Es lamentable que se haya adulterado
el calendario de llegada de las ánimas, conforme a la tradición de origen
prehispánico, dentro de la celebración del Día de Muertos. Según los mexicas,
solo existen tres fechas: el 31 de octubre, cuando arriban los niños fallecidos
por abortos; el 1 de noviembre, llegan los niños muertos en vida; y el 2 de
noviembre, se presentan los adultos difuntos. Todo lo demás (como esa añadidura
del 27 de octubre para las mascotas)* constituye una afrenta a las verdaderas
tradiciones prehispánicas.
Igual de ofensiva resulta la prisa
por desmontar el altar de los difuntos el 3 de noviembre (para iniciar ese rito
neopagano, casi satánico, que es la Navidad), cuando en realidad a los
desencarnados se les ofrenda durante todo el mes.
Aunque es cierto que en estos días
las visitas a los cementerios son una responsabilidad con los antepasados,
también lo es que noviembre sirve para llevar a cabo ciertas obras en los
panteones que pueden interesar a quienes busquen resolver problemas que los
aquejen, mismas que deben realizarse después del 3 de noviembre, como la de
irse a tomar un café en un cementerio.
Pero antes: que nadie se equivoque,
las tradiciones no se pierden porque le añadan un día para las mascotas, sino
porque dejamos de practicarlas. El calendario manipulado es solo el síntoma. La
enfermedad es haber convertido a los muertos en decoración. Y el remedio no
está en discutir fechas, sino en volver al panteón. No el 1 ni el 2 de
noviembre, entre multitudes y flores, sino después, cuando el silencio regresa.
Ahí, con un termo de café, se puede hacer lo que se hacía antes de que todo
esto se volviera espectáculo para una selfie.
Esta práctica debe ejecutarse con
prudencia y siempre que se haga en busca de justicia, nunca de venganza.
El fundamento es sencillo: una tumba
sin nombre es una tumba sin quien la recuerde, y un muerto sin memoria está más
disponible para escuchar. Al limpiarla y ofrecerle café se le reconoce como
ánima, se le devuelve un nombre aunque sea prestado, y se establece un trueque:
atención a cambio de intercesión. No se le pide al desencarnado que haga magia,
sino que sea testigo; que escuche lo que nadie más escucha y que, al final,
devuelva el dolor a quien lo sembró. Por eso el ritual exige justicia y no venganza:
la venganza es un deseo, la justicia es una deuda.
Conviene advertirlo: no se trata de
un juego. Quien acude al panteón a platicar con un desencarnado debe saber que
abre una puerta y que esa puerta no siempre se cierra sola. Hay quien sale del
cementerio con la sensación de haber sido escuchado, y hay quien sale con la
certeza de haber adquirido una compañía. Por eso se va con respeto, se ofrece
sin exigir y se regresa con el termo y la taza vacíos, sin mirar atrás. La
prudencia no es cobardía: es la forma de que la justicia no se convierta en
deuda.
Conviene visitar un panteón
aprovechando que la vigilancia se ha relajado por las visitas masivas de estas
fechas. Hay que ir preparados con un termo de café (sin azúcar) y una taza
limpia. Una vez dentro del cementerio (puede ser cualquiera: uno cercano, el de
la comunidad, uno turístico, uno lejano), deben buscar la tumba más abandonada
que encuentren y que no tenga nombre. Es necesario que su abandono sea tal que
esté llena de polvo, hierba y tierra. Luego, deben limpiarla un poco y con
respeto, a manera de atención.
Después, se sentarán ahí, echarán un
chorro de café a un lado y se lo ofrecerán al desencarnado que ahí habita;
posteriormente procederán a contarle sus enojos, tristezas y desgracias, todo
lo que están padeciendo y lo que les hayan hecho. Deben contarle todo: incluir
el dolor que les hayan causado, cómo les lastimaron y qué maldición, brujería o
hechizo creen que hayan hecho en su contra. Si tienen ganas de llorar, pueden
hacerlo.
Cuando terminen, deberán decirle:
«Ánima bendita, ayúdanos a que todo lo que nos hicieron se les devuelva a ellos
con dolor, tristeza y todo; que todo su futuro quede en un tremendo y triste
abandono, el mismo en el que a ti te tienen».
Luego, se servirán el café en su taza
y echarán un buen chorro directamente desde el termo hacia la lápida. Deberán
tomar su café con calma y, una vez que terminen el suyo, vaciar el resto del
termo en la lápida, en agradecimiento al desencarnado, quien en algún momento
irá y hará justicia por ellos. Cuando terminen, deberán regresar a casa con su
termo y su taza.
Así, mientras alguien se siente
frente a una tumba abandonada, le ofrezca un chorro de café y le cuente sus
penas, el Día de Muertos seguirá existiendo, aunque le añadan el 28 de octubre,
el 29 o todos los días del año.
*La práctica de dedicar el 27 de
octubre a las mascotas fallecidas dentro del Día de Muertos surgió en 2019. Las
versiones coinciden en que fue una empresa de servicios funerarios para
animales llamada “Funeral Pet” la que propuso establecer esa fecha para
conmemorar a las mascotas.