para Javier: sigue buscando respuestas
Desde que era niño he escuchado
historias sobre cómo personas que han fallecido, enfrentan la presencia de un
túnel oscuro donde al final hay una luz blanca, donde los esperan los
antepasados, quienes invitan al recién fallecido a seguir “derecho” para llegar
al “punto” donde le recibirán sus abuelos, tatarabuelos, padres, hermanos o
quizá hasta hijos (si murieron antes).
Conozco testigos de ello, personas que por alguna razón no llegaron al final de ese túnel, pese a que sintieron una gran paz y escucharon la voz de seres queridos diciéndoles: "ven, todo está bien, entra en la luz, aquí hay amor, aquí hay descanso", pero por alguna extraña razón su espíritu regresó al cuerpo para terminar los pendientes que aún tienen en vida. Es por ello que se sabe que ese túnel con una luz al final existe.
También sé de algunos que han muerto, vuelto y su vida no vuelve a ser la misma pues su maldad se multiplica, aunque en el extremo, otros regresan con dones espirituales, y de ello publicaré después, cuando encuentre, un texto que comencé sobre el tema y que anda escondido en alguna usb.
Pero volvamos al tema de la luz, una experiencia que se ha vendido en libros, documentales y charlas motivacionales como un consuelo (engaña bobos), para quienes temen a la muerte, pero hay una pregunta incómoda que casi nadie formula: ¿qué ocurre realmente después de entrar en esa luz?
Desde una perspectiva científica, las experiencias de túnel y la luz al final, suelen explicarse por cambios en la actividad cerebral durante situaciones críticas, como el aumento en la actividad eléctrica del cerebro cuando se queda sin oxígeno en los últimos segundos de vida, alteraciones en la corteza visual, inhibición o activación de regiones cerebrales o la liberación de ciertos neurotransmisores, sin embargo, ninguna de estas explicaciones confirma ni descarta una realidad espiritual; solo ofrecen posibles mecanismos biológicos.
Existen otros nombres para referirse a la reencarnación. Por ejemplo, filósofos como Pitágoras y Platón lo definían como “Metempsicosis”, un término griego utilizado por para describir la transmigración del alma a otros cuerpos, mientras que creencias como el hinduismo, budismo y jainismo, se le llama el “Ciclo del Samsara”.
La respuesta, para quienes han investigado más allá del relato superficial (sobre todo para los que han logrado recordar lo que ocurre entre una muerte y un (re)nacimiento), es demoledora: entrar en la luz te condena a reencarnar, empezando con una especie de secuestro disfrazado de bienvenida y terminando en un vulgar reciclaje del alma.
La luz no es Dios, no es el paraíso, no es la fuente del amor universal: es un dispositivo espiritual diseñado para cumplir una sola función: borrar tu memoria y enviarte de vuelta a un nuevo cuerpo. Se debe visualizar como un sistema operativo que, al cerrar una sesión, en automático abre otra sin preguntarte si quieres seguir usando la computadora, o como una puerta giratoria que no tiene salida: entras por un lado y sales por el otro, siempre en el mismo edificio. La luz es esa puerta giratoria y el edificio es en círculo vicioso de nacer, sufrir, morir y nacer otra vez para sufrir de nuevo.
Una descarga de euforia y paz, la sensación abrumadora de bienestar no es gratuita, es un anestésico espiritual que nubla la capacidad de pensar con claridad. Hace bajar la guardia, como cuando te dan un medicamento para el dolor antes de una operación: te sientes bien, pero justo por eso no ves lo que realmente está por suceder.
La aparición de seres queridos que te llaman: tus abuelos, padres, hermanos, a veces guías espirituales con túnica blanca que te sonríen, te abren los brazos, dicen que te quieren y que todo va a estar bien, pero hay un detalle que casi nadie nota: esos seres no son libres. Ellos también entraron en la luz cuando les tocó morir y ahora, sin saberlo, se han convertido en sus guardianes.
