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30 de mayo de 2026

¡Ay, Patricia!


 Patti Smith es un caso paradójico, irónico y conmovedor, de la sumisión cultural en las últimas décadas. Hay algo cómico en ver cómo una mujer que en los años setenta parecía salida de un barrio de mala muerte de Nueva York (despeinada, furiosa e insolente) terminó convertida en una abuelita sagrada del arte contemporáneo.
 
La cúspide de la parodia llega cuando se le otorga el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026: una antigua figura rebelde, criada entre poesía sucia, conciertos caóticos y actitud antisistema, es homenajeada por tan solemne institución. Hoy la gente la ve con la simpatía con la que se mira a una profesora que fuma marihuana a escondidas y cita poesía francesa.
 
Pero la mutación no fue de golpe, sino un fenómeno donde el tiempo convierte lo peligroso en tierno, pues de joven era cualquier cosa menos "tierna". Salía al escenario como si se hubiese peleado con su casero. No tenía la pose sexy del rock clásico y cantaba gritando con la actitud de "si no te gusta, peor para ti".
 
Pese a ser definida como la "poetisa del punk", nunca lo fue, ni visual ni musicalmente, solo en actitud, porque sus canciones estaban afectadas por el rock de los 60s, la poesía beatnik y el art rock; sus letras poseían complejidad lírica y su estructura musical se alejaba de la crudeza y la velocidad de bandas como los Sex Pistols o Ramones.
 
Lo de ella era pose, guardando reverencia hacia la tradición poética (Weil, Rimbaud y Baudelaire) y musical (The Velvet Underground y The Doors), con actuaciones que eran más montajes que honestos y furiosos ataques de tres acordes. Su estética andrógina y actitud desafiante la acercaron al punk, pero su obra la colocó más en una tradición de proto-punk.
 
En esa época era considerada grosera, y sí que lo era: Chris Frantz, en sus memorias "Amor crónico" (ya reseñado en este blog), describe el ambiente áspero de la escena artística de los 70s alrededor del antro CBGB (cuna de la contracultura en Nueva York), y retrata a Patti como “engreída, territorial, intimidante y ruda con los músicos o personas que no pertenecían a su círculo”.
 
Se podría justificar que en ese movimiento estaba el encanto y que, por ello, Smith no quería caer bien: pretendía ser incómoda como hacían los punks, y verse como alguien a quien no invitarías a cenar a casa de tu madre, pero como le comenté a Carlos Martínez Rentería, director de la revista "Generación" (de la cual fui colaborador): las actitudes de Patti Smith me parecen más una postura que conciencia. Me dio la razón.
 
Sobre esto, de la pose, Smith se delata en libros como "Just Kids", donde dice extrañar a Robert Mapplethorpe, Sam Wagstaff, Richard Sohl y a otros amigos muertos, pero resulta que detrás del cinismo había una persona “tierna”: lástima que esa cursi cantante sea la misma que hoy tiene su rebeldía enmarcada y colgada en una pared como diploma.
 
Lo divertido es que ahora las instituciones culturales que habrían pedido sacarla de un recinto en 1976, hoy la llaman "ícono cultural". Uno imagina a Patti, joven, viendo esto y soltando una carcajada, porque el sistema tiene esa capacidad de convertir a sus enemigos en caricaturas.
 
Ahí está el milagro: su rebeldía envejeció, empezó a usar lentes, a hablar despacio y a recibir premios otorgados por reyes, fundaciones y jurados bien vestidos, cuando lo punk sería rechazarlos.
 
Sí, Patti permitió que el tiempo se le notara: su voz se volvió frágil, el cuerpo lento, sus letras mutaron en libros y las entrevistas se hicieron reflexivas, produciendo un efecto curioso, la antigua amenaza empezó a despertar ternura y, a veces, aburrimiento.
 
