24 de septiembre de 2026

El fin de una Era


Ediciones ERA, la editorial independiente fundada en 1960 y un referente ineludible de la cultura escrita en México y América Latina, ha informado sobre el cese de sus operaciones. El motivo, anunciado por sus propios gestores, es el mismo que ha fulminado a decenas de sellos independientes tras la pandemia de COVID-19: las ventas dejaron de ser suficientes para mantener el esquema financiero de la empresa.
 
La noticia no es tan inesperada. En los últimos años, el sector editorial mexicano ha atravesado una crisis estructural que se ha traducido en el cierre de distribuidoras, la quiebra de librerías y el achique de los catálogos. ERA, a pesar de su prestigio, no fue la excepción, y el veredicto de las cifras, por doloroso que resulte para los lectores más fieles, se impuso al reconocimiento acumulado durante seis décadas.
 
En su catálogo se publicaron más de 500 títulos, y entre sus filas militaron las firmas más relevantes de México: Carlos Fuentes (Aura); Elena Poniatowska (La noche de Tlatelolco); Carlos Monsiváis (Días de guardar); José Emilio Pacheco (Los elementos de la noche), así como autores de la talla de Octavio Paz, Juan Rulfo, Rosario Castellanos, Sergio Pitol, Inés Arredondo, Adolfo Gilly y el infaltable José Revueltas.
 
También figuraron grandes plumas del resto del continente, como lo demuestra la primera edición mexicana de El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez y las obras de José Lezama Lima y el obligado Augusto Monterroso.
 
Esa coherencia de ERA, sin embargo, fue también su talón de Aquiles en el terreno comercial, ya que se caracterizó por una apuesta sostenida al ensayo crítico, la narrativa de exploración formal y el pensamiento disidente; géneros que rara vez encabezan las listas de los más vendidos. Sus libros no eran para consumo rápido; requerían tiempo, atención y una formación lectora que, por desgracia, siempre fue minoritaria. Durante las décadas de los sesenta y setenta, ese perfil encontró un nicho sólido en universidades, centros de estudio y círculos intelectuales que permitía tiradas respetables con reimpresiones frecuentes.
 
Pero el ecosistema cultural ha cambiado de manera irreversible: el mercado del libro enfrenta hoy problemas que van más allá de la voluntad de los lectores. La distribución está concentrada en unas cuantas cadenas comerciales que exigen altos descuentos y condiciones de pago que estrangulan a los pequeños sellos.
 
Además, influyó el incremento sostenido de costo del papel, impago de distribuidores, el estancamiento del precio final del libro en relación con la inflación y la competencia con las redes sociales, que disputan el tiempo libre de los consumidores. A ello se suma el gobierno y su obsesión de ahorcar todo lo que huele a cultura, retirando subsidios, incentivos y lo que ERA definió como “políticas complejas en las cadenas de librerías culturales del Estado”.
 
Cierres como este no son aislados, se inscriben en una tendencia que ya ha dejado en el camino a otras editoras: Joaquín Mortiz Editores, absorbida por el grupo Planeta; Ediciones del Eclipse, que apenas logró mantenerse unos años; Editorial Tragaluz, que sucumbió a la falta de liquidez; así como La Máquina de Escribir o Editorial Diógenes (de tinte izquierdista). Cada una compartían un modelo de negocio basado en la calidad del catálogo y la fidelidad de un lector especializado, pero ninguna encontró la fórmula para reconciliar ese esquema con las exigencias de un mercado que premia la rotación rápida y los grandes volúmenes.
 
La desaparición de ERA deja un vacío tangible en el mundo editorial. No solo porque se pierde una fuente de autores, sino porque se extingue una forma de entender el oficio editorial como un puente entre el pensamiento crítico y el público.
 
Las editoriales independientes que sobreviven lo hacen con estructuras más pequeñas, tiradas reducidas, subsidios o campañas de financiamiento colectivo; estrategias que ERA exploró apenas y que, de todos modos, nada tienen que hacer ante los monopolios como Harper Collins, Penguin Random House, Santillana, Editorial Planeta y Amazon.
 
El cese definitivo de sus operaciones de Ediciones ERA es un episodio más del declive de la industria editorial en América Latina. Lamentable, sí, pero previsible. La nostalgia no sirve para mantener abierta una puerta; para eso se necesitan flujos de caja positivos y una distribución eficiente.
 
La lección que deja ERA, más allá de la elegía, es que el prestigio intelectual, por sí solo, no es suficiente. Y en un mercado que cada vez exige más velocidad y menos profundidad, ese es uno de dos recordatorios que ningún editor debe ignorar, mientras que el otro es que México sigue ocupando el lugar 107 de 108 países a nivel mundial en el índice de lectura de la UNESCO.
 
Una vergüenza.

16 de septiembre de 2026

La Bruja (y 2)

 


4.
—Isabel era inquieta —siguió María, y en su voz reconocí algo parecido a la resignación— tenía varios amantes: su contador, un dentista, el instructor del gimnasio. Rodrigo, gracias a mi amarre, no veía nada, pero empezó a sospechar, así que le ponía polvos de olvido en el café, y pintaba ciertas cruces en los marcos de las puertas de su casa para que su mente borrara lo que veía.
—Vaya.
—También manipulé a los vecinos para que mintieran. Una vez, Isabel se fue con su contador y le dije a Rodrigo que estaba de retiro espiritual con unas monjas y me creyó todo. Esa fue mi tercera, cuarta y quinta cruz, si las cuentas bien.
 
Hizo una pausa; su rostro, ya de por sí pálido, parecía haberse vuelto aún más.
 
—Lo hice todo por ella —insistió y reiterarlo tanto comenzaba a molestarme— hasta que el corazón se me cansó y se detuvo mientras preparaba un trabajo para que Isabel heredara la casa de su suegra. Y aquí estoy.
 
Su voz, al decir "aquí estoy", se volvió metálica, como si hablara desde el fondo de un pozo. La vela se inclinó hacia la izquierda, y por un instante la llama se volvió azul. Sentí un olor a quemado, pero no a cera, sino a carne. María levantó la mano derecha, y vi que en su palma había una marca oscura, como una quemadura reciente. No había estado allí antes. La bajó y la marca desapareció. Fue la señal. Era mala.
 
—No fue la edad, Muertero —dijo, y su voz ya no era ronca, era un susurro que venía de todas partes— fue el precio: todo en la vida tiene uno. Y yo lo pagué.
—¿Y qué quieres, Bruja? —cambié mi forma para dirigirme a ella.
 
Me observó fijamente. Por primera vez, su mirada ya no era tranquila: había algo de malicia en ella.
 
—Quiero “la luz” para irme, Muertero. He visto el abismo, el lugar donde las almas como la mía se pudren… he visto el fuego que no quema, pero duele como si lo hiciera. Y tengo miedo, no al infierno, sino miedo a que mi hija termine igual que yo. Así que quiero irme para no verlo, si es que sucede.
—En el infierno no hay fuego —avisé.
—Quiero que me ayudes a cruzar el río —insistió.
 
Mientras me había contado todo aquello, su rostro cambió varias veces. No fue un cambio físico pues ya no poseía un cuerpo, sino una sombra que pasó sobre sus facciones, un destello de algo más viejo, más hambriento, asomándose detrás de sus ojos grises. La vela se consumió un centímetro entero de golpe, y en el cuarto se escuchó un crujido, como de madera vieja que se rompe.
 