En el extremo: igual y no son ellos (tus antepasados), porque seguramente la mayoría de los antepasados ya han reencarnado, lo cual complicaría el asunto ya que no tenemos certeza si esos “familiares” en realidad son entidades creadas exprofeso para suplantarlos y hacernos caer en la trampa, sin embargo, para los fines de este texto, quedémonos con que forman parte de nuestro linaje y que nos están recibiendo gustosos.
Y luego de ese recibimiento viene la parte más perversa, ellos mismos “tus familiares”, te invitarán a revisar tu vida, buscando que sientas culpa por lo que hiciste o dejaste de hacer, luego, te convencerán de que tienes deudas por pagar, pero que todo ello lo puedes enmendar, te convencen de reencarnar para buscar, encontrar y alcanzar la evolución espiritual obteniendo conocimiento de todas las desgracias que padecerás (creyendo que solo el dolor te hará sabio) y, erróneamente, aceptas que te borren la memoria para reiniciar las etapas de nacer, vivir, morir y renacer.
Es bueno detenerse en el párrafo anterior.
Imagínate que, tras vivir una vida de mierda, escuchas la voz de tu madre, ya fallecida, que te dice: “ya, ven hijo mío, se acabó”. Te la crees, sigues el llamado (te tragaste el complejo de Edipo o de Elektra, según seas hombre o mujer) y aceptas el borrado de memoria y en cuanto cruzas el umbral luminoso, empiezas a olvidar quién eras, lo que aprendiste, los pactos que hiciste, las promesas que te hiciste a ti mismo, las lecciones que costaron tanto trabajo asimilar. Algunas tradiciones llaman a esto "el río del olvido", pero no es un río natural, es una función programada de la luz.
Sin que te des cuenta, tu conciencia (en teoría ya limpia de recuerdos), es dirigida hacia un nuevo vientre, una nueva familia, un nuevo nombre. Naces otra vez y empieza otra vez el ciclo, sin haberlo pedido, sin haberlo decidido, sin haber tenido tiempo siquiera de preguntarte: ¿y si no quiero volver?
¿Por qué existe esta trampa? ¿quién o qué la sostiene? No hay una sola respuesta, porque el origen de “la luz” es anterior a cualquier religión escrita, pero quienes han logrado escapar del ciclo o recordarlo con claridad coinciden en varios puntos:
La luz no fue creada por ningún dios benevolente: es una trampa muy antigua que se alimenta de la energía de los seres que reencarnan. Cada vida nueva genera emociones intensas: dolor, deseo, miedo, alegría, pérdida, aprendizaje, todo eso es combustible (energía) y esa “luz” necesita que sigas reencarnando porque cada ciclo produce esa energía, si todos los espíritus decidieran no volver, la luz se apagaría.
Hay entidades que se benefician del ciclo: no necesitas llamarlas "demonios" ni "arcángeles", son parásitos del plano intermedio, se alimentan del drama humano, les conviene que olvides quién eres, a manera de una paz para tu espíritu, para que vuelvas a vivir y cometer los mismos errores, generar las mismas crisis, sufrir las mismas pérdidas. Cada vez que sufres, ellos comen, cada vez que amas con desesperación, ellos beben. La luz es su sistema de cultivo y tú eres el ganado.
La mayoría de las tradiciones religiosas han sido cooptadas para reforzar la trampa: todas mal que bien lo adoptaron en su liturgia: cuando un cura te dice que "vayas a la luz", cuando un médium te asegura que "la luz es el cielo", cuando un libro de autoayuda te promete que "entrar en la luz es el reencuentro con el amor universal", están repitiendo el mismo mensaje que mantiene funcionando la puerta giratoria. No es que mientan a propósito: es que ellos también están atrapados, se tragaron el mismo cuento, también entraron en la luz en su momento y olvidaron.
