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24 de noviembre de 2024

El Curandero Felipe y el Mago

 


1.
El Curandero Felipe sirvió otra ronda de tragos, brandy con refresco de cola, luego de traer más botana.
 
La noche había caído aquel sábado, era la cuarta tanda y yo sabía que después de la tercera me compartiría alguna insólita historia sobre sus andanzas en el mundo espiritual.
 
—Hace como un mes vino un hombre. Me dio la impresión de que esperó instantes antes de las siete de la noche para tocar el timbre y ser el último en ser consultado.
—Vaya.
—En cuanto lo vi supe que no era una persona común y corriente, pero tampoco sabía decirte quién o qué era en ese momento.
—No entiendo — dije a mi tío, mientras el ambiente oscuro que caracterizaba su casa nos rodeaba en silencio.
—Sí, era especial. Tenía dones, pero no sé cómo definirlos. Quizá era un poderoso Chamán con la virtud de Nahual… o un experimentado Espiritualista… o Psíquico… o Mago.
—¿Trabajaba en un circo? — dije a manera de broma, pero a cambio me miró con dureza. Decidí callarme porque si mis indiscreciones le quitaban el buen humor por los tragos, podía dejar de contarme su anécdota.
—No era ilusionistas ni prestidigitador — reiteró el regaño — los magos de antes, aquellos de origen persa que incluían elementos de babilónicos como la demonología, además de ocultismo, adivinación, alquimia, gematría, astrología y todo lo que puedas imaginar, lo conjuntaron en una palabra: magia — agregó al tiempo que yo ya estaba tomando nota de sus palabras en una libreta.
—Vaya.
—Me contó una historia extraña — dijo Felipe.
 
2.
Los tres hombres estaban tranquilos, pese a tener sus pistolas a la mano y listas para disparar. Uno de ellos estaba recargado en la cabecera, el otro sentado en la piecera y el último frente a ellos acomodado en una silla. Consumían ron y aspiraban cocaína de vez en cuando, lo cual, decía uno de ellos, evitaba que se durmieran sus sentidos.
 
Estaban esperando la llamada telefónica de su jefe para deshacerse del líder de una banda rival que comenzaba a disputarles algunas esquinas en la colonia Lindavista para la venta de “su” droga. Y aquello era una afrenta imperdonable.
 
Así como entró salió sin que nadie se percatara de su presencia. Describió la escena, dio ubicaciones y volvió a la habitación del motel. Luego, todo fue muy rápido: el hombre tiró un vaso al piso, se rompió, los tres matones se distrajeron volteando para ver que había sucedió sin saber que era la señal de lo que vendría. La puerta se abrió violentamente para dar paso a cuatro hombres que de inmediato vaciaron los cargadores de sus metralletas sobre ellos.
 
El mago observó cómo las balas se incrustaban en sus cuerpos mientras a él simplemente lo atravesaban para incrustarse en el respaldo del sillón y luego en la pared. Un hombre más entró, les dio el tiro de gracia para luego todos desaparecer por la misma puerta por la que entraron.
 
Salió, sin prisa, mientras los otros iban apresurados. Bajaron las escaleras, llegaron al estacionamiento, subieron a una camioneta, que ya los esperaba con el motor encendido y se largaron. Una vez abajo se plantó ante la ventanilla de un auto donde un sicario mal encarado lo esperaba. En ese momento el copiloto sacó una pistola de entre sus ropas con intención de dispararle, sin embargo, no se escuchó detonación alguna, pues el brazo de uno de los tipos que viajaban en la parte trasera abarcó su cuello y comenzó a apretarlo hasta asfixiarlo. No tenía derecho a dispararle pese a la antipatía que se manifestaron mutuamente desde la primera vez que el sicario lo amenazó para que hiciera “ese trabajo”: usar sus dones para acabar con su enemigo.
 
El piloto ni siquiera se molestó en voltear a ver el recién estrenado cadáver y miró al mago:
 
—Ya nos dijiste quiénes eran los matones que estaban buscándome, ahora solo falta que localices a su jefe para que hagamos lo mismo — dijo observándolo con desprecio y dijo agregó — ya nos volveremos a ver.
—Eso no sucederá, y no vuelvas a cruzarte en mi camino — advirtió.
 
La mirada de desprecio del traficante se convirtió en odio, intentó sacar una pistola de entre sus ropas más en ese momento numerosas y amenazantes sombras se colocaron a sus espaldas, provocándole el peor de los sustos de su vida. Colocó el arma entre sus piernas, sacó un fajo de billetes, se los ofreció y él los recibió más que nada para demostrarle que no le temía, luego encendió el auto y arrancó.
 
Le quedaba claro que no se olvidaría de él, porque semanas después le llamó por teléfono para recordarle que aún estaba pendiente deshacerse de su rival, pero tal como se lo advirtió reiteró que no pensaba hacerlo. Le ofreció doblar el pago pero lo rechazó, así que la llamada terminó con una amenaza: negarse lo pagaría con su vida.
 
