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15 de diciembre de 2020

No quiero morir de COVID19

 


Tras publicar el texto “Implicaciones espirituales detrás del COVID19, https://basurerodealmas.blogspot.com/2020/10/implicaciones-espirituales-detras-del.html, he recibido mails de gente cercana, y lejana, donde manifiestan la preocupación de morir por el virus.
 
Morir no es malo, vivimos en una prisión donde trabajamos, comemos, cagamos, gastamos, dormimos, cogemos y actuamos de acuerdo a una educación inducida desde niños para vivir como esclavos, así que si morimos, bajo cualquier circunstancia, es una posibilidad de liberarnos… antes de regresar, reencarnando, a vivir bajo las mismas condiciones, salvo que hallamos buscado en vida la evolución espiritual.
 
No diré quiénes son los dueños de ésta cárcel, ni a repetir cómo escapar, pues de ello ya escribí bastante en la sección de comentarios de muchas entradas del blog, lo que señalaré es a los responsables de la desaparición de la raza humana, a los culpables de la difusión del virus, que aunque no lo crean, NO son los chinos ni los murciélagos.
 
¿Tienen curiosidad? Pues no hay nombres: ni de personas, ni empresas, ni países, ni razas extraterrestres, ni deidades iracundas, pero saberlo no requiere de profundas excavaciones: los causantes de que el COVID19 vaya a borrar a gran parte de nuestra raza somos nosotros.
 
Vayámonos a las pruebas: la humanidad tiene unos 6,000 años de haber surgido y poblado este planeta, periodo en el que hemos explotado sin distinción sus recursos y mantenemos una relación con el prójimo basada en la ambición contra la ingenuidad, la fuerza frente a la sumisión, en la que un pequeño grupo abusa de las masas.
 
Sí, ricos contra pobres, blancos contra negros (o amarillos, verdes, morenos, colorados, azules, rojos y más), flacos contra gordos, heteros contra gays, musulmanes contra cristianos, ignorantes contra cultos, bonitos contra feos, altos contra bajos, patrones contra obreros, amargados contra simpáticos, ateos contra creyentes, futboleros contra intelectuales, gatunos contra perrunos, jefes contra empleados, brujos contra sanadores… la lista sería interminable, pero en el fondo están los poderosos contra una bestializada e inculta mayoría.
 
Regresemos a las cuentas para repartirnos culpas: si tenemos 6,000 años de edad, las almas entre vivos y muertos son finitas y el promedio de vida es de 50 años (ahora se vive hasta los 80 gracias a la ciencia, pero cuando comenzó a diseminarse el homo sapiens por el planeta el cociente era de 30), así que usemos una media y tenemos que una persona, ustedes, yo y demás, hemos vivido unas 120 reencarnaciones en las cuales nos comportamos con todo tipo de actitudes.
 
Lo peor, si atendemos la teoría de que el COVID19 es consecuencia de lo que va de la explotación de la naturaleza hasta la mezquindad en las relaciones cotidianas, entonces todos somos culpables de su presencia y del hartazgo de algo o alguien que nos considera (como dijo uno de los protagonistas en la entrada ya señalada), un peligro para la estabilidad del universo.
 
Así, ¿por qué a estas alturas de la historia a la humanidad, ante la pandemia, solo nos mueven dos emociones: una, el enojo al exigir a los gobiernos el derecho (permiso) de salir a la calle… dos, el miedo a morir por el virus? ¿Tan básica es nuestra existencia?
 
Volvamos a las 120 reencarnaciones donde fuimos lo peor (asesinos, traficantes, banqueros, violadores, defraudadores, pedófilos, santeros, abogados, muerteros, presidentes, empresarios, soldados, policías, psicópatas, babalowos, actores, etc.), o lo que la inopia nos llevó a creernos lo mejor (cenobitas, monjas, médicos, profetas, deportistas, samaritanos, curas, videntes, voluntarios, sanadores, benefactores, curanderos, etc.).
 
