15 de agosto de 2026
Un espejo distópico de nuestro presente
Publicada en 1987, “Las torres del olvido”, del australiano George Turner, no es una novela más de ciencia ficción: es un escalofriante ejercicio de anticipación sociológica que hoy, casi cuatro décadas después, se lee como un diagnóstico lúcidamente profético de nuestro tiempo. Recibió numerosos premios y no es difícil entender por qué.
31 de julio de 2026
La recién nacida
para fanny: es hora de verte ante al espejo
Estacioné el auto, fui a la cajuela y saqué una bolsa en cuyo interior iban “Apócrifos cristianos antiguos” (de mi esposa), “La biografía de Phil Lynott” y “En lo más profundo del sur” (míos): nuestras adquisiciones de esa tarde en la librería Casa Bosques.
Mi esposa y yo caminamos hacia la entrada del edificio, mientras me veía sentado en la sala, con un whisky y hojeando las compras, pero nos cruzamos con Paula, una vecina. Lloraba y se veía afligida.
Ella y su esposo, Antonio, llegaron a vivir al edificio tras haberse casado. Traían prisa, así que la mujer no tardó en embarazarse. Mi esposa se llevaba bien con ella ya que era un matrimonio sano y joven que a veces rayaba a ingenuidad.
—¿Todo bien? — la interrogó
—Sí, ¡NO!… pedí un Uber para llevar a mi bebé al hospital, pero canceló de último minuto, pedí otro y lo mismo. Mi auto no arrancó y el de mi esposo tiene una llanta baja. No sé qué pasa, todo está en nuestra contra.
—¿Qué tiene tu nena? — le preguntó.
—Vomita, tiene diarrea y no ha parado de llorar desde la tarde.
—¿Aceptarías que mi esposo la revisara? — ofreció sin dudar, provocando que yo la mirara con dureza.
—¿Eres médico? — se dirigió a mí.
—Algo parecido — atajó mi esposa.
La joven dudó. Me observó y por su expresión no atinó a deducir nada sobre mí, pero tantas trabas para atender a su bebé se impusieron.
—Sí, gracias, pasen — dijo, metió la llave en la cerradura, entró, mas no me moví y puse mi mano en el hombro de mi esposa para que esperara.
—No atiendo niños. Lo sabes bien — advertí.
—Es una bebé, un angelito con una misión especial en la vida.
—Me vale una fumada: tendrá su misión, pero la mía es no aliviar críos. Si le toca morirse no es mi tema. Igual es una Abikú* y le llegó su hora.
—Ya, vamos… — dijo, me tomó de la mano y me jaló al interior.
Entramos y nos vimos en medio de una sala con sillones nuevos, una gran pantalla y un librero vacío. Todo pulcro y en orden, con el optimismo que las nuevas parejas impregnan a todo lo que hacen pensando que la suerte va a sonreírles siempre. Paula salió de su recámara, seguida de Antonio con la bebé llorando. Estaba claro que ya habían conversado, pues este me miró con curiosidad. Dejé la bolsa con los libros en un sillón.
—Dice mi esposa que usted es médico — aventuró.
—No curo niños — repetí en el oído de mi esposa, pero no se inmutó, al contrario, se adelantó, sacó a la nena de sus brazos y regresó a mi lado para entregármela.
No se la recibí, pero coloqué mi mano sobre su vientre y el dolor extremo que sentí me asustó.
—No voy a perder el tiempo con explicaciones: su hija está grave, ¿quieren que la cure? — cuestioné.
El matrimonio cruzó miradas llenas de confusión, más ella se adelantó y movió la cabeza afirmando.
—Bien, van hacer lo que les diga y cualquier cuestionamiento que me hagan, me largo y ustedes serán responsables de lo que le suceda, ¿estamos claros? — advertí y los dos asintieron.
—Lo que sea necesario, pero que ya no sufra — agregó Paula.
—Bien, vamos a su recámara — ordené.
Antonio dudó por un segundo, pero de inmediato señaló donde dormían. Entramos y, al igual que la sala, estaba en perfecto orden. Clavé mi mirada en la cama.
—Lo advierto por última vez: no abran la boca más que para responder lo que les pregunte. ¿En qué lado duerme Paula?
—Aquí — señaló Antonio.
Me coloqué enfrente, usé la videncia y sin dudarlo levanté las cobijas de manera que la cama quedara despejada.
—Necesito dos cubetas llenas a un cuarto de agua, algún aguardiente, un cuchillo y una vela — ordené a Antonio.
—Velas solo tenemos rojas… de navidad — dudó — y licor solo tequila.
—No cuestiones y trae lo que te pedí — advertí.
