18 de abril de 2026

En la cama con el diablo (1)


1.
—Lo reconozco, mi madre en vida fue una mala persona…
—Parafraseando al filósofo David Thoreau: “La maldad es la única inversión que nunca falla”.
—… pero fue mi mamá — ignoró mi comentario — me trajo al mundo y…
—Somos resultado de una cogida entre nuestros padres, a saber si fue buena o mala — la interrumpí — pero fue el pretexto para que naciéramos y depuremos karmas de los que no tenemos certeza de su origen.
 
Sofía me miró con dureza.
 
—Seamos claros antes de continuar: me pediste una consulta y la estoy haciendo, pero si no te gusta lo que diré, es mejor terminarla en este momento — advertí.
 
2.
Son extraños los caminos que me llevan a realizar consultas espirituales, ya sea que me lo pide la hermana de mi madre para su nieto, un amigo de la mejor amiga de mi amigo X, la prima de una lectora que afirma ha leído todas las entradas de mi blog, la compañera de trabajo que es prima del dueño de la recaudería de la esquina, el jefe de la jefa de la jefecita de mi sobrina. Hay personas de las que la recomendación se pierde entre la neblina espiritual.
 
En el caso de Sofía no sabía de su existencia hasta, que tras una tertulia literaria para promocionar mi libro “Muertero”, Jade, la organizadora, me la presentó y apenas estrechábamos las manos mi amiga agregó el fatídico “él te va a ayudar”.
 
Levanté los hombros mientras les explicaba que esa noche pensaba irme de copas con los amigos y amigas que llegaron al evento, más a Jade no le interesó mi plan, soltó un “los dejo solos para que platiquen” y se largó con el pretexto de “no sé qué”.
 
—Mi esposa está esperándome — me adelanté antes de que ella dijera algo — ¿quieres unírtenos? — mantuve la iniciativa.
—No bebo alcohol — avisó con algo cercano a la petulancia.
—Tú te lo pierdes — dije y me encaminé hacia el bar.
—Le pediré a Jade tu número telefónico — dijo pasando a mi lado, con prisa, rumbo a la salida. Llevaba un ejemplar de mi libro en la mano.
 
3.
—Empecemos de nuevo — propuso fingiendo humildad — mi madre en vida fue una persona mala. Defraudó, mintió, robó, maltrató, manipuló y chantajeó a todo aquel que se cruzara en su camino: mujeres, niños y ancianos; a los hombres los trataba de otra manera: se limitaba a sacarles todo el dinero que tuvieran a través de sexo — esto último lo dijo con cierto pudor — no sé si llegó al asesinato, pero viendo en perspectiva su grado de crueldad no lo dudaría.
—Vaya…
—Siempre se salió con la suya. Mi pobre papá fue su juguete, pero nunca se atrevió a criticarla, menos a abandonarla, pese a que ella no se esforzaba demasiado por disimular sus infidelidades.
—¿Te has cuestionado si lo tenía embrujado?
—No lo había pensado.
 
Sofía hizo una pausa que no venía al caso, sacó de su bolso su ejemplar de mi libro “Muertero” y lo agitó en el aire.
 
—Es para que me escribas una dedicatoria — avisó — la vez pasada que nos vimos no nos dio tiempo de conversar mucho — justificó, pero lejos de entregármelo o colocarlo encima de la mesa, lo dejó sobre su bolso.
—¿A ti te trataba mal? — seguí con el tema para dejarle claro que su intento de alimentar mi vanidad no había funcionado.
—No mucho, pero siempre nos hacía pelear entre las hermanas.
—…
 
4.
—Se hizo vieja, pero su malignidad no disminuyó. Cuando le dio un infarto y cayó en cama me confesó que era bruja, que sus trabajos eran infalibles, que iba a realizar unos rituales para recuperar su salud, pero necesitaría ayuda. Mi padre ya había muerto y mis dos hermanas habían marcado distancia con el pretexto de atender a sus familias. Yo nunca me casé, así que vivía con ella.
—¿Nunca te diste cuenta que hacía maleficios?
—No, por extraño que parezca en casa nada lo insinuaba, eso lo descubrí después, cuando murió: un día me hablaron por teléfono para cobrar la renta de un pequeño departamento donde hacía sus cosas.
—¿Cómo supiste que ahí practicaba las artes oscuras?
—Por lo que encontré…
 
