1.
El correo electrónico decía:
“buenas tardes, soy J, los conocimos a ti y a tu esposa en el centro de acopio de ayuda para damnificados de la colonia del Valle, en el que ustedes estaban como coordinadores. Ya sabes que la ciudad de México está en caos y necesita de nuestra ayuda, así que estoy invitando a la gente a que vaya a comer, al cine, de compras o a tomar algo en las colonias más afectadas por el terremoto. Hice una rifa y a ustedes, a nosotros y a otros amigos más nos tocó vernos en la colonia Condesa para tomarnos un café, platicar y así ayudamos a que los negocios se mantengan. Nos vemos el sábado 30 de septiembre a las 6 pm en la cafetería Tierra Garat. Saludos afectuosos de K y J”.
Le compartí el mail a mi esposa, le pregunté si teníamos algún compromiso para ese día, me dijo que no y confirmé nuestra asistencia.
2.
El sábado llegamos a "Tierra Garat", tras sortear una persistente lluvia que desapareció en cuanto llegamos, nos encontramos a K y J en una mesa (el lugar se encontraba semivacío), conversando con un hombre de unos 40 años que portaba un casco de protección, chaleco color amarillo, botas de campismo y vistiendo ropa desgastada.
Saludamos y J nos presentó: el tipo del casco se llamaba E, apenas nos vio sonrió de extraña manera y siguió describiendo los esfuerzos realizados durante la remoción de escombros en un edificio ubicado en la esquina de Laredo y Ámsterdam, ubicado también en la colonia Condesa. Después narró las labores de rescate en inmueble de Álvaro Obregón 286, en la colonia Roma (noticia por la polémica que generó entre vecinos y autoridades la insistencia de los primeros de no demolerlo hasta sacar todos los cadáveres).
La tarde se hizo noche mientras K y J tomaban café con bocadillos, nosotros pastelillos y E comía sin parar ensaladas de fruta con mucha miel. Durante ese tiempo el rescatista nunca borró su extraña sonrisa cada que nos veía a mi esposa y a mí, mientras la nueva pareja de amigos se quejó de la falta de solidaridad de los demás invitados por no llegar. Conversamos un rato más hasta que a pasadas las ocho de la noche K y J se despidieron no sin antes pagar sus respectivos consumos.
Antes de retirarse K propuso nos tomáramos una fotografía en grupo, a lo que E se negó con extraña amabilidad (tomando en cuenta las actitudes burlonas que asumiría posteriormente).
3.
Una vez que nos quedamos a solas con E le pregunté si estaba iniciado en la Osha.
- lo dices por la pulsera de la muñeca izquierda? – preguntó con un tono cercano a la burla mientras la levantaba y me la presumía.
- sí, lo digo por tu Ildé de Eleggua – señalé dando un trago a mi café – y por muchas cosas más.
- ya me descubriste? – dijo en algo cercano a la burla.
- aún no me queda claro quién eres, aunque tu nombre curiosamente empieza con E… pero luces como un rescatista, aunque tu ropa no está sucia ni llena de polvo, no tienes el sudor, tus manos no están lastimadas ni tienes el cansancio que caracteriza a quien han trabajado con escombros durante horas – señalé mientras mi esposa sutilmente me tocaba la pierna, por debajo de la mesa, señalando que debía moderar en mis comentarios.
- eres un cabrón – dijo y soltó una risotada.
- curioso – dije extrañado – las únicas personas que me acusan de ser “un cabrón” son las mujeres… cómo supiste qué decirme? – lo cuestioné y como respuesta me ofreció otra de sus extrañas sonrisas.
4.
- habito en la colonia Roma, estoy desempleado y vivo solo – explicó E sin que se le pidiera – tras pasar el susto del terremoto salí a la calle para vercómo estaba la ciudad… los pasos me llevaron de un lugar a otro hasta que llegué a la esquina de Laredo y Ámsterdam en la colonia Condesa, donde una chica que cargaba una caja con cascos y chalecos pedía la solidaridad del pueblo para ayudar en las labores de rescate de quienes pudieran estar atrapada en casas y edificios, me entregó un juego y siguió su camino.
