1 de marzo de 2018

No peleo contra demonios



1.
Este miércoles fue el primer aniversario luctuoso de mi padre. Obvié participar en las celebraciones familiares y opté por pagar una misa en una iglesia cercana a mi casa: fueron pocos los invitados y ninguno los asistentes, aunque no lo tomé a mal pues sé que cada quien tiene asuntos más importantes que considerar a los muertos ajenos (disculpen la ironía).

Me gusta esa iglesia (ubicada en el viejo Mixcoac): no parece catedral ni carga siglos encima, es discreta, tranquila, y contrario a demás templos que he conocido a lo largo de mi vida, su ambiente no está saturado del dolor, rabia, quejas, tristeza y rencor que suele provocar la falta de respuestas de la religión ante el (existencial) dolor humano y que con facilidad se encuentra impregnada en los muros de otros templos.

Llegué 15 minutos antes de las siete y pude disfrutar de su vaciedad (para los que desconozcan los oscuros secretos que encierran las iglesias, recomiendo leer “El Misterio de las Catedrales” del enigmático Fulcanelli), así que cuando comenzaron a llegar los feligreses ya había quedado satisfecha mi obsesión por el silencio etéreo (sic).

2.
El sacerdote que suele oficiar a esa hora es un hombre joven y obeso en exceso, de ahí que acostumbre a celebrarlas sentado. La ceremonia transcurrió sin contratiempos salvo por su inmensa estupidez: las dos veces que citó a mi padre lo hizo mal y tuve que recurrir al secreto que me enseñó un viejo exorcista (ya fallecido), para modificar el sentido esotérico de una misa para que cumpliera con el cometido de dar un poco más de luz a mi antepasado.

Una vez que todo terminó, decidí extrañamente quedarme unos minutos más por si llegaba algún invitado retrasado por el tráfico o la lejanía, cosa que si bien no sucedió, sí me permitió ver cuando el cura se plantó al pie del presbiterio y dirigió su mirada hacia donde me encontraba sentado.

Así estuvo algunos minutos que me hicieron sentir incómodo (aunque tampoco puedo afirmar que me observara directamente), desagrado que se acrecentó cuando ligeramente detrás de él se paró el anciano que desempeña funciones de acólito (desde que comenzaron las acusaciones de pedofilia en contra del Vaticano, ya son pocos los niños que se desarrollan como monagillos), para imitarlo.

Instantes después una sombra con forma de perro (o lobo o coyote, a saber exactamente qué animal), salió detrás de la sotana color blanco con estola morada, y comenzó a merodear por los asientos hasta que tomó el pasillo principal y se dirigió hacia el fondo de la nave.

No voy a negar que aquello me inquietó, sobre todo cuando “el animal” llegó hasta donde yo estaba sentado y sin más “se esfumó” entre las delgadas juntas de las losas de mármol blanco. Lo peor: cuando levante la mirada hacia el presbiterio el cura y su acólito habían desaparecido. Decidí salir de la iglesia.

3.
Llegué a mi casa, revisé algunos correos y decidí leer, conforme avanzaba la lectura una extraña fiebre comenzó a invadirme sin algún síntoma más. Cerca de las diez de la noche mi esposa llamó para disculparse por no poder escaparse de las garras de su perversa y retorcida jefa y avisó que tardaría un poco más en llegar; expliqué lo de la fiebre y le anuncié que me iría acostar en ese momento.

La noche transcurrió entre la fiebre y extraños sueños (de los que no recuerdo nada), que poco a poco fueron desapareciendo. A la mañana siguiente comenté con mi esposa lo sucedido en la iglesia.

- no tiene nada de especial – dijo sin darle mayor atención – los curas no son lo que parecen.
- ya lo sé, pero si bien sabemos enfrentar muertos oscuros, nunca nos enseñaron a pelear con demonios – me quejé y ella soltó una carcajada.



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