La Bruja extendió las manos hacia mí, y por un instante no vi dedos, sino garras. Parpadeé, y eran manos otra vez, pero la imagen se quedó grabada en mi retina, y supe, en ese momento, que su súplica era la más peligrosa de todas sus cruces, porque no venía del miedo, sino de un cálculo. No quería luz, quería escapar. Y no le importaba cómo.
 
Cerré los ojos, respiré hondo, y cuando los abrí, la miré fijamente.
 
—No.
—¿Cómo qué no? —su voz se tensó, y por primera vez, desde que llegó, la vi alterarse.
—Te escuché todo, Bruja —insistí en mi rudeza y en ese momento, a través de la ventana, sentí la mirada de la Bruja de los Vientos del Oeste— cuando hablabas del amarre, mostrabas orgullo, cuando describías lo de Valenzuela, sonreías, y cuando narrabas las infidelidades de tu hija, lo hacías con la misma emoción que una abuela contando una travesura de su nieto.
—Pero…
—No hay en tu tono ni un atisbo de remordimiento. Solo miedo al castigo. No te arrepientes de lo que hiciste, sino de que te haya atrapado la Muerte.
—¡Eso es mentira! —chilló, y un viento helado sacudió las cortinas— ¡yo he sufrido y llorado!
—Ya estás muerta —la interrumpí— no puedes, y si por un milagro lo hicieras, no sería por Rodrigo, no por Valenzuela, ni por los vecinos a los que obligaste a mentir y ni mucho menos por más brujerías que hiciste y omitiste contarme. Derramarías lágrimas porque ahora sabes que todo ese poder que usaste para torcer voluntades no te sirve de nada contra la Muerte y lo que te espera para purgar tus acciones.
—¡No lo merezco!, todo lo hice por Isabel.
—Transitaste por la vida destruyendo vidas, sin importarte las secuelas, ¿y ahora que quieres que yo tenga consideración por las consecuencias de tus actos?
 
La Bruja lanzó un alarido, la flama se agitó mientras el consumo de la vela se acercaba con rapidez a la mitad. Su sombra se alzó, y por un instante vi en ella las caras de todos los que había dañado: Rodrigo con los ojos vacíos, Valenzuela cayendo, los vecinos musitando mentiras y muchos más de los que no mencionó ni su nombre.
 
—¡Maldito seas, Muertero!
—Ya estoy maldito, Bruja —respondí con cinismo— mi oficio es una maldición, pero tú también lo estás. Y no porque yo te condene, sino porque tú misma te castigaste: pasaste la vida atando, engañando, cegando. Y ahora quieres que una vela blanca borre todo eso, pero ¿qué crees?, te tengo noticias: la luz no se negocia, se gana.
—¡Eres un cabrón! … ¡Estaré esperando de este lado cuando mueras y te haré pagar por esto!
—Tendrás que hacer fila, porque han sido muchos los desencarnados a los que les he dado camino, como a ti, y me han amenazado con lo mismo —me burlé.
 
La vela había llegado a la mitad y los signos ya se estaban consumiendo. La Bruja no desapareció pronto: primero su rostro se distorsionó, como si alguien estuviera estirándolo desde adentro. Después sus manos, pálidas, se alargaron hacia mí y sentí un frío tan intenso que mis dedos se entumecieron, sobre todo los de la mano derecha.
 
—¡Cabrón! —gritó, y su voz ya no era humana, era como el ruido de mil uñas raspando una pizarra. Entonces se deshizo, no como humo, sino como arena que se lleva el viento. Con todo, el enfriamiento de mi mano derecha no se iría sino hasta la mañana siguiente.
 
Cuando el cuarto se calmó, María ya no estaba, pero su ausencia pesaba más que su presencia. Me quedé solo, con un olor a podrido en el ambiente. Abrí la ventana para que el aire de los vientos de la Bruja del Oeste limpiara el lugar. La luna se veía hermosa.
 
Oeste había estado ahí, como siempre, por si yo necesitaba algo, así que me asomé por la ventana y le agradecí su presencia inclinando mi cabeza. Ella arrojó una ráfaga de aire caliente sobre mi rostro, un mensaje que escuché con humildad, y luego otro ramalazo frío, que era la manera en que siempre se despedía de mí.
 
5.
—¿Pero… a dónde la mandaste con esos signos? —preguntó mi esposa por teléfono, una media hora después, mientras destapa la segunda de las tres cervezas que había pedido a la administración del hotel.
—Ni idea, usé los del destierro y ya sabes que con esos haces que los desencarnados vayan a otro lugar de manera aleatoria y sin opción de regresar.
—¿A Siberia? —bromeó.
 
Antes de llamarla por teléfono y contarle lo sucedido, pensé en María, en su hija Isabel, en si el amarre había funcionado hasta el final, si el jefe Valenzuela recuperó la cordura, si Rodrigo descubrió las mentiras o si morirá creyendo que era feliz al lado de la hija. No pude responderme. Los muertos suelen tener una versión de la historia tan adornada como la ropa con la que les entierran. Y la Bruja, como tantas, se había pasado la vida tejiendo su propio vestido hasta que la muerte le exigió desenredar la madeja.
 
—No la ayudé porque yo sea cruel —expuse— sino porque mi oficio no es dar luz a quien no la merece, lo sabes… he aprendido que la oscuridad no es la que no tiene luz, sino la que se exige sin haber hecho nada para merecerla.
—¿No te cansas de oír a los muertos? —cuestionó.
—A veces, porque casi siempre se repite la escena: estar sentado frente a ellos sabiendo que les escucharé necedades, pero cuando recuerdo que me servirá para escribir algo para el blog, se me pasa — respondí entre risas.
—Solo tú y tu infinita paciencia… con los vivos y con los muertos.
—Hay algo que me molesta — agregué.
—…
—La gente que pide una brujería nunca se pregunta cómo será de miserable la vida de su víctima tras destruírsela.
—Es la naturaleza humana: se sienten con derecho a todo
—La Bruja de los Vientos del Oeste estuvo conmigo —cambie la plática.
—Seguramente para protegerte de María
—Sí, pero no fue necesario. Todo salió bien, pero me dejó un mensaje.
—Les debes un libro a las Brujas de los Vientos —dijo con sabiduría para que en ese momento no se lo compartiera.
—Ya casi está escrito.
—No digas más. Ya sabes...
 
6.
Cortamos la llamada cerca de la madrugada. Lo único que supe esa noche fue que, al cerrar los ojos, vi la cara de María, y en ella, por un instante, vi la de muchos desencarnados que he conocido, que también hacían cosas por amor y murieron sin pedir perdón. 


12 de septiembre de 2026

8.1 grados, trepidatorio


Es la segunda vez que interrumpo la seriación de un texto, pero, telegrama urgente.
 
8.1 grados, EL TERREMOTO, con un movimiento trepidatorio terrible, habrá destrucción y muerte, pero servirá para romper con el apendejamiento que, el 1 de diciembre de 2018, en una ceremonia ante Chamanes que representaron a la mayoría de las etnias indígenas del país, impuso esa falacia izquierdosa llamada MORENA, al tomar el máximo poder político mexicano.
 
Será doloroso, pero también la única forma de romper con esa oscuridad que ha sido exacerbada por la gerente de este antro llamado “mexiquito”. La tragedia será la única manera con la que el pueblo sabio despertará de la gran mentira.
 
Al tiempo.