Cinco minutos después el tipo volvió. Le pedí los baldes y los coloqué frente al lugar donde dormía la madre, dejando espacio entre ambas. Cogí la vela y con el cuchillo escribí unos signos sobre la cera.
—¿Cuándo nació?
—El 29 de febrero de este año.
—Vaya… ¿a qué hora?
—18:20, ¿eso es bueno? — interrogó él, pero lo ignoré: tomé a la bebé de los brazos de mi esposa, la acosté en la cama y advertí a sus padres.
—Pongan atención: Antonio va a sostener la vela, Paula la va a encender con cerillos mientras me hinco frente a la cama. Ella se va a parar detrás de mí. Voy a cerrar los ojos para que no piensen en pendejadas sobre lo que haremos a continuación: se va a sacar los pantalones, la pantaleta y me la va entregar. Luego se vestirá. Abriré los ojos y lo que haré después es asunto mío. ¿Dudas, reclamos?
—No — titubeó Paula. Antonio no dijo nada.
—Empecemos — ordené y tal cual sucedió: ella se quitó la ropa inferior, me entregó la pantaleta y comencé a limpiar el vientre de la bebé mientras crecía su llanto, pero no me importó: pasé varias veces la prenda y luego cubrí con ella la cabeza un par de minutos.
Cuando consideré que había quitado parte del mal, cogí la pantaleta y la hundí en una de las cubetas, luego coloqué mi boca sobre el estómago, aspiré hasta sentir náusea y escupí en el otro balde. Di un trago al tequila, cubrí su carita, le lancé el chorro y dije: “Regreso el mal a la persona que te ordenó dañar a este ser inocente”. La bebé dejó de llorar.
La levanté, la cubrí con mis brazos y pedí a la mujer generara mucha saliva y luego sacara la lengua, empapé mi dedo índice y luego hice una cruz en su cabeza y otra en el vientre. Luego se la entregué a su madre y vomité una sustancia negra en el otro balde.
—¡Hay una cosa moviéndose en el fondo! — gritó Paula
—¿Tu baño? — pregunté ignorándola.
Una vez ahí metí la mano para atrapar y destripar a la cosa, luego vacié todo en el váter. Hice una patipemba** en el piso con el dedo índice, antes de vaciar la caja.
Volví a la recámara y la niña seguía dormida, iba a despedirme cuando Antonio preguntó.
—¿Quién le hizo daño a mi hija?
—La última visita que tuvieron en casa.
—¡Tu madre estuvo ayer aquí! — gritó Paula.
—No sé cómo zafarme de ella, que ya no venga: odia a mi familia — dijo aún con la vela en la mano.
—¿Por qué usaste la pantaleta? — interrogó la mujer.
—Es lo mejor que hay para curar a los recién nacidos antes de que cumplan tres años de edad — respondí con vaguedad.
—Entonces no eres doctor, sino una especie de chamán — acusó Antonio aún con la vela en la mano.
—Nunca dije que lo fuera: ustedes se contaron esa historia.
—Pero… — quiso insistir, mas no se lo permití.
—Espera 24 horas, saca la pantaleta de la cubeta, la lavas y puedes usarla de nuevo. Si quieren llevarla con un médico, adelante, pero la nena ya está bien. Denle té de manzanilla con un poco de sal para que se hidrate y coloquen la vela en un plato hasta que se consuma — advertí tras lo cual di media vuelta, fui a la sala, cogí la bolsa con los libros y salí. Sabía que mi esposa se quedaría unos minutos más.
Llegué, me hice un despojo espiritual y tomé una ducha. Luego me serví un whisky y me acomodé en la sala. Media hora después mi esposa volvió.
—Hiciste bien en salirte, evitaste oír cuando preguntaron si eras brujo. ——Mierda.
—Te mandan esto — dijo colocando un fajo de billetes en el brazo del sillón, mismos que ignoré.
—No curo niños — solté nuevamente.
—Pidieron que seamos padrinos de bautizo de la niña — avisó.
—Quieren un brujo de cabecera para curarla cada que lo necesite — dije y solté un gruñido.
—aaay, ya: deberías sentirte satisfecho de tus dones — exclamó y entró la cocina a preparar la cena.
Cenamos y subimos a dormir, pero no pude. Bajé a la sala, me puse los audífonos, escuché tres veces “Cantaloop” de US3 y luego comencé la biografía de Phil Lynott, pero casi de inmediato la hice de lado y cogí “Apócrifos cristianos antiguos”, los textos sobre Jesús que no entraron en la Biblia. Me dormí en minutos hasta que me despertó el timbre de la puerta.