¿Alguien sabe qué hizo en todas y cada una sus vidas pasadas?* entonces ¿por qué afirmamos que tenemos derecho a sobrevivir, a preguntar cómo protegernos o qué sucederá con nuestros hijos como padre o madre si llegamos a faltarles por morir de COVID?
 
Si como progenitores tenemos el promedio de 120 reencarnaciones jodiendo al planeta, las mismas 120 tienen nuestros abuelos, tíos, hermanos, hijos, nietos y aquellos que hemos pisado cada metro cuadro de la Tierra, razón por la cual, insisto, todos somos responsables de lo que acontece tras 6,000 años de evolución, para bien o mal nadie es inocente y por ello deberíamos respondernos con objetividad: ¿merecemos padecer esta pandemia?
 
Morir no es malo, no me canso de decirlo, es normal, natural e incluso necesario para que este planeta tenga un poco de paz, para que los ciclos naturales se recuperen, sí, pero además para dejar de ser una presa para las obsesiones conquistadoras de los yanquis, ingleses, rusos y (hora sí) chinos.
 
Seamos responsables de nuestros actos (siempre lo digo: nunca se debe escupir al cielo), sin justificarnos diciendo que por no ser conscientes de nuestras vidas pasadas estamos libres de pecado: por qué creen que el COVID19 se sigue diseminando, ¿por desidia de los gobiernos que no toman decisiones adecuadas o porque son miles de millones quienes salen a las calles sintiéndose caninamente necesitados de falsa libertad?
 
¿Temen morir? da más miedo enfrentar a diario la vileza humana y lo confirmo leyendo las noticias: gran parte de la raza humana se caracteriza por ser unos cabrones que no ceja en su actitud de joder al prójimo, e incluso, en estos tiempos, su infamia se exacerba.
 
Recién el escritor francés Michel Houellebecq publicó en “France Inter” una reflexión sobre cómo sería la vida en el planeta tras el COVID, señalando que: “al día siguiente no nos despertaremos en un mundo nuevo, sino exactamente en el mismo en el que vivíamos… que todavía será un poco peor”… y se queda corto: si en medio de la pandemia la gente saca lo peor de sí, ¿qué podemos esperar si se logra controlar? ¿quién organizará a los que sobrevivan para rehabilitar el planeta? ¿los mismos que provocaron este desastre?
 
En este contexto irrumpe la vacuna antiCOVID, la cual muchos consideran “su salvación”, la oportunidad para volver a la vida de antes, pero sobre ello les tengo noticias: no relacionadas con el fiasco de las primeras versiones (el SIDA surgió hace 36 años y seguimos sin vacuna), ni sobre las secuelas que ya está dejando en muchos ingleses quienes ya la han recibido (anafilaxia), olvídense de más profecías de Chamanes y Curanderos, ni mucho menos de videncias de su servidor.
 
No, me iré directo a escenarios que se pueden consultar ya en la web: se estima que la población del planeta que sobreviva quedará inmunizada en diciembre de 2022, así que tenemos dos años para cuidarnos del virus, enfrentar nuevas pandemias (sismos, heladas, meteoritos y más), pero sobre todo para defendernos de la malicia de nuestros congéneres que se creen con derecho a perpetuarse.
 
* conozco varias de mis reencarnaciones, mismas que resumiré parafraseando el título de la película dirigida por Joshua Logan, “Nunca fui santo”.

29 de noviembre de 2019

Parfait


Habían pasado tres años desde que atendí a Emelie y a su esposo, https://basurerodealmas.blogspot.com/2014/06/es–lo–malo–de–los–libros–15.html, así que no me quedaba claro el motivo de su llamada para agendar un encuentro.

Me citó en un restaurante ubicado al sur de la ciudad, cómodamente cerca de mi casa; mi esposa pasó de ir y optó por comer con S, su amiga judía y excelente tarotista que en esos días estaba estrenando programa de radio.

“Cluny” obviamente es un establecimiento especializado en comida francesa y acepté vernos ahí el sábado, pero hasta la tarde (a la hora del café), sugerencia que no objetó.

