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27 de octubre de 2026

Hablando del Día de muertos y fantasmas


 
Existe una creencia popular según la cual la aparición de desencarnados requiere el paso de los siglos, tragedias coloniales o ruinas antiguas. Sin embargo, el tiempo no es un factor determinante en la manifestación de presencias. Lo que en realidad explica la concentración de actividad fantasmal en una zona determinada es una combinación de condiciones materiales, simbólicas e históricas que, en conjunto, configuran lo que diversas tradiciones denominan "geografía esotérica".
 
Las colonias Roma y Condesa, en la Ciudad de México, constituyen un caso paradigmático de esta convergencia: no son antiguas en términos coloniales, pero reúnen una serie de elementos que las han convertido en un punto de atracción y refugio para lo que distintas corrientes llaman "apariciones", "energías residuales" o simplemente "presencias".
 
La gran cantidad de fantasmas en la zona deriva de factores que se superponen: la humedad de sus terrenos originales, la porosidad de sus materiales constructivos, la simbología hermética de su arquitectura, la memoria del despojo urbano de los años noventa y décadas de actividad ritual. A ello se suma un problema contemporáneo: la distorsión de las leyendas, ejemplificada en el caso de la Casa Negra, que ha terminado por ocultar las historias verdaderas bajo capas de desinformación.
 
Contrario al imaginario común, muchos de los desencarnados de la Roma y la Condesa son "nativos", sin embargo, durante la demolición de casas y vecindades, durante la oleada de "modernización" del Centro Histórico en los años noventa, quedaron sin su espacio original. Estos espectros no se trasladaron y se refugiaron en los inmuebles que sobrevivieron, en las esquinas que conservaron su trazado y en los terrenos que, pese al concreto, siguen guardando la memoria de lo que fueron.
 
Este fenómeno es fundamental para entender la densidad fantasmal de la zona. No se trata de espíritus antiguos, sino de presencias recientes, ancladas a un proceso de despojo urbano que dejó heridas materiales y simbólicas. La destrucción de las casonas no solo desplazó a los vivos: también desalojó a los muertos. Y esos muertos, como los vivos, buscaron refugio en lo que quedó. La Roma y la Condesa se convirtieron así en una suerte de espacios residuales donde la memoria se concentra y se resiste a desaparecer.
 
El primer factor que explica la atracción de presencias es de orden físico. Los terrenos originales de ambas colonias eran extremadamente pantanosos. Esa humedad, que aún persiste en sótanos, cisternas antiguas y muros de las casonas porfirianas, genera un ambiente frío y denso que muchas tradiciones esotéricas asocian con la retención de energía. Antes de que la urbanización porfiriana secara la zona, el paisaje era de ciénagas y canales; esa memoria del agua sigue presente en la estructura profunda del subsuelo.
 
A ello se suma la materialidad de las construcciones, pues las casonas de principios del siglo XX fueron edificadas con cantera, ladrillo rojo, madera, cal, yeso y mosaicos de pasta: materiales porosos, capaces de absorber y retener humedad, olores y, según diversas corrientes, memoria. Frente al concreto armado y el vidrio templado de la arquitectura moderna —herméticos, secos, impermeabilizados—, las casas antiguas funcionan como contenedores energéticos. No es casualidad que la actividad reportada se concentre en inmuebles antiguos y no en las torres de cristal que han proliferado en la zona. La arquitectura moderna, en su afán de sellar el espacio, también sella la memoria; la antigua, en cambio, respira y deja pasar.
 
Por otro lado, la Roma y la Condesa albergan gran cantidad significativa de construcciones con elementos góticos, neogóticos, eclécticos y art nouveau: arcos ojivales, rosetones, gárgolas, vitrales con geometrías sagradas, rejas con símbolos, fachadas con figuras angélicas y demoníacas. Según las tradiciones herméticas, estos elementos manejan energías contrapuestas —luz y sombra, lo sagrado y lo profano— y generan un campo simbólico que ciertas presencias encuentran atractivo o, al menos, familiar.
 
No es que la arquitectura "invoque" fantasmas, pero sí configura un entorno cargado de significado que favorece su manifestación. Los arcos apuntados, por ejemplo, no son solo una solución estructural: en la tradición gótica, dirigen y concentran la energía hacia un punto. Los rosetones funcionan como mandalas que organizan el espacio simbólico. Las gárgolas, más allá de su función de desagüe, cumplen un papel de vigilancia y protección que muchas corrientes esotéricas interpretan como filtros energéticos. Las rejas con simbología masónica o hermética, presentes en varias casonas de la zona, añaden una capa de significación que no pasa desapercibida para quienes practican estas tradiciones.
 