Por la luz del sol calculé serían las ocho de la mañana. Me levanté sin hacer ruido, vi por la mirilla y eran Paula y Antonio con la nena. Ella la cargaba mientras él tenía en sus manos una caja con algo parecido a bizcochos y una charola con cuatro vasos de café. Volví al sillón.
—Te lo dije: es muy temprano para venir a darle las gracias al brujo — dijo él.
Me puse de pie y subí a la recámara.
**Símbolos usados en el Palo Myombre para hacer el bien o el mal. La imagen en este texto tiene alteraciones para que el lector no se meta en problemas si desea usarla.
24 de julio de 2026
Al morir no sigas la luz al final del túnel (y 2)
Tipo 1: Los seres atrapados que creen que ayudan, son espíritus de personas que murieron antes que tú, entraron en la luz, fueron borrados y reencarnaron muchas veces, pero en algún ciclo y se quedaron "a medio camino", atrapados en el túnel. Con el tiempo, olvidaron que ellos también fueron víctimas, pero ahora su función es recibir a los recién muertos, darles la bienvenida, sonreírles, tomarles de la mano y llevarlos hacia la luz.
*Para ampliar el
entendimiento del tema, recomiendo adentrarse en el gnosticismo (conocimiento
intuitivo, esotérico y secreto de lo divino), cuyos fundamentos se encuentran
en el libro “Textos custodios del cristianismo primitivo olvidado” de Nag Hammadi.
18 de julio de 2026
Al morir no sigas la luz al final del túnel (1)
para Javier: sigue buscando respuestas
Conozco testigos de ello, personas que por alguna razón no llegaron al final de ese túnel, pese a que sintieron una gran paz y escucharon la voz de seres queridos diciéndoles: "ven, todo está bien, entra en la luz, aquí hay amor, aquí hay descanso", pero por alguna extraña razón su espíritu regresó al cuerpo para terminar los pendientes que aún tienen en vida. Es por ello que se sabe que ese túnel con una luz al final existe.
También sé de algunos que han muerto, vuelto y su vida no vuelve a ser la misma pues su maldad se multiplica, aunque en el extremo, otros regresan con dones espirituales, y de ello publicaré después, cuando encuentre, un texto que comencé sobre el tema y que anda escondido en alguna usb.
Pero volvamos al tema de la luz, una experiencia que se ha vendido en libros, documentales y charlas motivacionales como un consuelo (engaña bobos), para quienes temen a la muerte, pero hay una pregunta incómoda que casi nadie formula: ¿qué ocurre realmente después de entrar en esa luz?
Desde una perspectiva científica, las experiencias de túnel y la luz al final, suelen explicarse por cambios en la actividad cerebral durante situaciones críticas, como el aumento en la actividad eléctrica del cerebro cuando se queda sin oxígeno en los últimos segundos de vida, alteraciones en la corteza visual, inhibición o activación de regiones cerebrales o la liberación de ciertos neurotransmisores, sin embargo, ninguna de estas explicaciones confirma ni descarta una realidad espiritual; solo ofrecen posibles mecanismos biológicos.
Existen otros nombres para referirse a la reencarnación. Por ejemplo, filósofos como Pitágoras y Platón lo definían como “Metempsicosis”, un término griego utilizado por para describir la transmigración del alma a otros cuerpos, mientras que creencias como el hinduismo, budismo y jainismo, se le llama el “Ciclo del Samsara”.
La respuesta, para quienes han investigado más allá del relato superficial (sobre todo para los que han logrado recordar lo que ocurre entre una muerte y un (re)nacimiento), es demoledora: entrar en la luz te condena a reencarnar, empezando con una especie de secuestro disfrazado de bienvenida y terminando en un vulgar reciclaje del alma.
La luz no es Dios, no es el paraíso, no es la fuente del amor universal: es un dispositivo espiritual diseñado para cumplir una sola función: borrar tu memoria y enviarte de vuelta a un nuevo cuerpo. Se debe visualizar como un sistema operativo que, al cerrar una sesión, en automático abre otra sin preguntarte si quieres seguir usando la computadora, o como una puerta giratoria que no tiene salida: entras por un lado y sales por el otro, siempre en el mismo edificio. La luz es esa puerta giratoria y el edificio es en círculo vicioso de nacer, sufrir, morir y nacer otra vez para sufrir de nuevo.
Una descarga de euforia y paz, la sensación abrumadora de bienestar no es gratuita, es un anestésico espiritual que nubla la capacidad de pensar con claridad. Hace bajar la guardia, como cuando te dan un medicamento para el dolor antes de una operación: te sientes bien, pero justo por eso no ves lo que realmente está por suceder.
