Ediciones ERA, la editorial independiente fundada en 1960 y un referente ineludible de la cultura escrita en México y América Latina, ha informado sobre el cese de sus operaciones. El motivo, anunciado por sus propios gestores, es el mismo que ha fulminado a decenas de sellos independientes tras la pandemia de COVID-19: las ventas dejaron de ser suficientes para mantener el esquema financiero de la empresa.
La noticia no es tan inesperada. En los últimos años, el sector editorial mexicano ha atravesado una crisis estructural que se ha traducido en el cierre de distribuidoras, la quiebra de librerías y el achique de los catálogos. ERA, a pesar de su prestigio, no fue la excepción, y el veredicto de las cifras, por doloroso que resulte para los lectores más fieles, se impuso al reconocimiento acumulado durante seis décadas.
En su catálogo se publicaron más de 500 títulos, y entre sus filas militaron las firmas más relevantes de México: Carlos Fuentes (Aura); Elena Poniatowska (La noche de Tlatelolco); Carlos Monsiváis (Días de guardar); José Emilio Pacheco (Los elementos de la noche), así como autores de la talla de Octavio Paz, Juan Rulfo, Rosario Castellanos, Sergio Pitol, Inés Arredondo, Adolfo Gilly y el infaltable José Revueltas.
También figuraron grandes plumas del resto del continente, como lo demuestra la primera edición mexicana de El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez y las obras de José Lezama Lima y el obligado Augusto Monterroso.
Esa coherencia de ERA, sin embargo, fue también su talón de Aquiles en el terreno comercial, ya que se caracterizó por una apuesta sostenida al ensayo crítico, la narrativa de exploración formal y el pensamiento disidente; géneros que rara vez encabezan las listas de los más vendidos. Sus libros no eran para consumo rápido; requerían tiempo, atención y una formación lectora que, por desgracia, siempre fue minoritaria. Durante las décadas de los sesenta y setenta, ese perfil encontró un nicho sólido en universidades, centros de estudio y círculos intelectuales que permitía tiradas respetables con reimpresiones frecuentes.
Pero el ecosistema cultural ha cambiado de manera irreversible: el mercado del libro enfrenta hoy problemas que van más allá de la voluntad de los lectores. La distribución está concentrada en unas cuantas cadenas comerciales que exigen altos descuentos y condiciones de pago que estrangulan a los pequeños sellos.
Además, influyó el incremento sostenido de costo del papel, impago de distribuidores, el estancamiento del precio final del libro en relación con la inflación y la competencia con las redes sociales, que disputan el tiempo libre de los consumidores. A ello se suma el gobierno y su obsesión de ahorcar todo lo que huele a cultura, retirando subsidios, incentivos y lo que ERA definió como “políticas complejas en las cadenas de librerías culturales del Estado”.
Cierres como este no son aislados, se inscriben en una tendencia que ya ha dejado en el camino a otras editoras: Joaquín Mortiz Editores, absorbida por el grupo Planeta; Ediciones del Eclipse, que apenas logró mantenerse unos años; Editorial Tragaluz, que sucumbió a la falta de liquidez; así como La Máquina de Escribir o Editorial Diógenes (de tinte izquierdista). Cada una compartían un modelo de negocio basado en la calidad del catálogo y la fidelidad de un lector especializado, pero ninguna encontró la fórmula para reconciliar ese esquema con las exigencias de un mercado que premia la rotación rápida y los grandes volúmenes.
La desaparición de ERA deja un vacío tangible en el mundo editorial. No solo porque se pierde una fuente de autores, sino porque se extingue una forma de entender el oficio editorial como un puente entre el pensamiento crítico y el público.
Las editoriales independientes que sobreviven lo hacen con estructuras más pequeñas, tiradas reducidas, subsidios o campañas de financiamiento colectivo; estrategias que ERA exploró apenas y que, de todos modos, nada tienen que hacer ante los monopolios como Harper Collins, Penguin Random House, Santillana, Editorial Planeta y Amazon.
El cese definitivo de sus operaciones de Ediciones ERA es un episodio más del declive de la industria editorial en América Latina. Lamentable, sí, pero previsible. La nostalgia no sirve para mantener abierta una puerta; para eso se necesitan flujos de caja positivos y una distribución eficiente.
La lección que deja ERA, más allá de la elegía, es que el prestigio intelectual, por sí solo, no es suficiente. Y en un mercado que cada vez exige más velocidad y menos profundidad, ese es uno de dos recordatorios que ningún editor debe ignorar, mientras que el otro es que México sigue ocupando el lugar 107 de 108 países a nivel mundial en el índice de lectura de la UNESCO.
Una vergüenza.
