13 de febrero de 2020

Al Diablo que todos llevamos dentro

Un cliente norteamericano pidió un libro del siglo XIX, tras recibirlo, mandó un mensaje diciendo que se hallaba en estado deplorable. El vendedor estaba seguro de que había descrito adecuadamente el ejemplar, pero le dijo al cliente que podía devolverlo. El libro devuelto llegó en una bolsa de papel con marcadores en las páginas que tenían ilustraciones. El lomo estaba roto como si el cliente hubiera fotocopiado las páginas ilustradas, lo cual indicaba que nunca tuvo intención de quedarse con la obra. El vendedor informó de este hecho a ABE Books (la web mediante la cual se había hecho la transacción). El sitio pagó la restauración del libro y el cliente fue recompensado con una severa reprimenda. Luego escribió una ristra de correos altisonantes y ofensivos donde destacaban frases como estas:

CLIENTE: Nunca olvidarán esta venta. Cada vez que se abata sobre ustedes la mala suerte, culpen a su karma… soy profeta de Dios y remito este mensaje en nombre de Jesucristo.

Unas semanas después, el cliente mandó un sobre lleno de folletos con instrucción para identificar al “Diablo que todos llevamos dentro”.

Diciembre de 2019. Mi esposa entra esa mañana a la recámara, abre las cortinas, la luz me da en el rostro y la desvelada (junto con la borrachera) explota.

- ya es hora – avisa – tenemos la comida con tus amigos (¿les conté que el dormitorio de su servidor está tapiado, de manera que no se cuele la luz natural por ningún resquicio?) – y luego ella baja a la sala

“Mis amigos”… más de 35 años de conocernos (solo falta O: https://basurerodealmas.blogspot.com/2015/07/mi-amigo-o-y-los-aztecas-en-el-mas-alla.html) y ahí seguimos: haciéndonos viejos y divirtiéndonos, gustosos del soul y del reggae, desafectos al alcohol, pero enviciados con jugar dominó, y lo mejor, con quienes las palabras Santería, Desencarnados, Mayombe y Brujería, gracias a mis demonios sumerios preferidos, simplemente no existen.

Me incorporé sobre la cama y concluí que beber whisky plain no es tan sano como pensaba. Me dispuse hacer una meditación para ahuyentar la resaca, pero las carcajadas de mi esposa llamaron mi atención, así que decidí bajar para ver de qué se trataba.


El motivo, no había otra opción, era la lectura del libro “Cosas raras que se oyen en las librerías”, de la poeta, ensayista y cuentista británica Jen Campbell, quien de trabajar como anticuaria en una librería pasó a convertirse en crítica literaria, en escritora, y actualmente tiene un influyente canal en youtube donde aborda reseñas, obvio, de literatura.

“Cosas raras que se oyen en las librerías” (de donde extraje la anécdota inicial de esta entrada), es su primer y divertidísimo libro resultado de una recopilación realizada en distintas librerías de Gran Bretaña, e incluye numerosas anécdotas (acompañadas de dibujos que hacen más ágil su lectura), sobre clientes que entran a una tienda de libros a preguntar no siempre sobre textos.

Si bien es cierto que estamos ante una compilación de situaciones jocosas que desde la primera hasta la última página tendrán al lector destornillándose de risa, en el fondo el libro también es una alarmante radiografía de la ignorancia sobre qué es una librería, la cultura popular y la falta de entendimiento de la literatura como expresión artística.

Comencé a leerlo un día antes, el sábado, y lo concluí el mismo día, mientras esperaba que una  Chamana amiga nuestra terminara de atender a sus últimos pacientes, para poder saludarla y darle el abrazo de fin de año, y fueron mis indiscretas risotadas las que llevaron a mi esposa a pedírmelo una vez que lo terminara.

En suma, un recomendable texto para quienes gustan divertirse leyendo y al que sólo le pondría un “pero”: su brevedad, misma que provocó por parte de los editores la arbitraria inclusión de un insulso anexo sobre casos de librerías españolas que carecen de gracia y desentona del concepto original de Jen Campbell.

Jen Campbell, Cosas raras que se oyen en las librerías, 148 págs. Editorial Malpaso,  2015