27 de octubre de 2026

Hablando del Día de muertos y fantasmas


 
Existe una creencia popular según la cual la aparición de desencarnados requiere el paso de los siglos, tragedias coloniales o ruinas antiguas. Sin embargo, el tiempo no es un factor determinante en la manifestación de presencias. Lo que en realidad explica la concentración de actividad fantasmal en una zona determinada es una combinación de condiciones materiales, simbólicas e históricas que, en conjunto, configuran lo que diversas tradiciones denominan "geografía esotérica".
 
Las colonias Roma y Condesa, en la Ciudad de México, constituyen un caso paradigmático de esta convergencia: no son antiguas en términos coloniales, pero reúnen una serie de elementos que las han convertido en un punto de atracción y refugio para lo que distintas corrientes llaman "apariciones", "energías residuales" o simplemente "presencias".
 
La gran cantidad de fantasmas en la zona deriva de factores que se superponen: la humedad de sus terrenos originales, la porosidad de sus materiales constructivos, la simbología hermética de su arquitectura, la memoria del despojo urbano de los años noventa y décadas de actividad ritual. A ello se suma un problema contemporáneo: la distorsión de las leyendas, ejemplificada en el caso de la Casa Negra, que ha terminado por ocultar las historias verdaderas bajo capas de desinformación.
 
Contrario al imaginario común, muchos de los desencarnados de la Roma y la Condesa son "nativos", sin embargo, durante la demolición de casas y vecindades, durante la oleada de "modernización" del Centro Histórico en los años noventa, quedaron sin su espacio original. Estos espectros no se trasladaron y se refugiaron en los inmuebles que sobrevivieron, en las esquinas que conservaron su trazado y en los terrenos que, pese al concreto, siguen guardando la memoria de lo que fueron.
 
Este fenómeno es fundamental para entender la densidad fantasmal de la zona. No se trata de espíritus antiguos, sino de presencias recientes, ancladas a un proceso de despojo urbano que dejó heridas materiales y simbólicas. La destrucción de las casonas no solo desplazó a los vivos: también desalojó a los muertos. Y esos muertos, como los vivos, buscaron refugio en lo que quedó. La Roma y la Condesa se convirtieron así en una suerte de espacios residuales donde la memoria se concentra y se resiste a desaparecer.
 
El primer factor que explica la atracción de presencias es de orden físico. Los terrenos originales de ambas colonias eran extremadamente pantanosos. Esa humedad, que aún persiste en sótanos, cisternas antiguas y muros de las casonas porfirianas, genera un ambiente frío y denso que muchas tradiciones esotéricas asocian con la retención de energía. Antes de que la urbanización porfiriana secara la zona, el paisaje era de ciénagas y canales; esa memoria del agua sigue presente en la estructura profunda del subsuelo.
 
A ello se suma la materialidad de las construcciones, pues las casonas de principios del siglo XX fueron edificadas con cantera, ladrillo rojo, madera, cal, yeso y mosaicos de pasta: materiales porosos, capaces de absorber y retener humedad, olores y, según diversas corrientes, memoria. Frente al concreto armado y el vidrio templado de la arquitectura moderna —herméticos, secos, impermeabilizados—, las casas antiguas funcionan como contenedores energéticos. No es casualidad que la actividad reportada se concentre en inmuebles antiguos y no en las torres de cristal que han proliferado en la zona. La arquitectura moderna, en su afán de sellar el espacio, también sella la memoria; la antigua, en cambio, respira y deja pasar.
 
Por otro lado, la Roma y la Condesa albergan gran cantidad significativa de construcciones con elementos góticos, neogóticos, eclécticos y art nouveau: arcos ojivales, rosetones, gárgolas, vitrales con geometrías sagradas, rejas con símbolos, fachadas con figuras angélicas y demoníacas. Según las tradiciones herméticas, estos elementos manejan energías contrapuestas —luz y sombra, lo sagrado y lo profano— y generan un campo simbólico que ciertas presencias encuentran atractivo o, al menos, familiar.
 
No es que la arquitectura "invoque" fantasmas, pero sí configura un entorno cargado de significado que favorece su manifestación. Los arcos apuntados, por ejemplo, no son solo una solución estructural: en la tradición gótica, dirigen y concentran la energía hacia un punto. Los rosetones funcionan como mandalas que organizan el espacio simbólico. Las gárgolas, más allá de su función de desagüe, cumplen un papel de vigilancia y protección que muchas corrientes esotéricas interpretan como filtros energéticos. Las rejas con simbología masónica o hermética, presentes en varias casonas de la zona, añaden una capa de significación que no pasa desapercibida para quienes practican estas tradiciones.
 
Iglesias como la Sagrada Familia (ideal para hacer brujerías), edificios eclécticos como el Balmori y mansiones de fachadas decoradas con simbología diversa constituyen nodos dentro de una geografía esotérica que lleva décadas siendo leída por quienes trabajan con ellas. La Roma y la Condesa, en este sentido, no son un espacio neutro: son un texto arquitectónico que puede interpretarse, y hacerlo tiene consecuencias.
 
Otro factor es histórico y ritual, pues desde los años cuarenta, ambas colonias han sido refugio de brujos, santeros, espiritistas y otros practicantes esotéricos. Esa actividad constante —veladoras, ofrendas, rituales, brujerías— ha depositado una capa de "energía" que se suma a la humedad, a la arquitectura y a la memoria del despojo.
 
Las mansiones donde se han realizado rituales durante décadas son las que concentran mayor actividad reportada. La coincidencia entre estos inmuebles y las calles donde ocurrieron desalojos violentos no es casual: la ritualidad se instala donde ya hay memoria, y esta se intensifica donde hay ritualidad. Se produce así una retroalimentación que explica por qué ciertas manzanas parecen "más cargadas" que otras. La práctica ritual no crea fantasmas de la nada, pero sí intensifica y organiza su presencia; les da un cauce, un lenguaje, una forma de manifestarse.
 
Un ejemplo paradigmático de cómo se distorsionan las leyendas es el de la llamada “Casa Negra”, en la avenida Álvaro Obregón. La versión más difundida sostiene que el inmueble está deshabitado y que fue un hospital para enfermos de tifoidea que se incendió, dejando decenas de muertos. Ambas afirmaciones son falsas: la casa está habitada y su historia real es distinta.
 
La leyenda *verdadera se remonta a la época en que Pedro Lascuráin —amigo cercano de Porfirio Díaz e impulsor de la urbanización de la Roma— ordenó el desalojo de una comunidad gitana que ocupaba el terreno donde después se construyó la casa. Ante la negativa de abandonar el lugar, Lascuráin solicitó la intervención de la policía rural. Durante el desalojo murieron el padre y la hija de una mujer gitana, quien maldijo a Lascuráin y al terreno mismo. Según la tradición, las desgracias ocurridas desde entonces en ese inmueble y en sus alrededores serían consecuencia de esa maldición.
 
Esta versión no solo es más coherente con la historia urbana de la colonia, sino que además encaja con la lógica esotérica descrita: una muerte violenta, una maldición pronunciada en un momento de máxima carga emocional y un terreno marcado por ese acontecimiento. La maldición, en la tradición gitana, no es una simple imprecación: es un acto que liga a quien la pronuncia con el lugar y con quienes lo habitan. El terreno queda marcado, y esa marca se transmite a través de las generaciones y de las construcciones. La Casa Negra no sería entonces un edificio embrujado por un incendio, sino un espacio sellado por una maldición fundacional.
 
