revivir el relato k’iche’ de los Gemelos
Héroes desafiando a los temibles señores de Xibalbá en el inframundo maya.
El cierre es especialmente
emotivo: el camino al Mictlan y dos relatos nacidos en el folclor posterior a
la Conquista, el idilio trágico de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, y
el lamento eterno de La Llorona. Aquí vale la pena destacar la honestidad de
los autores al señalar que estas dos últimas historias no son mitos
prehispánicos puros, sino construcciones posteriores, lo que demuestra un
profundo respeto por la precisión histórica.
Para entender la potencia
narrativa de este libro, vale la pena detenerse en capítulos específicos como
el de Tata y Nene (La pareja de los peces y el humo en el cielo).
A diferencia del Noé bíblico, el mito del diluvio mexicano castiga a los
sobrevivientes no por desobediencia directa, sino por el atrevimiento de
sentirse dueños del mundo. Al salir de su escondite dentro de un árbol hueco,
la pareja enciende fuego para asar unos peces. El humo sube al cielo limpio que
los dioses acaban de restaurar. Ese humo, que debía ser un alimento sagrado
exclusivo para las deidades, es usado por los humanos para su propio beneficio.
El castigo de Tezcatlipoca es inmediato y poético: les corta la cabeza, se la
pega en las ancas y los transforma en los primeros perros de la tierra. Es una lección
brutal sobre nuestro lugar en el orden cósmico.
Uno de los principales aciertos
de Los
huesos del Quinto Sol es el respeto por el lector y por la verdad
histórica. Los autores reconocen abiertamente que casi todos los códices
originales fueron quemados por el celo inquisidor de personajes como Diego de
Landa o Juan de Zumárraga. Lo que nos queda son fragmentos rescatados por
frailes como Sahagún o Durán, y por cronistas indígenas que defendían sus
propios linajes.
Fernández y Keyes no pretenden
homogeneizar el caos de las fuentes coloniales. Al principio de cada relato,
incluyen notas detalladas que aclaran de dónde proviene la historia y dónde se
contradicen los textos antiguos. Cuando los autores se ven obligados a
construir un "puente narrativo" (un diálogo o gesto para dar vida
literaria al texto), lo dicen sin rodeos. Esa honestidad es refrescante y
convierte al libro en una lectura de divulgación rigurosa, pero a su vez
accesible.
Además, el apartado visual es
magnífico: 47 ilustraciones al estilo de los códices que acompañan y enriquecen
cada relato, pero más allá de las imágenes, el libro en sí es bellísimo: la
edición de H&H United está cuidada al detalle: tipografía elegante y
descansada para la lectura, márgenes generosos y una maquetación impecable. Es
de esas obras en las que se nota el cariño y la dedicación en cada palabra e
imagen.
Los huesos del Quinto Sol es una obra maestra de rescate cultural. No es un texto frío de
museo; es un libro que vibra, que dialoga con el México moderno y que demuestra
por qué las tradiciones de nuestro presente siguen teniendo un eco tan
poderoso. Es una lectura ideal para mentes curiosas de 14 años en adelante,
pero también para cualquier adulto que quiera entender de dónde venimos y por
qué el sol sigue bañando con sus rayos cada mañana al Valle de México.
“Los huesos del Quinto Sol: Relatos eternos de los mexicas, los
mayas y los pueblos antiguos de México”, Sofía Fernández y Edwin Keyes, 275
páginas, Editorial H&H United, edición 2026
Para más información: https://huesosdelquintosol.com/