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1 de febrero de 2019

El fiasco del Diablero



1.
Recién se ha cuestionado la calidad del contenido de Netflix, la cual comienza a ser comparada con Televisa por su estilo inmundo para escoger a sus actores, sus prácticas monopólicas (lo vimos con las limitantes para estrenar el cuestionable film “Roma”, del director Alfonso Cuarón), y por la vaciedad que ya permea su oferta televisiva.

He visto varias películas de Netflix y salvo “Bright” y “Beirut”, a ninguna le he encontrado señales de que su cine sea “diferente y con calidad”, por el contrario, tienen el mismo defecto de lo que se proyecta en la tv abierta: es inverosímil, burdo y sin inspiración, raya lo insulso e insulta la inteligencia humana. Y lo mismo sucede con sus series.

Algunos lectores de este blog saben que no veo televisión, pero si algo me llama la atención (o es “noticia” que merezca confirmarse), lo busco en la web pues tampoco se trata de vivir aislado en una época en la que lo efímero y trivial es lo que lo que se consume a mansalva.

2.
Desde hace semanas se anunció el estreno de “Diablero”, basada en el libro “El diablo me obligo”, del escritor mexicano F. G. Haghenbeck (https://basurerodealmas.blogspot.com/2016/02/elvis-infante-diablero-y-santero.html), serie que ha sido publicitada en los medios como “Diablero es el Constantine de Tepito”.

Causó tal la expectación que recibí llamadas de religiosos para saber mi opinión, a lo que respondía que no la había visto, pero la insistencia de algunos me llevó a la web a buscar reseñas y luego a verla poder opinar.

3.
Sobre las reseñas me sorprende la manera tan ignorante en que reaccionan las plumas mercenarias que se venden a cualquier medio para escribir sobre temas que desconocen, usando títulos para describirla como “Diablero, una apuesta de Netflix 100% mexicana, rompe con el melodrama y opta por el terror”, “Diablero: Combatir el mal en la ciudad”, “Descubre la muerte y el miedo con Diablero”, “Diablero: la primera serie de terror y ciencia ficción de Netflix para méxico” y “Diablero, una serie sobrenatural a la mexicana”.

Esos encabezados provocan curiosidad… y desconfianza, porque si vamos más allá y leemos que “es la primera apuesta del género de ficción y terror en méxico … después de ver en la pantalla series como Luis Miguel, Club de cuervos, Ingobernable y, la más reciente, La casa de las flores, llega por fin a Netflix una nueva propuesta que combina la ficción, el terror, humor y melodrama”, o sea, si está a la altura del biopic del basura Luis Miguel, entonces ya valió madres.

4.
Sobre el contenido diré que ya vi sus 8 capítulos y que “Diablero” no tiene que ver con el texto “El diablo me obligo”, aunque el director José Manuel Cravioto trate de explicarla diciendo que: “la anécdota del libro es otra a la que hicimos en Diablero … lo que hicimos fue tomar los excelentes personajes de Haghenbeck del libro y los llevamos a esta serie”, y hasta ahí, porque lo que viene después es la patraña del Cura Ramiro Ventura, el cual busca la ayuda del Diablero Elvis Infante para encontrar a su hija secuestrada por “un demonio”.

Los contrastes entre la serie y el libro son muchos, por ejemplo, “Diablero” está ubicada en méxico cuando la acción original transcurre en Los Ángeles; Elvis es acompañado de su hermana, Santera, y por una joven come-demonios, mientras que en la novela Infante actúa solo; la serie combina magia prehispánica, catolicismo, wuismo chino y demonología, mientras que el libro se basa más en poderes sobrenaturales; la Iglesia católica y sus Curas son promiscuos, malos, tramposos y asesinos, mientras que en el texto sufren por sus conflictos existenciales.

A su vez, en el metraje Elvis queda expuesto como un milusos cuyos dones brillan por su ausencia, mientras que en la novela es un ex convicto y ex militar (además de Santero, Curandero y Exorcista) que atrapa demonios, ángeles caídos y entes oscuros para venderlos en un mercado negro de peleas ilegales entre Diablos y Ángeles. La más grotesca: el trabajo del Diablero de encontrar a la hija del Cura se convierte en una lucha por salvar a la humanidad, mientras que en el libro su misión es la solución de un crimen que pone en evidencia al Cónclave, un grupo que no cree en el bien y ni el mal al momento de gobernar.

5.
Más de uno argumentará que las discrepancias se justifican pues “Diablero” está inspirado en “EL diablo me obligó”, lo cual sería aceptable si la serie no cayera en los vicios que el cine mexicano arrastra desde los años 40s del siglo pasado: manipulador, patriotero, incoherente, vulgar, improbable, chantajista, trillado, insípido, a lo que debe agregarse su irritante aire de comedia y una dirección de Cravioto tan torpe que las escenas de acción recuerdan a las películas del luchador “El Santo” cuando peleaba contra momias y vampiros.