La mentira del hospital incendiado, en cambio, es más fácil de contar, más "vendedora" y no exige contexto histórico. Su éxito explica por qué tantos recorridos turístico-fantasmagóricos prefieren el morbo a la veracidad. Pero esa preferencia tiene un costo: al repetir la mentira, se borra la historia verdadera, y con ella se pierde la posibilidad de comprender por qué ese lugar, y no otro, concentra tanta actividad.
 
Las colonias Roma y Condesa no están invadidas por espectros por antigüedad, sino por correlación. La humedad de sus terrenos pantanosos, la porosidad de sus materiales, la simbología hermética de su arquitectura, la memoria del despojo urbano y décadas de actividad ritual han configurado una geografía esotérica particularmente densa. Esa densidad explica la presencia de fantasmas nativos y de presencias que, sin ser antiguas, encontraron en estas calles un refugio.
 
El problema es que esa riqueza se está diluyendo en leyendas falsas que se repiten sin verificación. Recuperar las historias verdaderas —como la maldición gitana de la Casa Negra— no es solo un acto de justicia histórica, sino una condición para comprender por qué, en esta zona de la ciudad, los muertos siguen habitando entre los vivos. La Roma y la Condesa son, en este sentido, un recordatorio de que el espacio urbano no es solo un conjunto de edificios: es también un archivo de memoria, y esta, a veces, se niega a ser demolida.

*si alguien desea tener verdaderas experiencias sobrenaturales, váyase a caminar en la madrugada al barrio de Coyoacán (y sin tours que son un desvirtuante anecdotario turístico anecdotario), ahí sí las encontrarán.

24 de octubre de 2026

Los huesos del Quinto Sol


 
Tener iniciaciones como Curandero, Espiritualista y Hierbero, además de estar en contacto con Chamanes, está íntimamente ligado a la herencia cultural, mitológica y espiritual prehispánica de todo Centroamérica y, específicamente, a lo que se conoce como “la magia del México Antiguo”.
 
Si alguien revisara mis libreros, descubriría que lo que más abunda son textos relacionados con la historia, en particular sobre México. Por lo anterior, dado que se estima que en la CDMX se celebrarán unas 5 mil actividades por Día de Muertos, y en el país entre 60 y 70 mil, un lector bien podría incluir entre ellas leer una de las propuestas más ambiciosas, honestas y fascinantes de los últimos años: “Los huesos del Quinto Sol: Relatos eternos de los mexicas, los mayas y los pueblos antiguos de México”, coescrito por Sofía Fernández y Edwin Keyes.
 
Para aquellos que piensen que la mitología prehispánica es solo un catálogo lejano de nombres difíciles de pronunciar, una recopilación de sacrificios sangrientos o tengan la idea de que aquella época sucedió hace muchos años, les informo que tras su lectura cambiarán de opinión, pues a lo largo de sus 275 páginas, esta antología no solo recopila y vuelve a contar 39 mitos del México antiguo, sino que proporciona elementos suficientes para entenderlos.
 
El gran acierto con el que Fernández y Keyes abren el libro es un golpe de realidad al señalar dos grandes errores históricos que solemos cometer cuando tratamos de acercarnos a nuestras raíces: creer que estas historias son una galería de horrores sin sentido y asumir que ese mundo se extinguió por completo en 1521 con la caída de Tenochtitlan.
 
Tras una introducción bellísima (el recordatorio de que “vivimos dentro de dos calendarios a la vez”, es genial), los autores rescatan la idea de que las culturas mesoamericanas no veían la creación del cosmos como un acto de magia gratuito hecho desde la distancia. Para los antiguos mexicanos, la vida se paga con vida. Los dioses mismos tuvieron que sangrar sus propios cuerpos (Quetzalcóatl) para dar vida a la humanidad, y un dios humilde (Nanahuatzin), tuvo que arrojarse al fuego en para convertirse en el sol que hoy nos alumbra.
 
Así, los seres humanos prehispánicos se autodenominaban macehualtin, que significa "los merecidos", es decir, los seres que los dioses ganaron con su propio sacrificio y penitencia. Cuando entendemos esto, el sacrificio y las ofrendas de sangre dejan de parecer salvajismo ante nuestros ojos occidentales y se revelan como lo que realmente eran: una filosofía del equilibrio, de la reciprocidad y de la conciencia de lo efímero. Nada en este mundo está garantizado; cada amanecer es una hazaña cósmica y el tiempo mismo está vivo.
 
El libro se divide en ocho partes que estructuran el universo de una manera lógica y sumamente atractiva. En las primeras secciones se presenta al Señor y la Señora Dos (Ometecuhtli y Omecíhuatl) en el Lugar de la Dualidad. Aquí asistimos al estremecedor mito del desgarramiento de Tlaltecuhtli, el Monstruo de la Tierra, una diosa con ojos y bocas en cada coyuntura que fue partida por la mitad por Quetzalcóatl y Tezcatlipoca para crear el suelo que pisamos y el cielo que nos cubre.
 
Se desarrollan también los cuatro soles que fracasaron antes de nuestra era, donde cada una de estas etapas terminó en una catástrofe y dio origen a las criaturas que hoy conocemos: la humanidad que se volvió monos bajo el Sol de Viento, los que se transformaron en guajolotes bajo la Lluvia de Fuego, o aquellos que terminaron siendo peces cuando los cielos se desplomaron en el Sol de Agua. Es fascinante cómo los autores logran hilar estas versiones, a veces contradictorias, sin perder el ritmo narrativo.
 
Más adelante se explora la compleja rivalidad entre Quetzalcóatl y Tezcatlipoca, dos hermanos de origen divino que mutuamente se necesitan como el día necesita a la noche, rompiendo con la idea simplista del bien contra el mal. Después, el libro expande sus horizontes al narrar la larga peregrinación mexica hacia el nopal del águila, para luego trasladarnos al sur y revivir el relato k’iche’ de los Gemelos Héroes desafiando a los temibles señores de Xibalbá en el inframundo maya.
 
El cierre es especialmente emotivo: el camino al Mictlan y dos relatos nacidos en el folclor posterior a la Conquista, el idilio trágico de los volcanes Popocatépetl e Iztaccíhuatl, y el lamento eterno de La Llorona. Aquí vale la pena destacar la honestidad de los autores al señalar que estas dos últimas historias no son mitos prehispánicos puros, sino construcciones posteriores, lo que demuestra un profundo respeto por la precisión histórica.
 
Para entender la potencia narrativa de este libro, vale la pena detenerse en capítulos específicos como el de Tata y Nene (La pareja de los peces y el humo en el cielo). A diferencia del Noé bíblico, el mito del diluvio mexicano castiga a los sobrevivientes no por desobediencia directa, sino por el atrevimiento de sentirse dueños del mundo. Al salir de su escondite dentro de un árbol hueco, la pareja enciende fuego para asar unos peces. El humo sube al cielo limpio que los dioses acaban de restaurar. Ese humo, que debía ser un alimento sagrado exclusivo para las deidades, es usado por los humanos para su propio beneficio. El castigo de Tezcatlipoca es inmediato y poético: les corta la cabeza, se la pega en las ancas y los transforma en los primeros perros de la tierra. Es una lección brutal sobre nuestro lugar en el orden cósmico.
 
Uno de los principales aciertos de Los huesos del Quinto Sol es el respeto por el lector y por la verdad histórica. Los autores reconocen abiertamente que casi todos los códices originales fueron quemados por el celo inquisidor de personajes como Diego de Landa o Juan de Zumárraga. Lo que nos queda son fragmentos rescatados por frailes como Sahagún o Durán, y por cronistas indígenas que defendían sus propios linajes.
 