La aparición de seres queridos que te llaman: tus abuelos, padres, hermanos, a veces guías espirituales con túnica blanca que te sonríen, te abren los brazos, dicen que te quieren y que todo va a estar bien, pero hay un detalle que casi nadie nota: esos seres no son libres. Ellos también entraron en la luz cuando les tocó morir y ahora, sin saberlo, se han convertido en sus guardianes.
En el extremo: igual y no son ellos (tus antepasados), porque seguramente la mayoría de los antepasados ya han reencarnado, lo cual complicaría el asunto ya que no tenemos certeza si esos “familiares” en realidad son entidades creadas exprofeso para suplantarlos y hacernos caer en la trampa, sin embargo, para los fines de este texto, quedémonos con que forman parte de nuestro linaje y que nos están recibiendo gustosos.
Y luego de ese recibimiento viene la parte más perversa, ellos mismos “tus familiares”, te invitarán a revisar tu vida, buscando que sientas culpa por lo que hiciste o dejaste de hacer, luego, te convencerán de que tienes deudas por pagar, pero que todo ello lo puedes enmendar, te convencen de reencarnar para buscar, encontrar y alcanzar la evolución espiritual obteniendo conocimiento de todas las desgracias que padecerás (creyendo que solo el dolor te hará sabio) y, erróneamente, aceptas que te borren la memoria para reiniciar las etapas de nacer, vivir, morir y renacer.
Es bueno detenerse en el párrafo anterior.
Imagínate que, tras vivir una vida de mierda, escuchas la voz de tu madre, ya fallecida, que te dice: “ya, ven hijo mío, se acabó”. Te la crees, sigues el llamado (te tragaste el complejo de Edipo o de Elektra, según seas hombre o mujer) y aceptas el borrado de memoria y en cuanto cruzas el umbral luminoso, empiezas a olvidar quién eras, lo que aprendiste, los pactos que hiciste, las promesas que te hiciste a ti mismo, las lecciones que costaron tanto trabajo asimilar. Algunas tradiciones llaman a esto "el río del olvido", pero no es un río natural, es una función programada de la luz.
Sin que te des cuenta, tu conciencia (en teoría ya limpia de recuerdos), es dirigida hacia un nuevo vientre, una nueva familia, un nuevo nombre. Naces otra vez y empieza otra vez el ciclo, sin haberlo pedido, sin haberlo decidido, sin haber tenido tiempo siquiera de preguntarte: ¿y si no quiero volver?
¿Por qué existe esta trampa? ¿quién o qué la sostiene? No hay una sola respuesta, porque el origen de “la luz” es anterior a cualquier religión escrita, pero quienes han logrado escapar del ciclo o recordarlo con claridad coinciden en varios puntos:
La luz no fue creada por ningún dios benevolente: es una trampa muy antigua que se alimenta de la energía de los seres que reencarnan. Cada vida nueva genera emociones intensas: dolor, deseo, miedo, alegría, pérdida, aprendizaje, todo eso es combustible (energía) y esa “luz” necesita que sigas reencarnando porque cada ciclo produce esa energía, si todos los espíritus decidieran no volver, la luz se apagaría.
Hay entidades que se benefician del ciclo: no necesitas llamarlas "demonios" ni "arcángeles", son parásitos del plano intermedio, se alimentan del drama humano, les conviene que olvides quién eres, a manera de una paz para tu espíritu, para que vuelvas a vivir y cometer los mismos errores, generar las mismas crisis, sufrir las mismas pérdidas. Cada vez que sufres, ellos comen, cada vez que amas con desesperación, ellos beben. La luz es su sistema de cultivo y tú eres el ganado.
La mayoría de las tradiciones religiosas han sido cooptadas para reforzar la trampa: todas mal que bien lo adoptaron en su liturgia: cuando un cura te dice que "vayas a la luz", cuando un médium te asegura que "la luz es el cielo", cuando un libro de autoayuda te promete que "entrar en la luz es el reencuentro con el amor universal", están repitiendo el mismo mensaje que mantiene funcionando la puerta giratoria. No es que mientan a propósito: es que ellos también están atrapados, se tragaron el mismo cuento, también entraron en la luz en su momento y olvidaron.
¿Quiénes te llaman y por qué? buena pregunta: cuando te acercas a la luz, rara vez estás solo, hay presencias que te acompañan, te guían, te llaman, como si te empujaran y tú, dócil y agotado de tanto sufrir en la vida, aceptas la invitación de los llamados "guardianes del túnel". No son todos iguales, se dividen en tres tipos, y reconocerlos es fundamental para no caer en la trampa.