¿Quiénes te llaman y por qué? buena pregunta: cuando te acercas a la luz, rara vez estás solo, hay presencias que te acompañan, te guían, te llaman, como si te empujaran y tú, dócil y agotado de tanto sufrir en la vida, aceptas la invitación de los llamados "guardianes del túnel". No son todos iguales, se dividen en tres tipos, y reconocerlos es fundamental para no caer en la trampa.
Conozco testigos de ello, personas que por alguna razón no llegaron al final de ese túnel, pese a que sintieron una gran paz y escucharon la voz de seres queridos diciéndoles: "ven, todo está bien, entra en la luz, aquí hay amor, aquí hay descanso", pero por alguna extraña razón su espíritu regresó al cuerpo para terminar los pendientes que aún tienen en vida. Es por ello que se sabe que ese túnel con una luz al final existe.
También sé de algunos que han muerto, vuelto y su vida no vuelve a ser la misma pues su maldad se multiplica, aunque en el extremo, otros regresan con dones espirituales, y de ello publicaré después, cuando encuentre, un texto que comencé sobre el tema y que anda escondido en alguna usb.
Pero volvamos al tema de la luz, una experiencia que se ha vendido en libros, documentales y charlas motivacionales como un consuelo (engaña bobos), para quienes temen a la muerte, pero hay una pregunta incómoda que casi nadie formula: ¿qué ocurre realmente después de entrar en esa luz?
Desde una perspectiva científica, las experiencias de túnel y la luz al final, suelen explicarse por cambios en la actividad cerebral durante situaciones críticas, como el aumento en la actividad eléctrica del cerebro cuando se queda sin oxígeno en los últimos segundos de vida, alteraciones en la corteza visual, inhibición o activación de regiones cerebrales o la liberación de ciertos neurotransmisores, sin embargo, ninguna de estas explicaciones confirma ni descarta una realidad espiritual; solo ofrecen posibles mecanismos biológicos.
Existen otros nombres para referirse a la reencarnación. Por ejemplo, filósofos como Pitágoras y Platón lo definían como “Metempsicosis”, un término griego utilizado por para describir la transmigración del alma a otros cuerpos, mientras que creencias como el hinduismo, budismo y jainismo, se le llama el “Ciclo del Samsara”.
La respuesta, para quienes han investigado más allá del relato superficial (sobre todo para los que han logrado recordar lo que ocurre entre una muerte y un (re)nacimiento), es demoledora: entrar en la luz te condena a reencarnar, empezando con una especie de secuestro disfrazado de bienvenida y terminando en un vulgar reciclaje del alma.
La luz no es Dios, no es el paraíso, no es la fuente del amor universal: es un dispositivo espiritual diseñado para cumplir una sola función: borrar tu memoria y enviarte de vuelta a un nuevo cuerpo. Se debe visualizar como un sistema operativo que, al cerrar una sesión, en automático abre otra sin preguntarte si quieres seguir usando la computadora, o como una puerta giratoria que no tiene salida: entras por un lado y sales por el otro, siempre en el mismo edificio. La luz es esa puerta giratoria y el edificio es en círculo vicioso de nacer, sufrir, morir y nacer otra vez para sufrir de nuevo.
Una descarga de euforia y paz, la sensación abrumadora de bienestar no es gratuita, es un anestésico espiritual que nubla la capacidad de pensar con claridad. Hace bajar la guardia, como cuando te dan un medicamento para el dolor antes de una operación: te sientes bien, pero justo por eso no ves lo que realmente está por suceder.
La aparición de seres queridos que te llaman: tus abuelos, padres, hermanos, a veces guías espirituales con túnica blanca que te sonríen, te abren los brazos, dicen que te quieren y que todo va a estar bien, pero hay un detalle que casi nadie nota: esos seres no son libres. Ellos también entraron en la luz cuando les tocó morir y ahora, sin saberlo, se han convertido en sus guardianes.
En el extremo: igual y no son ellos (tus antepasados), porque seguramente la mayoría de los antepasados ya han reencarnado, lo cual complicaría el asunto ya que no tenemos certeza si esos “familiares” en realidad son entidades creadas exprofeso para suplantarlos y hacernos caer en la trampa, sin embargo, para los fines de este texto, quedémonos con que forman parte de nuestro linaje y que nos están recibiendo gustosos.