Fernández y Keyes no pretenden homogeneizar el caos de las fuentes coloniales. Al principio de cada relato, incluyen notas detalladas que aclaran de dónde proviene la historia y dónde se contradicen los textos antiguos. Cuando los autores se ven obligados a construir un "puente narrativo" (un diálogo o gesto para dar vida literaria al texto), lo dicen sin rodeos. Esa honestidad es refrescante y convierte al libro en una lectura de divulgación rigurosa, pero a su vez accesible.
 
Además, el apartado visual es magnífico: 47 ilustraciones al estilo de los códices que acompañan y enriquecen cada relato, pero más allá de las imágenes, el libro en sí es bellísimo: la edición de H&H United está cuidada al detalle: tipografía elegante y descansada para la lectura, márgenes generosos y una maquetación impecable. Es de esas obras en las que se nota el cariño y la dedicación en cada palabra e imagen.
 
Los huesos del Quinto Sol es una obra maestra de rescate cultural. No es un texto frío de museo; es un libro que vibra, que dialoga con el México moderno y que demuestra por qué las tradiciones de nuestro presente siguen teniendo un eco tan poderoso. Es una lectura ideal para mentes curiosas de 14 años en adelante, pero también para cualquier adulto que quiera entender de dónde venimos y por qué el sol sigue bañando con sus rayos cada mañana al Valle de México.
 
“Los huesos del Quinto Sol: Relatos eternos de los mexicas, los mayas y los pueblos antiguos de México”, Sofía Fernández y Edwin Keyes, 275 páginas, Editorial H&H United, edición 2026
 
Para más información: https://huesosdelquintosol.com/

18 de octubre de 2026

Nuevo libro

 


Me tardé unos años, pero finalmente lo conseguí: ser seleccionado para ser publicado en una antología internacional de terror y suspenso en una editorial chilena.
 
El libro en cuestión se llama “Cuando la noche te encuentra” en incluye autores originarios de Uruguay, Argentina, Chile y México. Ha sido publicado por “Factor Literario”, una agencia fundada por el editor chileno Jotacé Sánchez.
 
Lo mejor de este lanzamiento es que en la publicidad hacen alusión al texto con el que concursé y llegué como finalista.
 
“Leyendas, presencias sobrenaturales, sueños perturbadores, criaturas, fantasmas y amenazas nacidas de la tecnología atraviesan estos relatos de terror hispanoamericano. Una colección de autores emergentes que explora lo cotidiano, lo fantástico y lo inexplicable para llevar a sus protagonistas al límite. Un bosque donde la leyenda del Trauco esconde una verdad inquietante, un hospital marcado por una presencia mortal, pesadillas que parecen advertencias, una inteligencia artificial que invade la vida de una madre y viajeros que descubren que algunas almas aún esperan su último tren son parte de las historias que habitan estas páginas”.
 
Un gusto compartirlo con ustedes…!!!


13 de octubre de 2026

Mis muertos tristes

 


Mis muertos tristes es una serie argentino-chilena de cuatro episodios dirigida por Pablo Larraín y basada en textos de Mariana Enríquez (autora ya reseñada en este blog). Combina terror, drama y elementos sobrenaturales desde una premisa inquietante: morir no significa desaparecer. Los muertos siguen ahí, aparecen en una habitación, caminan por la calle, nos observan y pueden hablarnos. No pertenecen al mundo de los vivos, pero tampoco parecen haberlo abandonado. Ésa es, quizá, la esencia sobrenatural de la serie.
 
Estamos acostumbrados a que las historias de fantasmas establezcan una separación entre ambos mundos. En teoría, cuando un muerto regresa, algo está quebrado: una frontera, una regla, un orden natural, pero en la serie ese límite está roto: los desencarnados forman parte de la realidad cotidiana, aunque solo algunos puedan notarlos porque no se han ido.
 
Ema, una médica jubilada, cínica, impasible y malhablada, puede ver, oír y tocar fantasmas. Mientras intenta sobrellevar la muerte de su madre (cuyo espectro la acompaña), convive con su hija, con la que se lleva mal, y recibe la visita de su hermana, su cuñado y su sobrina Julie, pero la llegada de esta última coincide con el asesinato de tres jóvenes, hecho que desata una ola de apariciones en todo el vecindario.
 
Ver muertos para Ema no es un don ni una maldición: es una capacidad que tiene desde siempre, la acepta y la lleva a cambiar la manera de entender lo sobrenatural. La pregunta entonces deja de ser por qué regresan y pasa a ser más inquietante: ¿por qué algunos nunca se van?
 
Quien espere una serie de terror convencional se llevará una sorpresa: Mis muertos tristes esquiva los efectismos comunes del género para concentrarse en la carga emocional de los duelos y en lo que el director describió como el verdadero terror: la vida cotidiana. Los fantasmas de la serie no son amenazantes, sino almas sufrientes (ajusticiados, suicidas, drogadictos, abandonados), que acusan lo que no debió sucederles.
 
La trama se enriquece conforme los vecinos del barrio mueren sin importar la edad ni la causa, y lo que antes era el don de Ema se vuelve una experiencia colectiva: muchos comienzan a percibir a los desencarnados como una especie de pandemia.
 
La llegada de Julie es esencial porque también los ve, y su relación con ese mundo es diferente a la de Ema. Hay en ella una atracción hacia lo sobrenatural que vuelve peligrosa la frontera entre ambos mundos: una cosa es saber que los fantasmas existen y otra usarlos para tener sexo.
 
Eso produce una doble realidad en la serie. Una persona camina por una calle y ve personas vivas; otra puede ir por la misma calle y ver muertos. Las dos contemplan el mismo lugar, pero solo una puede ver lo que las habita. Es una idea inquietante porque significa que nuestra intuición sobre la realidad es incompleta.
 
Aunque Julie es importante, destaca Ema, no solo por la actuación de la actriz Mercedes Morán, sino porque su personalidad deja preguntas sin respuesta. No es espiritualista, muertera, médium ni clarividente, pero eso no importa: puede hablar con los desencarnados y darles camino sin más artilugio que indicarles dónde hacen falta para evitar que queden anclados al lugar donde murieron.
 
En el plano esotérico, la serie se aparta de la imaginería del fantasma etéreo para abrazar una concepción antigua e incómoda: la de los muertos como presencias con peso, memoria y necesidad. Esa idea conecta con tradiciones como el espiritismo, el ocultismo y ciertas corrientes del espiritualismo popular.
 
Muchas escenas recogen ese imaginario y lo convierten en atmósferas: el agua, por ejemplo, no solo está ahí como elemento físico, sino como símbolo de lo que fluye entre vivos y muertos, de lo que no se puede retener y de lo que tarde o temprano emerge. Los fantasmas no vuelven para aterrorizar, sino para reclamar, escuchar, saldar deudas morales o recordarnos que el olvido también es una forma de violencia.
 
No mostrar a los fantasmas como figuras aterradoras, sino como presencias casi transparentes, un efecto digital que los vuelve etéreos, ha sido uno de los puntos más discutidos. Mientras algunos críticos consideran que este recurso “arruina la dimensión fantástica”, otros valoran que desplace el miedo hacia lo social y lo emocional.
 
