1.
No publico textos conforme los escribo: a veces tardan meses, unos ya tienen
hasta un par de años y otros no verán la luz (como uno sobre la coincidencia del
eclipse solar del 21 de agosto de 2017, día en que los Urantianos celebran el
nacimiento de Cristo, otro sobre los terremotos que destruirán méxico, uno
sobre el oddu Otrupo tura… y así).
El que van a leer tuvo varios cambios: fue escrito en marzo de 2018 y el
título original era Este año no habrá ofrenda para los muertos, mas no me gustó, lo cambié por La
segunda muerte de mi padre, sonaba cursi
y finalmente decidí no publicarlo, pero llegó la época de difuntos y creo vale
la pena compartir la anécdota.
2.
A comienzos de año una amiga me
preguntó cómo podía vivir (sobrevivir) con la muerte de mi padre: “yo no podría”, aseguró.
Contesté con temas personales y
rematé explicando que tras morir se estableció un juego para comunicarnos: en
la noche, mientras dormía, él abría la puerta del baño de la planta alta, así
que cuando me levantaba la cerraba, él la abría de nuevo, y si yo la dejaba
abierta él la cerraba, dinámica que correspondía a su obsesiva claustrofobia.
Semanas previas a su primer
aniversario luctuoso, el 28 de febrero de 2018, percibí dos detalles: una
sobrina de 4 años dejó de contarme sobre las pláticas que sostenía con él en el
departamento donde vivió sus últimos años, además de que la puerta del baño en
mi casa se mantenía tal cual la dejaba antes de acostarme, así que usé la
videncia para “localizarlo”, no lo vi y pensé que ya aparecería.
Días antes tuve también extraños
sueños con él (en uno lo veía joven y acomodando cajas de cartón vacías en una
pequeña camioneta blanca, en otro era un adulto andando en una bicicleta para niños), mas
fue hasta que el sacerdote que ofició la misa de su primer aniversario luctuoso, al citar erróneamente su
nombre (http://basurerodealmas.blogspot.com/2018/03/no-peleo-contra-demonios.html),
que comencé a entender la relación de los hechos y llegué a una primera conclusión,
pero necesitaba confirmarla. Y eso hice el sábado 3 de marzo.
3.
Para quienes no lo sepan, en la
zona aledaña al Centro Histórico de la Ciudad de méxico hay casas que por su sencillez
pasarían desapercibidas, más detrás de sus puertas habitan Videntes, Brujos, Espiritualistas
y Muerteros cuyos dones asustarían a más de un Santero o Babalowo. A uno de
esos lugares acudí buscando a mi amiga V, quien tras media hora de explicaciones
redujo todo a una palabra, transición,
lo que confirmó mi teoría: ya no percibo
a mi padre porque ha abandonado el limbo
(murió por segunda y última vez), dejó de ser individuo y elevó su estado de
conciencia, el de la entrega de cuentas por lo hecho u omitido, donde ya no es
posible contactarlo (aunque él sí podría hacerlo conmigo).
En este sentido llamó mi atención
una sugerencia que ella hizo: no más aniversarios luctuosos, ofrendas ni rosarios,
no necesita nada… junto con una advertencia: “nunca te olvides de tu padre”, la
cual me pareció de sobra (¿uno puede olvidarse de su progenitor?). Opté por no
preguntar.
4.
La evolución me sorprendió por la
eficiencia de rezos, misas, lucificación y obras espirituales (muchas las hice
con V), las cuales, supongo, contribuyeron a que la toma de conciencia y
transición de su alma no fuera tortuosa ni larga, situación que me lleva a las
siguientes reflexiones:
- soy la primera persona que
conozco (sic), que se entera que un familiar muerto ha recibido “la luz”
(aunque me queda claro que si se tocaran las puertas adecuadas otros también podrían
enterarse de ello, y gracias a esa información, dejar de sufrir por su
pérdida).
- cuántas familias consagran años
de oraciones, misas y altares a sus muertos, sin saber sí ellos aún las
necesitan?
- sé de personas que asumen luto el
resto de su vida sin ser necesario, y lo peor, no se dan cuenta que ello les
perjudica al mantenerse, por decisión propia, en un (lúgubre) estado de ánimo.
- saber que un familiar difunto
trascendió es lo que da paz al alma.
5.
No pregunté exactamente cómo, cuándo, dónde y por qué mi padre dejó el limbo tan
pronto (un año parece poco tiempo, pero para él pudieron ser docenas o hasta cien*:
el tiempo de los vivos transcurre
diferente al de los muertos), pero de todos modos V me dio otro par de
consejos que pese a la obviedad aún debo reflexionar.
Enterarme de lo anterior me ha
dejado un gran aprendizaje (alejado de sentimentalismos): no podemos limitarnos
a rezar, llorar y/o hacer obras (algo necesario y hasta obligatorio), para dar
luz a un desencarnado: debemos buscar la manera de enterarnos, por el bien de ambas
partes, dentro de las opciones espirituales adecuadas, en qué punto del difuso “camino
al más allá” se encuentran los difuntos.
6.
Por decisión propia, y sea cual
fueren las necesidades del resto de mis antepasados (tendría que hacer una
profunda investigación para saberlo, pero sería agotador), este año no habrá atención
a los muertos el 1º de noviembre ni altar alguno relacionado con el “Día de los
fieles difuntos y todos los santos”.
*
recordemos que salvo situaciones extraordinarias, una persona que muere de
forma natural tarda 25 años en reencarnar, por accidente 50 y de manera
violenta (asesinato o suicidio), hasta 100, por ello es muy raro (que no
imposible) encontrar en la actualidad “fantasmas” de épocas muy lejanas.
