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9 de septiembre de 2020

Mezquindad


Tendría unos 12 años de edad cuando comencé a ver cine noir de los años 40s y 50s del siglo pasado: las películas eran proyectadas a partir de las 11 de la noche por tres diferentes canales de televisión, así que la oferta era variada y atractiva.

Recuerdo que mi padre bajaba en la madrugada a la sala para regañarme por mis desvelos, sin comprender mi obsesión por ver "La casa en la sombra", “El halcón maltés”, “La noche del cazador”, “El ciudadano Kane”, "Sendas torcidas", “Distinto amanecer”, “Pacto de sangre”, “Sed de mal”, “Perdición”, “El tercer hombre”, “La jungla de asfalto” o “Sombras del Mal”, sin embargo, pese a mis explicaciones, nunca dejó de hostigarme con el tema.

No dejé el cine negro, y quizá ello sea el origen de mi preferencia por la literatura negra, mas no se piense que ello es una consecuencia de traumáticas experiencias de la niñez, no, literatura, música o cine tienen un secreto que ayuda a entender la vida: desnudan la naturaleza humana, desmenuzan la mezquindad y ello se percibe de manera cotidiana en nuestro entorno: por eso se le llama “noir”, porque pone en evidencia que los seres humanos son oscuros, desde el peatón con el que nos cruzamos casualmente, hasta en quienes se inician en una religión, se convierten en líderes sociales o brillan como deportistas.

Seguí consumiendo cine noir, y hasta la fecha tengo grabadas escenas de sus nuevos subgéneros (incluidos ya en el ahora mal llamado cine independiente), películas que se han convertido en clásicas como “Drugstore cowboy”, de Gus Van Sant, donde le preguntan a Matt Dilon por qué consume drogas y responde: “para tomar decisiones difíciles en la vida, como ponerme los zapatos todas las mañanas”.

“Reservoir dogs”, de Quentin Tarantino, también tiene lo suyo, donde Michael Madsen corta una oreja al policía al que está torturando, la sostiene entre sus dedos y comienza a hablarle: cada que la veo sufro un imparable ataque de risa. “Angel-A”, de Luc Besson, tiene sus genialidades, como cuando Jamel Debbouze está por suicidarse arrojándose al río Sena y se le adelanta con las mismas intenciones un ángel interpretado por Rie Rasmussen, a la cual rescata para darle tremenda regañada.

Hay más films dignos de citar, pero “En realidad nunca estuviste aquí”, de Lynne Ramsay, protagonizada por Joaquin Phoenix, tiene varias escenas de las que se complica escoger alguna para etiquetar como la mejor, aunque yo señalaría como bellamente poética la masacre que emprende el protagonista, martillo en mano, para restablecer su particular visión sobre el orden moral.

El último film noir que me cimbró fue “Galveston”, y aunque podría justificarlo por la lectura, años antes, de la novela del mismo nombre (escrita por Nic Pizzolatto), dirigido por Mélanie Laurent, en el cual supo retratar la esencia de un libro donde la maldad humana es la premisa que pretende, equívocamente, imponerse al sentido de la vida.

Palabras más o menos, “Galveston” narra la huida de un sicario, Roy, enfermo terminal (el impasible actor Ben Foster) que vuelve a su ciudad natal tras ser traicionado por su jefe, y donde planea su venganza, mas en su camino se encontrará con una prostituta sin rumbo, Raquel (la multifacética actriz Elle Fanning), de la mano de su hija, Tiffany, quienes le dan un nuevo sentido a su vida.

Respetuosa del libro, la película mantiene el espíritu de “no hay final feliz”, pero es esa sentencia la que nos hace preguntar quién necesita happy end: ¿la joven Raquel, asesinada porque no conoce otro modo de vida que prostituirse, o Roy, que pese al cáncer no solo se reencuentra con Tiffany, a quien aparte de aclararle su pasado, y tras dejarla en estado comatoso por las confesiones sobre la muerte de su madre, y su vano intento de salvarla, sale de la habitación del hotel donde conversan a enfrentar la llegada del huracán Katrina?

Vida noir pura, y para aquellos que no quieran entenderla, los que insisten en no encontrar el sentido de la existencia y culpan a los demás de sus desgracias, sin aceptar su parte de responsabilidad, entonces no comprenderán la mezquindad humana anidada en el propio corazón. 

El film demuestra lo anterior colocándonos sin compasión frente a un espejo, lo que le hace más que recomendable para quienes practican la honestidad como modo de vida.