24 de septiembre de 2026

El fin de una Era


Ediciones ERA, la editorial independiente fundada en 1960 y un referente ineludible de la cultura escrita en México y América Latina, ha informado sobre el cese de sus operaciones. El motivo, anunciado por sus propios gestores, es el mismo que ha fulminado a decenas de sellos independientes tras la pandemia de COVID-19: las ventas dejaron de ser suficientes para mantener el esquema financiero de la empresa.
 
La noticia no es tan inesperada. En los últimos años, el sector editorial mexicano ha atravesado una crisis estructural que se ha traducido en el cierre de distribuidoras, la quiebra de librerías y el achique de los catálogos. ERA, a pesar de su prestigio, no fue la excepción, y el veredicto de las cifras, por doloroso que resulte para los lectores más fieles, se impuso al reconocimiento acumulado durante seis décadas.
 
En su catálogo se publicaron más de 500 títulos, y entre sus filas militaron las firmas más relevantes de México: Carlos Fuentes (Aura); Elena Poniatowska (La noche de Tlatelolco); Carlos Monsiváis (Días de guardar); José Emilio Pacheco (Los elementos de la noche), así como autores de la talla de Octavio Paz, Juan Rulfo, Rosario Castellanos, Sergio Pitol, Inés Arredondo, Adolfo Gilly y el infaltable José Revueltas.
 
También figuraron grandes plumas del resto del continente, como lo demuestra la primera edición mexicana de El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez y las obras de José Lezama Lima y el obligado Augusto Monterroso.
 
Esa coherencia de ERA, sin embargo, fue también su talón de Aquiles en el terreno comercial, ya que se caracterizó por una apuesta sostenida al ensayo crítico, la narrativa de exploración formal y el pensamiento disidente; géneros que rara vez encabezan las listas de los más vendidos. Sus libros no eran para consumo rápido; requerían tiempo, atención y una formación lectora que, por desgracia, siempre fue minoritaria. Durante las décadas de los sesenta y setenta, ese perfil encontró un nicho sólido en universidades, centros de estudio y círculos intelectuales que permitía tiradas respetables con reimpresiones frecuentes.
 
Pero el ecosistema cultural ha cambiado de manera irreversible: el mercado del libro enfrenta hoy problemas que van más allá de la voluntad de los lectores. La distribución está concentrada en unas cuantas cadenas comerciales que exigen altos descuentos y condiciones de pago que estrangulan a los pequeños sellos.
 
Además, influyó el incremento sostenido de costo del papel, impago de distribuidores, el estancamiento del precio final del libro en relación con la inflación y la competencia con las redes sociales, que disputan el tiempo libre de los consumidores. A ello se suma el gobierno y su obsesión de ahorcar todo lo que huele a cultura, retirando subsidios, incentivos y lo que ERA definió como “políticas complejas en las cadenas de librerías culturales del Estado”.
 
Cierres como este no son aislados, se inscriben en una tendencia que ya ha dejado en el camino a otras editoras: Joaquín Mortiz Editores, absorbida por el grupo Planeta; Ediciones del Eclipse, que apenas logró mantenerse unos años; Editorial Tragaluz, que sucumbió a la falta de liquidez; así como La Máquina de Escribir o Editorial Diógenes (de tinte izquierdista). Cada una compartían un modelo de negocio basado en la calidad del catálogo y la fidelidad de un lector especializado, pero ninguna encontró la fórmula para reconciliar ese esquema con las exigencias de un mercado que premia la rotación rápida y los grandes volúmenes.
 
La desaparición de ERA deja un vacío tangible en el mundo editorial. No solo porque se pierde una fuente de autores, sino porque se extingue una forma de entender el oficio editorial como un puente entre el pensamiento crítico y el público.
 
Las editoriales independientes que sobreviven lo hacen con estructuras más pequeñas, tiradas reducidas, subsidios o campañas de financiamiento colectivo; estrategias que ERA exploró apenas y que, de todos modos, nada tienen que hacer ante los monopolios como Harper Collins, Penguin Random House, Santillana, Editorial Planeta y Amazon.
 