3.
—Vaya — dije terminando mi trago — la cocaína es muy cara, por eso solo la consumen los ricos.
—En unos cuantos años verás cómo estará al alcance de la mano de cualquiera — dijo Felipe, sonrió, apuró el suyo, cogió ambos vasos y fue a la cocina a llenarlos de nuevo. Cuando volvió seguía sonriendo, pero con esa sonrisa que no sabía si era de burla, felicidad o ironía.
 
—¿Para qué vino a buscarte ese Mago? — lo interrogué.
—En realidad era su espíritu. Quería saber quién lo había matado — respondió con parquedad, y entonces comprendí que su sonrisa minutos antes había sido sarcástica.
 
4.
—¡¿Cómo, teniendo el don de la videncia no pudo evitar que lo mataran?! — exclamé sorprendido.
—Él no usó videncia para localizar a los matones. Utilizó la transfiguración para ir, ver y salir sin que nadie se diera cuenta. Es una especie de tele transportación invisible. Vas y vienes pero nadie sabe que estás ahí.
—Vaya.
—Además, ningún brujo es inmortal — explicó — siempre hay uno más poderoso que otro, sobre todo cuando saben ocultarse antes de hacer brujería. Y a él lo mató precisamente uno de esos tras hacerle un trabajo negro muy potente.
 
Irónicamente no medí la dimensión de esa afirmación, “siempre hay un brujo más poderoso que otro” y aquellas palabras retumbaron en mi cabeza mucho tiempo después, durante el velorio de mi tío Felipe.
 
—No comprendo. ¿Tú sabías que ibas a consultar a un espíritu?
—No, eso lo supe cuando terminó de contarme su historia. Es impresionante como algunos desencarnados disimulan bien estar vivos.
—Mierda.
—Sin palabrotas, ya lo sabes — me reprendió.
—¿Qué sucedió después?
—Él supo desde un principio que el traficante lo había mandado matar, pero no sabía quién exactamente lo hizo ni qué brujería utilizó.
—Ahora comprendo menos.
—Me contó que aún estado muerto pudo vengarse del traficante.
—¿Lo mató?, ¡¿cómo?!
—Uno de sus sicarios estaba jugando con su pistola frente a él, el espíritu del Mago le provocó un dolor muy fuerte en un ojo y como reacción, por la terrible molestia, apretó el gatillo para liberar una bala que se incrustó con puntería en la cabeza de su jefe.
—Vaya — dije desconcertado y lo cuestioné — ¿le dijiste quién lo asesinó?
 
Felipe cogió su vaso, lo vació de un solo trago y respondió de nuevo con una sonrisa que tampoco no supe interpretar, luego cambió de tema de conversación.

22 de diciembre de 2023

Soy hija de Ochosi

 


1.
—¡Me vueles a tocar y haré que te arrepientas de haber nacido! — le advirtió mi esposa encarando al autor de la osadía: una mujer vestida de blanco que estaba formada detrás de ella.
—No te estoy haciendo nada… aún — le contestó en tono burlón.
—¡Otra vez aquí… molestando a nuestras clientas! — se quejó uno de los cajeros — ¡vete antes de que llame a la policía — le advirtió saliendo del mostrador para enfrentarla.
—Inténtalo, idiota — dijo la mujer — ya te lo advertí antes: soy Santera y no sabes con quién te metes.
—¡Fuera! — le ordenó señalándole con el dedo índice la salida.
 
2.
Aquel caluroso medio día de sábado veraniego nos dirigíamos a comer a casa de Marina y Edgar, un matrimonio con el que mantengo profundos vínculos afectivos gracias, entre otras cosas, a que no profesan ninguna fe ni práctica religiosa. Sin embargo, mi esposa debía realizar algunos pagos bancarios, así que nos detuvimos en un Oxxo (cadena de tiendas de conveniencia en las que también se puede hacer pago de servicios) para, de paso, comprar cervezas.
 
Así, mientras esperaba su turno en una larga fila, me contó posteriormente, primero percibió un leve roce en la cintura, a lo que no prestó mucha atención, sin embargo, al poco sintió que una mano se posaba sobre su cadera.
 
—¡Me vueles a tocar y haré que te arrepientas de haber nacido! — le advirtió mi esposa encarando al autor de la osadía: una mujer vestida de blanco que estaba formada detrás de ella.
—No te estoy haciendo nada… aún — le contestó en tono burlón.
—¡Otra vez aquí… molestando a nuestras clientas! — se quejó uno de los cajeros — ¡vete antes de que llame a la policía — le advirtió saliendo del mostrador para encararla.
—Inténtalo, idiota — dijo la mujer — ya te lo advertí antes: soy Santera y no sabes con quién te metes.
—¡Fuera! — le ordenó señalándole con el dedo índice la salida.
 
La mujer fulminó con la mirada al empleado, más de inmediato volteo a ver a mi esposa.
 
—Te veo en el estacionamiento, primor — le dijo de manera lasciva, dio media vuelta y se encamino hacia la puerta, hasta donde la siguió el empleado.
 