Iglesias como la Sagrada Familia (ideal para hacer brujerías), edificios eclécticos como el Balmori y mansiones de fachadas decoradas con simbología diversa constituyen nodos dentro de una geografía esotérica que lleva décadas siendo leída por quienes trabajan con ellas. La Roma y la Condesa, en este sentido, no son un espacio neutro: son un texto arquitectónico que puede interpretarse, y hacerlo tiene consecuencias.
 
Otro factor es histórico y ritual, pues desde los años cuarenta, ambas colonias han sido refugio de brujos, santeros, espiritistas y otros practicantes esotéricos. Esa actividad constante —veladoras, ofrendas, rituales, brujerías— ha depositado una capa de "energía" que se suma a la humedad, a la arquitectura y a la memoria del despojo.
 
Las mansiones donde se han realizado rituales durante décadas son las que concentran mayor actividad reportada. La coincidencia entre estos inmuebles y las calles donde ocurrieron desalojos violentos no es casual: la ritualidad se instala donde ya hay memoria, y esta se intensifica donde hay ritualidad. Se produce así una retroalimentación que explica por qué ciertas manzanas parecen "más cargadas" que otras. La práctica ritual no crea fantasmas de la nada, pero sí intensifica y organiza su presencia; les da un cauce, un lenguaje, una forma de manifestarse.
 
Un ejemplo paradigmático de cómo se distorsionan las leyendas es el de la llamada “Casa Negra”, en la avenida Álvaro Obregón. La versión más difundida sostiene que el inmueble está deshabitado y que fue un hospital para enfermos de tifoidea que se incendió, dejando decenas de muertos. Ambas afirmaciones son falsas: la casa está habitada y su historia real es distinta.
 
La leyenda *verdadera se remonta a la época en que Pedro Lascuráin —amigo cercano de Porfirio Díaz e impulsor de la urbanización de la Roma— ordenó el desalojo de una comunidad gitana que ocupaba el terreno donde después se construyó la casa. Ante la negativa de abandonar el lugar, Lascuráin solicitó la intervención de la policía rural. Durante el desalojo murieron el padre y la hija de una mujer gitana, quien maldijo a Lascuráin y al terreno mismo. Según la tradición, las desgracias ocurridas desde entonces en ese inmueble y en sus alrededores serían consecuencia de esa maldición.
 
Esta versión no solo es más coherente con la historia urbana de la colonia, sino que además encaja con la lógica esotérica descrita: una muerte violenta, una maldición pronunciada en un momento de máxima carga emocional y un terreno marcado por ese acontecimiento. La maldición, en la tradición gitana, no es una simple imprecación: es un acto que liga a quien la pronuncia con el lugar y con quienes lo habitan. El terreno queda marcado, y esa marca se transmite a través de las generaciones y de las construcciones. La Casa Negra no sería entonces un edificio embrujado por un incendio, sino un espacio sellado por una maldición fundacional.
 
La mentira del hospital incendiado, en cambio, es más fácil de contar, más "vendedora" y no exige contexto histórico. Su éxito explica por qué tantos recorridos turístico-fantasmagóricos prefieren el morbo a la veracidad. Pero esa preferencia tiene un costo: al repetir la mentira, se borra la historia verdadera, y con ella se pierde la posibilidad de comprender por qué ese lugar, y no otro, concentra tanta actividad.
 
Las colonias Roma y Condesa no están invadidas por espectros por antigüedad, sino por correlación. La humedad de sus terrenos pantanosos, la porosidad de sus materiales, la simbología hermética de su arquitectura, la memoria del despojo urbano y décadas de actividad ritual han configurado una geografía esotérica particularmente densa. Esa densidad explica la presencia de fantasmas nativos y de presencias que, sin ser antiguas, encontraron en estas calles un refugio.
 
El problema es que esa riqueza se está diluyendo en leyendas falsas que se repiten sin verificación. Recuperar las historias verdaderas —como la maldición gitana de la Casa Negra— no es solo un acto de justicia histórica, sino una condición para comprender por qué, en esta zona de la ciudad, los muertos siguen habitando entre los vivos. La Roma y la Condesa son, en este sentido, un recordatorio de que el espacio urbano no es solo un conjunto de edificios: es también un archivo de memoria, y esta, a veces, se niega a ser demolida.

*si alguien desea tener verdaderas experiencias sobrenaturales, váyase a caminar en la madrugada al barrio de Coyoacán (y sin tours que son un desvirtuante anecdotario turístico anecdotario), ahí sí las encontrarán.