El cese definitivo de sus operaciones de Ediciones ERA es un episodio más del declive de la industria editorial en América Latina. Lamentable, sí, pero previsible. La nostalgia no sirve para mantener abierta una puerta; para eso se necesitan flujos de caja positivos y una distribución eficiente.
 
La lección que deja ERA, más allá de la elegía, es que el prestigio intelectual, por sí solo, no es suficiente. Y en un mercado que cada vez exige más velocidad y menos profundidad, ese es uno de dos recordatorios que ningún editor debe ignorar, mientras que el otro es que México sigue ocupando el lugar 107 de 108 países a nivel mundial en el índice de lectura de la UNESCO.
 
Una vergüenza.

16 de septiembre de 2026

La Bruja (y 2)

 


4.
—Isabel era inquieta —siguió María, y en su voz reconocí algo parecido a la resignación— tenía varios amantes: su contador, un dentista, el instructor del gimnasio. Rodrigo, gracias a mi amarre, no veía nada, pero empezó a sospechar, así que le ponía polvos de olvido en el café, y pintaba ciertas cruces en los marcos de las puertas de su casa para que su mente borrara lo que veía.
—Vaya.
—También manipulé a los vecinos para que mintieran. Una vez, Isabel se fue con su contador y le dije a Rodrigo que estaba de retiro espiritual con unas monjas y me creyó todo. Esa fue mi tercera, cuarta y quinta cruz, si las cuentas bien.
 
Hizo una pausa; su rostro, ya de por sí pálido, parecía haberse vuelto aún más.
 
—Lo hice todo por ella —insistió y reiterarlo tanto comenzaba a molestarme— hasta que el corazón se me cansó y se detuvo mientras preparaba un trabajo para que Isabel heredara la casa de su suegra. Y aquí estoy.
 
Su voz, al decir "aquí estoy", se volvió metálica, como si hablara desde el fondo de un pozo. La vela se inclinó hacia la izquierda, y por un instante la llama se volvió azul. Sentí un olor a quemado, pero no a cera, sino a carne. María levantó la mano derecha, y vi que en su palma había una marca oscura, como una quemadura reciente. No había estado allí antes. La bajó y la marca desapareció. Fue la señal. Era mala.
 
—No fue la edad, Muertero —dijo, y su voz ya no era ronca, era un susurro que venía de todas partes— fue el precio: todo en la vida tiene uno. Y yo lo pagué.
—¿Y qué quieres, Bruja? —cambié mi forma para dirigirme a ella.
 
Me observó fijamente. Por primera vez, su mirada ya no era tranquila: había algo de malicia en ella.
 
—Quiero “la luz” para irme, Muertero. He visto el abismo, el lugar donde las almas como la mía se pudren… he visto el fuego que no quema, pero duele como si lo hiciera. Y tengo miedo, no al infierno, sino miedo a que mi hija termine igual que yo. Así que quiero irme para no verlo, si es que sucede.
—En el infierno no hay fuego —avisé.
—Quiero que me ayudes a cruzar el río —insistió.
 
Mientras me había contado todo aquello, su rostro cambió varias veces. No fue un cambio físico pues ya no poseía un cuerpo, sino una sombra que pasó sobre sus facciones, un destello de algo más viejo, más hambriento, asomándose detrás de sus ojos grises. La vela se consumió un centímetro entero de golpe, y en el cuarto se escuchó un crujido, como de madera vieja que se rompe.
 
La Bruja extendió las manos hacia mí, y por un instante no vi dedos, sino garras. Parpadeé, y eran manos otra vez, pero la imagen se quedó grabada en mi retina, y supe, en ese momento, que su súplica era la más peligrosa de todas sus cruces, porque no venía del miedo, sino de un cálculo. No quería luz, quería escapar. Y no le importaba cómo.
 
Cerré los ojos, respiré hondo, y cuando los abrí, la miré fijamente.
 
