Tengo 30 años elaborando
estadísticas, sé de qué hablo
El Módulo sobre Lectura edición 2025 (MOLEC)
del INEGI, nos acaba de recetar una dosis de optimismo y no de cualquier tipo: es
uno de esos que no requiere cambios estructurales, políticas públicas efectivas
ni metamorfosis culturales profundas, basta con algo mucho más sencillo y
elegante: cambiar el método de hacer encuestas.
La más reciente metodología kafkiana de
INEGI es inspiradora, pues donde antes leíamos poco, ahora leemos mucho; donde
antes apenas alcanzábamos un modesto 41.8% de población lectora, hoy celebramos
un gran 62.5% y en las zonas rurales donde no había bibliotecas, siguen sin
tenerlas, pero sus habitantes son lectores gracias a whatsapp.
¿Milagro educativo o revolución
cultural? No, más bien una amañada redefinición de lo que significa leer y de a
quién contempló INEGI como lector.
Primero, el universo de estudio: antes,
el MOLEC encuestaba a la población adulta (mayores de 18 años) en zonas
urbanas. Ahora incluyeron desde los 12 años y cubre todo el país. Es decir, ya
no midieron lo mismo, pero eso no impide que las cifras se presenten una tras
otra de forma ascendente. Es como comparar la estatura promedio de los jugadores
de basquetbol de la NBA con la de una población promedio y concluir que el país
encogió. Los datos técnicos de INEGI válidos,
pero al momento de analizarlos son una burla.
Segundo, diseño conceptual: en una
jugada digna de aplausos, el MOLEC decidió que leer no es solo hojear libros,
revistas, periódicos e incluso historietas, también cuenta revisar redes
sociales, foros, páginas de internet, blogs y, obviamente cualquier texto que
pase frente a nuestros ojos mientras desbloqueamos el celular. Así, el
desplazamiento del pulgar se convierte en una intensa actividad intelectual y la lectura reflexiva ya comparte
categoría con el scroll, sin
diferenciar entre memes y titulares.
Por supuesto, esta ampliación tiene consecuencias:
ya cualquier persona con acceso a whatsapp es lector, y como los adolescentes
viven pegados a las pantallas de sus teléfonos, no sorprende que el grupo de 12
a 17 años arroje porcentajes tan entusiastas. Incluirlos aumentó el promedio
nacional de tal manera que uno podría preguntarse por qué no empezar desde los
seis años y consolidarnos como una potencia lectora.
Sin embargo, el MOLEC va más allá: no
solo pregunta si leíste algo, sino si te consideras lector. Y claro, después de
revisar el último hashtag sobre Christian
Nodal y Ángela Aguilar, ¿quién no se sentiría tentado a responder que sí? La
identidad lectora se igualó con la definición de lectura y ahora leer un libro
y un hilo en redes son lo mismo al momento de poner una cruz en los reactivos de
la encuesta.
El resultado es fascinante: en su
informe el MOLEC afirma que cada vez hay más lectores, pero eso no implica que
haya más lectura en el sentido tradicional del término (leer un libro). Otros
indicadores (como el tiempo dedicado o el tipo de material) cuentan una
historia menos entusiasta: se lee más, sí, pero no mejor ni con mayor entendimiento.
Y aquí otra joya: INEGI ya no pregunta
si el lector entiende lo que lee, ahora cuestionan si “comprende lo que lee”,
que de nada sirvió porque los resultados del 2024 y 2025 se mantuvieron
iguales: solo el 22% de los lectores tiene una idea de lo que cruza por sus
ojos.
Ahora, pasar de un enfoque urbano a
uno nacional introduce diferencias importantes en acceso, hábitos y contextos
culturales, pero en lugar de complicar el análisis con ajustes y advertencias, el
informe es simple: el país mejora. Y en tiempos donde los indicadores del
quehacer nacional son negativos, tener uno que responda de manera positiva por
los “pequeños cambios” de la metodología, es un triunfo.
Lo peor es que al final el MOLEC no
miente: sus datos son, en sentido estricto, correctos dentro de su fantasía
protagonizada por principes y dragones. El problema es que sus términos cambian
con una flexibilidad que haría sonrojar a cualquier analista de estadísticas.
Así, más que observar la evolución del hábito de leer, asistimos a la evolución
de “la definición” con la finalidad de que los resultados “mejoren”.
Quizá la lección más valiosa no esté
en cuánto leemos, sino en cómo medimos lo que creemos que es importante, porque
si algo demuestra el MOLEC desde hace 10 años es que, con inspiración metodológica,
siempre es posible generar buenas noticias. Aunque, para apreciarlas, haga
falta algo más que deslizar el dedo sobre una pantalla.
Para INEGI ya somos un país de
lectores, no porque se lean más libros ni porque haya mejor comprensión o
dedicación a la lectura, sino porque hoy basta con participar en el ecosistema
digital para ser contado como lector. El problema de fondo permanece intacto al
quedar disuelto entre porcentajes inflados y definiciones cada vez más burdas.
La disminución del 2.6% en la compra
de libros durante el último año tampoco es importante, porque el MOLEC ha
demostrado que resulta más sencillo redefinir la realidad que transformarla. Al
final, cualquier indicador puede mejorar si se diluye aquello que pretende
medir: si todo es lectura, entonces ya nada lo es.
Eso sí: las cifras nunca habían sido
tan alentadoras y si en el próximo
informe MOLEC hace nuevos cambios metodológicos e incluyen a quienes “leen” las
groserías y albures que adornan las paredes de los baños públicos y cantinas, entonces
seguro ocuparemos el primer lugar en el sistema intergaláctico lector.

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