No me gusta meterme con el establishment de la Osha e Ifa
mexicanos, pues no comulgo con la manera con la que se apoderaron de la
práctica religiosa Yoruba, pero me queda claro que llegaron a un punto las
consecuencias de sus actos que no se pueden ignorar.
Algo sucede en la Sociedad Yoruba de
méxico que sus líderes han sido asesinados de la manera más absurda en la que
puede perder la vida un iniciado en Ifa: ejecutados, sin diferenciar en el tipo
de muertes que a diario alimentan las secciones policiacas de la prensa
mexicana.
"... ejecutados", y esas maneras los emparentan
con actividades de las que no entraré en detalle para evitar se me acuse de
mezquino, pero debe quedar claro: pese a los grados de violencia alcanzados no
a cualquiera lo matan a tiros en este país.
La primera muerte grave que tuvo que
enfrentar la Sociedad Yoruba fue la de su presidente Leonel Gaméz (Osheniwo), un
sacerdote de Ifa de origen cubano, nacionalizado mexicano en 1991 y miembro del
Concilio de Awoses del Alafin de Oyo, en Nigeria, quien fue ejecutado de un
tiro en la cabeza al pie del altar de sus Orishas en octubre de 2014.
La leyenda de Leonel era
vasta no sólo por sus amplios conocimientos religiosos, sino por encontrar la
manera de imponer su voluntad ante cualquier regla religiosa, como cuando inició
ante Ifa a un homosexual, en una ceremonia de tal
pulcritud que nadie se atrevió a cuestionar, así como tampoco las que hizo a
sus ahijados, uno de ellos (Odi oshe) y la legendaria presentación de todos sus iniciados ante la tumba del religioso gay como
parte de su iniciación en la religión de los Orishas). Hay para mucho, pero ese
no es el tema.
Si muchos practicantes de Osha e Ifa pensaban que todo
iba a quedar con la muerte de Leonel (aún sin aclarar), estaban equivocados:
algo sucede en la ya casi exSociedad Yoruba de méxico que sus dirigentes son asesinados
a tiros.
Luego de Leonel, Daniel Ramírez Aguilar (Irete Untelu), vicepresidente de la misma Sociedad Yoruba, fue acribillado de 16
tiros, y meses después Israel Salazar Sánchez (Osa Meyi), sustituto de Leonel, fue
asesinado frente a su madre y su hermana (pese a contar con
"guardaespaldas" que lo acompañaban a todos lados), ambos en el año
2018.
Ni que decir que tras la muerte de Leonel
la Sociedad Yoruba cayó en el semiclandestinaje, pues sus actividades se
redujeron y muchos de sus miembros se escondieron incluso de las redes
sociales.
Tras ser victimados Daniel e Israel, la
Sociedad Yoruba casi desapareció de la vida pública y ello se manifiesta a
partir de la "Letra del año para méxico 2018", desde la cual no hay convocatoria
para que Santeros y Babalowos acudieran a la colonia San Juan de Aragón y
apoyar en las labores previas a la determinación del signo que rige al país por
12 meses.
¿En dónde se reúnen, cuándo y cómo? Eso
no debe importar al vulgo religioso pues a los Babalowos mexicanos los caracteriza
su limitado vínculo con el pueblo,
pero más más allá de ese sospechosismo,
ello nos perjudica como país y lo vemos en la nuevamente escueta Letra del año
que se difundió este enero de 2020, escueta por raquítica: antes eran unas 10
hojas de interpretación, hoy llega apenas a dos y su contenido sobre el toyale es
un mero resumen de Los Oyú Odus de Orúnmila, como si no quisieran llamar la
atención.
¿Será que las escasas ruinas de la
Sociedad Yoruba de méxico, ahora disfrazada de “El ala radical de Ifa” (vilipendiada
en las redes sociales desde su origen), tienen marcado seguir la extraña extinción
del olvidado Templo Yoruba Osha-Ifá Cabildo méxico?
Hablemos claro: los practicantes de la
Osha e Ifa en méxico NO necesitan una Sociedad
que los represente ni de la fundación de Iglesias,
Templos, Capillas ni Santuarios como los que han establecido algunos Babalowos en los que ofician hasta misas, como ejemplo de a dónde llega
su surrealismo religioso.
Si por alguna razón un grupo de Babalowos
decidió capitalizar esa práctica religiosa a través de una Sociedad de la que
nunca se encontrará referencia sobre su necesidad en algún Odu (el Ilé es el
único centro de culto religioso), lo mínimo que uno esperaría sería que
fungiera como una referencia objetiva que inspire confianza a los miles de
iniciados mexicanos en la religión de los Orishas para lo básico, como la
llamada “Letra del año”.
Pero ello no sucede: su secretismo y
elitismo, aunado a que ya sólo se habla de ella en la nota roja, lo que hace es
agregar claros-oscuros a una práctica que en este país se caracteriza por hacer
de una antiquísima religión una extraña versión plagada de realismo sucio.