Si bien la dirección y la fotografía son impecables, el inicio de la serie es difícil. Es seguro que mucha gente la abandone antes de terminar el primer capítulo, sobre todo por la música incidental, cargada de tristeza y melancolía, pero de eso se trata: de ir empapando al auditorio del estado de ánimo que permea a los desencarnados y, también, de desesperanza en la que viven millones de argentinos a consecuencia de las políticas del presidente Javier Milei.
 
Mis muertos tristes aborda el tema de los fantasmas de forma única, con una perspectiva que no tiene que ver con lo esotérico ni lo espiritual, sino con un existencialismo recalcitrante que lleva a la reflexión permanente.
 
Algo interesante: la trama se desarrolla en la Argentina post-covid, hundida en una crisis económica sin precedentes, azotada no solo por la pobreza, sino por una delincuencia que asesina sin razón aparente, aunque los exteriores se filmaron en Buenos Aires (en el Barrio Comandante Luis Piedrabuena), y los interiores se rodaron en Santiago de Chile, lo cual para, quien no conozca esos países, pasa desparecido.
 
Se estrenó en 2026 a través de Netflix y compitió en San Sebastián y el Premio SGAE. No ganó. Y quizá sea lo mejor: los galardones suelen ir por otros caminos menos por los de la calidad, mientras que las obras que de verdad importan, encuentran a su público sin necesidad de alfombras rojas. Que Stephen King la haya elogiado ya dice bastante. ¿Qué más se puede pedir?

1 de octubre de 2026

¿Por qué los fantasmas pueden golpear y arrojar objetos?


¿Alguien se ha preguntado por qué un fantasma, si no tiene cuerpo, puede aventar objetos, golpear gente o azotar puertas? Es común que quienes se enfrentan por primera vez al acoso de un desencarnado se topen con esta contradicción: cómo es posible que un ser que atraviesa paredes, sea al mismo tiempo capaz de estampar una silla contra la pared, dejar un moretón en el brazo o cerrar una puerta con violencia.
 
Nuestro entendimiento sobre el mundo físico diría que no se puede, pero la experiencia de cualquier Muertero, Espiritista o Palero sabe que sucede y con mucha frecuencia.
 
La explicación no está en la mecánica experimental, sino en la física del éter (conciencia universal), en la dinámica del alma (interacción entre la psique y el espíritu) y en los cuerpos sutiles (el aura) que todo ser posee, incluso después de muerto. Así, el error es pensar que un fantasma es "nada", pero sí que lo es: tiene estructura, peso y capacidad de acción, solo que en un plano espacio/tiempo distinto al nuestro.
 
La espiritualidad, desde las religiones de origen africano, el hinduismo y la cábala hasta la teosofía y la antroposofía, pasando por el espiritismo kardeciano y el hermetismo, enseña que el ser humano tiene varios cuerpos, componentes y/o niveles vibratorios.
 
Al morir, el espíritu abandona el cuerpo físico, pero retiene el cuerpo etérico, que es una réplica energética del físico, hecho de una materia más sutil que el aire, pero más densa que el pensamiento; y el cuerpo astral, que es el vehículo de las emociones y los sueños, la misma sustancia con la que viajamos cuando tenemos experiencias fuera del cuerpo (como cuando se duerme o se consume drogas alucinógenas).
 
Si el fallecido no logra despegar de lo terrenal (muerte violenta, apego a un lugar, persona u objeto, por ignorancia de su propia condición o por saber a dónde ir), lo que llamamos desencarnado es su cuerpo intangible y astral enlazados a una conciencia atrapada. El fantasma sí tiene cuerpo, no es físico, pero en ciertas condiciones puede tocar el nuestro.
 
El cuerpo etérico, en su estado normal, vibra a una frecuencia más alta que lo material, por eso puede cruzar paredes (igual que la luz atraviesa el vidrio o el olor traspasa una habitación), pero el espíritu, mediante un acto consciente de voluntad, puede densificar ese cuerpo sutil en una zona concreta, como la mano. ¿Cómo lo hace? Concentra su energía en ese punto y baja su vibración hasta volverlo temporalmente semisólido o denso. Es como si el agua se convirtiera en hielo por un instante.
 
Cuando un fantasma quiere golpear a alguien, hace exactamente eso: densifica su puño etérico y lo proyecta contra el cuerpo físico del vivo. El impacto no es una ilusión ni una sugestión; es el choque de dos entidades: una, etérico densificado y una física, por lo que el vivo siente el golpe como algo real y puede amanecer con moretones o rasguños.
 
Lo mismo ocurre con los objetos al ser arrojados: el desencarnado no necesita "agarrarlos", como nosotros, lo que hace es envolver el objeto en una capa de su propia materia etérica y luego la contrae bruscamente, arrastra el objeto y lo lanza. Por eso los testigos que ven una silla volar por sí sola no ven la mano etérica que la empujó, porque esa mano vibra en un espectro que nuestros ojos no captan, aunque un Vidente o Espiritista sí puede verla como una especie de niebla con forma.
 
En el mundo espiritual, el deseo es la fuerza más poderosa que existe. Mientras estamos vivos, esa exigencia está filtrada por el cerebro y los músculos: queremos algo y nuestro cuerpo se mueve para conseguirlo; al morir ese filtro desaparece, pero el deseo no, es un recuerdo que deja al muerto como un manojo de deseos inconclusos y emociones no resueltas, como quien se queda con un antojo que nunca satisface.
 
Un fantasma enfadado (por morir injustamente, traicionado o asesinado), tiene un deseo de venganza o llamar la atención. Esa avidez, al no tener cuerpo físico que lo exprese mediante gestos o palabras se convierte en fuerza motriz: es como si su pensamiento "cerrar la puerta" o "aventar el jarrón" se tradujera en una energía aplicada al objeto sin tocarlo. Tradiciones pseudocientíficas confunden esto con la “telequinesis”, una habilidad donde la mente actúa sobre un objeto, sin usar el cuerpo. En los vivos, el cerebro suele ser el intermediario que traduce el pensamiento en movimiento corporal.
 
Así, un fantasma apegado a su antigua casa, por ejemplo, genera un campo de atracción que mueve las cosas de ese entorno casi sin querer, como si su sola presencia fuera un fuerte viento. Y un desencarnado desesperado, que no entiende que está muerto y ve que los vivos ocupan "su espacio”, puede generar impulsos violentos que en los vivos se conoce como “energía” y en los muertos como “voluntad”.
 
Hay otra forma, más compleja y menos frecuente, que los espíritus usan para mover objetos: la generación de ectoplasma (sustancia semisólida), fría al tacto, blanquecina y/o translúcida que se condensa del ambiente (usando la humedad del aire, la energía de la víctima o su reserva etérica). Una vez generado, él puede moldear ese ectoplasma en formas temporales: una mano, un dedo, un cordón, una garra.
 
Con esa mano ectoplásmica, el fantasma agarra el objeto, lo levanta, lo lanza o lo empuja (luego el ectoplasma se desvanece al disiparse en el ambiente). Por eso muchas personas que han vivido experiencias de este tipo describen haber visto niebla o humo alrededor del objeto antes de que se moviera o sienten bajas temperaturas antes del impacto.
 
En las mal llamadas “casas embrujadas” (ya explicaré en otro texto por qué ese término es un gravísimo vulgarismo), se puede encontrar una sustancia viscosa y fría en el suelo o en los muebles, cerca de donde los objetos aparecen movidos: para los Espiritistas o Videntes son restos de ectoplasma, la evidencia de que un muerto estuvo ahí durante la noche.
 