5 de septiembre de 2026

La Bruja (parte 1)


1.
Viajé a Querétaro por cuestiones de trabajo, así que rápido, a los dos días de la semana completa que duraría mi estancia ahí, ya había establecido mi rutina: me levantaba, entraba a la ducha, iba a desayunar al restaurante del hotel y caminaba siete calles hasta llegar a la Dirección local de la institución del medio ambiente donde trabajo.
 
No me gusta salir de la ciudad, salvo que se trate de vacacionar, pero en ocasiones el trabajo técnico lo amerita, así que ahí estaba un poco molesto (mi jefe me obligó a ir), pero por otro lado contento porque Querétaro es una ciudad llena de desencarnados de donde seguro saldría alguna historia para mi blog.
 
Aquella mañana iba caminando hacia las oficinas de la Dirección local, por esa callejuela que nadie recuerda cómo se llama pero que todos usan para acortar camino. El sol ya se asomaba, y las sombras de las casas y edificios se alargaban como dedos huesudos sobre el asfalto. Llevaba en mi mochila las velas y la sal que siempre cargo, porque en este oficio uno nunca sabe cuándo va a necesitar un círculo de protección, aunque sea para espantar a los vivos, que son más mezquinos que los muertos.
 
Salí hacia la avenida Jardines de la Hacienda y solo me faltaba cruzar el Parque Jardines para llegar cuando la vi: estaba sentada en una banca de esas que el municipio puso hace años y nunca ha reparado. Era una mujer mayor, de vestido negro, con las manos cruzadas sobre el regazo y una mirada fija en la nada. No le di importancia al principio. En esta ciudad, las señoras de vestido negro son tan comunes como los baches y los perros callejeros, pero algo en ella me hizo frenar el paso. Quizá fue que su respiración no empañaba el gélido aire matutino, o fue que su sombra, bajo la luz del sol que se filtraba entre los árboles, era más tenue que la de los demás.
 
—Muertero —me llamó, y su voz era ronca, como de quien ha hablado sola durante años.
 
Me detuve, no por cortesía, sino porque cuando un muerto te llama por tu oficio, sabes que no es para pedirte la hora: es porque quizá tenga alguna advertencia que comunicar.
 
—Te he visto pasar estos dos días —dijo—. Y los muertos de esta ciudad hablan de ti.
—Señora —respondí, sin acercarme demasiado— si quiere “una consulta”, va a tener que esperar. Voy camino a mi trabajo, además de que no atiendo en la calle, ni gratis, y tengo una regla: los muertos, como los vivos, "deben pedir cita" —me burlé.
 
Ella sonrió con tristeza, una de esas muecas que se quedan grabadas en la cara después de muchos años de no usarla.
 
—Sé que vas a tu trabajo —dijo— por eso te esperé aquí. No quería irrumpir en el hotel sin avisar. Los muertos educados también existen, Muertero.
—Los desencarnados con educación son los que menos confianza me inspiran —respondí, y no pude evitar el tono mordaz— los que llegan con buenos modales suelen tener las peores historias. Seguiré mi camino. Esta noche la espero en mi habitación, que supongo sabrá cuál es desde el momento en que sabe que llevo días pasando por aquí, pero que sea luego de cenar.
 
Ella no se movió. Solo me miró con sus ojos grises, que parecían haber visto demasiado, y asintió lentamente.
 
—Esta noche, entonces.
—No puedo faltar porque ahí duermo —dije, y seguí caminando sin mirar atrás, pero la sentí, observándome, mientras me alejaba, y el frío que dejó en mi nuca no se fue hasta que terminé de cruzar el parque.
 
2.
Volví al hotel de mal humor: habíamos recorrido todo el municipio de Huimilpan, y dada la apretada agenda no habíamos comido, así que al llegar la noche rechacé la invitación de los anfitriones para conocer "El Faro", considerada la cantina más famosa de la ciudad: solo quería bañarme y bajar al restaurante a probar las tradicionales gorditas de migajas y una cerveza.
 
Mientras cenaba reflexioné sobre la ingratitud del oficio de Muertero: los fantasmas llegan sin avisar, te exigen respuestas y, si no les gusta lo que escuchan, te dejan ese frío en la nuca que no se va ni con agua bendita. Pero bueno, uno elige su cruz, y yo elegí la de hablar con los que ya no tienen lengua.
 
Noté que el camarero me miraba con insistencia. Cuando le devolví la mirada, desvió los ojos y se fue a la cocina. Más tarde, al pedir la cuenta, (dos cervezas después de que decidí subir a mi habitación y enfrentar a la desencarnada), el mesero me dijo:
 
—Señor, disculpe, pero en la mesa de atrás había una señora que no paraba de mirarlo. Cuando fui a atenderla, ya no estaba.
 
Levanté los hombros y no le pregunté más. Pagué y subí a enfrentar a la desencarnada, y usé esa palabra porque de pronto me invadió la sensación de que el encuentro no sería agradable.
 
No había detector de humo, así que tomé una vela, le hice discretas marcas en la parte de en medio y la encendí; mas apenas lo hice, sentí que el cuarto se enfriaba. No era el frío común de los muertos que llegan desesperados, sino uno más pausado, metódico, como si quien llegara hubiera esperado su turno con paciencia. Al menos era puntual.
 
—Puede pasar —dije con ironía.
 
María se materializó frente a mí sin hacer ruido. Se “sentó” y al mirar la vela soltó una leve sonrisa. Vestía el mismo vestido negro gastado de antes, y sus manos, pálidas y huesudas, descansaban sobre su regazo. Su rostro tenía la misma expresión de quien ha esperado mucho tiempo, quién sabe desde cuándo.
 
—Gracias —dijo haciendo referencia a la vela, y su voz sonó más clara que en la calle, como si el cuarto le diera permiso para hablar sin reservas.
—No me agradezca todavía —respondí, pues no era para halagarla, sino una trampa por si se ponía necia— no sé si le voy a dar lo que quiere... pero le prometí escucharla. Cuénteme, María, ¿por qué me esperó en esa banca, por qué no quiso irrumpir aquí sin avisar?, y ¿por qué, si está muerta, no se ha ido todavía?
 
El silencio que precedió a sus palabras no fue un vacío, sino uno de esos que se llenan de cosas que no se ven, pero se sienten: el roce de algo que se arrastra por el techo, el susurro de una respiración que no era la mía, el olor a tierra mojada que de repente se hizo más intenso, como si acabaran de cavar una tumba en la alfombra del hotel.
 
La vela titiló, y por un instante su sombra no fue la de “una mujer sentada”, sino la de una figura alargada, de brazos que se estiraban como ramas secas. Parpadeé y la imagen se fue, pero el frío que dejó en el ambiente se quedó pegado a mi piel, como un aviso de que lo que estaba por escuchar no era solo una confesión, era una invitación a meterme en un lodazal del que quizá no saldría limpio. María me miró, y en sus ojos grises vi algo que no había visto en la banca del parque: no era tristeza, no era desesperación, era la certeza de que ella ya había estado en ese lodazal antes, y que no le importaría arrastrarme con ella.
 
Me miró largamente, como si sopesara las palabras que pensaba usar, y luego comenzó a hablar.
 
3.
—Mi hija se llama Isabel —su voz se suavizó— y todo lo que hice en vida fue por ella. No por mí, ni por mi orgullo y tampoco porque disfrutara hacer daño.
—Siempre empiezan igual —respondí, y no pude evitar el tono ácido— "por mis hijos", como si el amor por esos caníbales justificara cualquier inmundicia.
 
Ella me miró con una mezcla de paciencia y cansancio.
 
