¿Alguien se ha preguntado por qué un
fantasma, si no tiene cuerpo, puede aventar objetos, golpear gente o azotar
puertas? Es común que quienes se enfrentan por primera vez al acoso de un
desencarnado se topen con esta contradicción: cómo es posible que un ser que
atraviesa paredes, sea al mismo tiempo capaz de estampar una silla contra la
pared, dejar un moretón en el brazo o cerrar una puerta con violencia.
Nuestro entendimiento sobre el mundo físico
diría que no se puede, pero la experiencia de cualquier Muertero, Espiritista o
Palero sabe que sucede y con mucha frecuencia.
La explicación no está en la mecánica
experimental, sino en la física del éter (conciencia universal), en la dinámica
del alma (interacción entre la psique y el espíritu) y en los cuerpos sutiles (el
aura) que todo ser posee, incluso después de muerto. Así, el error es pensar
que un fantasma es "nada", pero sí que lo es: tiene estructura, peso
y capacidad de acción, solo que en un plano espacio/tiempo distinto al nuestro.
La espiritualidad, desde las religiones
de origen africano, el hinduismo y la cábala hasta la teosofía y la antroposofía,
pasando por el espiritismo kardeciano y el hermetismo, enseña que el ser humano
tiene varios cuerpos, componentes y/o niveles vibratorios.
Al morir, el espíritu abandona el cuerpo
físico, pero retiene el cuerpo etérico, que es una réplica energética del
físico, hecho de una materia más sutil que el aire, pero más densa que el
pensamiento; y el cuerpo astral, que es el vehículo de las emociones y los
sueños, la misma sustancia con la que viajamos cuando tenemos experiencias
fuera del cuerpo (como cuando se duerme o se consume drogas alucinógenas).
Si el fallecido no logra despegar de
lo terrenal (muerte violenta, apego a un lugar, persona u objeto, por
ignorancia de su propia condición o por saber a dónde ir), lo que llamamos desencarnado
es su cuerpo intangible y astral enlazados a una conciencia atrapada. El
fantasma sí tiene cuerpo, no es físico, pero en ciertas condiciones puede tocar
el nuestro.
El cuerpo etérico, en su estado
normal, vibra a una frecuencia más alta que lo material, por eso puede cruzar
paredes (igual que la luz atraviesa el vidrio o el olor traspasa una
habitación), pero el espíritu, mediante un acto consciente de voluntad, puede
densificar ese cuerpo sutil en una zona concreta, como la mano. ¿Cómo lo hace?
Concentra su energía en ese punto y baja su vibración hasta volverlo temporalmente
semisólido o denso. Es como si el agua se convirtiera en hielo por un instante.
Cuando un fantasma quiere golpear a
alguien, hace exactamente eso: densifica su puño etérico y lo proyecta contra
el cuerpo físico del vivo. El impacto no es una ilusión ni una sugestión; es el
choque de dos entidades: una, etérico densificado y una física, por lo que el
vivo siente el golpe como algo real y puede amanecer con moretones o rasguños.
Lo mismo ocurre con los objetos al ser
arrojados: el desencarnado no necesita "agarrarlos", como nosotros, lo
que hace es envolver el objeto en una capa de su propia materia etérica y luego
la contrae bruscamente, arrastra el objeto y lo lanza. Por eso los testigos que
ven una silla volar por sí sola no ven la mano etérica que la empujó, porque
esa mano vibra en un espectro que nuestros ojos no captan, aunque un Vidente o Espiritista
sí puede verla como una especie de niebla con forma.
En el mundo espiritual, el deseo es la
fuerza más poderosa que existe. Mientras estamos vivos, esa exigencia está
filtrada por el cerebro y los músculos: queremos algo y nuestro cuerpo se mueve
para conseguirlo; al morir ese filtro desaparece, pero el deseo no, es un
recuerdo que deja al muerto como un manojo de deseos inconclusos y emociones no
resueltas, como quien se queda con un antojo que nunca satisface.
