
1.
—Lo reconozco,
mi madre en vida fue una mala persona…
—Parafraseando
al filósofo David Thoreau: “La maldad es la única inversión que nunca falla”.
—… pero fue mi
mamá — ignoró mi comentario — me trajo al mundo y…
—Somos
resultado de una cogida entre nuestros padres, a saber si fue buena o mala — la
interrumpí — pero fue el pretexto para que naciéramos y depuremos karmas de los
que no tenemos certeza de su origen.
Sofía me miró
con dureza.
—Seamos claros
antes de continuar: me pediste una consulta y la estoy haciendo, pero si no te
gusta lo que diré, es mejor terminarla en este momento — advertí.
2.
Son extraños los
caminos que me llevan a realizar consultas espirituales, ya sea que me lo pide
la hermana de mi madre para su nieto, un amigo de la mejor amiga de mi amigo X,
la prima de una lectora que afirma ha leído todas las entradas de mi blog, la
compañera de trabajo que es prima del dueño de la recaudería de la esquina, el
jefe de la jefa de la jefecita de mi sobrina. Hay personas de las que la
recomendación se pierde entre la neblina espiritual.
En el caso de Sofía
no sabía de su existencia hasta, que tras una tertulia literaria para
promocionar mi libro “Muertero”, Jade, la organizadora, me la presentó y apenas
estrechábamos las manos mi amiga agregó el fatídico “él te va a ayudar”.
Levanté los hombros
mientras les explicaba que esa noche pensaba irme de copas con los amigos y
amigas que llegaron al evento, más a Jade no le interesó mi plan, soltó un “los
dejo solos para que platiquen” y se largó con el pretexto de “no sé qué”.
—Mi esposa está esperándome — me adelanté antes
de que ella dijera algo — ¿quieres unírtenos? — mantuve la iniciativa.
—No bebo alcohol — avisó con algo cercano a la
petulancia.
—Tú te lo pierdes — dije y me encaminé hacia el
bar.
—Le pediré a Jade tu número telefónico — dijo
pasando a mi lado, con prisa, rumbo a la salida. Llevaba un ejemplar de mi
libro en la mano.
3.
—Empecemos de
nuevo — propuso fingiendo humildad — mi madre en vida fue una persona mala.
Defraudó, mintió, robó, maltrató, manipuló y chantajeó a todo aquel que se
cruzara en su camino: mujeres, niños y ancianos; a los hombres los trataba de
otra manera: se limitaba a sacarles todo el dinero que tuvieran a través de
sexo — esto último lo dijo con cierto pudor — no sé si llegó al asesinato, pero
viendo en perspectiva su grado de crueldad no lo dudaría.
—Vaya…
—Siempre se
salió con la suya. Mi pobre papá fue su juguete, pero nunca se atrevió a
criticarla, menos a abandonarla, pese a que ella no se esforzaba demasiado por disimular
sus infidelidades.
—¿Te has cuestionado
si lo tenía embrujado?
—No lo había pensado.
Sofía hizo una
pausa que no venía al caso, sacó de su bolso su ejemplar de mi libro “Muertero”
y lo agitó en el aire.
—Es para que
me escribas una dedicatoria — avisó — la vez pasada que nos vimos no nos dio
tiempo de conversar mucho — justificó, pero lejos de entregármelo o colocarlo
encima de la mesa, lo dejó sobre su bolso.
—¿A ti te
trataba mal? — seguí con el tema para dejarle claro que su intento de alimentar
mi vanidad no había funcionado.
—No mucho,
pero siempre nos hacía pelear entre las hermanas.
—…
4.
—Se hizo
vieja, pero su malignidad no disminuyó. Cuando le dio un infarto y cayó en cama
me confesó que era bruja, que sus trabajos eran infalibles, que iba a realizar unos
rituales para recuperar su salud, pero necesitaría ayuda. Mi padre ya había
muerto y mis dos hermanas habían marcado distancia con el pretexto de atender a
sus familias. Yo nunca me casé, así que vivía con ella.