—Déjame terminar, Muertero, luego me dices si fue por amor o egoísmo.
 
Asentí y me quedé callado.
 
—Isabel se enamoró de un hombre, Rodrigo, un buen tipo, pero distraído: no la veía ni la valoraba. Así que una noche de San Juan, con tres cabellos de él, un lazo rojo, un frasco de miel y una gota de mi sangre, le hice un amarre, no para hacerlo sufrir, sino para que la viera y supiera el tesoro que tenía enfrente.
—¿Y funcionó?
—Como el veneno de una víbora nauyaca, Muertero. Rodrigo no podía vivir sin ella, la seguía, le compraba cosas: literalmente le besaba los pies. Mi Isabel siempre fue una reina y los príncipes deben arrastrarse ante ella, pero esa fue mi primera cruz.
 
La vela parpadeó, mas María no se inmutó.
 
—Pero el amor no llena el estómago —continuó— Isabel trabajaba en una oficina con un jefe, un tal Valenzuela, que la tenía podrida en un escritorio sin ventanas. Los ascensos son para los lamebotas, así que le hice un trabajo con limón y alfileres, seguro los conoces... al mes, ese tipo empezó a ver sombras, a olvidar cifras, a caerse por las escaleras. Lo declararon inservible e Isabel ocupó su silla. Esa fue mi segunda cruz.
 
—¿Y ella sabía que todo te lo debía a ti?
—Era lo más hermoso, Muertero: mi hija creía que era merecedora de todo por méritos propios —respondió negando con la cabeza.
—Como casi todos los vivos —musité.
 

26 de agosto de 2026

¿Trasplantes de órganos físicos o espirituales?


Hace unos años, hojeando no recuerdo qué revista o suplemento semanal, leyó una reseña de la película "21 gramos", del director de cine mexicano Alejandro González Iñárritu, y páginas más adelante topó con un dato que le quedó dando vueltas: las personas que reciben un órgano trasplantado (corazón, riñón, pulmón, lo que sea) terminan, con el tiempo, adoptando gustos, manías y hasta miedos que no tenían, y que coinciden sospechosamente con los del donante original. No es un caso aislado ni una anécdota de revista dominical; ocurre con la frecuencia suficiente como para que los médicos, que suelen tomarse estos temas a la ligera, hayan tenido que sentarse a preguntarse qué carajo está pasando ahí.
 
La ciencia, claro, se encoge de hombros o habla de "memoria celular" sin terminar de creérselo, pero la espiritualidad, que no necesita probar nada para sentirse cómoda, lo tiene claro desde hace siglos: el cuerpo no es solo carne, huesos y sangre circulando por venas, sino también un vehículo de información sutil, una memoria viva que guarda en sus tejidos no solo biología, sino emociones, pensamientos y, sí, también karma. Cada célula es un archivo, y cuando ese órgano se trasplanta a otro cuerpo no lleva solo las instrucciones para latir o filtrar, sino una carga energética, un registro del ADN espiritual del que ya no está.
 
Y el receptor, sin saberlo ni pedirlo, empieza a recibir no solo un órgano, sino una herencia que no esperaba.
 
No es que el corazón que ahora late en su pecho sea un simple músculo; es que ese corazón, antes de ser suyo, fue de alguien más, y en ese alguien latió al ritmo de sus alegrías, se aceleró con sus miedos, se rompió con sus penas, aprendió a amar con sus afectos. Todo eso quedó grabado en sus fibras, en esa memoria que el microscopio no ve, pero que el receptor empieza a sentir sin saber por qué, como un equipaje que el donante no pudo llevarse y que el receptor debe cargar sin haberlo pedido.
 
Sin embargo, no es solo información emocional: también es karma, porque cada acción, pensamiento y elección que hizo el donante dejó una marca en su campo energético, en ese tejido vibratorio que no se extingue con la muerte, y que acompaña al trasplante como un eco que no va a callarse. Así, el receptor no solo recibe el órgano, sino también los conflictos no resueltos, los miedos no enfrentados, los amores incompletos del otro, y todo eso empieza a manifestarse de formas que ni la ciencia ni la psicología alcanzan a comprender.
 
Por eso una persona que recibe un corazón empieza a tener antojos nuevos, a sentir miedos que no le pertenecen, a soñar con personas que nunca conoció; por eso un receptor de riñón cambia su carácter, se vuelve más suave o más irritable, según el caso (como se muestra en la película "21 gramos", aunque en este caso es quien recibe el corazón, el cual comienza a buscar a la que era la esposa del donante). No es sugestión ni estrés quirúrgico: es información, memoria, un registro de la vida del donante que está encontrando un nuevo hogar y, al instalarse, reordena la vida del receptor como una corriente subterránea que brota sin avisar.
 
Lo más inquietante, y aquí es donde el asunto se pone interesante, es que ese órgano no solo transmite información del donante, sino que también activa en el receptor sus propios karmas pendientes, como si el trasplante no fuera solo físico, sino una puerta que se abre a otras capas de la existencia. El receptor carga el karma del donante, sí, pero también el suyo propio, ese que estaba dormido esperando el momento adecuado para manifestarse, y entonces su vida cambia, se reordena, se vuelve a veces más difícil, a veces más luminosa, pero siempre distinta, como si la llegada del órgano hubiera sido la excusa que el universo necesitaba para poner en marcha algo que ya estaba escrito.
 
Uno se pregunta, entonces: ¿qué es un órgano trasplantado? ¿un objeto mecánico, una pieza de recambio? ¿o es, más bien, un fragmento de alma, un trozo de camino andado, una porción de la historia de otro que ahora se funde con la propia? Si el corazón guarda memoria, si el riñón conserva huellas, si el pulmón retiene la respiración del donante y la entrega al receptor, entonces el trasplante deja de ser solo un acto médico y se convierte en una ceremonia, una ceremonia de encuentro entre dos vidas, dos historias, dos karmas: el donante, que ya no está, sigue hablando a través de su órgano, y el receptor, que sigue vivo, se convierte en su voz sin saberlo.
 
Esta es la raíz del asunto: el órgano no es solo un órgano, sino un vehículo de trascendencia, la única parte del donante que sigue en este mundo prestando su función, su memoria, su esencia a quien lo necesita para seguir viviendo. No es coincidencia ni capricho biológico, sino una conexión que trasciende lo físico, un hilo invisible que une a dos personas que se conocieron, pero que ahora comparten un latido, una respiración, un destino.
 
Ahora bien, así como el trasplante de órganos opera en lo físico, existe otro tipo de trasplante que ocurre en un nivel distinto, que no requiere quirófano, bisturí, equipos de médicos, ni un donante que haya muerto: es el trasplante espiritual, y no es físico, sino energético.
 
Porque el cuerpo humano, como se decía antes, no es solo materia, pero tampoco es solo carne y huesos: es también un campo vibratorio, una red de energía que sostiene lo físico, y en ese campo, en ese cuerpo sutil que las tradiciones llaman aura o envoltura energética, ocurre el trasplante espiritual. Cuando una sanación es recibida, cuando una energía profunda se instala en el receptor, no es solo la mente la que cambia, sino el campo energético completo, porque esa energía penetra en las capas más profundas del ser, en esos niveles donde la información no se procesa con palabras, sino con vibración, y al instalarse, reorganiza todo el sistema.
 
Así, el karma, en este esquema, no se hereda: es personal, intransferible, único de cada alma, y lo que el trasplante espiritual hace no es pasar el karma de otro, sino activar el propio y dar las herramientas para procesarlo desde una nueva posición, como si la energía que se recibe no trajera problemas ajenos, sino que limpiara el terreno para que los propios problemas puedan ser vistos con claridad.
 