Un fantasma enfadado (por morir injustamente,
traicionado o asesinado), tiene un deseo de venganza o llamar la atención. Esa avidez,
al no tener cuerpo físico que lo exprese mediante gestos o palabras se
convierte en fuerza motriz: es como si su pensamiento "cerrar la
puerta" o "aventar el jarrón" se tradujera en una energía aplicada
al objeto sin tocarlo. Tradiciones pseudocientíficas confunden esto con la “telequinesis”,
una habilidad donde la mente actúa sobre un objeto, sin usar el cuerpo. En los
vivos, el cerebro suele ser el intermediario que traduce el pensamiento en
movimiento corporal.
Así, un fantasma apegado a su antigua
casa, por ejemplo, genera un campo de atracción que mueve las cosas de ese
entorno casi sin querer, como si su sola presencia fuera un fuerte viento. Y un
desencarnado desesperado, que no entiende que está muerto y ve que los vivos
ocupan "su espacio”, puede generar impulsos violentos que en los vivos se
conoce como “energía” y en los muertos como “voluntad”.
Hay otra forma, más compleja y menos
frecuente, que los espíritus usan para mover objetos: la generación de
ectoplasma (sustancia semisólida), fría al tacto, blanquecina y/o translúcida
que se condensa del ambiente (usando la humedad del aire, la energía de la víctima
o su reserva etérica). Una vez generado, él puede moldear ese ectoplasma en
formas temporales: una mano, un dedo, un cordón, una garra.
Con esa mano ectoplásmica, el fantasma
agarra el objeto, lo levanta, lo lanza o lo empuja (luego el ectoplasma se
desvanece al disiparse en el ambiente). Por eso muchas personas que han vivido
experiencias de este tipo describen haber visto niebla o humo alrededor del
objeto antes de que se moviera o sienten bajas temperaturas antes del impacto.
En las mal llamadas “casas embrujadas”
(ya explicaré en otro texto por qué ese término es un gravísimo vulgarismo), se
puede encontrar una sustancia viscosa y fría en el suelo o en los muebles,
cerca de donde los objetos aparecen movidos: para los Espiritistas o Videntes
son restos de ectoplasma, la evidencia de que un muerto estuvo ahí durante la
noche.
Recuerdo un caso que atendí hace años,
en una casa localizada en el Estado de México, donde a través de un amigo los
dueños me contactaron porque llevaban meses viendo objetos volar de un lado a
otro: platos, tazas, un florero que casi le pega a la señora en la cabeza. Contaron
que el ambiente se sentía denso, al grado de que los niños no querían estar
solos ni para ir al baño o se oían ruidos que despertaban a toda la familia mientras
dormían.
Acudí a la casa, hice la consulta y
resultó que ahí vivió un hombre (muerto de forma violenta), al que le gustaba
sentarse en un sillón, colocado en un lugar específico, a ver la televisión. Dado
que estaba en buen estado, los nuevos propietarios se quedaron con el mueble al
comprar la casa, pero lo movieron a otra habitación sin saberlo. El muerto se enojó
y empezó a aventar objetos, no por maldad, sino manifestando enojo por no
entender que ya no era su casa.
Al profundizar en la consulta, me di
cuenta de que el hombre también estaba confundido, ni siquiera sabía que había
muerto: creía que los nuevos inquilinos habían invadido su casa y por eso
reaccionaba con violencia. Tardé casi una hora en hacerle entender que había
fallecido.
Hablé con los dueños y les propuse dos
soluciones: una, darle camino al desencarnado; la otra, devolver el sillón a donde
él lo usaba y prenderle una vela de vez en cuando. A cambio él cuidaría su casa
de delincuentes (como los que le quitaron la vida) por robarle. Extrañamente, los
dueños decidieron volver el sillón a su sitio y “adoptarlo”.
Unas semanas después me llamaron para
decirme que ya no volaba nada ni había ruidos extraños en las noches. Eso sí,
aclararon que el sillón seguía en la sala, pero “nadie lo estaba usando”.
Hay más manifestaciones, como el de las
puertas que se abren y se cierran con violencia, los cuales las más fácil de
explicar en el mundo espiritual.
El fantasma no necesita estar detrás
de la puerta para aventarla con la mano, lo que hace es concentrar su energía y
liberarla como un chorro de aire comprimido que la golpea con fuerza suficiente
para que las bisagras giren y esta se cierre o se abra.