Recuerdo un caso que atendí hace años, en una casa localizada en el Estado de México, donde a través de un amigo los dueños me contactaron porque llevaban meses viendo objetos volar de un lado a otro: platos, tazas, un florero que casi le pega a la señora en la cabeza. Contaron que el ambiente se sentía denso, al grado de que los niños no querían estar solos ni para ir al baño o se oían ruidos que despertaban a toda la familia mientras dormían.
 
Acudí a la casa, hice la consulta y resultó que ahí vivió un hombre (muerto de forma violenta), al que le gustaba sentarse en un sillón, colocado en un lugar específico, a ver la televisión. Dado que estaba en buen estado, los nuevos propietarios se quedaron con el mueble al comprar la casa, pero lo movieron a otra habitación sin saberlo. El muerto se enojó y empezó a aventar objetos, no por maldad, sino manifestando enojo por no entender que ya no era su casa.
 
Al profundizar en la consulta, me di cuenta de que el hombre también estaba confundido, ni siquiera sabía que había muerto: creía que los nuevos inquilinos habían invadido su casa y por eso reaccionaba con violencia. Tardé casi una hora en hacerle entender que había fallecido.
 
Hablé con los dueños y les propuse dos soluciones: una, darle camino al desencarnado; la otra, devolver el sillón a donde él lo usaba y prenderle una vela de vez en cuando. A cambio él cuidaría su casa de delincuentes (como los que le quitaron la vida) por robarle. Extrañamente, los dueños decidieron volver el sillón a su sitio y “adoptarlo”.
 
Unas semanas después me llamaron para decirme que ya no volaba nada ni había ruidos extraños en las noches. Eso sí, aclararon que el sillón seguía en la sala, pero “nadie lo estaba usando”.
 
Hay más manifestaciones, como el de las puertas que se abren y se cierran con violencia, los cuales las más fácil de explicar en el mundo espiritual.
 
El fantasma no necesita estar detrás de la puerta para aventarla con la mano, lo que hace es concentrar su energía y liberarla como un chorro de aire comprimido que la golpea con fuerza suficiente para que las bisagras giren y esta se cierre o se abra.
 
También puede ocurrir que el desencarnado se sitúe en medio del marco de la puerta (recordemos que puede atravesarla sin problema) y luego expanda su cuerpo etérico hacia afuera, forzando la puerta a abrirse o cerrarse como si alguien la estuviera empujando desde el centro. En ambos casos, el sonido es seco, violento, y suele dejar a los presentes con la certeza de que no fue el viento.
 
No todos los muertos tienen la misma capacidad para mover objetos, así como no todos los vivos tienen la misma fuerza física. Esto depende de varios factores:
 
1) La antigüedad del fallecimiento, donde los fantasmas recientes (primeros cincuenta años) tienen más energía etérica acumulada. Con el tiempo, si no se alimentan de fuentes externas (como la energía de los vivos que habitan el lugar o de zonas con alta carga telúrica como fallas geológicas, vórtices o portales), se van debilitando y ya no pueden mover más que cosas muy ligeras como papeles o cortinas.
 
2) el nivel emocional, pues un muerto en calma, de esos que solo observan sin rencor ni apego, apenas si mueve una cortina o hace crujir una madera, mientras que uno furioso, desesperado o aterrado genera impulsos psicocinéticos que pueden lanzar libros contra la pared o hacen volar un jarrón.
 
3) el lugar en el que se encuentra, donde hay sitios que lo potencian, como una casa construida sobre lugares donde hubo mucha violencia y se derramó sangre, un antiguo cementerio, un campo de batalla o una falla geológica con alta energía telúrica, las cuales le dan más poder para mover objetos.
 
4) lo que el espíritu fue en vida, en la que aquellos que fueron Brujos, Santeros, Paleros, Espiritistas, Chamanes, etc., conservan control sobre la materia tras morir. Por ejemplo, un Tata Nganga que fallece sin darle camino a su prenda puede mover muebles muy pesados.
 
En la perspectiva espiritual hay diferencias, pues no todos los golpes ni objetos voladores son obra de un desencarnado. También puede ser poltergeists, esa energía psicocinética inconsciente generada por un vivo y que le permite mover objetos sin tocarlos; espíritus elementales como duendes, trasgos, espíritus del monte o seres del plano etérico que no son humanos y mueven objetos por diversión o llamar la atención.
 
Pueden ser demonios, parásitos astrales que se posesionan de los vivos, golpean y generan olores como azufre o huevo podrido y los egguns degradados (espíritus que perdieron su vibración original y se han vuelto dañinos o malévolos: no son demonios en sí, pero ya no son un ancestro en paz, quienes lanzan objetos con violencia, imitan voces, etc.).
 
Por eso, un Espiritista, Vidente o Muertero con experiencia siempre investiga qué tipo de entidad está provocando alteraciones antes de intentar darle luz al desencarnado o de decidir si lo adecuado es una limpieza o un incluso desalojo forzado.
 
Cuando una persona vive en una casa donde los objetos vuelan, las puertas se azotan y los golpes dejan moretones, no está ante un fenómeno menor ni ante una sugestión: está frente a un espíritu que tiene suficiente energía etérica acumulada. Y eso es señal de que algo anda mal, ya sea porque el espíritu está atrapado contra su voluntad, alguien lo despertó o hay una deuda pendiente entre ese muerto y los vivos que ahora habitan su espacio.
 
Tras varios años enfrentando desencarnados*, he visto casos donde alguno logró volcar sillones grandes o mover refrigeradores, y otros donde apenas consiguen mover una cuchara o una cortina. La diferencia está en su antigüedad, nivel de rabia y si había alguien vivo alimentándolo sin saberlo (con miedo, con atención constante o rituales mal hechos).
 
Así que la próxima vez que escuchen un golpe en la puerta y no haya nadie más con ustedes, o ven un libro volar de un estante a la pared, no le den muchas vueltas al asunto: se trata de un muerto que aún no se ha ido, que aún tiene algo que decir o que cobrar, y que ha aprendido a usar su energía para avisarlo. 


*Para conocer más leer mis libros “Mi vida con los muertos” y “Muertero”

 



 

24 de septiembre de 2026

El fin de una Era


Ediciones ERA, la editorial independiente fundada en 1960 y un referente ineludible de la cultura escrita en México y América Latina, ha informado sobre el cese de sus operaciones. El motivo, anunciado por sus propios gestores, es el mismo que ha fulminado a decenas de sellos independientes tras la pandemia de COVID-19: las ventas dejaron de ser suficientes para mantener el esquema financiero de la empresa.
 
La noticia no es tan inesperada. En los últimos años, el sector editorial mexicano ha atravesado una crisis estructural que se ha traducido en el cierre de distribuidoras, la quiebra de librerías y el achique de los catálogos. ERA, a pesar de su prestigio, no fue la excepción, y el veredicto de las cifras, por doloroso que resulte para los lectores más fieles, se impuso al reconocimiento acumulado durante seis décadas.
 
En su catálogo se publicaron más de 500 títulos, y entre sus filas militaron las firmas más relevantes de México: Carlos Fuentes (Aura); Elena Poniatowska (La noche de Tlatelolco); Carlos Monsiváis (Días de guardar); José Emilio Pacheco (Los elementos de la noche), así como autores de la talla de Octavio Paz, Juan Rulfo, Rosario Castellanos, Sergio Pitol, Inés Arredondo, Adolfo Gilly y el infaltable José Revueltas.
 
También figuraron grandes plumas del resto del continente, como lo demuestra la primera edición mexicana de El coronel no tiene quien le escriba de Gabriel García Márquez y las obras de José Lezama Lima y el obligado Augusto Monterroso.
 