—No.
—¿Cómo qué no? —su voz se tensó, y por primera vez, desde que llegó, la vi alterarse.
—Te escuché todo, Bruja —insistí en mi rudeza y en ese momento, a través de la ventana, sentí la mirada de la Bruja de los Vientos del Oeste— cuando hablabas del amarre, mostrabas orgullo, cuando describías lo de Valenzuela, sonreías, y cuando narrabas las infidelidades de tu hija, lo hacías con la misma emoción que una abuela contando una travesura de su nieto.
—Pero…
—No hay en tu tono ni un atisbo de remordimiento. Solo miedo al castigo. No te arrepientes de lo que hiciste, sino de que te haya atrapado la Muerte.
—¡Eso es mentira! —chilló, y un viento helado sacudió las cortinas— ¡yo he sufrido y llorado!
—Ya estás muerta —la interrumpí— no puedes, y si por un milagro lo hicieras, no sería por Rodrigo, no por Valenzuela, ni por los vecinos a los que obligaste a mentir y ni mucho menos por más brujerías que hiciste y omitiste contarme. Derramarías lágrimas porque ahora sabes que todo ese poder que usaste para torcer voluntades no te sirve de nada contra la Muerte y lo que te espera para purgar tus acciones.
—¡No lo merezco!, todo lo hice por Isabel.
—Transitaste por la vida destruyendo vidas, sin importarte las secuelas, ¿y ahora que quieres que yo tenga consideración por las consecuencias de tus actos?
 
La Bruja lanzó un alarido, la flama se agitó mientras el consumo de la vela se acercaba con rapidez a la mitad. Su sombra se alzó, y por un instante vi en ella las caras de todos los que había dañado: Rodrigo con los ojos vacíos, Valenzuela cayendo, los vecinos musitando mentiras y muchos más de los que no mencionó ni su nombre.
 
—¡Maldito seas, Muertero!
—Ya estoy maldito, Bruja —respondí con cinismo— mi oficio es una maldición, pero tú también lo estás. Y no porque yo te condene, sino porque tú misma te castigaste: pasaste la vida atando, engañando, cegando. Y ahora quieres que una vela blanca borre todo eso, pero ¿qué crees?, te tengo noticias: la luz no se negocia, se gana.
—¡Eres un cabrón! … ¡Estaré esperando de este lado cuando mueras y te haré pagar por esto!
—Tendrás que hacer fila, porque han sido muchos los desencarnados a los que les he dado camino, como a ti, y me han amenazado con lo mismo —me burlé.
 
La vela había llegado a la mitad y los signos ya se estaban consumiendo. La Bruja no desapareció pronto: primero su rostro se distorsionó, como si alguien estuviera estirándolo desde adentro. Después sus manos, pálidas, se alargaron hacia mí y sentí un frío tan intenso que mis dedos se entumecieron, sobre todo los de la mano derecha.
 
—¡Cabrón! —gritó, y su voz ya no era humana, era como el ruido de mil uñas raspando una pizarra. Entonces se deshizo, no como humo, sino como arena que se lleva el viento. Con todo, el enfriamiento de mi mano derecha no se iría sino hasta la mañana siguiente.
 
Cuando el cuarto se calmó, María ya no estaba, pero su ausencia pesaba más que su presencia. Me quedé solo, con un olor a podrido en el ambiente. Abrí la ventana para que el aire de los vientos de la Bruja del Oeste limpiara el lugar. La luna se veía hermosa.
 
Oeste había estado ahí, como siempre, por si yo necesitaba algo, así que me asomé por la ventana y le agradecí su presencia inclinando mi cabeza. Ella arrojó una ráfaga de aire caliente sobre mi rostro, un mensaje que escuché con humildad, y luego otro ramalazo frío, que era la manera en que siempre se despedía de mí.
 
5.
—¿Pero… a dónde la mandaste con esos signos? —preguntó mi esposa por teléfono, una media hora después, mientras destapa la segunda de las tres cervezas que había pedido a la administración del hotel.
—Ni idea, usé los del destierro y ya sabes que con esos haces que los desencarnados vayan a otro lugar de manera aleatoria y sin opción de regresar.
—¿A Siberia? —bromeó.
 