El trasplante espiritual no es una transferencia de cargas, como sucede con el trasplante físico, sino una sanación, y ésta no añade peso, lo disuelve: no da lo que no es suyo, devuelve a lo que sí lo es, pero desde un lugar más alto, desde una vibración distinta, desde una posibilidad que antes no se estaba en condiciones de ver.
 
Así, el receptor no recibe el karma de nadie más, sino un catalizador: su propio karma, el que ya tenía, el que le pertenece, se reactiva y se reordena; no es que desaparezca, es que su peso se transforma, como si el trasplante no quitara el camino, sino que cambiara el vehículo para recorrerlo: el camino sigue siendo el suyo, pero ahora tiene un motor más potente, una dirección más clara, una luz que antes no tenía.
 
Entonces la vida del receptor cambia, se reordena, se vuelve a veces más difícil, a veces más luminosa, pero siempre distinta, porque lo que ha recibido no es una deuda ajena, sino una herramienta nueva para enfrentar la suya propia; el karma no se hereda, se activa, y al activarse, se ofrece como material de transformación, no como carga.
 
Ocurre lo mismo que con el órgano físico: el receptor empieza a manifestar cambios que no puede explicar, no son antojos de pimientos verdes ni miedos al agua, sino otras cosas: una nueva sensibilidad hacia lo que antes le era indiferente, una comprensión que no ha razonado pero que siente verdadera, un deseo de cambiar su vida que no sabe de dónde viene, como si esa energía, al instalarse, hubiera activado algo que estaba dormido.
 
Y lo más profundo: el trasplante espiritual no es pasivo, el receptor no es un recipiente vacío, sino que su propia energía se mezcla con la que ha recibido, la metaboliza, la transforma; por eso el mismo tipo de intervención, al ser recibida por dos personas distintas, se manifiesta de forma diferente, como el órgano físico que se adapta a su nuevo cuerpo, la energía recibida se adapta al campo energético de cada quien.
 
Obviamente también hay riesgo de rechazo, como en el trasplante médico: hay personas que reciben una sanación y no la integran, no porque la sanación sea falsa, sino porque su campo energético no está alineado, y en consecuencia lo que debía ser un trasplante se convierte en una carga, en una tensión, en un conflicto interno sin resolución.
 
Pero cuando se da, cuando la energía encuentra un hogar, ocurre algo hermoso: el receptor no solo se transforma, sino que esa transformación no termina en él, porque como el órgano trasplantado sigue latiendo en un nuevo pecho, la energía recibida sigue viva en una nueva alma, y esa alma, a su vez, se convierte en un testimonio vivo de que esto es posible, no porque haya heredado una enseñanza, sino porque la experiencia de haber sido sanado es, en sí misma, una enseñanza.
 
Y al final, el trasplante espiritual enseña algo profundo: que no somos islas, que todo está conectado, que cada vida deja huella en otras, pero que esa huella no es una deuda, sino un eco, y este, al ser recibido, no ata al pasado del otro, sino que abre a la posibilidad de transformar el propio presente, porque el karma no se hereda, se transmuta, y el trasplante espiritual es, en el fondo, una oportunidad para hacer eso: transmutar lo que ya era suyo, pero desde una vibración que antes no se tenía.
 
Ahora bien, esto no es para cualquiera, no porque sea exclusivo o secreto, sino porque no todo el mundo tiene acceso a quien pueda hacerlo (no hay clínicas de trasplantes espirituales en cada esquina ni especialistas con título universitario en esto), y los que lo hacen, chamanes, curanderos, sanadores, suelen estar fuera del circuito médico convencional, y muchas veces fuera del alcance de la mayoría, no por elitismo, sino por algo más mundano: todo ellos, al menos los que yo conocía, han fallecido.
 
Pero cuando ocurre, si una persona tiene la fortuna (o el destino) de encontrar a alguien que pueda hacer este tipo de trabajo, lo que recibe no es una herencia ajena, ni karma de otro, ni deuda de un linaje, ni carga que no le pertenezca, sino más bien un vehículo de transformación. Una oportunidad de no volver a cometer errores.

15 de agosto de 2026

Un espejo distópico de nuestro presente

 


Publicada en 1987, “Las torres del olvido”, del australiano George Turner, no es una novela más de ciencia ficción: es un escalofriante ejercicio de anticipación sociológica que hoy, casi cuatro décadas después, se lee como un diagnóstico lúcidamente profético de nuestro tiempo. Recibió numerosos premios y no es difícil entender por qué.
 
El autor no especula sobre naves espaciales ni inteligencias artificiales. Su ciencia es la sociología, la economía y la ecología. Y lo que proyecta es el colapso de una civilización que, por codicia e indiferencia, permite que el cambio climático, el desempleo masivo y la desigualdad social converjan en una tormenta perfecta.
 
En un futuro lejano, unas gigantescas torres medio sumergidas emergen de la bahía de Melbourne, últimos vestigios de una civilización que se autodestruyó a mediados del siglo XXI. Una joven historiadora intenta reconstruir aquella época de convulsiones sociales y trastornos climáticos, y decide hacerlo en forma de novela. Esa novela dentro de la novela es la que realmente leemos: la historia de la familia Conway, cuyo padre (un supra de clase media), pierde su empleo ante un programa automatizado y precipita a toda la familia en el abismo de los infra.
 
El corazón de la distopía de Turner es una sociedad partida en dos: Los supras: con trabajo estable, viviendas dignas, educación de calidad, sanidad eficiente y ocio. Son el 10% de la población, y Los infras: sin empleo, hacinados en gigantescos rascacielos convertidos en guetos, viven de subsidios estatales miserables, sin educación ni sanidad digna, prácticamente abandonados a su suerte.
 
"Nueve de cada diez habitantes de Australia eran infra, y muchos otros países estaban en peor situación" (se lee en una de las páginas), y describe cómo la frontera entre ambos mundos está firmemente trazada. Los niños supras apenas han visto en su vida a un infra. La segregación no es solo económica, sino física, educativa y emocional.
 
Lo que hace de “Las torres del olvido” una obra tan perturbadora es que el proceso que describe no es fruto de un gobierno totalitario ni de un complot malvado, sino de un sistema que nadie dirige conscientemente pero cuyo resultado inevitable es la opresión.
 
Turner retrata con precisión situaciones que estamos viviendo en este 2026, donde una automatización (tal cual hace hoy la inteligencia artificial) elimina puestos de trabajo y crea una masa de inempleables; el cambio climático agrava la escasez de alimentos y energía; la concentración de la riqueza se acelera y los ricos acaparan recursos por miedo a que desaparezcan, y el Estado, desbordado, mantiene a los infras con subsidios en guetos donde los servicios públicos escasean.
 
Turner va aún más lejos y el eco-fascismo llega en forma de un virus de diseño que permitiría eliminar a gran parte de la población infra, que "está llevando al Estado a la bancarrota". La pregunta sobre cómo evitar que la epidemia alcance a los supras es, en sí misma, una confesión escalofriante de hasta dónde puede llegar la lógica de la segregación.
 
Numerosos críticos han señalado la exactitud escalofriante con la que el autor anticipó nuestro presente. No porque acertara en los detalles, sino porque comprendió la dinámica de nuestro sistema: la desigualdad no es un accidente, sino una consecuencia previsible de la automatización, el cambio climático y la falta de interés para redistribuir la riqueza.
 