Esa coherencia de ERA, sin embargo, fue también su talón de Aquiles en el terreno comercial, ya que se caracterizó por una apuesta sostenida al ensayo crítico, la narrativa de exploración formal y el pensamiento disidente; géneros que rara vez encabezan las listas de los más vendidos. Sus libros no eran para consumo rápido; requerían tiempo, atención y una formación lectora que, por desgracia, siempre fue minoritaria. Durante las décadas de los sesenta y setenta, ese perfil encontró un nicho sólido en universidades, centros de estudio y círculos intelectuales que permitía tiradas respetables con reimpresiones frecuentes.
 
Pero el ecosistema cultural ha cambiado de manera irreversible: el mercado del libro enfrenta hoy problemas que van más allá de la voluntad de los lectores. La distribución está concentrada en unas cuantas cadenas comerciales que exigen altos descuentos y condiciones de pago que estrangulan a los pequeños sellos.
 
Además, influyó el incremento sostenido de costo del papel, impago de distribuidores, el estancamiento del precio final del libro en relación con la inflación y la competencia con las redes sociales, que disputan el tiempo libre de los consumidores. A ello se suma el gobierno y su obsesión de ahorcar todo lo que huele a cultura, retirando subsidios, incentivos y lo que ERA definió como “políticas complejas en las cadenas de librerías culturales del Estado”.
 
Cierres como este no son aislados, se inscriben en una tendencia que ya ha dejado en el camino a otras editoras: Joaquín Mortiz Editores, absorbida por el grupo Planeta; Ediciones del Eclipse, que apenas logró mantenerse unos años; Editorial Tragaluz, que sucumbió a la falta de liquidez; así como La Máquina de Escribir o Editorial Diógenes (de tinte izquierdista). Cada una compartían un modelo de negocio basado en la calidad del catálogo y la fidelidad de un lector especializado, pero ninguna encontró la fórmula para reconciliar ese esquema con las exigencias de un mercado que premia la rotación rápida y los grandes volúmenes.
 
La desaparición de ERA deja un vacío tangible en el mundo editorial. No solo porque se pierde una fuente de autores, sino porque se extingue una forma de entender el oficio editorial como un puente entre el pensamiento crítico y el público.
 
Las editoriales independientes que sobreviven lo hacen con estructuras más pequeñas, tiradas reducidas, subsidios o campañas de financiamiento colectivo; estrategias que ERA exploró apenas y que, de todos modos, nada tienen que hacer ante los monopolios como Harper Collins, Penguin Random House, Santillana, Editorial Planeta y Amazon.
 
El cese definitivo de sus operaciones de Ediciones ERA es un episodio más del declive de la industria editorial en América Latina. Lamentable, sí, pero previsible. La nostalgia no sirve para mantener abierta una puerta; para eso se necesitan flujos de caja positivos y una distribución eficiente.
 
La lección que deja ERA, más allá de la elegía, es que el prestigio intelectual, por sí solo, no es suficiente. Y en un mercado que cada vez exige más velocidad y menos profundidad, ese es uno de dos recordatorios que ningún editor debe ignorar, mientras que el otro es que México sigue ocupando el lugar 107 de 108 países a nivel mundial en el índice de lectura de la UNESCO.
 
Una vergüenza.

16 de septiembre de 2026

La Bruja (y 2)

 


4.
—Isabel era inquieta —siguió María, y en su voz reconocí algo parecido a la resignación— tenía varios amantes: su contador, un dentista, el instructor del gimnasio. Rodrigo, gracias a mi amarre, no veía nada, pero empezó a sospechar, así que le ponía polvos de olvido en el café, y pintaba ciertas cruces en los marcos de las puertas de su casa para que su mente borrara lo que veía.
—Vaya.
—También manipulé a los vecinos para que mintieran. Una vez, Isabel se fue con su contador y le dije a Rodrigo que estaba de retiro espiritual con unas monjas y me creyó todo. Esa fue mi tercera, cuarta y quinta cruz, si las cuentas bien.
 
Hizo una pausa; su rostro, ya de por sí pálido, parecía haberse vuelto aún más.
 
—Lo hice todo por ella —insistió y reiterarlo tanto comenzaba a molestarme— hasta que el corazón se me cansó y se detuvo mientras preparaba un trabajo para que Isabel heredara la casa de su suegra. Y aquí estoy.
 
Su voz, al decir "aquí estoy", se volvió metálica, como si hablara desde el fondo de un pozo. La vela se inclinó hacia la izquierda, y por un instante la llama se volvió azul. Sentí un olor a quemado, pero no a cera, sino a carne. María levantó la mano derecha, y vi que en su palma había una marca oscura, como una quemadura reciente. No había estado allí antes. La bajó y la marca desapareció. Fue la señal. Era mala.
 
—No fue la edad, Muertero —dijo, y su voz ya no era ronca, era un susurro que venía de todas partes— fue el precio: todo en la vida tiene uno. Y yo lo pagué.
—¿Y qué quieres, Bruja? —cambié mi forma para dirigirme a ella.
 
Me observó fijamente. Por primera vez, su mirada ya no era tranquila: había algo de malicia en ella.
 
—Quiero “la luz” para irme, Muertero. He visto el abismo, el lugar donde las almas como la mía se pudren… he visto el fuego que no quema, pero duele como si lo hiciera. Y tengo miedo, no al infierno, sino miedo a que mi hija termine igual que yo. Así que quiero irme para no verlo, si es que sucede.
—En el infierno no hay fuego —avisé.
—Quiero que me ayudes a cruzar el río —insistió.
 
Mientras me había contado todo aquello, su rostro cambió varias veces. No fue un cambio físico pues ya no poseía un cuerpo, sino una sombra que pasó sobre sus facciones, un destello de algo más viejo, más hambriento, asomándose detrás de sus ojos grises. La vela se consumió un centímetro entero de golpe, y en el cuarto se escuchó un crujido, como de madera vieja que se rompe.
 
La Bruja extendió las manos hacia mí, y por un instante no vi dedos, sino garras. Parpadeé, y eran manos otra vez, pero la imagen se quedó grabada en mi retina, y supe, en ese momento, que su súplica era la más peligrosa de todas sus cruces, porque no venía del miedo, sino de un cálculo. No quería luz, quería escapar. Y no le importaba cómo.
 
Cerré los ojos, respiré hondo, y cuando los abrí, la miré fijamente.
 
—No.
—¿Cómo qué no? —su voz se tensó, y por primera vez, desde que llegó, la vi alterarse.
—Te escuché todo, Bruja —insistí en mi rudeza y en ese momento, a través de la ventana, sentí la mirada de la Bruja de los Vientos del Oeste— cuando hablabas del amarre, mostrabas orgullo, cuando describías lo de Valenzuela, sonreías, y cuando narrabas las infidelidades de tu hija, lo hacías con la misma emoción que una abuela contando una travesura de su nieto.
—Pero…
—No hay en tu tono ni un atisbo de remordimiento. Solo miedo al castigo. No te arrepientes de lo que hiciste, sino de que te haya atrapado la Muerte.
—¡Eso es mentira! —chilló, y un viento helado sacudió las cortinas— ¡yo he sufrido y llorado!
—Ya estás muerta —la interrumpí— no puedes, y si por un milagro lo hicieras, no sería por Rodrigo, no por Valenzuela, ni por los vecinos a los que obligaste a mentir y ni mucho menos por más brujerías que hiciste y omitiste contarme. Derramarías lágrimas porque ahora sabes que todo ese poder que usaste para torcer voluntades no te sirve de nada contra la Muerte y lo que te espera para purgar tus acciones.
—¡No lo merezco!, todo lo hice por Isabel.
—Transitaste por la vida destruyendo vidas, sin importarte las secuelas, ¿y ahora que quieres que yo tenga consideración por las consecuencias de tus actos?
 