Antes de llamarla por teléfono y contarle lo sucedido, pensé en María, en su hija Isabel, en si el amarre había funcionado hasta el final, si el jefe Valenzuela recuperó la cordura, si Rodrigo descubrió las mentiras o si morirá creyendo que era feliz al lado de la hija. No pude responderme. Los muertos suelen tener una versión de la historia tan adornada como la ropa con la que les entierran. Y la Bruja, como tantas, se había pasado la vida tejiendo su propio vestido hasta que la muerte le exigió desenredar la madeja.
 
—No la ayudé porque yo sea cruel —expuse— sino porque mi oficio no es dar luz a quien no la merece, lo sabes… he aprendido que la oscuridad no es la que no tiene luz, sino la que se exige sin haber hecho nada para merecerla.
—¿No te cansas de oír a los muertos? —cuestionó.
—A veces, porque casi siempre se repite la escena: estar sentado frente a ellos sabiendo que les escucharé necedades, pero cuando recuerdo que me servirá para escribir algo para el blog, se me pasa — respondí entre risas.
—Solo tú y tu infinita paciencia… con los vivos y con los muertos.
—Hay algo que me molesta — agregué.
—…
—La gente que pide una brujería nunca se pregunta cómo será de miserable la vida de su víctima tras destruírsela.
—Es la naturaleza humana: se sienten con derecho a todo
—La Bruja de los Vientos del Oeste estuvo conmigo —cambie la plática.
—Seguramente para protegerte de María
—Sí, pero no fue necesario. Todo salió bien, pero me dejó un mensaje.
—Les debes un libro a las Brujas de los Vientos —dijo con sabiduría para que en ese momento no se lo compartiera.
—Ya casi está escrito.
—No digas más. Ya sabes...
 
6.
Cortamos la llamada cerca de la madrugada. Lo único que supe esa noche fue que, al cerrar los ojos, vi la cara de María, y en ella, por un instante, vi la de muchos desencarnados que he conocido, que también hacían cosas por amor y murieron sin pedir perdón. 


12 de septiembre de 2026

8.1 grados, trepidatorio


Es la segunda vez que interrumpo la seriación de un texto, pero, telegrama urgente.
 
8.1 grados, EL TERREMOTO, con un movimiento trepidatorio terrible, habrá destrucción y muerte, pero servirá para romper con el apendejamiento que, el 1 de diciembre de 2018, en una ceremonia ante Chamanes que representaron a la mayoría de las etnias indígenas del país, impuso esa falacia izquierdosa llamada MORENA, al tomar el máximo poder político mexicano.
 
Será doloroso, pero también la única forma de romper con esa oscuridad que ha sido exacerbada por la gerente de este antro llamado “mexiquito”. La tragedia será la única manera con la que el pueblo sabio despertará de la gran mentira.
 
Al tiempo.



5 de septiembre de 2026

La Bruja (parte 1)


1.
Viajé a Querétaro por cuestiones de trabajo, así que rápido, a los dos días de la semana completa que duraría mi estancia ahí, ya había establecido mi rutina: me levantaba, entraba a la ducha, iba a desayunar al restaurante del hotel y caminaba siete calles hasta llegar a la Dirección local de la institución del medio ambiente donde trabajo.
 
No me gusta salir de la ciudad, salvo que se trate de vacacionar, pero en ocasiones el trabajo técnico lo amerita, así que ahí estaba un poco molesto (mi jefe me obligó a ir), pero por otro lado contento porque Querétaro es una ciudad llena de desencarnados de donde seguro saldría alguna historia para mi blog.
 
Aquella mañana iba caminando hacia las oficinas de la Dirección local, por esa callejuela que nadie recuerda cómo se llama pero que todos usan para acortar camino. El sol ya se asomaba, y las sombras de las casas y edificios se alargaban como dedos huesudos sobre el asfalto. Llevaba en mi mochila las velas y la sal que siempre cargo, porque en este oficio uno nunca sabe cuándo va a necesitar un círculo de protección, aunque sea para espantar a los vivos, que son más mezquinos que los muertos.
 
