
1.
Preguntas para Aleyos, Santeros y
Babalowos:
¿Les dijeron que al recibir su Mano de
Orunla, cuando escurrió la sangre de los animales inmolados desde su cabeza
hacia sus guerreros y collares, estaban haciendo un pacto y/o contrato
espiritual?
¿Les comentaron que, iniciándose en la
Santería, al hacerse los cortes en el cuerpo y verter su sangre sobre las
piedras (otanes), que representan la energía de los Orishas, quedaban atados a él/ella
para siempre?
¿Les indicaron que esa sangre era como
un trato que no se podía romper?
¿Les explicaron que ese Orisha iba a
estar con ustedes todos los días de su vida, y que después de muertos, también los
iba a reclamar?
Supongo que sí, porque en todos mis
años de religioso he conocido a padrinos que lo advierten día y noche a sus
ahijados, a manera de amenaza o sentencia, aunque en el extremo, no conozco a
nadie que lo cuestione, ni siquiera a los que se alejan de la Osha e Ifá, sin
embargo… un breve adelanto de lo que aquí se tratará son las palabras del Rubén
Cuevas Ojuani ni shi-di, uno de los Babalowos más importantes de Latinoamérica,
con quien pude conversar tras su muerte gracias a mi don como muertero, cuando fumándole
un habano como ofrenda, me dijo: “, cuando mueres, descubres que las cosas no
son como yo creía”.
2.
Para entender qué son esos contratos, pactos, tratos y/o atamientos, conviene primero aclarar que
esas palabras dentro de la Osha o Ifá no tienen el mismo significado que en
otras tradiciones religiosas o en la vida cotidiana. Un Santero o Babalowo normalmente
hablará, además, de consagración, coronación, iniciación, ceremonia, juramento,
obligaciones o compromisos religiosos. Y no es lo mismo.
Hace años publiqué una entrada
titulada: “Sí se puede dejar la Santería” (https://basurerodealmas.blogspot.com/2017/07/si-se-puede-dejar-la-santeria.html),
así que este texto deberá considerarse su continuación.
Haré otra pregunta más, una básica: ¿te
metieron muchos miedos mientras aprendías a trabajar la religión? Supongo que
sí, pero igual asustan los curas católicos cuando advierten de que si te portas
mal arderás en el infierno, los taoístas previenen que las faltas graves te restarán
años de vida o los hinduistas te amenazan de pagar por tus malas acciones con
karma en tus próximas vidas. Todo sistema religioso hace lo mismo, aunque en el
caso especial de la Osha, tener miedo es básico para aprender a trabajar
religión y hacer bien las cosas.
Con los años, si uno mira bien, estudia,
analiza y cuestiona, pero sobre todo si se escucha a los religiosos que ya
están cerca de la muerte, se descubre que el conocimiento de la Osha e Ifá es
más amplio de lo que presumen la mayoría de los padrinos cuando hablan de los
ciclos de la vida y la muerte.
Lo que voy a compartirles, lo aprendí de
lo que me enseñaron los viejos y sabios Babalawos, algunos Santeros, lo que
cuentan los patakíes, estudiando y lo que cala en los huesos después de vivir
ciertas situaciones en la Osha.
3.
Cuando naciste tu sangre no era tuya,
era la sangre de tu madre, y antes la sangre de tu abuela, y así para atrás
hasta el primer “aliento generacional”, por llamarle de alguna manera (sugiero
al amable lector consultar las definiciones sobre este tema en las llamadas “lealtades
invisibles”): la sangre que corre por tus venas es heredada de todas tus
generaciones anteriores, es algo material, igual que la carne que cubre tus
huesos.
En la Santería, la sangre no se usa
como un “pacto de venta de alma”, es la fuerza vital, el “ashé puro” que alimenta las piedras al serte asentado
el Orisha. El ritual de los cortes (ya sea en la coronación o en ciertas ceremonias),
no es un contrato negociado, es un anclaje: tú ofreces tu energía vital para
despertar al Orisha dentro de la piedra y para vincularlo contigo como su hijo.
Cuando mueras, esa sangre se detiene,
se enfría, se pudre como el resto del cuerpo hasta que tus huesos se hacen
polvo. La deidad Yoruba que recibió tu sangre recogió algo de este mundo, no
del otro, le diste algo que le pertenece a la tierra y como dice el refrán: “lo
que es de la tierra, con la tierra se queda”.
El espíritu (que luego se transforma
en alma, como lo he explicado en numerosos textos), no tiene sangre, posee
memoria, ashé y camino, pero no tiene venas; cuando te vas, lo haces liviano y
sin arrastrar líquidos, ni órganos ni nada físico de lo que era tu cuerpo.
Entonces, el pacto que hiciste con tu
sangre fue un compromiso terrenal, válido mientras caminas sobre la tierra. Al
cruzar el otro lado, al desencarnarte ese contrato se vence, como un documento
que pierde validez cuando una de las partes se muere. Y la parte que fallece eres
tú.
4.
Imagínatelo así: tienes un Shangó asentado
en tu cabeza y representado con atributos en tu casa. Lo recibiste en una
iniciación y con todo lo que manda la regla, también le pusiste en su batea sus
piedras, herramientas, una corona y quizá hasta un pilón, pero antes le
vertiste tu sangre, luego lo alimentaste con plátanos, carneros, aguardiente, gallos,
coco, manteca de corojo y más.
Ese Shangó te habla a través del coco,
diloggun o ekuele, te daba consejo, te protegía y te pedía sacrificios: es tuyo
y, por decirlo de alguna manera, tú eres suyo, le perteneces astralmente, pero
un día te mueres y ¿qué pasa con ese Orisha?