La Bruja lanzó un alarido, la flama se agitó mientras el consumo de la vela se acercaba con rapidez a la mitad. Su sombra se alzó, y por un instante vi en ella las caras de todos los que había dañado: Rodrigo con los ojos vacíos, Valenzuela cayendo, los vecinos musitando mentiras y muchos más de los que no mencionó ni su nombre.
 
—¡Maldito seas, Muertero!
—Ya estoy maldito, Bruja —respondí con cinismo— mi oficio es una maldición, pero tú también lo estás. Y no porque yo te condene, sino porque tú misma te castigaste: pasaste la vida atando, engañando, cegando. Y ahora quieres que una vela blanca borre todo eso, pero ¿qué crees?, te tengo noticias: la luz no se negocia, se gana.
—¡Eres un cabrón! … ¡Estaré esperando de este lado cuando mueras y te haré pagar por esto!
—Tendrás que hacer fila, porque han sido muchos los desencarnados a los que les he dado camino, como a ti, y me han amenazado con lo mismo —me burlé.
 
La vela había llegado a la mitad y los signos ya se estaban consumiendo. La Bruja no desapareció pronto: primero su rostro se distorsionó, como si alguien estuviera estirándolo desde adentro. Después sus manos, pálidas, se alargaron hacia mí y sentí un frío tan intenso que mis dedos se entumecieron, sobre todo los de la mano derecha.
 
—¡Cabrón! —gritó, y su voz ya no era humana, era como el ruido de mil uñas raspando una pizarra. Entonces se deshizo, no como humo, sino como arena que se lleva el viento. Con todo, el enfriamiento de mi mano derecha no se iría sino hasta la mañana siguiente.
 
Cuando el cuarto se calmó, María ya no estaba, pero su ausencia pesaba más que su presencia. Me quedé solo, con un olor a podrido en el ambiente. Abrí la ventana para que el aire de los vientos de la Bruja del Oeste limpiara el lugar. La luna se veía hermosa.
 
Oeste había estado ahí, como siempre, por si yo necesitaba algo, así que me asomé por la ventana y le agradecí su presencia inclinando mi cabeza. Ella arrojó una ráfaga de aire caliente sobre mi rostro, un mensaje que escuché con humildad, y luego otro ramalazo frío, que era la manera en que siempre se despedía de mí.
 
5.
—¿Pero… a dónde la mandaste con esos signos? —preguntó mi esposa por teléfono, una media hora después, mientras destapa la segunda de las tres cervezas que había pedido a la administración del hotel.
—Ni idea, usé los del destierro y ya sabes que con esos haces que los desencarnados vayan a otro lugar de manera aleatoria y sin opción de regresar.
—¿A Siberia? —bromeó.
 
Antes de llamarla por teléfono y contarle lo sucedido, pensé en María, en su hija Isabel, en si el amarre había funcionado hasta el final, si el jefe Valenzuela recuperó la cordura, si Rodrigo descubrió las mentiras o si morirá creyendo que era feliz al lado de la hija. No pude responderme. Los muertos suelen tener una versión de la historia tan adornada como la ropa con la que les entierran. Y la Bruja, como tantas, se había pasado la vida tejiendo su propio vestido hasta que la muerte le exigió desenredar la madeja.
 
—No la ayudé porque yo sea cruel —expuse— sino porque mi oficio no es dar luz a quien no la merece, lo sabes… he aprendido que la oscuridad no es la que no tiene luz, sino la que se exige sin haber hecho nada para merecerla.
—¿No te cansas de oír a los muertos? —cuestionó.
—A veces, porque casi siempre se repite la escena: estar sentado frente a ellos sabiendo que les escucharé necedades, pero cuando recuerdo que me servirá para escribir algo para el blog, se me pasa — respondí entre risas.
—Solo tú y tu infinita paciencia… con los vivos y con los muertos.
—Hay algo que me molesta — agregué.
—…
—La gente que pide una brujería nunca se pregunta cómo será de miserable la vida de su víctima tras destruírsela.
—Es la naturaleza humana: se sienten con derecho a todo
—La Bruja de los Vientos del Oeste estuvo conmigo —cambie la plática.
—Seguramente para protegerte de María
—Sí, pero no fue necesario. Todo salió bien, pero me dejó un mensaje.
—Les debes un libro a las Brujas de los Vientos —dijo con sabiduría para que en ese momento no se lo compartiera.
—Ya casi está escrito.
—No digas más. Ya sabes...
 
6.
Cortamos la llamada cerca de la madrugada. Lo único que supe esa noche fue que, al cerrar los ojos, vi la cara de María, y en ella, por un instante, vi la de muchos desencarnados que he conocido, que también hacían cosas por amor y murieron sin pedir perdón. 


12 de septiembre de 2026

8.1 grados, trepidatorio


Es la segunda vez que interrumpo la seriación de un texto, pero, telegrama urgente.
 
8.1 grados, EL TERREMOTO, con un movimiento trepidatorio terrible, habrá destrucción y muerte, pero servirá para romper con el apendejamiento que, el 1 de diciembre de 2018, en una ceremonia ante Chamanes que representaron a la mayoría de las etnias indígenas del país, impuso esa falacia izquierdosa llamada MORENA, al tomar el máximo poder político mexicano.
 
Será doloroso, pero también la única forma de romper con esa oscuridad que ha sido exacerbada por la gerente de este antro llamado “mexiquito”. La tragedia será la única manera con la que el pueblo sabio despertará de la gran mentira.
 
Al tiempo.



5 de septiembre de 2026

La Bruja (parte 1)


1.
Viajé a Querétaro por cuestiones de trabajo, así que rápido, a los dos días de la semana completa que duraría mi estancia ahí, ya había establecido mi rutina: me levantaba, entraba a la ducha, iba a desayunar al restaurante del hotel y caminaba siete calles hasta llegar a la Dirección local de la institución del medio ambiente donde trabajo.
 
No me gusta salir de la ciudad, salvo que se trate de vacacionar, pero en ocasiones el trabajo técnico lo amerita, así que ahí estaba un poco molesto (mi jefe me obligó a ir), pero por otro lado contento porque Querétaro es una ciudad llena de desencarnados de donde seguro saldría alguna historia para mi blog.
 
Aquella mañana iba caminando hacia las oficinas de la Dirección local, por esa callejuela que nadie recuerda cómo se llama pero que todos usan para acortar camino. El sol ya se asomaba, y las sombras de las casas y edificios se alargaban como dedos huesudos sobre el asfalto. Llevaba en mi mochila las velas y la sal que siempre cargo, porque en este oficio uno nunca sabe cuándo va a necesitar un círculo de protección, aunque sea para espantar a los vivos, que son más mezquinos que los muertos.
 
Salí hacia la avenida Jardines de la Hacienda y solo me faltaba cruzar el Parque Jardines para llegar cuando la vi: estaba sentada en una banca de esas que el municipio puso hace años y nunca ha reparado. Era una mujer mayor, de vestido negro, con las manos cruzadas sobre el regazo y una mirada fija en la nada. No le di importancia al principio. En esta ciudad, las señoras de vestido negro son tan comunes como los baches y los perros callejeros, pero algo en ella me hizo frenar el paso. Quizá fue que su respiración no empañaba el gélido aire matutino, o fue que su sombra, bajo la luz del sol que se filtraba entre los árboles, era más tenue que la de los demás.
 