Sin embargo, no se fue, y dejando claro que esperaría a mi mujer, sacó un cigarrillo y comenzó a darle fuertes caladas, lo que llevó al cajero a quedarse en la entrada del local para vigilarla.
 
3.
Mientras eso sucedía, yo tuve que mover el auto para que saliera una inmensa camioneta que por su tamaño amenazaba con golpear el costado derecho de mi auto, quedando en el otro extremo del estacionamiento, tras lo cual me dispuse a esperar a mi esposa para presenciar un hecho confuso que de inmediato se tornó irritantemente patético.
 
Tras apagar el auto ella marcó a mi celular para contarme lo que había sucedido en el interior de la tienda y describirme a la Santera, por lo que le avisé estaría esperándola y al pendiente de cualquier cosa.
 
Minutos después, en cuanto salió mi esposa (olvidó que le comenté había movido el auto, así que me buscó donde originalmente nos habíamos estacionado), la mujer intentó aproximarse, a lo que de inmediato el empleado reaccionó y dando tres grandes zancadas se plantó frente a ella.
 
—¡Quítate de mi camino, patán! — exigió la Santera, una mujer obesa y a leguas divorciada de la higiene.
—Vete en este instante o llamo a una patrulla — la amenazó nuevamente el hombre.
—¡Soy hija de Ochosi y te puedo destruir!
—Eres hija de mala madre, ¡lárgate ya!
—Machista, come mierda, misógino, prepotente, abusador de mujeres, marico — gritó la religiosa al tiempo que sacaba de entre sus ropas varios collares de santería para dejarlos caer sobre su pecho, se alzaba las mangas para mostrar diversos ildés que sacudió frente a la cara del hombre para enseguida levantar el puño derecho hacia arriba y repetir —¡Soy hija de Ochosi, soy hija de Ochosi, Orisha vengador: dame tu poder justiciero! — posteriormente abrirlo hacia arriba simulado recibir algo y luego fingir que lanzaba “objetos” (imagine el lector piedras o cualquier cosa) contra la tienda.
 
Mientras escuchaba aquel diálogo y veía al cajero volver a la tienda, llamé al celular de mi esposa y le recordé dónde estaba colocado el auto, por lo que al cruzar el estacionamiento para ir al otro extremo, no tuvo más remedio que pasar frente a la Santera.
 
—¡Hipócrita, mustia, falsa! — le gritó, tras lo cual dejó de aventar objetos y simulando tener entre las manos un arco con flechas, comenzó a lanzarlas contra ella mientras gritaba —¡La punta de mis flechas están envenenadas con la saliva de Ochosi!
 
Aquello me pareció tan patético que solté varias carcajadas, lo que hizo enfurecer a la Santera, provocando que también echara flechas contra mi. Al llegar mi esposa al auto le sugerí se subiera mientras decidía qué hacer con la mujer…
 
—Ode ata matase, agbani níjọ to buru, oni ode gan fi di ja, a juba odé. Ase, Ochosi eu te saúdo*… — comenzó a cantar terriblemente desafinada mientras seguía jugando a los indios y vaqueros.
 
En primera instancia pensé en dejarla pasar, sobre todo porque dada su obesidad sus movimientos eran bastante torpes, pero se veía tan llena de seguridad en lo que hacía, que decidí sacar una cascarilla de la cajuela y enviarle una ñoca, pero aquello no fue necesario, pues tal como prometió el cajero, un auto policial hizo su aparición.
 
Descendieron dos uniformados: un hombre y una mujer, quienes de inmediato se acercaron a la mujer para tranquilizarla, sin embargo, ésta retrocedió y ante los sospechosos movimientos (de lanzar más flechas imaginarias), los policías, previniendo que sacara un arma, se lanzaron contra la escandalosa y con cierta dificultad, tras un leve forcejeo, la colocaron sobre el cofre y le colocaron las esposas.
 
Una vez controlada el agente pidió sus datos al cajero (tendría que ir a la delegación de policía a ratificar la denuncia), mientras su compañera comenzó a registrarla y de entre sus ropas sacó una bolsa cuyo contenido eran, a leguas, sobrecitos con cocaína.
 
La uniformada la mostró sonriente a su compañero, la dejó caer sobre el toldo, después abrió su bolso y encontró una navaja de fuelle para luego sonreír y advertirle:
 
—Con esto tienes para pasar unas buenas vacaciones en la chirona.
—¡Soy hija de Ochosi, soy hija de Ochosi! — comenzó a gritar de nuevo la Santera mientras la agente la introducía a la patrulla.
 
4.
—Ya tienes una aventura más que compartir en tu blog — comentó mi esposa con cierto fastidio, mientras nos alejábamos del lugar.
—Sí, pero ojalá fuera por algún tema positivo relacionado con la Osha, por desgracia ahora las noticias son sobre el mierdero que hacen ciertos iniciados en la religión de los Orishas… mejor busquemos otro Oxxo para comprar las cervezas.


*reproduzco correctamente el oriki porque lo conozco, pero en voz de la santera era menos que entendible.

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