16 de octubre de 2020

In memoriam

 

1.
Me revolví en la cama mientras el miedo me invadía… no sé cuántas vueltas había dado sobre el cochón, pero así me sucede cuando bebo de más: el alcohol no me relaja, al contario, altera mis nervios, me lleva a sueños intranquilos aderezados con pendejadas oníricas que no me dejan descansar.
 
Cogí valor, abrí los ojos y confirmé lo que temía: alrededor del lecho reinaba mi realidad, así que los volví a cerrar, mas la voz de Katie Webster cantando “Pussycat Moan” sacudió mi estómago e hizo eco en mi vejiga, dejándome sin más remedio que levantarme y entrar al baño.
 
Regresé y me tumbé de nuevo preguntándome en qué departamento vivirá la persona obsesionada con Webster, aunque me quedaba claro que debía ser pisos arriba, ya que en todos estos años de subir y bajar escaleras para llegar al mío nunca sonó detrás de alguna puerta.
 
Mi imaginación vuela cuestionando si quien oye a esa cantante nacida en Houston es hombre o mujer, quizá sea vecina, bonita y… mierda, mi mente traicionera rebota y me lleva al ridículo de la noche anterior, en una fiesta organizada por Ignacio Pineda en su casa (dueño del Multiforo Cultural Alicia), ante el flirteo de…
 
2.
– ¿cómo va tu noche? – me cuestionó una atractiva mujer de largo cabello rizado y anteojos redondos que le daban un irresistible aire intelectual, pregunta que acompañó de una sonrisa que al parecer estaba esperando ofrecerme hasta que David se metiera en la cocina por otra ronda de tragos.
– eeeh – balbuceé – bien, creo…
– ¿llegaste hace mucho? – insistió.
– no, sí… no sé – alcancé a decir sin controlar el nefasto efecto que provocaba en mi mente la combinación de alcohol con prozac.
– espero que todo siga bien el resto de la velada – dijo amable, comprensiva, algo… bebió de su cerveza, sonrió exquisitamente y agregó (mintió, porque nunca dirigió su mirada hacia la puerta) – iré a saludar a unos amigos que acaban de llegar – y despareció.
 
David regresó al poco, sin enterarse de aquel fiasco, y repitió el resto de la noche el ritual de ir y regresar a la cocina en busca de bebidas, hasta que… no recuerdo, pero desperté en mi cama.
 
3.
Me levanté de un brinco incómodo, deprimido, molesto o como se le pudiera definir a mi ánimo tras recordar aquello. Salí de la recámara, entré a la sala y en la mesa descubrí una botella de ron colocada a lado de una caja con prozac.
 
- mierda - exclamé y sin dudarlo saqué dos capsulas de la caja, las pasé con un largo trago del licor y me fui a sentar en un sillón con la botella en mano.
 
“Nación prozac”, leí el título del libro de Elizabeth Wurtz sobre el cual me senté. Lo abrí en donde estaba el separador y releí la lista que ella citaba: zloft, paxil y prozac… solo me faltaba intentar con el litio. Bebí otro sorbo de ron.
 
Semanas después descubrí que mi depresión era resultado de brujería, no de un problema mental. Me lo dijo un Chamán tras explicarme el origen de mis tres fallidos intentos de suicidio: no era hundimiento emocional, eran desencarnados, cuya misión era asesinarme en nombre de un marido celoso.
 
Antes de eso fueron meses deambulado en los palaciegos sistemas de salud del gobierno, llevando y trayendo a ventanillas sobres cerrados con mi diagnóstico, clasificados como “urgente” o “secreto”, donde la solución (clínica, médica, alópata) incluía todo menos una salida.
 
4.
Elizabeth Wurtzel (Nueva York, 1967), fue la versión literaria del grunge, la contraparte de la auto-laceración convocada por Kurt Cobain. La conocí en la librería “Bart’s Books”, la segunda vez que regresé a Los Ángeles, en 1996, al asistir a la presentación de “Nación prozac” durante una bella tarde de otoño: conversé un rato con ella, y esa mirada rota, con su eterna sonrisa quebrada, nunca las olvidaré.
 
Me dedicó su libro y quedarnos de escribirnos, más ello nunca sucedió. Desconozco la razón, pero supongo que fue su miserable vida: la prensa yanqui la maltrató durante toda su carrera literaria, al grado de que el New York Times la llamó una “Sylvia Plath con el ego de Madonna”, el comentario más miserable que jamás se haya leído en un periódico.
 
Como sea, recién me entero que murió de cáncer este año 2020 que se niega a terminar sin seguir generando cadáveres. Escribir un “In memoriam” no es porque Elizabeth fuera mi amiga, pero en su momento ella y su libro fueron importantes en mi vida. Ojalá Wurtzel se hubiera enterado que la mayoría de las depresiones son culpa de los desencarnados… tendríamos más sabios vivos.
 
Elizabeth Wurtzel, Nación Prozac, 528 páginas, Editorial de De bolsillo, 1995.