
1.
Viajé a Querétaro por cuestiones de
trabajo, así que rápido, a los dos días de la semana completa que duraría mi
estancia ahí, ya había establecido mi rutina: me levantaba, entraba a la ducha,
iba a desayunar al restaurante del hotel y caminaba siete calles hasta llegar a
la Dirección local de la institución del medio ambiente donde trabajo.
No me gusta salir de la ciudad, salvo
que se trate de vacacionar, pero en ocasiones el trabajo técnico lo amerita,
así que ahí estaba un poco molesto (mi jefe me obligó a ir), pero por otro lado
contento porque Querétaro es una ciudad llena de desencarnados de donde seguro
saldría alguna historia para mi blog.
Aquella mañana iba caminando hacia las
oficinas de la Dirección local, por esa callejuela que nadie recuerda cómo se
llama pero que todos usan para acortar camino. El sol ya se asomaba, y las
sombras de las casas y edificios se alargaban como dedos huesudos sobre el
asfalto. Llevaba en mi mochila las velas y la sal que siempre cargo, porque en
este oficio uno nunca sabe cuándo va a necesitar un círculo de protección,
aunque sea para espantar a los vivos, que son más mezquinos que los muertos.
Salí hacia la avenida Jardines de la
Hacienda y solo me faltaba cruzar el Parque Jardines para llegar cuando la vi:
estaba sentada en una banca de esas que el municipio puso hace años y nunca ha
reparado. Era una mujer mayor, de vestido negro, con las manos cruzadas sobre
el regazo y una mirada fija en la nada. No le di importancia al principio. En
esta ciudad, las señoras de vestido negro son tan comunes como los baches y los
perros callejeros, pero algo en ella me hizo frenar el paso. Quizá fue que su
respiración no empañaba el gélido aire matutino, o fue que su sombra, bajo la
luz del sol que se filtraba entre los árboles, era más tenue que la de los
demás.
—Muertero —me llamó, y su voz era
ronca, como de quien ha hablado sola durante años.
Me detuve, no por cortesía, sino
porque cuando un muerto te llama por tu oficio, sabes que no es para pedirte la
hora: es porque quizá tenga alguna advertencia que comunicar.
—Te he visto pasar estos dos días
—dijo—. Y los muertos de esta ciudad hablan de ti.
—Señora —respondí, sin acercarme
demasiado— si quiere “una consulta”, va a tener que esperar. Voy camino a mi
trabajo, además de que no atiendo en la calle, ni gratis, y tengo una regla:
los muertos, como los vivos, "deben pedir cita" —me burlé.
Ella sonrió con tristeza, una de esas
muecas que se quedan grabadas en la cara después de muchos años de no usarla.
—Sé que vas a tu trabajo —dijo— por
eso te esperé aquí. No quería irrumpir en el hotel sin avisar. Los muertos
educados también existen, Muertero.
—Los desencarnados con educación son
los que menos confianza me inspiran —respondí, y no pude evitar el tono mordaz—
los que llegan con buenos modales suelen tener las peores historias. Seguiré mi
camino. Esta noche la espero en mi habitación, que supongo sabrá cuál es desde
el momento en que sabe que llevo días pasando por aquí, pero que sea luego de
cenar.
Ella no se movió. Solo me miró con sus
ojos grises, que parecían haber visto demasiado, y asintió lentamente.
—Esta noche, entonces.
—No puedo faltar porque ahí duermo —dije,
y seguí caminando sin mirar atrás, pero la sentí, observándome, mientras me
alejaba, y el frío que dejó en mi nuca no se fue hasta que terminé de cruzar el
parque.
2.
Volví al hotel de mal humor: habíamos
recorrido todo el municipio de Huimilpan, y dada la apretada agenda no habíamos
comido, así que al llegar la noche rechacé la invitación de los anfitriones para
conocer "El Faro", considerada la cantina más famosa de la ciudad:
solo quería bañarme y bajar al restaurante a probar las tradicionales gorditas
de migajas y una cerveza.
Mientras cenaba reflexioné sobre la
ingratitud del oficio de Muertero: los fantasmas llegan sin avisar, te exigen
respuestas y, si no les gusta lo que escuchan, te dejan ese frío en la nuca que
no se va ni con agua bendita. Pero bueno, uno elige su cruz, y yo elegí la de
hablar con los que ya no tienen lengua.
Noté que el camarero me miraba con
insistencia. Cuando le devolví la mirada, desvió los ojos y se fue a la cocina.
Más tarde, al pedir la cuenta, (dos cervezas después de que decidí subir a mi
habitación y enfrentar a la desencarnada), el mesero me dijo:
—Señor, disculpe, pero en la mesa de
atrás había una señora que no paraba de mirarlo. Cuando fui a atenderla, ya no
estaba.
