13 de octubre de 2026

Mis muertos tristes

 


Mis muertos tristes es una serie argentino-chilena de cuatro episodios dirigida por Pablo Larraín y basada en textos de Mariana Enríquez (autora ya reseñada en este blog). Combina terror, drama y elementos sobrenaturales desde una premisa inquietante: morir no significa desaparecer. Los muertos siguen ahí, aparecen en una habitación, caminan por la calle, nos observan y pueden hablarnos. No pertenecen al mundo de los vivos, pero tampoco parecen haberlo abandonado. Ésa es, quizá, la esencia sobrenatural de la serie.
 
Estamos acostumbrados a que las historias de fantasmas establezcan una separación entre ambos mundos. En teoría, cuando un muerto regresa, algo está quebrado: una frontera, una regla, un orden natural, pero en la serie ese límite está roto: los desencarnados forman parte de la realidad cotidiana, aunque solo algunos puedan notarlos porque no se han ido.
 
Ema, una médica jubilada, cínica, impasible y malhablada, puede ver, oír y tocar fantasmas. Mientras intenta sobrellevar la muerte de su madre (cuyo espectro la acompaña), convive con su hija, con la que se lleva mal, y recibe la visita de su hermana, su cuñado y su sobrina Julie, pero la llegada de esta última coincide con el asesinato de tres jóvenes, hecho que desata una ola de apariciones en todo el vecindario.
 
Ver muertos para Ema no es un don ni una maldición: es una capacidad que tiene desde siempre, la acepta y la lleva a cambiar la manera de entender lo sobrenatural. La pregunta entonces deja de ser por qué regresan y pasa a ser más inquietante: ¿por qué algunos nunca se van?
 
Quien espere una serie de terror convencional se llevará una sorpresa: Mis muertos tristes esquiva los efectismos comunes del género para concentrarse en la carga emocional de los duelos y en lo que el director describió como el verdadero terror: la vida cotidiana. Los fantasmas de la serie no son amenazantes, sino almas sufrientes (ajusticiados, suicidas, drogadictos, abandonados), que acusan lo que no debió sucederles.
 
La trama se enriquece conforme los vecinos del barrio mueren sin importar la edad ni la causa, y lo que antes era el don de Ema se vuelve una experiencia colectiva: muchos comienzan a percibir a los desencarnados como una especie de pandemia.
 
La llegada de Julie es esencial porque también los ve, y su relación con ese mundo es diferente a la de Ema. Hay en ella una atracción hacia lo sobrenatural que vuelve peligrosa la frontera entre ambos mundos: una cosa es saber que los fantasmas existen y otra usarlos para tener sexo.
 
Eso produce una doble realidad en la serie. Una persona camina por una calle y ve personas vivas; otra puede ir por la misma calle y ver muertos. Las dos contemplan el mismo lugar, pero solo una puede ver lo que las habita. Es una idea inquietante porque significa que nuestra intuición sobre la realidad es incompleta.
 
Aunque Julie es importante, destaca Ema, no solo por la actuación de la actriz Mercedes Morán, sino porque su personalidad deja preguntas sin respuesta. No es espiritualista, muertera, médium ni clarividente, pero eso no importa: puede hablar con los desencarnados y darles camino sin más artilugio que indicarles dónde hacen falta para evitar que queden anclados al lugar donde murieron.
 
En el plano esotérico, la serie se aparta de la imaginería del fantasma etéreo para abrazar una concepción antigua e incómoda: la de los muertos como presencias con peso, memoria y necesidad. Esa idea conecta con tradiciones como el espiritismo, el ocultismo y ciertas corrientes del espiritualismo popular.
 
Muchas escenas recogen ese imaginario y lo convierten en atmósferas: el agua, por ejemplo, no solo está ahí como elemento físico, sino como símbolo de lo que fluye entre vivos y muertos, de lo que no se puede retener y de lo que tarde o temprano emerge. Los fantasmas no vuelven para aterrorizar, sino para reclamar, escuchar, saldar deudas morales o recordarnos que el olvido también es una forma de violencia.
 
No mostrar a los fantasmas como figuras aterradoras, sino como presencias casi transparentes, un efecto digital que los vuelve etéreos, ha sido uno de los puntos más discutidos. Mientras algunos críticos consideran que este recurso “arruina la dimensión fantástica”, otros valoran que desplace el miedo hacia lo social y lo emocional.
 
Si bien la dirección y la fotografía son impecables, el inicio de la serie es difícil. Es seguro que mucha gente la abandone antes de terminar el primer capítulo, sobre todo por la música incidental, cargada de tristeza y melancolía, pero de eso se trata: de ir empapando al auditorio del estado de ánimo que permea a los desencarnados y, también, de desesperanza en la que viven millones de argentinos a consecuencia de las políticas del presidente Javier Milei.
 
Mis muertos tristes aborda el tema de los fantasmas de forma única, con una perspectiva que no tiene que ver con lo esotérico ni lo espiritual, sino con un existencialismo recalcitrante que lleva a la reflexión permanente.
 
Algo interesante: la trama se desarrolla en la Argentina post-covid, hundida en una crisis económica sin precedentes, azotada no solo por la pobreza, sino por una delincuencia que asesina sin razón aparente, aunque los exteriores se filmaron en Buenos Aires (en el Barrio Comandante Luis Piedrabuena), y los interiores se rodaron en Santiago de Chile, lo cual para, quien no conozca esos países, pasa desparecido.
 
Se estrenó en 2026 a través de Netflix y compitió en San Sebastián y el Premio SGAE. No ganó. Y quizá sea lo mejor: los galardones suelen ir por otros caminos menos por los de la calidad, mientras que las obras que de verdad importan, encuentran a su público sin necesidad de alfombras rojas. Que Stephen King la haya elogiado ya dice bastante. ¿Qué más se puede pedir?