La Bruja (y 2)

4.
—Isabel era inquieta —siguió María, y
en su voz reconocí algo parecido a la resignación— tenía varios amantes: su contador,
un dentista, el instructor del gimnasio. Rodrigo, gracias a mi amarre, no veía
nada, pero empezó a sospechar, así que le ponía polvos de olvido en el café, y pintaba ciertas cruces en los marcos
de las puertas de su casa para que su mente borrara lo que veía.
—Vaya.
—También manipulé a los vecinos para
que mintieran. Una vez, Isabel se fue con su contador y le dije a Rodrigo que
estaba de retiro espiritual con unas monjas y me creyó todo. Esa fue mi
tercera, cuarta y quinta cruz, si las cuentas bien.
Hizo una pausa; su rostro, ya de por
sí pálido, parecía haberse vuelto aún más.
—Lo hice todo por ella —insistió y
reiterarlo tanto comenzaba a molestarme— hasta que el corazón se me cansó y se detuvo
mientras preparaba un trabajo para que Isabel heredara la casa de su suegra. Y
aquí estoy.
Su voz, al decir "aquí
estoy", se volvió metálica, como si hablara desde el fondo de un pozo. La
vela se inclinó hacia la izquierda, y por un instante la llama se volvió azul.
Sentí un olor a quemado, pero no a cera, sino a carne. María levantó la mano
derecha, y vi que en su palma había una marca oscura, como una quemadura
reciente. No había estado allí antes. La bajó y la marca desapareció. Fue la
señal. Era mala.
—No fue la edad, Muertero —dijo, y su
voz ya no era ronca, era un susurro que venía de todas partes— fue el precio: todo
en la vida tiene uno. Y yo lo pagué.
—¿Y qué quieres, Bruja? —cambié mi forma
para dirigirme a ella.
Me observó fijamente. Por primera vez,
su mirada ya no era tranquila: había algo de malicia en ella.
—Quiero “la luz” para irme, Muertero.
He visto el abismo, el lugar donde las almas como la mía se pudren… he visto el
fuego que no quema, pero duele como si lo hiciera. Y tengo miedo, no al
infierno, sino miedo a que mi hija termine igual que yo. Así que quiero irme
para no verlo, si es que sucede.
—En el infierno no hay fuego —avisé.
—Quiero que me ayudes a cruzar el río —insistió.
Mientras me había contado todo
aquello, su rostro cambió varias veces. No fue un cambio físico pues ya no
poseía un cuerpo, sino una sombra que pasó sobre sus facciones, un destello de
algo más viejo, más hambriento, asomándose detrás de sus ojos grises. La vela
se consumió un centímetro entero de golpe, y en el cuarto se escuchó un
crujido, como de madera vieja que se rompe.
La Bruja extendió las manos hacia mí,
y por un instante no vi dedos, sino garras. Parpadeé, y eran manos otra vez, pero
la imagen se quedó grabada en mi retina, y supe, en ese momento, que su súplica
era la más peligrosa de todas sus cruces, porque no venía del miedo, sino de un
cálculo. No quería luz, quería escapar. Y no le importaba cómo.
Cerré los ojos, respiré hondo, y
cuando los abrí, la miré fijamente.
—No.
—¿Cómo qué no? —su voz se tensó, y por primera vez, desde que llegó, la vi
alterarse.
—Te escuché todo, Bruja —insistí en mi
rudeza y en ese momento, a través de la ventana, sentí la mirada de la Bruja de
los Vientos del Oeste— cuando hablabas del amarre, mostrabas orgullo, cuando describías
lo de Valenzuela, sonreías, y cuando narrabas las infidelidades de tu hija, lo
hacías con la misma emoción que una abuela contando una travesura de su nieto.
—Pero…
—No hay en tu tono ni un atisbo de remordimiento.
Solo miedo al castigo. No te arrepientes de lo que hiciste, sino de que te haya
atrapado la Muerte.
—¡Eso es mentira! —chilló, y un viento
helado sacudió las cortinas— ¡yo he sufrido y llorado!
—Ya estás muerta —la interrumpí— no
puedes, y si por un milagro lo hicieras, no sería por Rodrigo, no por
Valenzuela, ni por los vecinos a los que obligaste a mentir y ni mucho menos
por más brujerías que hiciste y omitiste contarme. Derramarías lágrimas porque
ahora sabes que todo ese poder que usaste para torcer voluntades no te sirve de
nada contra la Muerte y lo que te
espera para purgar tus acciones.
—¡No lo merezco!, todo lo hice por
Isabel.
—Transitaste por la vida destruyendo
vidas, sin importarte las secuelas, ¿y ahora que quieres que yo tenga
consideración por las consecuencias de tus actos?