Ahora el público la escucha recitar poemas y dice: "ay, qué linda viejita", cuando décadas atrás escupía al público e insultaba a sus músicos; genera un impulso protector y quizá eso dice más sobre nosotros que de ella: tendemos a perdonar a los rebeldes al envejecer, sobre todo a los que se quedaron a medias entre el elitismo cultural y rebeldía callejera.
 
No es novedad ver cómo ciertas personas atraviesan décadas para convertirse en caricaturas de sí mismas, aunque ella aún conserva algo que irrita: ¿serán esas trenzas con las que recoge su cabello encanecido?, ¿quizá su rostro (nunca vendió belleza, así que nunca la perdió) ahora cuarteado por arrugas alrededor de los ojos y la boca?, ¿o son sus largos monólogos y voz de abuela en sus conciertos?
 
Como sea, al final la chica rebelde mutó hacia la anciana dulce a la que se trata con delicadeza, y a veces hasta con reverencia. Y quizá la rebeldía consista en eso: sobrevivir al paso del tiempo sin volverse del todo respetable... aunque cobrando el cheque, claro.
 
Recibió el Premio Asturias, sí, que lo recoja (un diploma, una escultura de Joan Miró, medalla y 50.000 euros), que se vaya a su casa y escriba otro libro con reflexiones sobre la vida, que es lo que mejor se le da.

8 de diciembre de 2024

Amor crónico

 


Chris Frantz es un pintor, escultor, productor, fotógrafo, locutor y músico nacido en Kentucky, el cual ha publicado sus memorias bajo el título de “Amor Crónico”, editado con gran calidad, como es su costumbre, por la editorial Libros del Kultrum.

 

Escrito con prosa sencilla, su lectura fluye con rapidez debido a su desenfadado estilo, al grado de que sus más de 500 páginas se pasan en menos de una semana.

 

El texto tiene numerosas virtudes, pues entre su contenido desfilan personajes influyentes en la cultura contemporánea como Rob Verhorst, Deborah Feingold, Andy Warhol, Gijsbert Hanekroot, Patti Smith, William S. Burroughs, Chris Blackwell, Lauren Hutton, el inolvidable Willy DeVille y el insufrible David Bryne.

 

También destaca el nacimiento y consolidación del sórdido club CBGB, del difunto Hilly Kristal, en Nueva York; el legendario Le Bataclan, de Pascal Laloux, en Paris y numerosos centros culturales desperdigados en todo el planeta, lo cual permite darse una idea de cómo se maneja la cultura en general, y la música en particular, en sitios como Londres, Los Ángeles, Berlín, Nasáu, Ámsterdam, Jamaica y Tokio.

 

En ese mismo tono incluye un sinfín de anécdotas con Robert Palmer, Johnny Ramone, Brian Eno, Lou Reed, Debbie Harry, Jerry Harrison, Los Fabulosos Cadillacs, Grace Jones y John Cale, incluyendo a Mick Jagger, borracho y cantando en un club de jazz, una versión obscena de “Killing me softly”, la ñoña canción que hizo famosa Roberta Flack.

 

Si bien es cierto que en “Amor Crónico” está presente de forma permanente su relación con Tina Weymouth, el mundillo cultural y la industria musical, también es la crónica de la ascensión y caída de Talking Heads, la banda donde Chris Frantz tocaba la batería.

 

Hay que reconocerle al autor que no haya desempacado el hacha de guerra contra algunos colaboradores (sobre esto sabiamente Frantz señala en retrospectiva: “el mundo es imperfecto. Solo tenemos que encontrar una manera de que funcione para nosotros”), lo cual hace que el libro sea una disfrutable, optimista, divertida y honesta lectura sobre el underground en la década de los 70’s y 80’s, las cuales tienen otra versión, “Face It”, de Debbie Harry, el cual comenzaré en breve.

 

Si lo ven, no duden en comprarlo.

 

Chris Frantz, Amor Crónico, 540 páginas Editorial Libros del Kultrum, 2021