Levanté los hombros y no le pregunté
más. Pagué y subí a enfrentar a la desencarnada, y usé esa palabra porque de
pronto me invadió la sensación de que el encuentro no sería agradable.
No había detector de humo, así que
tomé una vela, le hice discretas marcas en la parte de en medio y la encendí;
mas apenas lo hice, sentí que el cuarto se enfriaba. No era el frío común de
los muertos que llegan desesperados, sino uno más pausado, metódico, como si
quien llegara hubiera esperado su turno con paciencia. Al menos era puntual.
—Puede pasar —dije con ironía.
María se materializó frente a mí sin
hacer ruido. Se “sentó” y al mirar la vela soltó una leve sonrisa. Vestía el
mismo vestido negro gastado de antes, y sus manos, pálidas y huesudas,
descansaban sobre su regazo. Su rostro tenía la misma expresión de quien ha
esperado mucho tiempo, quién sabe desde cuándo.
—Gracias —dijo haciendo referencia a
la vela, y su voz sonó más clara que en la calle, como si el cuarto le diera
permiso para hablar sin reservas.
—No me agradezca todavía —respondí,
pues no era para halagarla, sino una trampa por si se ponía necia— no sé si le voy
a dar lo que quiere... pero le prometí escucharla. Cuénteme, María, ¿por qué me
esperó en esa banca, por qué no quiso irrumpir aquí sin avisar?, y ¿por qué, si
está muerta, no se ha ido todavía?
El silencio que precedió a sus
palabras no fue un vacío, sino uno de esos que se llenan de cosas que no se ven,
pero se sienten: el roce de algo que se arrastra por el techo, el susurro de
una respiración que no era la mía, el olor a tierra mojada que de repente se
hizo más intenso, como si acabaran de cavar una tumba en la alfombra del hotel.
La vela titiló, y por un instante su
sombra no fue la de “una mujer sentada”, sino la de una figura alargada, de
brazos que se estiraban como ramas secas. Parpadeé y la imagen se fue, pero el
frío que dejó en el ambiente se quedó pegado a mi piel, como un aviso de que lo
que estaba por escuchar no era solo una confesión, era una invitación a meterme
en un lodazal del que quizá no saldría limpio. María me miró, y en sus ojos
grises vi algo que no había visto en la banca del parque: no era tristeza, no
era desesperación, era la certeza de que ella ya había estado en ese lodazal
antes, y que no le importaría arrastrarme con ella.
Me miró largamente, como si sopesara las
palabras que pensaba usar, y luego comenzó a hablar.
3.
—Mi hija se llama Isabel —su voz se
suavizó— y todo lo que hice en vida fue por ella. No por mí, ni por mi orgullo
y tampoco porque disfrutara hacer daño.
—Siempre empiezan igual —respondí, y
no pude evitar el tono ácido— "por mis hijos", como si el amor por
esos caníbales justificara cualquier inmundicia.
Ella me miró con una mezcla de
paciencia y cansancio.
—Déjame terminar, Muertero, luego me
dices si fue por amor o egoísmo.
Asentí y me quedé callado.
—Isabel se enamoró de un hombre,
Rodrigo, un buen tipo, pero distraído: no la veía ni la valoraba. Así que una
noche de San Juan, con tres cabellos de él, un lazo rojo, un frasco de miel y
una gota de mi sangre, le hice un amarre, no para hacerlo sufrir, sino para que
la viera y supiera el tesoro que tenía enfrente.
—¿Y funcionó?
—Como el veneno de una víbora nauyaca,
Muertero. Rodrigo no podía vivir sin ella, la seguía, le compraba cosas: literalmente
le besaba los pies. Mi Isabel siempre fue una reina y los príncipes deben
arrastrarse ante ella, pero esa fue mi primera cruz.
La vela parpadeó, mas María no se
inmutó.
—Pero el amor no llena el estómago
—continuó— Isabel trabajaba en una oficina con un jefe, un tal Valenzuela, que
la tenía podrida en un escritorio sin ventanas. Los ascensos son para los
lamebotas, así que le hice un trabajo con limón y alfileres, seguro los
conoces... al mes, ese tipo empezó a ver sombras, a olvidar cifras, a caerse
por las escaleras. Lo declararon inservible e Isabel ocupó su silla. Esa fue mi
segunda cruz.
—¿Y ella sabía que todo te lo debía a
ti?
—Era lo más hermoso, Muertero: mi hija
creía que era merecedora de todo por méritos propios —respondió negando con la
cabeza.
—Como casi todos los vivos —musité.