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15 de agosto de 2026

Un espejo distópico de nuestro presente

 


Publicada en 1987, “Las torres del olvido”, del australiano George Turner, no es una novela más de ciencia ficción: es un escalofriante ejercicio de anticipación sociológica que hoy, casi cuatro décadas después, se lee como un diagnóstico lúcidamente profético de nuestro tiempo. Recibió numerosos premios y no es difícil entender por qué.
 
El autor no especula sobre naves espaciales ni inteligencias artificiales. Su ciencia es la sociología, la economía y la ecología. Y lo que proyecta es el colapso de una civilización que, por codicia e indiferencia, permite que el cambio climático, el desempleo masivo y la desigualdad social converjan en una tormenta perfecta.
 
En un futuro lejano, unas gigantescas torres medio sumergidas emergen de la bahía de Melbourne, últimos vestigios de una civilización que se autodestruyó a mediados del siglo XXI. Una joven historiadora intenta reconstruir aquella época de convulsiones sociales y trastornos climáticos, y decide hacerlo en forma de novela. Esa novela dentro de la novela es la que realmente leemos: la historia de la familia Conway, cuyo padre (un supra de clase media), pierde su empleo ante un programa automatizado y precipita a toda la familia en el abismo de los infra.
 
El corazón de la distopía de Turner es una sociedad partida en dos: Los supras: con trabajo estable, viviendas dignas, educación de calidad, sanidad eficiente y ocio. Son el 10% de la población, y Los infras: sin empleo, hacinados en gigantescos rascacielos convertidos en guetos, viven de subsidios estatales miserables, sin educación ni sanidad digna, prácticamente abandonados a su suerte.
 
"Nueve de cada diez habitantes de Australia eran infra, y muchos otros países estaban en peor situación" (se lee en una de las páginas), y describe cómo la frontera entre ambos mundos está firmemente trazada. Los niños supras apenas han visto en su vida a un infra. La segregación no es solo económica, sino física, educativa y emocional.
 
Lo que hace de “Las torres del olvido” una obra tan perturbadora es que el proceso que describe no es fruto de un gobierno totalitario ni de un complot malvado, sino de un sistema que nadie dirige conscientemente pero cuyo resultado inevitable es la opresión.
 
Turner retrata con precisión situaciones que estamos viviendo en este 2026, donde una automatización (tal cual hace hoy la inteligencia artificial) elimina puestos de trabajo y crea una masa de inempleables; el cambio climático agrava la escasez de alimentos y energía; la concentración de la riqueza se acelera y los ricos acaparan recursos por miedo a que desaparezcan, y el Estado, desbordado, mantiene a los infras con subsidios en guetos donde los servicios públicos escasean.
 
Turner va aún más lejos y el eco-fascismo llega en forma de un virus de diseño que permitiría eliminar a gran parte de la población infra, que "está llevando al Estado a la bancarrota". La pregunta sobre cómo evitar que la epidemia alcance a los supras es, en sí misma, una confesión escalofriante de hasta dónde puede llegar la lógica de la segregación.
 
Numerosos críticos han señalado la exactitud escalofriante con la que el autor anticipó nuestro presente. No porque acertara en los detalles, sino porque comprendió la dinámica de nuestro sistema: la desigualdad no es un accidente, sino una consecuencia previsible de la automatización, el cambio climático y la falta de interés para redistribuir la riqueza.
 
Hoy atestiguamos cómo las ciudades se segmentan en barrios ricos y pobres, el acceso a la educación se convierte en un privilegio, y el color de piel decide oportunidades. Los guetos de Turner (las torres de cemento donde cien mil personas se hacinan sin esperanza), no son diferentes de las periferias marginales que crecen en nuestras ciudades, donde los centros comerciales se diferencian por la calidad de las mercancías que venden, tiendas cuya verdadera finalidad es hacer que los pobres se queden en sus barrios y no incomoden “con su fealdad” aquellos donde los ricos sí gastan dinero en objetos de lujo.
 
Turner no retrata a los infras como una masa homogénea de víctimas pasivas, sino como un ecosistema social donde, al carecer de recursos, los propios habitantes se convierten en verdugos los unos de los otros. Dentro de las torres, la escasez genera microcastas basadas en la capacidad de conseguir alimento, en el control de los ascensores (que funcionan de manera intermitente) o en la posesión de objetos de trueque. Esta lucha interna por la supervivencia fragmenta a la clase baja, impidiendo cualquier rebelión organizada.
 
Destaca el papel de la burocracia y la beneficencia estatal, donde el gobierno crea un sistema de subsidios que mantiene a los infras con lo justo para no morir (cómo hace el gobierno mexicano con sus programas donde regala pesitos cada dos meses), pero tan precarias sus migajas que les roba su dignidad, capacidad de ahorro o movilidad social.
 
Turner acusa un elemento perturbador que no es un gobierno autoritario, sino una maquinaria mediática que adormece a los infras cuando describe cómo son enajenados con diversión trivial que desvía su atención del origen de su miseria. A los niños se les educa para que acepten su lugar en la escala social como algo natural, y a los supras se les inculca temerles, no por lo que puedan hacer, sino porque su inferioridad moral es contagiosa.
 
Esta doble estrategia es el mecanismo más realista y aterrador de la novela, ya que nos advierte que los muros que nos separan no solo son de hormigón y políticas públicas; los más efectivos los construimos en nuestras mentes, aceptando que la miseria del vecino es su problema y que el sistema, por malo que sea, es el único orden posible.
 
“Las torres del olvido” no es una novela cómoda. Su ritmo es pausado, sus personajes son moralmente ambiguos y carentes de espiritualidad, y su mensaje es directo y descarnado, pero precisamente por eso es una lectura imprescindible para quienes quieran entender hacia dónde nos dirigimos si no corregimos el rumbo.
 
George Turner no nos ofrece héroes ni soluciones: muestra un mundo donde la caída social es un resbalón que puede ocurrirle a cualquiera, donde la línea que separa a los ricos de los pobres es más frágil de lo que creemos. Y nos advierte, con la frialdad de un sociólogo y la lucidez de un visionario, que los guetos no se construyen solo con muros: se erigen con esa mezquindad, codicia, mentiras, indiferencia que ya forman parte de nuestra naturaleza, además de la falsa creencia de que el sistema siempre nos protegerá.


Las torres del olvido, George Turner, Ediciones B, 480 páginas, 1987