El dramático suceso quedó
arreglado en el mundo de los vivos, pero en el de los muertos, las leyes son
diferentes, así que, en su etérea ignorancia, Pedrito había provocado ya la
muerte de varios niños en esa piscina, razón por la cual la vigilancia por
parte de la administración del hotel era más que exagerada.
Mantuve los ojos cerrados para
visualizar el origen de tantos accidentes y comprendí que la gerente del hotel,
conocedora de las artes oscuras, estableció un pacto con el pequeño de manera
que se encargara de ahogar más niños en las albercas de otros hoteles para
desprestigiar a los que representaban una peligrosa competencia comercial. Así,
Pedrito se convirtió en el líder de una jauría de pequeños desencarnados a su
servicio, los cuales recibían los tradicionales pagos por parte de la
administradora, como sacrificios de animales, flores, pólvora, aguardiente y
demás, al tiempo que ella se afianzaba en su puesto ante el dueño por su
eficiente labor.
La situación me pareció más que
perversa, pero no era asunto mío, hasta que abrí los ojos y descubrí frente a
mí a Pedrito y su séquito, unos siete muertos más, mirándome con odio.
—¡Lárguense! —ordené, pero no se
inmutaron.
Observé al líder y caí en la cuenta
de algo que me sobresaltó: Pedrito no era un desencarnado, se trataba de un
demonio, y no estaba preparado para enfrentarme a ellos, así que tracé
mentalmente un círculo de protección e invoqué al curandero Felipe.
No tardó en aparecer, como siempre
hacía desde que hicimos el pacto, tras su muerte, de que estaría conmigo
trabajando espiritualmente cada vez que lo requiriera. Sentí su presencia
detrás de mí, su energía era inconfundible, así que no tuve necesidad de voltear
a verlo.
—Un difunto que acepta matar, como
es el caso de este «niño», se puede convertir en demonio por decisión propia
—advirtió—. Él sabe cómo hacerlo, pues fue humano, a diferencia de Satanás, por
ejemplo, quien siempre ha sido una entidad, él no asesina, así que no sabe qué
se siente, solo induce a quien cometa el crimen para alimentarse de la energía
negativa que se genera al momento de obedecerlo.
—Vaya —expresé, recordando las
largas pláticas de enseñanza que tuve frente a él.
—Pero en el fondo sabes
perfectamente qué hacer.
—Nunca me enfrenté a demonios, no
me lo alcanzaste a enseñar —protesté para justificar por qué lo había llamado.
—Te lo revelaré: aunque se haya
convertido en demonio por el maltrato al que fue sometido en vida, incluyendo
la manera en la que fue asesinado, al mismo tiempo tiene miedo de seguir siendo
lastimado en el plano etéreo, pero, en el fondo, por extraño que te parezca,
Pedrito sigue siendo un desencarnado.
—Vaya —me resultó lógico lo que
dijo.
—Así que, para enfrentarlo, lo que
tienes que hacer es desarmarlo, romper su coraza maléfica, ya que, así como por
decisión propia aceptó ser un líder, y después convertirse en demonio, de igual
manera puedes hacer que vuelva a ser un espectro, con lo cual, en algún momento
pedirá le des luz.
—Vaya —repetí.
—Creo que no me estás entendiendo
—me amonestó—: en el fondo, todo muerto convertido en demonio está pidiendo ser
liberado para poder continuar su camino hacia la reencarnación.
—Te entiendo, pero yo no tengo la
intención de enfrentarme a ellos, solo quiero regresar a mi habitación sin que
estos cabrones se me echen encima.
—Por ahora no los enfrentarás,
pero tendrás que hacerlo por Anahí.
—Mierda, tío, no seas así —me
quejé—, no puedo ir por la vida dándole luz a cualquier pinche muerto que se me
atraviese.
—Pedrito debe irse —insistió—. Ya
lo entenderás, pero, para tranquilizarte, no lo realizarás aquí… Será más
adelante, y es importante que lo hagas, porque, al liberarlo, el grupo de
desencarnados perderá a su guía, se disgregará y, con ello, más muertes
inocentes se evitarán.
—Ese no es mi problema —reiteré mi
posición.
—Lo harás —avisó, sin alzar la
voz, sin amenazas, como cuando estaba vivo, con ese tono que no daba pie a
discusiones.
—Solo quiero irme a dormir —cedí—.
La cascarilla aleja desencarnados, no demonios.
—Tan sencillo como eso —dijo, y la
mano con la que yo la sostenía fue manipulada e hizo el primer trazo en el
suelo. Eso fue suficiente para que todos desaparecieran. Felipe se despidió, y
subí a dormir.
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