—Muertero —me llamó, y su voz era ronca, como de quien ha hablado sola durante años.
 
Me detuve, no por cortesía, sino porque cuando un muerto te llama por tu oficio, sabes que no es para pedirte la hora: es porque quizá tenga alguna advertencia que comunicar.
 
—Te he visto pasar estos dos días —dijo—. Y los muertos de esta ciudad hablan de ti.
—Señora —respondí, sin acercarme demasiado— si quiere “una consulta”, va a tener que esperar. Voy camino a mi trabajo, además de que no atiendo en la calle, ni gratis, y tengo una regla: los muertos, como los vivos, "deben pedir cita" —me burlé.
 
Ella sonrió con tristeza, una de esas muecas que se quedan grabadas en la cara después de muchos años de no usarla.
 
—Sé que vas a tu trabajo —dijo— por eso te esperé aquí. No quería irrumpir en el hotel sin avisar. Los muertos educados también existen, Muertero.
—Los desencarnados con educación son los que menos confianza me inspiran —respondí, y no pude evitar el tono mordaz— los que llegan con buenos modales suelen tener las peores historias. Seguiré mi camino. Esta noche la espero en mi habitación, que supongo sabrá cuál es desde el momento en que sabe que llevo días pasando por aquí, pero que sea luego de cenar.
 
Ella no se movió. Solo me miró con sus ojos grises, que parecían haber visto demasiado, y asintió lentamente.
 
—Esta noche, entonces.
—No puedo faltar porque ahí duermo —dije, y seguí caminando sin mirar atrás, pero la sentí, observándome, mientras me alejaba, y el frío que dejó en mi nuca no se fue hasta que terminé de cruzar el parque.
 
2.
Volví al hotel de mal humor: habíamos recorrido todo el municipio de Huimilpan, y dada la apretada agenda no habíamos comido, así que al llegar la noche rechacé la invitación de los anfitriones para conocer "El Faro", considerada la cantina más famosa de la ciudad: solo quería bañarme y bajar al restaurante a probar las tradicionales gorditas de migajas y una cerveza.
 
Mientras cenaba reflexioné sobre la ingratitud del oficio de Muertero: los fantasmas llegan sin avisar, te exigen respuestas y, si no les gusta lo que escuchan, te dejan ese frío en la nuca que no se va ni con agua bendita. Pero bueno, uno elige su cruz, y yo elegí la de hablar con los que ya no tienen lengua.
 
Noté que el camarero me miraba con insistencia. Cuando le devolví la mirada, desvió los ojos y se fue a la cocina. Más tarde, al pedir la cuenta, (dos cervezas después de que decidí subir a mi habitación y enfrentar a la desencarnada), el mesero me dijo:
 
—Señor, disculpe, pero en la mesa de atrás había una señora que no paraba de mirarlo. Cuando fui a atenderla, ya no estaba.
 
Levanté los hombros y no le pregunté más. Pagué y subí a enfrentar a la desencarnada, y usé esa palabra porque de pronto me invadió la sensación de que el encuentro no sería agradable.
 
No había detector de humo, así que tomé una vela, le hice discretas marcas en la parte de en medio y la encendí; mas apenas lo hice, sentí que el cuarto se enfriaba. No era el frío común de los muertos que llegan desesperados, sino uno más pausado, metódico, como si quien llegara hubiera esperado su turno con paciencia. Al menos era puntual.
 
—Puede pasar —dije con ironía.
 
María se materializó frente a mí sin hacer ruido. Se “sentó” y al mirar la vela soltó una leve sonrisa. Vestía el mismo vestido negro gastado de antes, y sus manos, pálidas y huesudas, descansaban sobre su regazo. Su rostro tenía la misma expresión de quien ha esperado mucho tiempo, quién sabe desde cuándo.
 
—Gracias —dijo haciendo referencia a la vela, y su voz sonó más clara que en la calle, como si el cuarto le diera permiso para hablar sin reservas.
—No me agradezca todavía —respondí, pues no era para halagarla, sino una trampa por si se ponía necia— no sé si le voy a dar lo que quiere... pero le prometí escucharla. Cuénteme, María, ¿por qué me esperó en esa banca, por qué no quiso irrumpir aquí sin avisar?, y ¿por qué, si está muerta, no se ha ido todavía?
 
El silencio que precedió a sus palabras no fue un vacío, sino uno de esos que se llenan de cosas que no se ven, pero se sienten: el roce de algo que se arrastra por el techo, el susurro de una respiración que no era la mía, el olor a tierra mojada que de repente se hizo más intenso, como si acabaran de cavar una tumba en la alfombra del hotel.
 
La vela titiló, y por un instante su sombra no fue la de “una mujer sentada”, sino la de una figura alargada, de brazos que se estiraban como ramas secas. Parpadeé y la imagen se fue, pero el frío que dejó en el ambiente se quedó pegado a mi piel, como un aviso de que lo que estaba por escuchar no era solo una confesión, era una invitación a meterme en un lodazal del que quizá no saldría limpio. María me miró, y en sus ojos grises vi algo que no había visto en la banca del parque: no era tristeza, no era desesperación, era la certeza de que ella ya había estado en ese lodazal antes, y que no le importaría arrastrarme con ella.
 
Me miró largamente, como si sopesara las palabras que pensaba usar, y luego comenzó a hablar.
 
3.
—Mi hija se llama Isabel —su voz se suavizó— y todo lo que hice en vida fue por ella. No por mí, ni por mi orgullo y tampoco porque disfrutara hacer daño.
—Siempre empiezan igual —respondí, y no pude evitar el tono ácido— "por mis hijos", como si el amor por esos caníbales justificara cualquier inmundicia.
 
Ella me miró con una mezcla de paciencia y cansancio.
 
—Déjame terminar, Muertero, luego me dices si fue por amor o egoísmo.
 
Asentí y me quedé callado.
 
—Isabel se enamoró de un hombre, Rodrigo, un buen tipo, pero distraído: no la veía ni la valoraba. Así que una noche de San Juan, con tres cabellos de él, un lazo rojo, un frasco de miel y una gota de mi sangre, le hice un amarre, no para hacerlo sufrir, sino para que la viera y supiera el tesoro que tenía enfrente.
—¿Y funcionó?
—Como el veneno de una víbora nauyaca, Muertero. Rodrigo no podía vivir sin ella, la seguía, le compraba cosas: literalmente le besaba los pies. Mi Isabel siempre fue una reina y los príncipes deben arrastrarse ante ella, pero esa fue mi primera cruz.
 
La vela parpadeó, mas María no se inmutó.
 
—Pero el amor no llena el estómago —continuó— Isabel trabajaba en una oficina con un jefe, un tal Valenzuela, que la tenía podrida en un escritorio sin ventanas. Los ascensos son para los lamebotas, así que le hice un trabajo con limón y alfileres, seguro los conoces... al mes, ese tipo empezó a ver sombras, a olvidar cifras, a caerse por las escaleras. Lo declararon inservible e Isabel ocupó su silla. Esa fue mi segunda cruz.
 
—¿Y ella sabía que todo te lo debía a ti?
—Era lo más hermoso, Muertero: mi hija creía que era merecedora de todo por méritos propios —respondió negando con la cabeza.
—Como casi todos los vivos —musité.