—¿Nunca te
diste cuenta que hacía maleficios?
—No, por
extraño que parezca en casa nada lo insinuaba, eso lo descubrí después, cuando
murió: un día me hablaron por teléfono para cobrar la renta de un pequeño
departamento donde hacía sus cosas.
—¿Cómo supiste
que ahí practicaba las artes oscuras?
—Por lo que
encontré…
5.
—Tenía el
baño, cocina y una gran habitación para que la sala y la recámara se hicieran
un solo cuarto. Estaba poco iluminada, aunque en los rincones había veladoras color
negro sin terminarse. Una de vela de tono café, sobre una mesa de madera,
estaba a medio consumir sobre residuos endurecidos de cera de otras velas.
—Conozco ese
tipo de escondites, donde parece que el tiempo allí se midiera en rituales y no
en días.
—En el centro
había un círculo dibujado con sal y en medio restos de hierbas secas mezcladas
con pétalos marchitos y ceniza. El aire olía a encerrado mezclado con
inciensos. Sobre una repisa había frascos de vidrio etiquetados a mano; algunos
con líquidos turbios, raíces retorcidas, semillas negras, polvos, ramilletes de
plantas atados con listones rojos secándose boca abajo y en el piso un cuenco
de barro con agua oscura donde flotaban bocabajo trozos de una fotografía.
—…
—La ventana estaba
cubierta por cortinas gruesas que apenas dejaban pasar la luz. Había un libro
grueso abierto sobre la mesa y sus páginas estaban llenas de anotaciones,
diagramas y palabras subrayadas con tinta roja. A su lado, un mazo de cartas de
tarot gastadas y una pequeña figura tallada en madera.
—…
—Todo lo tiré
— terminó.
—Vaya — contuve
la risa ante su descripción a lo Harry Potter.
6.
—Volviendo al
tema. No me quería implicar, sin embargo, me convenció tras prometer que yo
sería la única heredera de todo lo que tenía.
—¿Así que le
vendiste tu alma al diablo? — me burlé mientras llamaba la atención de una
mesera.
Ella pidió un
refresco de cola y crepas parisinas, yo café y una rebanada de pastel de
chocolate amargo.
—Hizo
peticiones extrañas, pero todo se lo conseguí, incluyendo contactar a un
Santero que tiene un local en el Mercado de Sonora: fui a buscarlo, los enlacé
través de mi teléfono celular, le pidió algo especial y él se comprometió a llevarle
todo el viernes de esa misma semana. Y de paso aceptó llevar a su sobrino, “tal
como usted me lo pide, doña” — dijo.
—Vaya…
—El jueves por
la noche ella me solicitó que saliera de la casa el viernes desde temprano,
para que “no me implicara”, avisando que me llamaría cuando hubieran terminado sus rituales.
—¿Nunca
supiste qué encargo le llevaría el Santero?
—No — dijo
Sofía desconcertada.
—Quizá fue lo
mejor que sucederá en tu vida — mentí.
7.
La había
citado en la “Cafebrería El Péndulo”, en la colonia Roma, sobre la avenida
Álvaro Obregón, para alejarme de la pulgosa perrera en que se ha convertido el
“Village Café”.
—El viernes
salí temprano, como lo solicitó. Fui al salón de belleza para arreglarme el
cabello y las uñas, luego comí con una amiga, después me metí a una librería,
no porque me guste leer, nomás a
tontear. Estuve a punto de comprar uno, pero mi madre llamó avisando que ya
podía volver. Al entrar a la casa, para mi sorpresa, ella estaba en la cocina
preparando la merienda. No noté nada fuera de lo normal: ningún olor extraño,
el piso estaba limpio y ni rastro de los materiales u objetos raros. Todavía
entré al baño para fisgonear y no vi nada anormal.
—Así que las brujerías funcionaron — comenté cuando la
mesera volvió.
—Sí, no solo
se había recuperado del infarto, sino que, aunque suene extraño, se veía más
joven.
—Eso es
normal, rejuvenecer… ocurre con ciertos maleficios — me burlé de nuevo.