Llegó puntual hasta la mesa en la que yo me había sentado minutos antes, nos saludamos con propiedad (a fin de cuentas empleada de la embajada francesa), pero ocultó su gusto por verme. Pedimos café y sin más pregunté por su esposo (pensé que la intención de vernos era pedir ayuda por nuevas brujerías), pero su informe fue hablar maravillas sobre él y lo bien que van sus hijos en la escuela.

tout va bien, parfait – remató la descripción de su vida actual.
– me da gusto.
– ¿dónde aprendiste mi idioma? – me cuestionó en español.
– en ningún lado: mi reencarnación anterior fue en el Haut Rhin francés, por eso se me facilita entenderlo, pero no lo hablo – expliqué – aunque quizá debería estudiarlo – agregué, sonrió y concluí que seguro muchos mexicanos la considerarían más que guapa.

Hicimos algunos comentarios más, luego agradeció de nuevo haber salvado su matrimonio y cambió de tema al preguntarme, con cierta emoción, si me gustaba leer al francés Michel Houellebecq.

– como lector tengo una relación ambigua con él – señalé – le he leído unos cuatro libros y su posición anti–todo y sus críticas contra el mundo occidental me parecen infantiles… creo que con los años sus textos van de interesantes a menos… de seguir así dejaré de leerlo.
– ¿parce que? – me interrumpió mirándome extrañada.
– quizá para ustedes Houellebecq sea un profeta, pero para mi es más un provocador que un concientizador, no lo encuentro propositivo… acepto que entiende a Francia, pero sabe que es una sociedad con muchas debilidades, defectos que sólo utiliza para asustarlos con la posibilidad de perder sus comodidades en la vida, lo cual me extraña tomando en cuenta que ustedes son bastante cultos…
– ¿vous le considérez comme un menteur?
– buena pregunta – concedí reprimiendo mis ganas de pedirle que hablara en español – acabo de leer una entrevista a la escritora Virgine Despentes y si mal no recuerdo en una parte afirma que no le parece que Houellebecq “tenga una mentalidad tan simple como lo que deja entrever en sus últimos escritos, pienso que hay un punto de provocación, de dar a la gente lo que quiere, de personaje”… como verás, coincidimos: escribe lo que la gente quiere leer.
cette opinion ne laisse pas si mal – señaló ella.
– pareciera que no, pero por los 666 Demonios Sumerios que controlan este planeta, sus libros son meras bravatas, mordaces y llenos de odio contra los propios franceses: vulgar fanfarronería… en cada fotografía de los últimos 20 años mantiene la misma pose burlona, despeinado y con su eterno cigarrillo entre los dedos… ello habla ya de un producto y no de un autor… es tan patético que ser acusado de pornógrafo, xenófobo, misógino y racista lejos de perjudicar su imagen la enaltece. 

Tras oír esto último Emelie suspiró, abrió su bolso, sacó una bolsa de la librería Gandhi, me lo entregó, sonrió con tristeza (pero dado que eso podría ser contradictorio, digamos que lo hizo con frustración), se levantó en silencio (hasta podría afirmar que con elegancia) y se fue sin mayor drama (como acostumbran lo europeos).

Aquello me tomó por sorpresa, pero al menos su diplomática partida me evitó un bochorno público (algo que tomamos con vergonzoso drama los latinos). Pedí otro café, abrí la bolsa y contenía la nueva novela de Michel Houellebecq, “Serotonina”, en cuya primera página había una dedicatoria que decía: “avec ma gratitude éternelle”.

Días después, tras haber intentado leer el regalo (debo reconocer que lo abandoné en la página 119), sigo sin entender el refinado drama que hizo Emelie en la cafetería (aunque… tampoco es que importe: puedo esperar otros tres años a que me busque para preguntarle el origen de su agravio). Lo que sí, tras el pésimo “Serotonina”, jamás volveré a leer a Houellebecq.

Michel Houellebecq, Serotonina, 352 páginas, Editorial Anagrama, 2019