11 de julio de 2026
Nos vemos cuando el mundo cambie terminando el mundial de futbol
Sí, nos vemos con pandemias, temblores,
erupciones, guerras, ciclones, muertes masivas, tormentas eléctricas,
inundaciones, represión política, falsos dioses, polución, tormentas,
desempleo, apagones (red y electricidad), violencia, dinero digital, esclavitud
mental, incendios, hambruna, virus, insurrecciones, sequía, corrupción,
contactos alienígenas, meteoritos, altas temperaturas, nuevo orden mundial,
manipulación espiritual, asesinatos masivos, imposición de la IA y todo los
temores que te han provocado insomnio.
https://basurerodealmas.blogspot.com/2026/01/predicciones-para-2026.html
El mundo no volverá a ser igual.
4 de julio de 2026
Cuando comprar un fantasma por Internet sale (muy) mal
Hay argumentos en un libro que son tan buenos que da algo cercano a la envidia no haberlos escrito uno mismo. La premisa de “El traje del muerto”, de Joe Hill, es uno de esos casos, donde nos presenta a un viejo rockero millonario, desvergonzado y aburrido de la vida, que se dedica a coleccionar objetos macabros, como un recetario para caníbales, la confesión de una bruja juzgada en Salem, fotografías de cadáveres, la soga de un ahorcado, una película snuff y cosas así.
Un día, vagando por Internet, encuentra una subasta que promete algo único: un anuncio asegura que quien compre el traje de un difunto se llevará al fantasma de su antiguo dueño como regalo. Jude Coyne, el protagonista, no se lo piensa dos veces: puja, gana y unos días después recibe una caja que contiene la prenda. Y entonces empieza la pesadilla.
Lo que hace que esta novela funcione tan bien es que Joe Hill se aparta del fantasma tradicional. El espíritu que acompaña al traje tiene nombre: Craddock McDermott, y no es un extraño para Jude. Se trata del padrastro de una antigua amante, una chica treinta años menor que él y que terminó suicidándose. Pero Craddock no ha vuelto para saludar, sino para cobrar venganza.
El desencarnado es violento, cruel y persistente. Provoca accidentes, aparece en los pasillos de la mansión, se sienta al pie de la cama, ronda la cocina, conoce los secretos del protagonista y trata de inducirlo a que se suicide. No importa dónde se esconda ni hacia dónde huya Jude: siempre está ahí, mirando, esperando la oportunidad para matar.
Lo que comienza como una historia de casa embrujada, se convierte rápidamente en una persecución desesperada. Jude y su novia gótica, Georgia, abandonan la mansión donde vivían y emprenden una huida frenética para salvar sus vidas; sin embargo, el desencarnado los sigue. No importa si viajan en coche, si se alojan en moteles de carretera o si buscan refugio en lugares sagrados: el muerto siempre los encuentra.
Y aquí es donde la novela se vuelve interesante, porque el viaje de Jude no es sólo físico, sino también un hundimiento en sus culpas. Craddock no es un vulgar vengador sobrenatural: aparte de haberse dedicado en vida a la ouija, hipnosis, quiromancia, ocultismo y tarot, se ha convertido en un recordatorio de todos los errores que Jude ha cometido y de las vidas que ha destrozado con su egoísmo de estrella de rock. Joe Hill convierte el terror esotérico en terror psicológico.
Uno de los aspectos más notables de la novela es la forma en que revela que el egoísmo del protagonista nace del resentimiento acumulado por los maltratos y abusos sufridos en la infancia. La historia lo presenta como un hombre soberbio, incapaz de amar y condenado por un pasado trágico.
A partir de ahí, el relato se adentra en los rincones más oscuros de su conciencia, mientras retrata con acierto la transformación del personaje conforme el muerto lo estrecha, de manera implacable.
Hill demuestra una notable habilidad para construir atmósferas opresivas. Muchas de sus escenas permanecen en la memoria mucho después de haber cerrado el libro. Además, al convertir a Jude en un viejo músico de rock, impregna la novela de referencias musicales que terminan por darle un ritmo muy particular, como si el lector estuviera recorriendo un álbum conceptual convertido en novela.
Si al lector le gustan las historias de fantasmas bien contadas, con personajes complejos y una atmósfera que se mete en las entrañas, esta novela es una apuesta segura. Se trata de una historia de terror contemporánea que recupera lo mejor de la tradición gótica, pero con un ritmo y una estética, digamos, modernos, méritos que le valieron el Premio Bram Stoker a la Mejor Primera Novela y el prestigioso Premio Locus, otorgados a aquellas obras destacadas de los géneros de la ciencia ficción, género fantástico y terror.
