– hay
algún libro que te prestaron, que te haya gustado y no regresaste?
– sí,
no muchos, creo que hay uno que Tino, mi socio, me prestó hace bastante tiempo.
– ¿tú
prestas libros?
– no,
a nadie, nada, nunca.
Ello me hizo encabronar, una vez más,
contra quien le presté el texto “Lo Fugitivo Permanece” y me lo robó (no
recuerdo el nombre, porque si lo hiciera le haría ver su suerte): se trata de
la primera edición de una compilación de cuentos realizada por Carlos
Monsivaís, con ilustraciones de Xavier Esqueda, publicada en 1984 por una empresa
que no tenía que ver con la cultura en el país, Aeroméxico, lo que más lo hace
una rareza.
Digo encabronamiento
porque lo que hizo ese ladrón es no tener origen materno (ya me imagino su conflicto
existencial cada 10 de mayo: no tiene a quien celebrar), al hurtar un libro,
meterlo en su librero y no volverlo a tocar porque ya lo leyó, o verlo entre
otros de su colección (quizá también robados) y no sentir feo (cargo de conciencia) pese a que sabe que simplemente NO es suyo
(de lo mismo podría quejarme que me sucedió con el DVD –original– de la
película “La vida de Brian”, del insuperable Grupo de Teatro de lo absurdo Monty
Python).
Casi todas mis amistades están enteradas
que no me gusta leer libros prestados (y siguen sin entenderlo, pese a que
acostumbro explicar el motivo cada que me los ofrecen), más a fuerza de ser
sincero, apenas y percibo un gesto de indignación entre quienes no conocen (ni
aceptan) esa odiosa parte de mi personalidad, que termino por recibirlo, busco
el resumen en la web, al regresarlo repito como merolico la reseña y todos
quedamos conformes y tan amigos como siempre.
Lo de la síntesis resultó de aceptar una
novela que una amiga me prestó, y a la que calculando dos semanas de lectura
por su grosor, se la regresé sin imaginar que me preguntaría: “¿qué te pareció esa
vuelta de tuerca antes del final?”, a
lo que improvisé con un “demasiado obvia,
el autor buscó encajar por la fuerza el desenlace haciendo más interesantes los
personajes”. Ni que decir que se me quedó viendo como diciendo “eres un cabrón mentiroso: no lo leíste”.
Me sucedió también con otro texto que me
ofrecieron y que tuve que aceptar sin remedio, “Libéranos del mal”, de la profeta Cindy Jacobs, el cual tiene una
historia curiosa pues quien me lo prestó compañero de trabajo, educado,
excelente persona, culto, acomedido, reservado… y recalcitrante cristiano, con
el defecto de que si tocabas algún tema que le permitiera sermonearte (cual Cura
de pueblo poseso y montado etílicamente en un púlpito), no había manera de
callarlo.
Descubrió que me había iniciado en la Osha,
por los elekes e ildés, pese a que siempre traté de ser discreto en esos temas,
así que supongo que por ahí alguno se dejó ver y fue suficiente para que de
forma atenta y sin abordar directo el asunto, el tipo tratara de salvar mi alma
de las garras del demonio y para ello me prestó (recuerdo la fecha: un 12 de
diciembre), el libro “Libéranos del mal”.
Esa mañana, habiéndomelo entregado, regresó
a mi escritorio y pidió:
– nada más un favor, señor licenciado, lo
espero de vuelta.
– ¿a qué viene esa desconfianza? – fingí
indignación mientras estiraba la mano para regresárselo.
– no es suspicacia, sólo un comentario –
aclaró cruzando las manos en su espalda para dejar claro que me dejaría con la
mano extendida – ese libro tiene un significado especial: me salvó del
alcoholismo.
Ante esa revelación no me quedó más remedio
que quedármelo en espera de que también me salvara de algo, pero en otra vida.
No pensaba leerlo, aunque tuviera tiempo por
las vacaciones de fin de año, pero no hallé un resumen coherente en la web, así
que dejé para principios de enero improvisar mi opinión, pero sorpresa: ese mes
el tipo renunció, no lo volví a ver, ni supe como localizarlo (por aquello de
su mesura para los temas personales) y lo peor, al preguntar a su sustituta
alguna referencia, me soltó una apología sobre el respeto a la vida privada (¿pertenecerían
a la misma secta?).
De eso ya hace años, más hace poco conté la
anécdota a mi esposa, me lo pidió, lo leyó, me sugirió hacer lo mismo, pero
airado me negué. Así que el texto sigue en uno de mis libreros, a veces lo
cambio de lugar cuando hago reacomodos pertinentes para hacer un espacio que me
permita seguir acumulando libros, pero siento feo, sé que no debería estar ahí y no por su temática, sino porque
no es mío.
Temas puristas aparte, cada que veo el
ejemplar de “Libéranos del mal” me pregunto cómo localizar a su dueño, pero
también me cuestiono lo que ya les compartí párrafos arriba: ¿el cabrón que me
robó la inconseguible edición de “Lo Fugitivo Permanece”, sentirá cargo de
conciencia cada que ve mi ejemplar en el librero de su casa? es más, ¿tendrá
sentimientos?