Hoy atestiguamos cómo las ciudades se segmentan en barrios ricos y pobres, el acceso a la educación se convierte en un privilegio, y el color de piel decide oportunidades. Los guetos de Turner (las torres de cemento donde cien mil personas se hacinan sin esperanza), no son diferentes de las periferias marginales que crecen en nuestras ciudades, donde los centros comerciales se diferencian por la calidad de las mercancías que venden, tiendas cuya verdadera finalidad es hacer que los pobres se queden en sus barrios y no incomoden “con su fealdad” aquellos donde los ricos sí gastan dinero en objetos de lujo.
 
Turner no retrata a los infras como una masa homogénea de víctimas pasivas, sino como un ecosistema social donde, al carecer de recursos, los propios habitantes se convierten en verdugos los unos de los otros. Dentro de las torres, la escasez genera microcastas basadas en la capacidad de conseguir alimento, en el control de los ascensores (que funcionan de manera intermitente) o en la posesión de objetos de trueque. Esta lucha interna por la supervivencia fragmenta a la clase baja, impidiendo cualquier rebelión organizada.
 
Destaca el papel de la burocracia y la beneficencia estatal, donde el gobierno crea un sistema de subsidios que mantiene a los infras con lo justo para no morir (cómo hace el gobierno mexicano con sus programas donde regala pesitos cada dos meses), pero tan precarias sus migajas que les roba su dignidad, capacidad de ahorro o movilidad social.
 
Turner acusa un elemento perturbador que no es un gobierno autoritario, sino una maquinaria mediática que adormece a los infras cuando describe cómo son enajenados con diversión trivial que desvía su atención del origen de su miseria. A los niños se les educa para que acepten su lugar en la escala social como algo natural, y a los supras se les inculca temerles, no por lo que puedan hacer, sino porque su inferioridad moral es contagiosa.
 
Esta doble estrategia es el mecanismo más realista y aterrador de la novela, ya que nos advierte que los muros que nos separan no solo son de hormigón y políticas públicas; los más efectivos los construimos en nuestras mentes, aceptando que la miseria del vecino es su problema y que el sistema, por malo que sea, es el único orden posible.
 
“Las torres del olvido” no es una novela cómoda. Su ritmo es pausado, sus personajes son moralmente ambiguos y carentes de espiritualidad, y su mensaje es directo y descarnado, pero precisamente por eso es una lectura imprescindible para quienes quieran entender hacia dónde nos dirigimos si no corregimos el rumbo.
 
George Turner no nos ofrece héroes ni soluciones: muestra un mundo donde la caída social es un resbalón que puede ocurrirle a cualquiera, donde la línea que separa a los ricos de los pobres es más frágil de lo que creemos. Y nos advierte, con la frialdad de un sociólogo y la lucidez de un visionario, que los guetos no se construyen solo con muros: se erigen con esa mezquindad, codicia, mentiras, indiferencia que ya forman parte de nuestra naturaleza, además de la falsa creencia de que el sistema siempre nos protegerá.


Las torres del olvido, George Turner, Ediciones B, 480 páginas, 1987

31 de julio de 2026

La recién nacida

 


para fanny: es hora de verte ante al espejo

 
Estacioné el auto, fui a la cajuela y saqué una bolsa en cuyo interior iban “Apócrifos cristianos antiguos” (de mi esposa), “La biografía de Phil Lynott” y “En lo más profundo del sur” (míos): nuestras adquisiciones de esa tarde en la librería Casa Bosques.
 
Mi esposa y yo caminamos hacia la entrada del edificio, mientras me veía sentado en la sala, con un whisky y hojeando las compras, pero nos cruzamos con Paula, una vecina. Lloraba y se veía afligida.
 
Ella y su esposo, Antonio, llegaron a vivir al edificio tras haberse casado. Traían prisa, así que la mujer no tardó en embarazarse. Mi esposa se llevaba bien con ella ya que era un matrimonio sano y joven que a veces rayaba a ingenuidad.
 
—¿Todo bien? — la interrogó
—Sí, ¡NO!… pedí un Uber para llevar a mi bebé al hospital, pero canceló de último minuto, pedí otro y lo mismo. Mi auto no arrancó y el de mi esposo tiene una llanta baja. No sé qué pasa, todo está en nuestra contra.
—¿Qué tiene tu nena? — le preguntó.
—Vomita, tiene diarrea y no ha parado de llorar desde la tarde.
—¿Aceptarías que mi esposo la revisara? — ofreció sin dudar, provocando que yo la mirara con dureza.
—¿Eres médico? — se dirigió a mí.
—Algo parecido — atajó mi esposa.
 
La joven dudó. Me observó y por su expresión no atinó a deducir nada sobre mí, pero tantas trabas para atender a su bebé se impusieron.
 
—Sí, gracias, pasen — dijo, metió la llave en la cerradura, entró, mas no me moví y puse mi mano en el hombro de mi esposa para que esperara.
—No atiendo niños. Lo sabes bien — advertí.
—Es una bebé, un angelito con una misión especial en la vida.
—Me vale una fumada: tendrá su misión, pero la mía es no aliviar críos. Si le toca morirse no es mi tema. Igual es una Abikú* y le llegó su hora.
—Ya, vamos… — dijo, me tomó de la mano y me jaló al interior.
 
Entramos y nos vimos en medio de una sala con sillones nuevos, una gran pantalla y un librero vacío. Todo pulcro y en orden, con el optimismo que las nuevas parejas impregnan a todo lo que hacen pensando que la suerte va a sonreírles siempre. Paula salió de su recámara, seguida de Antonio con la bebé llorando. Estaba claro que ya habían conversado, pues este me miró con curiosidad. Dejé la bolsa con los libros en un sillón.
 
—Dice mi esposa que usted es médico — aventuró.
—No curo niños — repetí en el oído de mi esposa, pero no se inmutó, al contrario, se adelantó, sacó a la nena de sus brazos y regresó a mi lado para entregármela.
 
No se la recibí, pero coloqué mi mano sobre su vientre y el dolor extremo que sentí me asustó.
 
—No voy a perder el tiempo con explicaciones: su hija está grave, ¿quieren que la cure? — cuestioné.
 
El matrimonio cruzó miradas llenas de confusión, más ella se adelantó y movió la cabeza afirmando.
 
—Bien, van hacer lo que les diga y cualquier cuestionamiento que me hagan, me largo y ustedes serán responsables de lo que le suceda, ¿estamos claros? — advertí y los dos asintieron.
—Lo que sea necesario, pero que ya no sufra — agregó Paula.
—Bien, vamos a su recámara — ordené.
 
Antonio dudó por un segundo, pero de inmediato señaló donde dormían. Entramos y, al igual que la sala, estaba en perfecto orden. Clavé mi mirada en la cama.
 
—Lo advierto por última vez: no abran la boca más que para responder lo que les pregunte. ¿En qué lado duerme Paula?
—Aquí — señaló Antonio.
 
Me coloqué enfrente, usé la videncia y sin dudarlo levanté las cobijas de manera que la cama quedara despejada.
 
—Necesito dos cubetas llenas a un cuarto de agua, algún aguardiente, un cuchillo y una vela — ordené a Antonio.
—Velas solo tenemos rojas… de navidad — dudó — y licor solo tequila.
—No cuestiones y trae lo que te pedí — advertí.
 