- vaya...
- me los puse y me acerqué al edificio derrumbado, más antes de llegar un jovencito me entregó una bolsa con un sándwich, un jugo de uva, un paquete de cacahuates y una manzana – E hizo una pausa, nos escudriñó con la mirada y siguió – así que comí para estar fuerte antes de meterme a los escombros.
- vaya suerte la tuya – solté pensando que algo no terminaba de convencerme en él, más lo dejé continuar.
- después de lo que fue mi primera comida del día, llegué hasta los escombros, me acerqué a una mujer que portaba un chaleco de protección civil, le dije que había oído una voz pidiendo ayuda y señalé dónde escarbarpara rescatar a alguien que largo rato después resultó llamarse Sergio Iván Ruiz
- y? – lo invité a que siguiera hablando.
- me aproximé a otro rescatista y señalé en donde “podría” haber más cuerpos. Al poco tiempo desenterraron a una pareja... sin vida. Me sentí cansado y me dispuse a regresar a mi departamento, más cuando pasé frente a “Bariloche” recibí en mis manos otro “lunch”: una charola con tacos, sopa y un jugo de mango… comí, me sentí mejor y fui hacia la avenida Álvaro Obregón, llegué a otro edificio en ruinas, seguí caminando y di con el número 286, donde cientos trataban de rescatar a sobrevivientes… que no había.
- ya lo sabias! - me exclamé.
- y? – me retó burlón – algún problema?
- todos.
E soltó una risita mientras nos miraba a los ojos a mi esposa y a mí, después se puso serio.
- así he estado desde que sucedió el terremoto, asomándome donde haya escombros para decirle a los rescatistas dónde buscar.
- y de paso dándote buena vida – me reí.
- eres un religioso irredento – soltó a manera de regaño.
- otro punto a tu favor: sólo una persona en la vida me ha llamado así.
- te contaré algo: soy ése y todo a cada calle, a cada suspiro, a cada lágrima, a cada esperanza: soy yo…
- qué buscas? – lo cuestioné.
- nada… ya todo me lo dan: a cada paso me encuentro con gente que me ofrece de comer y de beber…
- qué haces aquí? – insistí.
- nada y todo - reiteró y agregó – durante todos estos días como bien… descanso y me dan de comer, camino y me dan de comer, subo y me dan de comer, bajo y me dan de comer, recibo sonrisas y palmadas en la espalda y como de nuevo… a veces hasta dinero me entregan y es por mi uniforme: todos lo hacen sin que les importe quién soy.
- vaya – soltó mi esposa sorprendida.
- los seres humanos son tan básicos: si no lo trajera puesto y fuera un indigente, como a veces vivo, recibiría ofensas y maltratos... todo eso lo observo y lo memorizo para cuando necesite recordárselo.
- jaque mate – acepté buscando la complicidad de mi esposa, que al igual que yo, estaba asombrada ante lo que estábamos viviendo, más E guardó silencio y se limitó a observarnos
– pedimos la cuenta? – propuso con un tono sarcástico.
- claro – acepté.
Levanté la mano para llamar la atención de la mesera que nos había estado atendiendo, pregunté por el total: la joven me observó, anotó algo en su libreta, me extendió el recibo y mirando con admiración el casco y el chaleco de E, dijo:
- señor: su consumo va por cuenta de la casa.
5.
Nos pusimos de pie y al despedirnos pregunté a E cómo había conocido a K y J.
- ellos me conocieron a mí – presumió antes de ofrecer otra de sus carcajadas – estaba sentado pensando qué pedir de comer cuando ellos se acercaron, me preguntaron si estaba trabajando en las labores de rescate y al decirles que sí se sentaron a conversar.
Nos despedimos con un movimiento de cabeza, ninguno de los tres ofreció estrechar las manos, se dio vuelta hacia la izquierda, pero a los pocos pasos regresó.
- cuando tengas oportunidad ofrece un gallo en los escombros del 286 – pidió.
Asentí, mientras él reanudaba su camino silbando una tonada que se me hizo familiar, pero no atiné a recordar el nombre. Nosotros caminamos hacia la derecha en busca de nuestro auto.

