1. Me
revolví en la cama mientras el miedo me invadía… no sé cuántas vueltas había
dado sobre el cochón, pero así me sucede cuando bebo de más: el alcohol no me
relaja, al contario, altera mis nervios, me lleva a sueños intranquilos aderezados
con pendejadas oníricas que no me dejan descansar. Cogí
valor, abrí los ojos y confirmé lo que temía: alrededor del lecho reinaba mi
realidad, así que los volví a cerrar, mas la voz de Katie Webster cantando “Pussycat Moan”
sacudió mi estómago e hizo eco en mi vejiga, dejándome sin más remedio que
levantarme y entrar al baño. Regresé
y me tumbé de nuevo preguntándome en qué departamento vivirá la persona
obsesionada con Webster, aunque me quedaba claro que debía ser pisos arriba, ya
que en todos estos años de subir y bajar escaleras para llegar al mío nunca sonó
detrás de alguna puerta. Mi
imaginación vuela cuestionando si quien oye a esa cantante nacida en Houston es
hombre o mujer, quizá sea vecina, bonita y… mierda, mi mente traicionera rebota
y me lleva al ridículo de la noche anterior, en una fiesta organizada por
Ignacio Pineda en su casa (dueño del Multiforo Cultural Alicia), ante el flirteo
de… 2. – ¿cómo va tu noche? – me cuestionó una atractiva
mujer de largo cabello rizado y anteojos redondos que le daban un irresistible
aire intelectual, pregunta que acompañó de una sonrisa que al parecer estaba
esperando ofrecerme hasta que David se metiera en la cocina por otra ronda de
tragos. – eeeh – balbuceé – bien, creo… – ¿llegaste hace mucho? – insistió. – no, sí… no sé – alcancé a decir sin
controlar el nefasto efecto que provocaba en mi mente la combinación de alcohol
con prozac. – espero que todo siga bien el resto de
la velada – dijo amable, comprensiva, algo… bebió de su cerveza, sonrió
exquisitamente y agregó (mintió, porque nunca dirigió su mirada hacia la puerta)
– iré a saludar a unos amigos que acaban de llegar – y despareció. David regresó al poco, sin enterarse de
aquel fiasco, y repitió el resto de la noche el ritual de ir y regresar a la
cocina en busca de bebidas, hasta que… no recuerdo, pero desperté en mi cama. 3. Me
levanté de un brinco incómodo, deprimido, molesto o como se le pudiera definir
a mi ánimo tras recordar aquello. Salí de la recámara, entré a la sala y en la
mesa descubrí una botella de ron colocada a lado de una caja con prozac. -
mierda - exclamé y sin dudarlo saqué dos capsulas de la caja, las pasé con un
largo trago del licor y me fui a sentar en un sillón con la botella en mano. “Nación
prozac”, leí el título del libro de Elizabeth Wurtz sobre el cual me senté. Lo abrí
en donde estaba el separador y releí la lista que ella citaba: zloft, paxil y
prozac… solo me faltaba intentar con el litio. Bebí otro sorbo de ron. Semanas
después descubrí que mi depresión era resultado de brujería, no de un problema
mental. Me lo dijo un Chamán tras explicarme el origen de mis tres fallidos
intentos de suicidio: no era hundimiento emocional, eran desencarnados, cuya
misión era asesinarme en nombre de un marido celoso. Antes
de eso fueron meses deambulado en los palaciegos sistemas de salud del
gobierno, llevando y trayendo a ventanillas sobres cerrados con mi diagnóstico,
clasificados como “urgente” o “secreto”, donde la solución (clínica, médica,
alópata) incluía todo menos una salida. 4. Elizabeth
Wurtzel (Nueva York, 1967), fue la versión literaria del grunge, la contraparte
de la auto-laceración convocada por Kurt Cobain. La conocí en la librería
“Bart’s Books”, la segunda vez que regresé a Los Ángeles, en 1996, al asistir a
la presentación de “Nación prozac” durante una bella tarde de otoño: conversé
un rato con ella, y esa mirada rota, con su eterna sonrisa quebrada, nunca las olvidaré. Me
dedicó su libro y quedarnos de escribirnos, más ello nunca sucedió. Desconozco
la razón, pero supongo que fue su miserable vida: la prensa yanqui la maltrató
durante toda su carrera literaria, al grado de que el New York Times la llamó una
“Sylvia Plath con el ego de Madonna”,
el comentario más miserable que jamás se haya leído en un periódico. Como
sea, recién me entero que murió de cáncer este año 2020 que se niega a terminar
sin seguir generando cadáveres. Escribir un “In memoriam” no es porque Elizabeth
fuera mi amiga, pero en su momento ella y su libro fueron importantes en mi
vida. Ojalá Wurtzel se hubiera enterado que la mayoría de las depresiones son
culpa de los desencarnados… tendríamos más sabios vivos. Elizabeth
Wurtzel, Nación Prozac, 528 páginas, Editorial de De bolsillo, 1995.