Y luego de ese recibimiento viene la parte más perversa, ellos mismos “tus familiares”, te invitarán a revisar tu vida, buscando que sientas culpa por lo que hiciste o dejaste de hacer, luego, te convencerán de que tienes deudas por pagar, pero que todo ello lo puedes enmendar, te convencen de reencarnar para buscar, encontrar y alcanzar la evolución espiritual obteniendo conocimiento de todas las desgracias que padecerás (creyendo que solo el dolor te hará sabio) y, erróneamente, aceptas que te borren la memoria para reiniciar las etapas de nacer, vivir, morir y renacer.
Es bueno detenerse en el párrafo anterior.
Imagínate que, tras vivir una vida de mierda, escuchas la voz de tu madre, ya fallecida, que te dice: “ya, ven hijo mío, se acabó”. Te la crees, sigues el llamado (te tragaste el complejo de Edipo o de Elektra, según seas hombre o mujer) y aceptas el borrado de memoria y en cuanto cruzas el umbral luminoso, empiezas a olvidar quién eras, lo que aprendiste, los pactos que hiciste, las promesas que te hiciste a ti mismo, las lecciones que costaron tanto trabajo asimilar. Algunas tradiciones llaman a esto "el río del olvido", pero no es un río natural, es una función programada de la luz.
Sin que te des cuenta, tu conciencia (en teoría ya limpia de recuerdos), es dirigida hacia un nuevo vientre, una nueva familia, un nuevo nombre. Naces otra vez y empieza otra vez el ciclo, sin haberlo pedido, sin haberlo decidido, sin haber tenido tiempo siquiera de preguntarte: ¿y si no quiero volver?
¿Por qué existe esta trampa? ¿quién o qué la sostiene? No hay una sola respuesta, porque el origen de “la luz” es anterior a cualquier religión escrita, pero quienes han logrado escapar del ciclo o recordarlo con claridad coinciden en varios puntos:
La luz no fue creada por ningún dios benevolente: es una trampa muy antigua que se alimenta de la energía de los seres que reencarnan. Cada vida nueva genera emociones intensas: dolor, deseo, miedo, alegría, pérdida, aprendizaje, todo eso es combustible (energía) y esa “luz” necesita que sigas reencarnando porque cada ciclo produce esa energía, si todos los espíritus decidieran no volver, la luz se apagaría.
Hay entidades que se benefician del ciclo: no necesitas llamarlas "demonios" ni "arcángeles", son parásitos del plano intermedio, se alimentan del drama humano, les conviene que olvides quién eres, a manera de una paz para tu espíritu, para que vuelvas a vivir y cometer los mismos errores, generar las mismas crisis, sufrir las mismas pérdidas. Cada vez que sufres, ellos comen, cada vez que amas con desesperación, ellos beben. La luz es su sistema de cultivo y tú eres el ganado.
La mayoría de las tradiciones religiosas han sido cooptadas para reforzar la trampa: todas mal que bien lo adoptaron en su liturgia: cuando un cura te dice que "vayas a la luz", cuando un médium te asegura que "la luz es el cielo", cuando un libro de autoayuda te promete que "entrar en la luz es el reencuentro con el amor universal", están repitiendo el mismo mensaje que mantiene funcionando la puerta giratoria. No es que mientan a propósito: es que ellos también están atrapados, se tragaron el mismo cuento, también entraron en la luz en su momento y olvidaron.
¿Quiénes te llaman y por qué? buena pregunta: cuando te acercas a la luz, rara vez estás solo, hay presencias que te acompañan, te guían, te llaman, como si te empujaran y tú, dócil y agotado de tanto sufrir en la vida, aceptas la invitación de los llamados "guardianes del túnel". No son todos iguales, se dividen en tres tipos, y reconocerlos es fundamental para no caer en la trampa.