Exagero?... imaginen una escena, en medio de una cantina, donde Keta ofrece: “tu sabes yo te puedo ayudar, padrecito: soy Santera y sé cómo hacer que mucha gente suelte la sopa”, para después aparecer machacando hierbas con un mortero… de verdad las Santeras “sirven” para eso?... o en el colmo: la infantiloide lucha del “Diablero” y sus secuaces contra el mismito Demonio (en la Plaza de las Tres Culturas), que más que expulsado del averno parece recién salido de una pastorela.

Finalmente, la serie debería llamarse “Diablera”, ya que las actuaciones de los personajes femeninos secundarios están mejor elaborados y tienen más fuerza, como Nancy (la traga-demonios), o Keta (la citada Santera), que fácil podrían haberse llevado el papel protagónico.

Diablero es una serie de televisión recomendable para aquellos que quieran reír, y no por su argumento, sino por patética.

1 de marzo de 2018

No peleo contra demonios



1.
Este miércoles fue el primer aniversario luctuoso de mi padre. Obvié participar en las celebraciones familiares y opté por pagar una misa en una iglesia cercana a mi casa: fueron pocos los invitados y ninguno los asistentes, aunque no lo tomé a mal pues sé que cada quien tiene asuntos más importantes que considerar a los muertos ajenos (disculpen la ironía).

Me gusta esa iglesia (ubicada en el viejo Mixcoac): no parece catedral ni carga siglos encima, es discreta, tranquila, y contrario a demás templos que he conocido a lo largo de mi vida, su ambiente no está saturado del dolor, rabia, quejas, tristeza y rencor que suele provocar la falta de respuestas de la religión ante el (existencial) dolor humano y que con facilidad se encuentra impregnada en los muros de otros templos.

Llegué 15 minutos antes de las siete y pude disfrutar de su vaciedad (para los que desconozcan los oscuros secretos que encierran las iglesias, recomiendo leer “El Misterio de las Catedrales” del enigmático Fulcanelli), así que cuando comenzaron a llegar los feligreses ya había quedado satisfecha mi obsesión por el silencio etéreo (sic).

2.
El sacerdote que suele oficiar a esa hora es un hombre joven y obeso en exceso, de ahí que acostumbre a celebrarlas sentado. La ceremonia transcurrió sin contratiempos salvo por su inmensa estupidez: las dos veces que citó a mi padre lo hizo mal y tuve que recurrir al secreto que me enseñó un viejo exorcista (ya fallecido), para modificar el sentido esotérico de una misa para que cumpliera con el cometido de dar un poco más de luz a mi antepasado.

Una vez que todo terminó, decidí extrañamente quedarme unos minutos más por si llegaba algún invitado retrasado por el tráfico o la lejanía, cosa que si bien no sucedió, sí me permitió ver cuando el cura se plantó al pie del presbiterio y dirigió su mirada hacia donde me encontraba sentado.

Así estuvo algunos minutos que me hicieron sentir incómodo (aunque tampoco puedo afirmar que me observara directamente), desagrado que se acrecentó cuando ligeramente detrás de él se paró el anciano que desempeña funciones de acólito (desde que comenzaron las acusaciones de pedofilia en contra del Vaticano, ya son pocos los niños que se desarrollan como monagillos), para imitarlo.

Instantes después una sombra con forma de perro (o lobo o coyote, a saber exactamente qué animal), salió detrás de la sotana color blanco con estola morada, y comenzó a merodear por los asientos hasta que tomó el pasillo principal y se dirigió hacia el fondo de la nave.

No voy a negar que aquello me inquietó, sobre todo cuando “el animal” llegó hasta donde yo estaba sentado y sin más “se esfumó” entre las delgadas juntas de las losas de mármol blanco. Lo peor: cuando levante la mirada hacia el presbiterio el cura y su acólito habían desaparecido. Decidí salir de la iglesia.

3.
Llegué a mi casa, revisé algunos correos y decidí leer, conforme avanzaba la lectura una extraña fiebre comenzó a invadirme sin algún síntoma más. Cerca de las diez de la noche mi esposa llamó para disculparse por no poder escaparse de las garras de su perversa y retorcida jefa y avisó que tardaría un poco más en llegar; expliqué lo de la fiebre y le anuncié que me iría acostar en ese momento.

La noche transcurrió entre la fiebre y extraños sueños (de los que no recuerdo nada), que poco a poco fueron desapareciendo. A la mañana siguiente comenté con mi esposa lo sucedido en la iglesia.

- no tiene nada de especial – dijo sin darle mayor atención – los curas no son lo que parecen.
- ya lo sé, pero si bien sabemos enfrentar muertos oscuros, nunca nos enseñaron a pelear con demonios – me quejé y ella soltó una carcajada.