Cinco minutos después el tipo volvió. Le pedí los baldes y los coloqué frente al lugar donde dormía la madre, dejando espacio entre ambas. Cogí la vela y con el cuchillo escribí unos signos sobre la cera.
 
—¿Cuándo nació?
—El 29 de febrero de este año.
—Vaya… ¿a qué hora?
—18:20, ¿eso es bueno? — interrogó él, pero lo ignoré: tomé a la bebé de los brazos de mi esposa, la acosté en la cama y advertí a sus padres.
 
—Pongan atención: Antonio va a sostener la vela, Paula la va a encender con cerillos mientras me hinco frente a la cama. Ella se va a parar detrás de mí. Voy a cerrar los ojos para que no piensen en pendejadas sobre lo que haremos a continuación: se va a sacar los pantalones, la pantaleta y me la va entregar. Luego se vestirá. Abriré los ojos y lo que haré después es asunto mío. ¿Dudas, reclamos?
—No — titubeó Paula. Antonio no dijo nada.
—Empecemos — ordené y tal cual sucedió: ella se quitó la ropa inferior, me entregó la pantaleta y comencé a limpiar el vientre de la bebé mientras crecía su llanto, pero no me importó: pasé varias veces la prenda y luego cubrí con ella la cabeza un par de minutos.
 
Cuando consideré que había quitado parte del mal, cogí la pantaleta y la hundí en una de las cubetas, luego coloqué mi boca sobre el estómago, aspiré hasta sentir náusea y escupí en el otro balde. Di un trago al tequila, cubrí su carita, le lancé el chorro y dije: “Regreso el mal a la persona que te ordenó dañar a este ser inocente”. La bebé dejó de llorar.
 
La levanté, la cubrí con mis brazos y pedí a la mujer generara mucha saliva y luego sacara la lengua, empapé mi dedo índice y luego hice una cruz en su cabeza y otra en el vientre. Luego se la entregué a su madre y vomité una sustancia negra en el otro balde.
 
—¡Hay una cosa moviéndose en el fondo! — gritó Paula
—¿Tu baño? — pregunté ignorándola.
 
Una vez ahí metí la mano para atrapar y destripar a la cosa, luego vacié todo en el váter. Hice una patipemba** en el piso con el dedo índice, antes de vaciar la caja.
 
Volví a la recámara y la niña seguía dormida, iba a despedirme cuando Antonio preguntó.
 
—¿Quién le hizo daño a mi hija?
—La última visita que tuvieron en casa.
—¡Tu madre estuvo ayer aquí! — gritó Paula.
—No sé cómo zafarme de ella, que ya no venga: odia a mi familia — dijo aún con la vela en la mano.
—¿Por qué usaste la pantaleta? — interrogó la mujer.
—Es lo mejor que hay para curar a los recién nacidos antes de que cumplan tres años de edad — respondí con vaguedad.
—Entonces no eres doctor, sino una especie de chamán — acusó Antonio aún con la vela en la mano.
—Nunca dije que lo fuera: ustedes se contaron esa historia.
—Pero… — quiso insistir, mas no se lo permití.
—Espera 24 horas, saca la pantaleta de la cubeta, la lavas y puedes usarla de nuevo. Si quieren llevarla con un médico, adelante, pero la nena ya está bien. Denle té de manzanilla con un poco de sal para que se hidrate y coloquen la vela en un plato hasta que se consuma — advertí tras lo cual di media vuelta, fui a la sala, cogí la bolsa con los libros y salí. Sabía que mi esposa se quedaría unos minutos más.
 
Llegué, me hice un despojo espiritual y tomé una ducha. Luego me serví un whisky y me acomodé en la sala. Media hora después mi esposa volvió.
 
—Hiciste bien en salirte, evitaste oír cuando preguntaron si eras brujo. ——Mierda.
—Te mandan esto — dijo colocando un fajo de billetes en el brazo del sillón, mismos que ignoré.
—No curo niños — solté nuevamente.
—Pidieron que seamos padrinos de bautizo de la niña — avisó.
—Quieren un brujo de cabecera para curarla cada que lo necesite — dije y solté un gruñido.
—aaay, ya: deberías sentirte satisfecho de tus dones — exclamó y entró la cocina a preparar la cena.
 
Cenamos y subimos a dormir, pero no pude. Bajé a la sala, me puse los audífonos, escuché tres veces “Cantaloop” de US3 y luego comencé la biografía de Phil Lynott, pero casi de inmediato la hice de lado y cogí “Apócrifos cristianos antiguos”, los textos sobre Jesús que no entraron en la Biblia. Me dormí en minutos hasta que me despertó el timbre de la puerta.
 
Por la luz del sol calculé serían las ocho de la mañana. Me levanté sin hacer ruido, vi por la mirilla y eran Paula y Antonio con la nena. Ella la cargaba mientras él tenía en sus manos una caja con algo parecido a bizcochos y una charola con cuatro vasos de café. Volví al sillón.
 
—Te lo dije: es muy temprano para venir a darle las gracias al brujo — dijo él.
 
Me puse de pie y subí a la recámara.
 
*Abiku son espíritus de niños que nacen para morir pequeños y antes de llegar a la pubertad, para luego renacer repetidamente de la misma madre.
**S
ímbolos usados en el Palo Myombre para hacer el bien o el mal. La imagen en este texto tiene alteraciones para que el lector no se meta en problemas si desea usarla.


24 de julio de 2026

Al morir no sigas la luz al final del túnel (y 2)

 


Tipo 1: Los seres atrapados que creen que ayudan, son espíritus de personas que murieron antes que tú, entraron en la luz, fueron borrados y reencarnaron muchas veces, pero en algún ciclo y se quedaron "a medio camino", atrapados en el túnel. Con el tiempo, olvidaron que ellos también fueron víctimas, pero ahora su función es recibir a los recién muertos, darles la bienvenida, sonreírles, tomarles de la mano y llevarlos hacia la luz.
 
No lo hacen por maldad, creen que están auxiliando y que la luz es el cielo y que guiar a otros hacia ella es un acto de amor, pero en realidad son los primeros eslabones de la cadena de engaño: sin ellos, el sistema no funcionaría, porque un muerto desconfía menos de un ser querido que de un ser anónimo, por mucha luz que irradie y tranquilidad que inspire.
 
Ellos se presentan con rostros familiares (tus abuelos, padres, hermanos, amigos fallecidos), hablan con tus recuerdos, te dicen frases como "todo va a estar bien", "ven con nosotros", "aquí hay paz", pero si los miras con atención, notas que no hay luz en su mirada: son como actores que repiten un guion, no pueden responder preguntas complejas ni mostrar voluntad propia más allá de invitarte a "entrar en la luz".
 
¿Qué hacer con ellos? a veces puedes intentar recordarles su situación, decirles: "tú también fuiste engañado, no estás en el cielo, estás en una prisión". Algunos pueden entrar en crisis y detenerse, otros se negarán a escuchar y si no reaccionan, aléjate sin mirar atrás. Regresar y salir del túnel no significa que volverás a la vida y que vas a revivir, sino que encontrarás otros caminos para lo que sigue.
 
Tipo 2: Las entidades parásitas que se alimentan del ciclo no fueron humanos, son seres del plano intermedio, quizá muy antiguos, cuya existencia depende de que los espíritus sigan reencarnando, no tienen forma fija, pueden aparecer como luces, sombras, voces o simplemente una presencia que no ves, pero sientes.
 