Eso sí, no se trata de un libro de sustos fáciles. Hill no recurre al gore gratuito ni a las vueltas de tuerca forzadas. Su terror es sutil, psicológico y profundamente visual, hasta el punto de provocar que el lector piense más de una vez: "no puedo dejar de leer, aunque esté cagado de miedo". Y es que Hill escribe con tal convicción que, por momentos, uno termina creyendo que sabe mucho más sobre fantasmas de lo que debería.
“El traje del muerto” no se resuelve con un simple "exorcismo y ya está". Hay giros argumentales que modifican por completo la percepción de quién es la víctima y quién el verdugo. Y el desenlace, tras el macabro viaje a la redención, dejará al lector satisfecho.
No suelo leer novelas de terror y, precisamente por eso “El traje del muerto” me sorprendió tanto. Bastó el primer párrafo para quedar atrapado en una historia que ya no me soltó hasta la última página, algo que muy pocos libros han conseguido conmigo. Quizá por eso me atrevo a recomendarla, incluso a quienes no frecuentan el género: si una novela es capaz de enganchar a un lector poco aficionado al terror, probablemente tenga entre sus páginas mucho más que una simple historia de fantasmas.
Joe Hill, El traje
del muerto, 400 páginas, Editorial Punto de lectura, 2007.
22 de junio de 2026
El pacto de Santeros y Babalowos con los Orishas al morir (final)
Ahora vamos al tema: la reencarnación, porque no es lo mismo morirse y quedarse del otro lado, que morirse y volver a nacer.
Volviendo a la sabiduría del Olowo Rubén Cuevas, que en vida tenía el don de poder adentrarse en las reencarnaciones anteriores de sus consultados y determinar si la persona ya había caminado en vidas anteriores en tierra de Osha e Ifa. Incluso, determinar el Orisha de quien se fue hijo, como lo hizo conmigo*.
Eso quiere decir que tu espíritu ya pasó por esto antes, ya viviste otra vida, en otro cuerpo, con otro nombre y en esa otra vida también moriste. ¿Y qué pasó? reencarnaste de nuevo y el pacto de esa vida anterior no te impidió volver ni te persiguió.
¿Por qué?, porque cuando reencarnas, no traes en tu conciencia inmediata los recuerdos y tampoco las deudas espirituales que no sean contigo mismo y con seres iguales a ti: las personas vivas. Al morir el espíritu se limpia en el proceso hasta que te conviertes en alma de nuevo. Los Eggun te ayudan a soltar lo que ya no sirve.
El Orisha de esa vida anterior puede sentir que ese espíritu le es familiar, pero no puede reclamarte nada porque ahora eres otra persona, tienes otro Ori, otro destino, otros caminos espirituales por recorrer (incluyendo la incredulidad a través del ateísmo, agnosticismo el humanismo secular o, en el extremo, alguna religión si lo decides).
Piénsalo así: si tuvieras un hijo y ese hijo se muere, y después ese mismo espíritu reencarna en el retoño de tu vecino, ¿podrías ir a su casa a pedirle que te pague una deuda que tu primer vástago tenía contigo? No, porque ese bebé no es tuyo, es otro espíritu, otro cuerpo, otro contrato social: es dueño de otra vida.
Con los Orishas pasa igual: ellos reconocen la esencia del iniciado, pero saben que el pacto quedó en la vida anterior; si en esta nueva vida tú quieres volver a coronarte con ese mismo Orisha, lo aceptará, pero no te va a venir a buscar si no quieres ni te va a reclamar lo que no has cumplido con él/ella.
7.
Algunas circunstancias especiales están contempladas en Ifá: Oyeku Meji habla de la reencarnación familiar, donde las almas regresan a la Tierra dentro de su propio linaje de sangre, y Ogbe Yeku trata sobre los compromisos espirituales sellados con sangre en vidas pasadas.
Entonces, sí un Babalawo ve la falta de evolución en un ahijado, recurre a esos signos para saber si fue consagrado antes y necesita rescatar el pacto de su linaje familiar original, que no tiene que ver con la reencarnación porque en un linaje las reencarnaciones de los espíritus no son continuas (son terciadas: de abuelos a nieto o de padres a sobrinos).
Otros signos también hablan de la reencarnación, como Osa Meji, Ogbe, Otura Meji, Baba Ejiogbe y Obara Meji. Además, Ifá expone situaciones concretas de la llamada “recompensa o ajuste espiritual”, como los Abiku (seres que nacen como niños condenados a morir jóvenes y que nacen una y otra vez de la misma madre.) y los Akudaaya (quienes tras morir en un lugar reaparecen vivos en otro e interactúan con personas que desconocen han muerto).
