Publicada
en 1987, “Las torres del olvido”, del australiano George Turner, no es una
novela más de ciencia ficción: es un escalofriante ejercicio de anticipación
sociológica que hoy, casi cuatro décadas después, se lee como un diagnóstico
lúcidamente profético de nuestro tiempo. Recibió numerosos premios y no es
difícil entender por qué.
El
autor no especula sobre naves espaciales ni inteligencias artificiales. Su ciencia es la sociología, la economía y
la ecología. Y lo que proyecta es el colapso de una civilización que, por
codicia e indiferencia, permite que el cambio climático, el desempleo masivo y
la desigualdad social converjan en una tormenta perfecta.
En
un futuro lejano, unas gigantescas torres medio sumergidas emergen de la bahía
de Melbourne, últimos vestigios de una civilización que se autodestruyó a
mediados del siglo XXI. Una joven historiadora intenta reconstruir aquella
época de convulsiones sociales y trastornos climáticos, y decide hacerlo en
forma de novela. Esa novela dentro de la novela es la que realmente leemos: la
historia de la familia Conway, cuyo padre (un supra de clase media), pierde su empleo ante un programa
automatizado y precipita a toda la familia en el abismo de los infra.
El
corazón de la distopía de Turner es una sociedad partida en dos: Los supras: con trabajo estable,
viviendas dignas, educación de calidad, sanidad eficiente y ocio. Son el 10% de
la población, y Los infras: sin
empleo, hacinados en gigantescos rascacielos convertidos en guetos, viven de
subsidios estatales miserables, sin educación ni sanidad digna, prácticamente
abandonados a su suerte.
"Nueve
de cada diez habitantes de Australia eran infra,
y muchos otros países estaban en peor situación" (se lee en una de las
páginas), y describe cómo la frontera entre ambos mundos está firmemente
trazada. Los niños supras apenas han
visto en su vida a un infra. La
segregación no es solo económica, sino física, educativa y emocional.
Lo
que hace de “Las torres del olvido” una obra tan perturbadora es que el proceso
que describe no es fruto de un gobierno totalitario ni de un complot malvado,
sino de un sistema que nadie dirige conscientemente pero cuyo resultado
inevitable es la opresión.
Turner
retrata con precisión situaciones que estamos viviendo en este 2026, donde una
automatización (tal cual hace hoy la inteligencia artificial) elimina puestos
de trabajo y crea una masa de inempleables;
el cambio climático agrava la escasez de alimentos y energía; la concentración
de la riqueza se acelera y los ricos acaparan recursos por miedo a que desaparezcan,
y el Estado, desbordado, mantiene a los infras
con subsidios en guetos donde los servicios públicos escasean.
Turner
va aún más lejos y el eco-fascismo llega en forma de un virus de diseño que
permitiría eliminar a gran parte de la población infra, que "está llevando al Estado a la bancarrota". La
pregunta sobre cómo evitar que la epidemia alcance a los supras es, en sí misma, una confesión escalofriante de hasta dónde
puede llegar la lógica de la segregación.
Numerosos
críticos han señalado la exactitud escalofriante con la que el autor anticipó
nuestro presente. No porque acertara en los detalles, sino porque comprendió la
dinámica de nuestro sistema: la desigualdad no es un accidente, sino una
consecuencia previsible de la automatización, el cambio climático y la falta de
interés para redistribuir la riqueza.
Hoy
atestiguamos cómo las ciudades se segmentan en barrios ricos y pobres, el
acceso a la educación se convierte en un privilegio, y el color de piel decide
oportunidades. Los guetos de Turner (las torres de cemento donde cien mil
personas se hacinan sin esperanza), no son diferentes de las periferias
marginales que crecen en nuestras ciudades, donde los centros comerciales se
diferencian por la calidad de las mercancías que venden, tiendas cuya verdadera
finalidad es hacer que los pobres se queden en sus barrios y no incomoden “con
su fealdad” aquellos donde los ricos sí gastan dinero en objetos de lujo.
Turner
no retrata a los infras como una masa
homogénea de víctimas pasivas, sino como un ecosistema social donde, al carecer
de recursos, los propios habitantes se convierten en verdugos los unos de los
otros. Dentro de las torres, la escasez genera microcastas basadas en la
capacidad de conseguir alimento, en el control de los ascensores (que funcionan
de manera intermitente) o en la posesión de objetos de trueque. Esta lucha
interna por la supervivencia fragmenta a la clase baja, impidiendo cualquier
rebelión organizada.
Destaca
el papel de la burocracia y la beneficencia estatal, donde el gobierno crea un
sistema de subsidios que mantiene a los infras
con lo justo para no morir (cómo hace el gobierno mexicano con sus programas donde
regala pesitos cada dos meses), pero
tan precarias sus migajas que les roba su dignidad, capacidad de ahorro o
movilidad social.
Turner
acusa un elemento perturbador que no es un gobierno autoritario, sino una
maquinaria mediática que adormece a los infras
cuando describe cómo son enajenados con diversión trivial que desvía su
atención del origen de su miseria. A los niños se les educa para que acepten su
lugar en la escala social como algo natural, y a los supras se les inculca temerles, no por lo que puedan hacer, sino
porque su inferioridad moral es contagiosa.
Esta
doble estrategia es el mecanismo más realista y aterrador de la novela, ya que nos
advierte que los muros que nos separan no solo son de hormigón y políticas
públicas; los más efectivos los construimos en nuestras mentes, aceptando que
la miseria del vecino es su problema y que el sistema, por malo que sea, es el
único orden posible.
“Las
torres del olvido” no es una novela cómoda. Su ritmo es pausado, sus personajes
son moralmente ambiguos y carentes de espiritualidad, y su mensaje es directo y
descarnado, pero precisamente por eso es una lectura imprescindible para
quienes quieran entender hacia dónde nos dirigimos si no corregimos el rumbo.
George
Turner no nos ofrece héroes ni soluciones: muestra un mundo donde la caída
social es un resbalón que puede ocurrirle a cualquiera, donde la línea que
separa a los ricos de los pobres es más frágil de lo que creemos. Y nos
advierte, con la frialdad de un sociólogo y la lucidez de un visionario, que
los guetos no se construyen solo con muros: se erigen con esa mezquindad, codicia,
mentiras, indiferencia que ya forman parte de nuestra naturaleza, además de la
falsa creencia de que el sistema siempre nos protegerá.
Las torres del olvido, George Turner, Ediciones B, 480 páginas, 1987

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