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21 de octubre de 2018

La segunda muerte de todos los desencarnados



1.
No publico textos conforme los escribo: a veces tardan meses, unos ya tienen hasta un par de años y otros no verán la luz (como uno sobre la coincidencia del eclipse solar del 21 de agosto de 2017, día en que los Urantianos celebran el nacimiento de Cristo, otro sobre los terremotos que destruirán méxico, uno sobre el oddu Otrupo tura… y así).

El que van a leer tuvo varios cambios: fue escrito en marzo de 2018 y el título original era Este año no habrá ofrenda para los muertos, mas no me gustó, lo cambié por La segunda muerte de mi padre, sonaba cursi y finalmente decidí no publicarlo, pero llegó la época de difuntos y creo vale la pena compartir la anécdota.

2.
A comienzos de año una amiga me preguntó cómo podía vivir (sobrevivir) con la muerte de mi padre: “yo no podría”, aseguró.

Contesté con temas personales y rematé explicando que tras morir se estableció un juego para comunicarnos: en la noche, mientras dormía, él abría la puerta del baño de la planta alta, así que cuando me levantaba la cerraba, él la abría de nuevo, y si yo la dejaba abierta él la cerraba, dinámica que correspondía a su obsesiva claustrofobia.

Semanas previas a su primer aniversario luctuoso, el 28 de febrero de 2018, percibí dos detalles: una sobrina de 4 años dejó de contarme sobre las pláticas que sostenía con él en el departamento donde vivió sus últimos años, además de que la puerta del baño en mi casa se mantenía tal cual la dejaba antes de acostarme, así que usé la videncia para “localizarlo”, no lo vi y pensé que ya aparecería.

Días antes tuve también extraños sueños con él (en uno lo veía joven y acomodando cajas de cartón vacías en una pequeña camioneta blanca, en otro era un adulto andando en una bicicleta para niños), mas fue hasta que el sacerdote que ofició la misa de su primer aniversario luctuoso, al citar erróneamente su nombre (http://basurerodealmas.blogspot.com/2018/03/no-peleo-contra-demonios.html), que comencé a entender la relación de los hechos y llegué a una primera conclusión, pero necesitaba confirmarla. Y eso hice el sábado 3 de marzo.

3.
Para quienes no lo sepan, en la zona aledaña al Centro Histórico de la Ciudad de méxico hay casas que por su sencillez pasarían desapercibidas, más detrás de sus puertas habitan Videntes, Brujos, Espiritualistas y Muerteros cuyos dones asustarían a más de un Santero o Babalowo. A uno de esos lugares acudí buscando a mi amiga V, quien tras media hora de explicaciones redujo todo a una palabra, transición, lo que confirmó mi teoría: ya no percibo a mi padre porque ha abandonado el limbo (murió por segunda y última vez), dejó de ser individuo y elevó su estado de conciencia, el de la entrega de cuentas por lo hecho u omitido, donde ya no es posible contactarlo (aunque él sí podría hacerlo conmigo).

En este sentido llamó mi atención una sugerencia que ella hizo: no más aniversarios luctuosos, ofrendas ni rosarios, no necesita nada… junto con una advertencia: “nunca te olvides de tu padre”, la cual me pareció de sobra (¿uno puede olvidarse de su progenitor?). Opté por no preguntar.

4.
La evolución me sorprendió por la eficiencia de rezos, misas, lucificación y obras espirituales (muchas las hice con V), las cuales, supongo, contribuyeron a que la toma de conciencia y transición de su alma no fuera tortuosa ni larga, situación que me lleva a las siguientes reflexiones:

- soy la primera persona que conozco (sic), que se entera que un familiar muerto ha recibido “la luz” (aunque me queda claro que si se tocaran las puertas adecuadas otros también podrían enterarse de ello, y gracias a esa información, dejar de sufrir por su pérdida). 
- cuántas familias consagran años de oraciones, misas y altares a sus muertos, sin saber sí ellos aún las necesitan?
- sé de personas que asumen luto el resto de su vida sin ser necesario, y lo peor, no se dan cuenta que ello les perjudica al mantenerse, por decisión propia, en un (lúgubre) estado de ánimo.
- saber que un familiar difunto trascendió es lo que da paz al alma.

5.
No pregunté exactamente cómo, cuándo, dónde y por qué mi padre dejó el limbo tan pronto (un año parece poco tiempo, pero para él pudieron ser docenas o hasta cien*: el tiempo de los vivos transcurre diferente al de los muertos), pero de todos modos V me dio otro par de consejos que pese a la obviedad aún debo reflexionar.

Enterarme de lo anterior me ha dejado un gran aprendizaje (alejado de sentimentalismos): no podemos limitarnos a rezar, llorar y/o hacer obras (algo necesario y hasta obligatorio), para dar luz a un desencarnado: debemos buscar la manera de enterarnos, por el bien de ambas partes, dentro de las opciones espirituales adecuadas, en qué punto del difuso “camino al más allá” se encuentran los difuntos.

6.
Por decisión propia, y sea cual fueren las necesidades del resto de mis antepasados (tendría que hacer una profunda investigación para saberlo, pero sería agotador), este año no habrá atención a los muertos el 1º de noviembre ni altar alguno relacionado con el “Día de los fieles difuntos y todos los santos”.

* recordemos que salvo situaciones extraordinarias, una persona que muere de forma natural tarda 25 años en reencarnar, por accidente 50 y de manera violenta (asesinato o suicidio), hasta 100, por ello es muy raro (que no imposible) encontrar en la actualidad “fantasmas” de épocas muy lejanas.