En este sentido, dentro del Ifá tradicionalista, en un Itá (ceremonia de adivinación profunda del destino), los Babalawos suelen diagnosticar un Atúnwá (una reencarnación dentro del linaje), aunque solo los religiosos más experimentados pueden determinar si en vidas pasadas el consultado caminó en tierra de los Orishas y, mediante un Ìdámo (diagnóstico espiritual), decidir si debe volver a iniciarse parcialmente o si puede reutilizar su santo anterior, aunque esto es controvertido, incluso en Nigeria (no confundir con Orúkọ Amútọ̀runwá, el nombre que los niños eligen antes de nacer).
8.
Actualmente, muchos iniciados están dejando de practicar la Osha, y si es el caso, si se ha dejado la religión en vidas pasadas no es una condena, es un patrón de tu espíritu. Tú eres alguien que prueba un camino iniciático, que recibe lo que tiene que recibir y después se retira. Lo mismo sucede, aunque sigas en la religión y no atiendas consejo, o no seas un buen practicante en vida (eso último casi siempre se paga en la reencarnación actual). Y eso está bien, no hay castigo, no hay Orisha enojado. Solo hay un ciclo que se repite porque así lo eligió tu Eledá ante Orunmila antes de nacer.
Ahora, si lo que se quiere es estar tranquilo, si lo que se busca es dormir sin pensar que mañana el Orisha te va a reclamar algo, si quieres morirte en paz sabiendo que no llevas ninguna atadura a tu próxima vida, hay algunas cosas que se pueden hacer, no son obligatorias, pero pueden ayudarte a cerrar el círculo, las cuales son un resumen de lo que explico en el texto https://basurerodealmas.blogspot.com/2017/07/si-se-puede-dejar-la-santeria.html.
Primero: devuelve lo que tengas en tu casa, si es que todavía conservas piedras, soperas, collares, herramientas de Orisha, todo lo que está “cargado”, pues tu sangre está ahí. No puedes tirarlo a la basura como si fuera un trapo viejo o un objeto inservible. Eso sí ofende, no porque el Orisha se vaya a enojar contigo, sino porque es una falta de respeto a algo (la religión) que alguna vez fue sagrada para ti.
Lo correcto es devolverlos. Si tienes un Babalawo de confianza, alguien que no te juzgue por haberte alejado, pídele que haga una ceremonia para retirar ese Santo (muy controversial y no reconocida por muchas casas religiosas); esto se paga con un derecho, como cualquier trabajo: él se quedará con los objetos o los devuelve a la naturaleza, cortando el vínculo físico entre el Orisha y tú.
Si no conoces a nadie o ya no quieres saber nada de la religión, puedes hacerlo tú mismo: lleva las piedras al río, deja los collares al mar, entierra las herramientas en un monte, según le corresponda a cada uno. No hace falta rezar ni pedir permiso, solo es un acto de devolver lo que una vez te dieron, con respeto, sin miedo. Y listo.
Segundo: arregla tus cuentas con los ancestros, ya que son quienes te van a recibir cuando mueras. Ellos son los que van a interceder para que ningún Orisha “te moleste”, por eso es bueno tener una relación sin pendientes con ellos.
No necesitas hacer un asentamiento ni prender velas todos los viernes: con tener un vaso de agua en un rincón de tu casa, cambiándolo cada semana, y un pensamiento para tus muertos de vez en cuando, alcanza. Puedes pedirles que cuando te llegue la hora, te reciban limpio, sin ataduras y que te saquen cualquier compromiso que hayas hecho en esta vida o en otras. Ellos te escuchan, sin necesidad de palabras bonitas, háblales como le hablarías a tu abuelo, directo y de frente.
Tercero: deja ir el miedo, lo cual es la parte más difícil y que tanto pido desechar a mis lectores, porque la Santería mete miedo con advertencias de que si dejas a tu santo te enfermarás, de que vas a padecer calamidades, de que el Orisha te va a castigar y de que los pactos de sangre no se borran. Es curioso, pero el tema debe verse así: el único poder que tienen las deidades yorubas es el que la gente les da, pues dejas de creerles y de temerles, el pacto se muere solo.
9.
Lo que realmente te va a pasar cuando te mueras (si es que decides volver a reencarnar, por eso les pido no caer en la trampa del túnel con la luz blanca al final) es menos complicado de lo que se cree. Te mueres. Tu espíritu sale de tu cuerpo. Ya no sientes dolor. Al principio no entiendes bien qué pasó. Ves a los que lloran alrededor de tu cuerpo. Te quieres quedar, pero algo te empuja a irte.
Más tarde aparecen tus muertos, no todos juntos, sino uno a uno. Primero los más recientes, los que se fueron cuando todavía vivías, luego los más viejos, los que nunca conociste. Te abrazan, te reciben, te sacan la ropa con la que te moriste, te dan de comer algo que no es comida de este mundo, pero que te llena.