Salí hacia la avenida Jardines de la Hacienda y solo me faltaba cruzar el Parque Jardines para llegar cuando la vi: estaba sentada en una banca de esas que el municipio puso hace años y nunca ha reparado. Era una mujer mayor, de vestido negro, con las manos cruzadas sobre el regazo y una mirada fija en la nada. No le di importancia al principio. En esta ciudad, las señoras de vestido negro son tan comunes como los baches y los perros callejeros, pero algo en ella me hizo frenar el paso. Quizá fue que su respiración no empañaba el gélido aire matutino, o fue que su sombra, bajo la luz del sol que se filtraba entre los árboles, era más tenue que la de los demás.
 
—Muertero —me llamó, y su voz era ronca, como de quien ha hablado sola durante años.
 
Me detuve, no por cortesía, sino porque cuando un muerto te llama por tu oficio, sabes que no es para pedirte la hora: es porque quizá tenga alguna advertencia que comunicar.
 
—Te he visto pasar estos dos días —dijo—. Y los muertos de esta ciudad hablan de ti.
—Señora —respondí, sin acercarme demasiado— si quiere “una consulta”, va a tener que esperar. Voy camino a mi trabajo, además de que no atiendo en la calle, ni gratis, y tengo una regla: los muertos, como los vivos, "deben pedir cita" —me burlé.
 
Ella sonrió con tristeza, una de esas muecas que se quedan grabadas en la cara después de muchos años de no usarla.
 
—Sé que vas a tu trabajo —dijo— por eso te esperé aquí. No quería irrumpir en el hotel sin avisar. Los muertos educados también existen, Muertero.
—Los desencarnados con educación son los que menos confianza me inspiran —respondí, y no pude evitar el tono mordaz— los que llegan con buenos modales suelen tener las peores historias. Seguiré mi camino. Esta noche la espero en mi habitación, que supongo sabrá cuál es desde el momento en que sabe que llevo días pasando por aquí, pero que sea luego de cenar.
 
Ella no se movió. Solo me miró con sus ojos grises, que parecían haber visto demasiado, y asintió lentamente.
 
—Esta noche, entonces.
—No puedo faltar porque ahí duermo —dije, y seguí caminando sin mirar atrás, pero la sentí, observándome, mientras me alejaba, y el frío que dejó en mi nuca no se fue hasta que terminé de cruzar el parque.
 
2.
Volví al hotel de mal humor: habíamos recorrido todo el municipio de Huimilpan, y dada la apretada agenda no habíamos comido, así que al llegar la noche rechacé la invitación de los anfitriones para conocer "El Faro", considerada la cantina más famosa de la ciudad: solo quería bañarme y bajar al restaurante a probar las tradicionales gorditas de migajas y una cerveza.
 
Mientras cenaba reflexioné sobre la ingratitud del oficio de Muertero: los fantasmas llegan sin avisar, te exigen respuestas y, si no les gusta lo que escuchan, te dejan ese frío en la nuca que no se va ni con agua bendita. Pero bueno, uno elige su cruz, y yo elegí la de hablar con los que ya no tienen lengua.
 
Noté que el camarero me miraba con insistencia. Cuando le devolví la mirada, desvió los ojos y se fue a la cocina. Más tarde, al pedir la cuenta, (dos cervezas después de que decidí subir a mi habitación y enfrentar a la desencarnada), el mesero me dijo:
 
—Señor, disculpe, pero en la mesa de atrás había una señora que no paraba de mirarlo. Cuando fui a atenderla, ya no estaba.
 
Levanté los hombros y no le pregunté más. Pagué y subí a enfrentar a la desencarnada, y usé esa palabra porque de pronto me invadió la sensación de que el encuentro no sería agradable.
 
No había detector de humo, así que tomé una vela, le hice discretas marcas en la parte de en medio y la encendí; mas apenas lo hice, sentí que el cuarto se enfriaba. No era el frío común de los muertos que llegan desesperados, sino uno más pausado, metódico, como si quien llegara hubiera esperado su turno con paciencia. Al menos era puntual.
 