Su inteligencia es limitada, pero especializada: saben cómo disuadir a un espíritu de que se quede, han perfeccionado el arte de la seducción espiritual, saben qué palabras usar, qué emociones activar, qué recuerdos traer a tu mente para que bajes la guardia. No les importa tu bienestar, solo que entres en la luz para que el ciclo continúe: eres una batería para ellos, donde cada vida que vives genera energía que ellos cosechan. No te odian, solo te usan.
 
¿Cómo reconocerlos? a diferencia de los ya atrapados, estos guardianes no toman formas humanas estables, pueden imitarlas, pero la imitación es imperfecta. A veces los ves como figuras borrosas; otras notas que su voz no sincroniza con el movimiento de sus labios. Si los desafías con firmeza ("no voy a entrar, déjame en paz"), suelen reaccionar con confusión o con un cambio de actitud (de la dulzura al enojo).
 
¿Qué hacer con ellos? ignóralos, darles poder con tu miedo ni atención, repite la negativa una y otra vez: "No voy a entrar, no voy a reencarnar: me quedo". Ellos no pueden obligarte a moverte si tú no cooperas.
 
Tipo 3: El propio mecanismo automatizado: es el más difícil de explicar porque no tiene consciencia. Es como un programa informático que se ejecuta solo: el túnel, la luz, la sensación de paz, la culpa, la amnesia posterior, todo eso puede ocurrir sin que haya nadie operándolo. Es como una maquinaria espiritual autónoma. En este caso, los "guardianes" no son seres, sino funciones del sistema, es la atracción del túnel, la descarga de paz, el borrado de memoria al cruzar el umbral.
 
¿Cómo reconocerlo? si no ves en el camino a ningún ser conocido ni extraño, si solo hay túnel, luz y paz, estás ante el mecanismo puro. Es el más peligroso porque no hay interlocutor al que puedas convencer o desafiar.
 
¿Qué hacer con él? solo hay dos opciones: no moverte o caminar hacia atrás. El mecanismo no puede obligarte a avanzar si tú te niegas a cooperar. Así que regresa o permanece quieto, la luz desaparecerá.
 
¿Cómo evitar la trampa?
 
Hay que hacerse a la idea de que al morir te enfrentarás al embuste, así que desde ahora vete preparando mental y espiritualmente para que no caer en él, así que toma conciencia de estas ideas:
 
Paso 1: Acepta que la luz es eso, una trampa: suelta la creencia de que esa luz es buena. Aunque las películas, los libros y los gurús te digan lo contrario, repite hasta interiorizarlo: "La luz al final del túnel no es mi hogar. Es un dispositivo de reinicio. No voy a entrar".
 
Paso 2: Aprende a reconocer el señuelo de la paz falsa: cuando mueras, sentirás una paz intensa. Esa paz es real, pero no es el destino final; es el efecto secundario del anestésico. Para entrenarte, en tu vida cotidiana presta atención a las ocasiones en que sientes una paz repentina que te desconecta de la realidad. Puede ser durante una meditación mal guiada, bajo los efectos de alguna sustancia o en momentos de duelo extremo. Aprende a decir: "Esto es muy perfecto para ser verdad".
 
Paso 3: Ignora las voces que te llaman desde la luz, pues por muy familiares que te resulten, no les hagas caso. No tienes que ser grosero, simplemente di: "No te sigo, ustedes están atrapados, aunque no lo sepan. Yo elijo no regresar". Mantente firme, no tienes nada que perder: ya estás muerto.
 
Paso 4: Quédate quieto: no camines ni te muevas. No sigas a nadie, la sensación de movimiento es parte del mecanismo de arrastre. Si te quedas donde estás, si no cooperas, el túnel empezará a desvanecerse; respira (aún puedes hacerlo, no has dejado del todo tu cuerpo) o intenta existir en ese lugar sin ir a ningún lado.
 
Paso 5: Reclama tu derecho a no reencarnar, en voz alta y con firmeza, di estas palabras: yo soy (di tu nombre completo), he vivido la vida que me tocó, he aprendido lo que pude, no tengo asuntos pendientes, no debo nada. Ahora elijo descansar, no voy a entrar en ninguna luz ni voy a reencarnar. Me quedo aquí, si hay ancestros verdaderos, que se acerquen sin túneles, a los demás, les pido que me dejen en paz."
 
Paso 6: Después de tu declaración, puede que la luz se intensifique, que las voces se pongan más insistentes, que sientas que te empujan, que te dan ganas de ceder. Es el efecto rebote, la trampa no se rinde fácilmente. Aguanta, sigue repitiendo que no quieres ir. Al cabo de un rato, la luz empezará a atenuarse, el túnel se cerrará y las voces se irán. Entonces, por primera vez, estarás en el vacío, libre, no hay túnel ni luz, solo tú y la posibilidad de decidir si un día, quieres volver a vivir.
 
Si ya caíste antes… no pasa nada. Si estás leyendo esto, es porque ya has caído en la luz en alguna de tus muertes anteriores (y me incluyo). Por eso estás aquí otra vez, pero no te culpes: la trampa está bien diseñada y casi nadie escapa a la primera ni a la segunda.
 
Pero ahora tienes una ventaja que no tenías en esas otras vidas: ya te la sabes, y ese saber ya está actuando en ti porque el conocimiento de la trampa, una vez que entra en tu conciencia, no se borra del todo. Aunque mueras y reencarnes, algo queda, una incomodidad, una sospecha, una pesadilla recurrente con un túnel y una luz. Eso es tu tú del pasado intentando avisarte.
 
Sn embargo, no esperes a morir para empezar a negarte a seguir esa estúpida y tramposa ruta. Rechaza la luz desde ahora y vive siempre a partir de hoy bajo estas 3 reglas:
 
1) Aprende a evitar las reacciones descontroladas como envidia, miedo a la soledad, culpa, victimismo, insatisfacción, vergüenza, melancolía, apego, dependencia, capricho, miedo, angustia, celos, rencor, soberbia, sensación de fracaso y angustia por el futuro. Lo anterior evitará traumas y que el caos que te rodea no te afecte
 
2) Toma decisiones basado exclusivamente en la intuición.
 
3) Dejar de creer que somos un cuerpo de carne y huesos, y reconoce que somos una conciencia superior atrapada temporalmente* en “algo” sobre lo que no nos permitieron decidir.
 
Debes acostumbrarte a existir con estos pensamientos para que tu vida se adecúe a una nueva forma de vivir para que entiendas que la muerte es un paso, no un castigo y que la luz al final del túnel no es el siguiente paso. Es un desvío forzado hacia otra vida que no pediste, tienes derecho a negarte, a descansar, decir: "no voy a reencarnar".
 
Aquellos que verdaderamente te aman (los que están libres, los que no están atrapados en ningún túnel), jamás te pedirán que entres en la luz, incluso, si pueden, pedirán que no lo hagas. Escúchalos a ellos, no a los recepcionistas del resplandor, ni a los parásitos disfrazados de abuelos, ni al mecanismo que solo sabe reiniciar.
 
Y si algún día, dentro de mucho tiempo, decides volver a nacer por tu propia voluntad, sin engaños, con memoria de lo que fuiste, eres y serás… entonces bienvenido, pero que sea tu decisión, no la de una luz que te espera al final de un túnel como una araña en el centro de su tela.
 

*Para ampliar el entendimiento del tema, recomiendo adentrarse en el gnosticismo (conocimiento intuitivo, esotérico y secreto de lo divino), cuyos fundamentos se encuentran en el libro “Textos custodios del cristianismo primitivo olvidado” de Nag Hammadi.