En ese proceso, tus Eggun revisan tu espíritu, buscan si tienes algo atado, si encuentran un pacto de sangre, lo cortan: no con un cuchillo, sino con algo más suave, como quien desata un nudo en un cordón. Ese “algo” te lo sacan sin que sientas nada.
Posteriormente te quedas un tiempo del “otro lado”, que puede ser mucho o poco: eso no se mide como lo hacemos los que estamos de este lado. Aprendes cosas, recuerdas anécdotas de otras vidas y te preparas para volver, porque ese es el error de haber aceptado ir a la luz al final de túnel: te obligas a reencarnar.
Cuando llega la hora, te asomas al otro lado del espejo: ves una familia, una cuna, una madre que está por parir. Eso lo elegiste tú solito, nadie te obligó porque aceptaste volver a la trampa.
Naces otra vez, sin memoria, sin pactos y sin la Santería en tu astral. Tu sangre nueva es de otra familia, otra tierra, otro destino, otro tiempo. El Orisha que conociste antes sigue en su piedra, en su mar, en su monte y no sabe que tú volviste. Y si por alguna razón lo lega a saberlo, no le importa, porque ya no eres el mismo. El pacto murió con tu cuerpo viejo. Y el nuevo no ha firmado nada (aún).
10.
Los iniciados en Ifá más sabios, no le tienen miedo a la muerte ni a los Orishas. Saben que son poderosos, pero también que los antepasados son más porque ya están del otro lado, dueños de ese territorio. Ellos manejan el tránsito entre la muerte y la vida, porque recordemos que antes de volver a nacer también fuimos muertos y convivimos muchos años con ellos.
Un viejo Babalawo cubano, ya difunto, al que conocí cuando estuve un tiempo en la casa religiosa de una Santera cubana, dijo una vez durante un tambor a Oya: " Los Orishas reinan sobre los vivos, pero los Eggun reinan sobre los muertos y los que van a nacer. Si le sirves a un Orisha, bien, si no, también, pero si quieres tranquilidad después de muerto, arréglate bien con tus ancestros: son los que te sacarán las cadenas".
Esa es la verdad que no te dicen cuando estás principiando en la Regla Osha, porque cuando empiezas casi todos los padrinos te quieren asustar, te quieren agarrar y arrinconar para venderte miedo y no te vayas, porque recuerda que con tu derecho ellos se enriquecen: comen, viajan y salen a pasear con sus amantes. Pero cuando ya estás cerca de tu muerte, te cuentan que las cosas son diferentes.
Resumiendo: estás en el final de un ciclo. No necesariamente de esta vida, pero sí de un ciclo con la Santería. Ya probaste, decepcionaste, serviste, aprendiste, practicaste y te fuiste. Eso está bien. No le debes nada a nadie. Cuando te mueras, tus Eggun te van a limpiar y a desatar. Y si decides volver, lo harás sin el peso de ningún pacto.
La sangre que diste cumplió. El Orisha la tomó, la agradeció y la usó mientras viviste, a él/ella ya no le hace falta, tú empiezas de nuevo, desde cero. Como siempre lo has hecho.
11.
Sé que los lectores se preguntarán: ¿por qué escribo sobre el túnel con la luz blanca al final si es una trampa? porque la humanidad no piensa en la muerte sino hasta que llega a vieja y es acosada por enfermedades: los jóvenes son soberbios, burlones, despreciativos e imprudentes con la edad adulta, están seguros que nunca llegará, mientras que los viejos son quejumbrosos, cobardes y rechazan la idea de la muerte como el principio de pagar la maldad que hicieron a lo largo de su vida.
Este párrafo iba a ser una llamada con asterisco, porque me queda claro que a ninguno de los dos (jóvenes y viejos), les interesará prevenir la trampa del túnel con la luz, pero qué creen, ya tengo un texto sobre el tema, mismo que publicaré en breve.
¿Odian a su esposo(a), a su jefe(a), a su hermano(a), a su vecino, a su amante, a su hijo(a), a sus padres, a sus abuelos(a), a su presidente(a)… a la humanidad, a Dios? ya les contaré cómo librarse de ellos en su siguiente reencarnación.
*Aquella fue una experiencia que me sorprendió por los detalles que me compartió, mismos que yo pude comprobar con mi videncia, detalles que incluyeron realizar ciertos ebboses para reconectar el vínculo espiritual con el Orisha tutelar de mi reencarnación anterior, ya que era el mismo que actualmente tengo coronado.
11 de junio de 2026
El pacto de Santeros y Babalowos con los Orishas al morir (1)