—Puede pasar —dije con ironía.
 
María se materializó frente a mí sin hacer ruido. Se “sentó” y al mirar la vela soltó una leve sonrisa. Vestía el mismo vestido negro gastado de antes, y sus manos, pálidas y huesudas, descansaban sobre su regazo. Su rostro tenía la misma expresión de quien ha esperado mucho tiempo, quién sabe desde cuándo.
 
—Gracias —dijo haciendo referencia a la vela, y su voz sonó más clara que en la calle, como si el cuarto le diera permiso para hablar sin reservas.
—No me agradezca todavía —respondí, pues no era para halagarla, sino una trampa por si se ponía necia— no sé si le voy a dar lo que quiere... pero le prometí escucharla. Cuénteme, María, ¿por qué me esperó en esa banca, por qué no quiso irrumpir aquí sin avisar?, y ¿por qué, si está muerta, no se ha ido todavía?
 
El silencio que precedió a sus palabras no fue un vacío, sino uno de esos que se llenan de cosas que no se ven, pero se sienten: el roce de algo que se arrastra por el techo, el susurro de una respiración que no era la mía, el olor a tierra mojada que de repente se hizo más intenso, como si acabaran de cavar una tumba en la alfombra del hotel.
 
La vela titiló, y por un instante su sombra no fue la de “una mujer sentada”, sino la de una figura alargada, de brazos que se estiraban como ramas secas. Parpadeé y la imagen se fue, pero el frío que dejó en el ambiente se quedó pegado a mi piel, como un aviso de que lo que estaba por escuchar no era solo una confesión, era una invitación a meterme en un lodazal del que quizá no saldría limpio. María me miró, y en sus ojos grises vi algo que no había visto en la banca del parque: no era tristeza, no era desesperación, era la certeza de que ella ya había estado en ese lodazal antes, y que no le importaría arrastrarme con ella.
 
Me miró largamente, como si sopesara las palabras que pensaba usar, y luego comenzó a hablar.
 
3.
—Mi hija se llama Isabel —su voz se suavizó— y todo lo que hice en vida fue por ella. No por mí, ni por mi orgullo y tampoco porque disfrutara hacer daño.
—Siempre empiezan igual —respondí, y no pude evitar el tono ácido— "por mis hijos", como si el amor por esos caníbales justificara cualquier inmundicia.
 
Ella me miró con una mezcla de paciencia y cansancio.
 
—Déjame terminar, Muertero, luego me dices si fue por amor o egoísmo.
 
Asentí y me quedé callado.
 
—Isabel se enamoró de un hombre, Rodrigo, un buen tipo, pero distraído: no la veía ni la valoraba. Así que una noche de San Juan, con tres cabellos de él, un lazo rojo, un frasco de miel y una gota de mi sangre, le hice un amarre, no para hacerlo sufrir, sino para que la viera y supiera el tesoro que tenía enfrente.
—¿Y funcionó?
—Como el veneno de una víbora nauyaca, Muertero. Rodrigo no podía vivir sin ella, la seguía, le compraba cosas: literalmente le besaba los pies. Mi Isabel siempre fue una reina y los príncipes deben arrastrarse ante ella, pero esa fue mi primera cruz.
 
La vela parpadeó, mas María no se inmutó.
 
—Pero el amor no llena el estómago —continuó— Isabel trabajaba en una oficina con un jefe, un tal Valenzuela, que la tenía podrida en un escritorio sin ventanas. Los ascensos son para los lamebotas, así que le hice un trabajo con limón y alfileres, seguro los conoces... al mes, ese tipo empezó a ver sombras, a olvidar cifras, a caerse por las escaleras. Lo declararon inservible e Isabel ocupó su silla. Esa fue mi segunda cruz.
 
—¿Y ella sabía que todo te lo debía a ti?
—Era lo más hermoso, Muertero: mi hija creía que era merecedora de todo por méritos propios —respondió negando con la cabeza.
—Como casi todos los vivos —musité.