Si no hay nadie que lo herede (como correctamente
se debe preguntar a los familiares del difunto sobre el destino de los
atributos religosos), si las piedras se quedan solas o les dan religioso camino,
entonces el Orisha se va, se devuelve a la naturaleza: al monte, al río, al
mar, según pertenezca. Y ese vínculo, a fuerza de reiterarlo para dejarlo
claro, se disuelve del todo, como si nunca hubiera existido.
Bajo ninguna circunstancia Shangó te
sigue al más allá para pedirte cuentas, pues él se queda acá, con los vivos, su
energía es esencia de la naturaleza y ella está siempre viva. Los muertos son
territorio de los Eggun, no de los Orishas, aunque haya ignorantes que afirmen
que “el muerto parió al santo”.
Ya lo señala Lydia Cabrera en su libro
“El Monte” donde consigna entrevistas a algunos Babalawos de la vieja escuela,
en Matanzas y La Habana, quienes solían decir: "La sangre que se da al Orisha es de este cuerpo, de este aliento, de
este nombre. Cuando el cuerpo se acaba, la sangre que está en las piedras se
seca espiritualmente. No es que el pacto desaparezca, es que el Orisha
transforma esa sangre en memoria. Si el Eledá vuelve, el Orisha reconoce el “olor”
de esa memoria, pero no puede reclamar obediencia de un muerto que renace,
porque los vivos no mandan sobre los muertos".
5.
Esto es importante y mucha gente no lo
tiene claro: cuando te mueras, no te recibirá el Orisha al que le jurabas y
rendías culto, metafóricamente te acogerán tus muertos (esto sí cometes el
error de permitirlo, ya escribiré un texto sobre la trampa del famoso “túnel
con la luz blanca al final”): tu abuela, tu tatarabuelo, tus padres, tus
hermanos o quizá hasta hijos si también se fueron antes.
Los Eggun son los que abren la puerta
del otro lado para ti, ellos te limpian, te dan de comer, te enseñan cómo
moverte en ese mundo nuevo. Y los Orishas no bajarán al cementerio, ni irán a
buscarte al umbral ni mucho menos intentarán localizarte en esas falacias
llamadas el cielo ni el infierno.
Los Eggun no hicieron ningún pacto de
sangre contigo. Ellos son familia, te quieren porque sí, porque eres parte de
ellos y lo que desean es que descanses, no que sigas arrastrando compromisos*
de una vida que, para bien o para mal, ya terminó.
Cuando los antepasados ven que llegas con
“un contrato atado al espíritu”, te lo sacan, te desatan, porque ellos saben
que esos acuerdos son para los vivos. Un fallecido no tiene por qué honrar un
pacto que hizo cuando respiraba porque ya no tiene nada que ofrecer (ni puede
hacerlo).
Antes de seguir con el tema, para lo
cual citaré un apataki, recordemos que Oggún le dio a Oyá su primera
herramienta, el machete de hierro, con el cual ella corta los vientos y domina
a los Eggun; cuando un devoto tiene un Eggun oscuro que le causa daño, se
utiliza la fuerza de Oggún y sus cadenas o herramientas de hierro para cortar
esa influencia y alejar al espíritu; Oggún es el dueño del cuchillo de
sacrificio de los animales para ofrendar a los Eggun; el monte es la casa de
Oggún, pero también es el lugar sagrado donde se entierran o se invoca a
ciertos Eggun.
Hay más: en la esquina o rincón de los
muertos de un Ile o en la casa de un religioso, se coloca una teja consagrada y
un bastón de madera, pero el bastón de Eggun lleva campanas, clavos o elementos
de hierro para que el sonido metálico despierte y llame la atención de los
ancestros; en el extremo, en un tambor batá todos los timbales llevan
herramientas de hierro para apaciguar a los Eggun; finalmente, en las consultas
con el caracol o el tablero de Ifá, la relación Oggún/Eggun define el destino
de la persona, pues si el muerto es necio, se utiliza a Oggún para sosegarlo si
está cobrando una deuda ancestral o familiar.
Así que con ese antecedente (el vínculo
entre Oggún y Eggun), vayamos al patakí en el Ifá tradicionalista, Ògúndá Òfún (Ogunda
fun), donde se cuenta la historia de un guerrero que hizo un pacto con Ògún (Oggún).
El guerrero le dio su sangre y juró
que lo serviría hasta estando vivo y también después de hubiese muerto. Cuando falleció,
el Orisha fue al cementerio, desafiando a Òyá (Oya) e Iku (Ikú), a reclamar su
alma, pero los Eegun del guerrero, todos sus ancestros, salieron a defenderlo
porque en el nuevo nivel dimensional, ya no quería irse con el Òrìṣà (Orisha). Los
Eegun le advirtieron a Ògún: "Acá mandamos nosotros: vivo, él era,
efectivamente, tuyo, pero ya muerto, es nuestro. Respeta".
En esa versión, Ògún se tuvo que ir,
pero este pataki no se comparte mucho en las casas de Santo iniciadas en el Ifá
Afrocubano, porque les conviene que tengas miedo, así que falsa e
incoherentemente se cuenta que el Orisha pelea y recupera el alma del guerrero.
*En caso de que
optes por no caer en la trampa del “la luz blanca al final del tunel”, tampoco
importa, ya que si te rehúsas evitarás reencarnar nuevamente, así que con esa
opción también tendrás roto cualquier pacto que hayas echo en vida con
cualquier entidad, incluyendo a los Orishas.