La Bruja lanzó un alarido, la flama se
agitó mientras el consumo de la vela se acercaba con rapidez a la mitad. Su
sombra se alzó, y por un instante vi en ella las caras de todos los que había
dañado: Rodrigo con los ojos vacíos, Valenzuela cayendo, los vecinos musitando
mentiras y muchos más de los que no mencionó ni su nombre.
—¡Maldito seas, Muertero!
—Ya estoy maldito, Bruja —respondí con
cinismo— mi oficio es una maldición, pero tú también lo estás. Y no porque yo
te condene, sino porque tú misma te castigaste: pasaste la vida atando,
engañando, cegando. Y ahora quieres que una vela blanca borre todo eso, pero ¿qué
crees?, te tengo noticias: la luz no se negocia, se gana.
—¡Eres un cabrón! … ¡Estaré esperando
de este lado cuando mueras y te haré pagar por esto!
—Tendrás que hacer fila, porque han
sido muchos los desencarnados a los que les he dado camino, como a ti, y me han
amenazado con lo mismo —me burlé.
La vela había llegado a la mitad y los
signos ya se estaban consumiendo. La Bruja no desapareció pronto: primero su
rostro se distorsionó, como si alguien estuviera estirándolo desde adentro.
Después sus manos, pálidas, se alargaron hacia mí y sentí un frío tan intenso
que mis dedos se entumecieron, sobre todo los de la mano derecha.
—¡Cabrón! —gritó, y su voz ya no era
humana, era como el ruido de mil uñas raspando una pizarra. Entonces se
deshizo, no como humo, sino como arena que se lleva el viento. Con todo, el enfriamiento
de mi mano derecha no se iría sino hasta la mañana siguiente.
Cuando el cuarto se calmó, María ya no
estaba, pero su ausencia pesaba más que su presencia. Me quedé solo, con un
olor a podrido en el ambiente. Abrí la ventana para que el aire de los vientos
de la Bruja del Oeste limpiara el lugar. La luna se veía hermosa.
Oeste había estado ahí, como siempre, por
si yo necesitaba algo, así que me asomé por la ventana y le agradecí su
presencia inclinando mi cabeza. Ella arrojó una ráfaga de aire caliente sobre
mi rostro, un mensaje que escuché con humildad, y luego otro ramalazo frío, que
era la manera en que siempre se despedía de mí.
5.
—¿Pero… a dónde la mandaste con esos
signos? —preguntó mi esposa por teléfono, una media hora después, mientras
destapa la segunda de las tres cervezas que había pedido a la administración
del hotel.
—Ni idea, usé los del destierro y ya
sabes que con esos haces que los desencarnados vayan a otro lugar de manera
aleatoria y sin opción de regresar.
—¿A Siberia? —bromeó.
Antes de llamarla por teléfono y
contarle lo sucedido, pensé en María, en su hija Isabel, en si el amarre había
funcionado hasta el final, si el jefe Valenzuela recuperó la cordura, si
Rodrigo descubrió las mentiras o si morirá creyendo que era feliz al lado de la
hija. No pude responderme. Los muertos suelen tener una versión de la historia
tan adornada como la ropa con la que les entierran. Y la Bruja, como tantas, se
había pasado la vida tejiendo su propio vestido hasta que la muerte le exigió
desenredar la madeja.
—No la ayudé porque yo sea cruel —expuse—
sino porque mi oficio no es dar luz a quien no la merece, lo sabes… he
aprendido que la oscuridad no es la que no tiene luz, sino la que se exige sin
haber hecho nada para merecerla.
—¿No te cansas de oír a los muertos? —cuestionó.
—A veces, porque casi siempre se
repite la escena: estar sentado frente a ellos sabiendo que les escucharé
necedades, pero cuando recuerdo que me servirá para escribir algo para el blog,
se me pasa — respondí entre risas.
—Solo tú y tu infinita paciencia… con
los vivos y con los muertos.
—Hay algo que me molesta — agregué.
—…
—La gente que pide una brujería nunca
se pregunta cómo será de miserable la vida de su víctima tras destruírsela.
—Es la naturaleza humana: se sienten
con derecho a todo
—La Bruja de los Vientos del Oeste
estuvo conmigo —cambie la plática.
—Seguramente para protegerte de María
—Sí, pero no fue necesario. Todo salió
bien, pero me dejó un mensaje.
—Les debes un libro a las Brujas de
los Vientos —dijo con sabiduría para que en ese momento no se lo compartiera.
—Ya casi está escrito.
—No digas más. Ya sabes...
6.
Cortamos
la llamada cerca de la madrugada. Lo único que supe esa noche fue que, al
cerrar los ojos, vi la cara de María, y en ella, por un instante, vi la de
muchos desencarnados que he conocido, que también hacían cosas por amor y
murieron sin pedir perdón.
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