También puede ocurrir que el desencarnado
se sitúe en medio del marco de la puerta (recordemos que puede atravesarla sin
problema) y luego expanda su cuerpo etérico hacia afuera, forzando la puerta a
abrirse o cerrarse como si alguien la estuviera empujando desde el centro. En
ambos casos, el sonido es seco, violento, y suele dejar a los presentes con la
certeza de que no fue el viento.
No todos los muertos tienen la misma
capacidad para mover objetos, así como no todos los vivos tienen la misma
fuerza física. Esto depende de varios factores:
1) La antigüedad del fallecimiento,
donde los fantasmas recientes (primeros cincuenta años) tienen más energía
etérica acumulada. Con el tiempo, si no se alimentan de fuentes externas (como
la energía de los vivos que habitan el lugar o de zonas con alta carga telúrica
como fallas geológicas, vórtices o portales), se van debilitando y ya no pueden
mover más que cosas muy ligeras como papeles o cortinas.
2) el nivel emocional, pues un muerto en
calma, de esos que solo observan sin rencor ni apego, apenas si mueve una
cortina o hace crujir una madera, mientras que uno furioso, desesperado o
aterrado genera impulsos psicocinéticos que pueden lanzar libros contra la
pared o hacen volar un jarrón.
3) el lugar en el que se encuentra,
donde hay sitios que lo potencian, como una casa construida sobre lugares donde
hubo mucha violencia y se derramó sangre, un antiguo cementerio, un campo de
batalla o una falla geológica con alta energía telúrica, las cuales le dan más
poder para mover objetos.
4) lo que el espíritu fue en vida, en
la que aquellos que fueron Brujos, Santeros, Paleros, Espiritistas, Chamanes,
etc., conservan control sobre la materia tras morir. Por ejemplo, un Tata
Nganga que fallece sin darle camino a su prenda puede mover muebles muy pesados.
En la perspectiva espiritual hay diferencias,
pues no todos los golpes ni objetos voladores son obra de un desencarnado.
También puede ser poltergeists, esa energía psicocinética inconsciente generada
por un vivo y que le permite mover objetos sin tocarlos; espíritus elementales como
duendes, trasgos, espíritus del monte o seres del plano etérico que no son humanos
y mueven objetos por diversión o llamar la atención.
Pueden ser demonios, parásitos
astrales que se posesionan de los vivos, golpean y generan olores como azufre o
huevo podrido y los egguns degradados (espíritus que perdieron su vibración
original y se han vuelto dañinos o malévolos: no son demonios en sí, pero ya no
son un ancestro en paz, quienes lanzan objetos con violencia, imitan voces,
etc.).
Por eso, un Espiritista, Vidente o
Muertero con experiencia siempre investiga qué tipo de entidad está provocando
alteraciones antes de intentar darle luz al desencarnado o de decidir si lo
adecuado es una limpieza o un incluso desalojo forzado.
Cuando una persona vive en una casa
donde los objetos vuelan, las puertas se azotan y los golpes dejan moretones,
no está ante un fenómeno menor ni ante una sugestión: está frente a un espíritu
que tiene suficiente energía etérica acumulada. Y eso es señal de que algo anda
mal, ya sea porque el espíritu está atrapado contra su voluntad, alguien lo
despertó o hay una deuda pendiente entre ese muerto y los vivos que ahora
habitan su espacio.
Tras varios años enfrentando desencarnados*,
he visto casos donde alguno logró volcar sillones grandes o mover
refrigeradores, y otros donde apenas consiguen mover una cuchara o una cortina.
La diferencia está en su antigüedad, nivel de rabia y si había alguien vivo
alimentándolo sin saberlo (con miedo, con atención constante o rituales mal
hechos).
Así que la próxima vez que escuchen un
golpe en la puerta y no haya nadie más con ustedes, o ven un libro volar de un
estante a la pared, no le den muchas vueltas al asunto: se trata de un muerto
que aún no se ha ido, que aún tiene algo que decir o que cobrar, y que ha
aprendido a usar su energía para avisarlo.
*Para conocer más
leer mis libros “Mi vida con los muertos” y “Muertero”