5.
—Tenía el baño, cocina y una gran habitación para que la sala y la recámara se hicieran un solo cuarto. Estaba poco iluminada, aunque en los rincones había veladoras color negro sin terminarse. Una de vela de tono café, sobre una mesa de madera, estaba a medio consumir sobre residuos endurecidos de cera de otras velas.
—Conozco ese tipo de escondites, donde parece que el tiempo allí se midiera en rituales y no en días.
—En el centro había un círculo dibujado con sal y en medio restos de hierbas secas mezcladas con pétalos marchitos y ceniza. El aire olía a encerrado mezclado con inciensos. Sobre una repisa había frascos de vidrio etiquetados a mano; algunos con líquidos turbios, raíces retorcidas, semillas negras, polvos, ramilletes de plantas atados con listones rojos secándose boca abajo y en el piso un cuenco de barro con agua oscura donde flotaban bocabajo trozos de una fotografía.
—…
—La ventana estaba cubierta por cortinas gruesas que apenas dejaban pasar la luz. Había un libro grueso abierto sobre la mesa y sus páginas estaban llenas de anotaciones, diagramas y palabras subrayadas con tinta roja. A su lado, un mazo de cartas de tarot gastadas y una pequeña figura tallada en madera.
—…
—Todo lo tiré — terminó.
—Vaya — contuve la risa ante su descripción a lo Harry Potter.
 
6.
—Volviendo al tema. No me quería implicar, sin embargo, me convenció tras prometer que yo sería la única heredera de todo lo que tenía.
—¿Así que le vendiste tu alma al diablo? — me burlé mientras llamaba la atención de una mesera.
 
Ella pidió un refresco de cola y crepas parisinas, yo café y una rebanada de pastel de chocolate amargo.
 
—Hizo peticiones extrañas, pero todo se lo conseguí, incluyendo contactar a un Santero que tiene un local en el Mercado de Sonora: fui a buscarlo, los enlacé través de mi teléfono celular, le pidió algo especial y él se comprometió a llevarle todo el viernes de esa misma semana. Y de paso aceptó llevar a su sobrino, “tal como usted me lo pide, doña” — dijo.
—Vaya…
—El jueves por la noche ella me solicitó que saliera de la casa el viernes desde temprano, para que “no me implicara”, avisando que me llamaría cuando hubieran terminado sus rituales.
—¿Nunca supiste qué encargo le llevaría el Santero?
—No — dijo Sofía desconcertada.
—Quizá fue lo mejor que sucederá en tu vida — mentí.
 
7.
La había citado en la “Cafebrería El Péndulo”, en la colonia Roma, sobre la avenida Álvaro Obregón, para alejarme de la pulgosa perrera en que se ha convertido el “Village Café”.
 
—El viernes salí temprano, como lo solicitó. Fui al salón de belleza para arreglarme el cabello y las uñas, luego comí con una amiga, después me metí a una librería, no porque me guste leer, nomás a tontear. Estuve a punto de comprar uno, pero mi madre llamó avisando que ya podía volver. Al entrar a la casa, para mi sorpresa, ella estaba en la cocina preparando la merienda. No noté nada fuera de lo normal: ningún olor extraño, el piso estaba limpio y ni rastro de los materiales u objetos raros. Todavía entré al baño para fisgonear y no vi nada anormal.
—Así que las brujerías funcionaron — comenté cuando la mesera volvió.
—Sí, no solo se había recuperado del infarto, sino que, aunque suene extraño, se veía más joven.
—Eso es normal, rejuvenecer… ocurre con ciertos maleficios — me burlé de nuevo.
 

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