5 de septiembre de 2019

Libéranos del mal

En una entrevista realizada al publicista José Montalvo (autor de la ingeniosa propaganda de la librería “Gandhi”), publicada en el número de diciembre de 2018 de la revista literaria “Leer+”, le preguntaron:


– hay algún libro que te prestaron, que te haya gustado y no regresaste?
– sí, no muchos, creo que hay uno que Tino, mi socio, me prestó hace bastante tiempo.
– ¿tú prestas libros?
– no, a nadie, nada, nunca.

Ello me hizo encabronar, una vez más, contra quien le presté el texto “Lo Fugitivo Permanece” y me lo robó (no recuerdo el nombre, porque si lo hiciera le haría ver su suerte): se trata de la primera edición de una compilación de cuentos realizada por Carlos Monsivaís, con ilustraciones de Xavier Esqueda, publicada en 1984 por una empresa que no tenía que ver con la cultura en el país, Aeroméxico, lo que más lo hace una rareza.

Digo encabronamiento porque lo que hizo ese ladrón es no tener origen materno (ya me imagino su conflicto existencial cada 10 de mayo: no tiene a quien celebrar), al hurtar un libro, meterlo en su librero y no volverlo a tocar porque ya lo leyó, o verlo entre otros de su colección (quizá también robados) y no sentir feo (cargo de conciencia) pese a que sabe que simplemente NO es suyo (de lo mismo podría quejarme que me sucedió con el DVD –original– de la película “La vida de Brian”, del insuperable Grupo de Teatro de lo absurdo Monty Python).

Casi todas mis amistades están enteradas que no me gusta leer libros prestados (y siguen sin entenderlo, pese a que acostumbro explicar el motivo cada que me los ofrecen), más a fuerza de ser sincero, apenas y percibo un gesto de indignación entre quienes no conocen (ni aceptan) esa odiosa parte de mi personalidad, que termino por recibirlo, busco el resumen en la web, al regresarlo repito como merolico la reseña y todos quedamos conformes y tan amigos como siempre.

Lo de la síntesis resultó de aceptar una novela que una amiga me prestó, y a la que calculando dos semanas de lectura por su grosor, se la regresé sin imaginar que me preguntaría: “¿qué te pareció esa vuelta de tuerca antes del final?”, a lo que improvisé con un “demasiado obvia, el autor buscó encajar por la fuerza el desenlace haciendo más interesantes los personajes”. Ni que decir que se me quedó viendo como diciendo “eres un cabrón mentiroso: no lo leíste”.

Me sucedió también con otro texto que me ofrecieron y que tuve que aceptar sin remedio, “Libéranos del mal”, de la profeta Cindy Jacobs, el cual tiene una historia curiosa pues quien me lo prestó compañero de trabajo, educado, excelente persona, culto, acomedido, reservado… y recalcitrante cristiano, con el defecto de que si tocabas algún tema que le permitiera sermonearte (cual Cura de pueblo poseso y montado etílicamente en un púlpito), no había manera de callarlo.

Descubrió que me había iniciado en la Osha, por los elekes e ildés, pese a que siempre traté de ser discreto en esos temas, así que supongo que por ahí alguno se dejó ver y fue suficiente para que de forma atenta y sin abordar directo el asunto, el tipo tratara de salvar mi alma de las garras del demonio y para ello me prestó (recuerdo la fecha: un 12 de diciembre), el libro “Libéranos del mal”.

Esa mañana, habiéndomelo entregado, regresó a mi escritorio y pidió:

– nada más un favor, señor licenciado, lo espero de vuelta.
– ¿a qué viene esa desconfianza? – fingí indignación mientras estiraba la mano para regresárselo.
– no es suspicacia, sólo un comentario – aclaró cruzando las manos en su espalda para dejar claro que me dejaría con la mano extendida – ese libro tiene un significado especial: me salvó del alcoholismo.

Ante esa revelación no me quedó más remedio que quedármelo en espera de que también me salvara de algo, pero en otra vida.

No pensaba leerlo, aunque tuviera tiempo por las vacaciones de fin de año, pero no hallé un resumen coherente en la web, así que dejé para principios de enero improvisar mi opinión, pero sorpresa: ese mes el tipo renunció, no lo volví a ver, ni supe como localizarlo (por aquello de su mesura para los temas personales) y lo peor, al preguntar a su sustituta alguna referencia, me soltó una apología sobre el respeto a la vida privada (¿pertenecerían a la misma secta?).

De eso ya hace años, más hace poco conté la anécdota a mi esposa, me lo pidió, lo leyó, me sugirió hacer lo mismo, pero airado me negué. Así que el texto sigue en uno de mis libreros, a veces lo cambio de lugar cuando hago reacomodos pertinentes para hacer un espacio que me permita seguir acumulando libros, pero siento feo, sé que no debería estar ahí y no por su temática, sino porque no es mío.

Temas puristas aparte, cada que veo el ejemplar de “Libéranos del mal” me pregunto cómo localizar a su dueño, pero también me cuestiono lo que ya les compartí párrafos arriba: ¿el cabrón que me robó la inconseguible edición de “Lo Fugitivo Permanece”, sentirá cargo de conciencia cada que ve mi ejemplar en el librero de su casa? es más, ¿tendrá sentimientos?